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| (Imagen tomada de http://www.lavanguardia.com/vida/20161102/411507397402/huelga-deberes-noviembre.html) |
A mí, si fuera a quien tiene que llegarle el mensaje, me daría risa, por la falta de conexión entre la A y la Z, básicamente.
Éste es el blog de una mujer, madre y maestra. Es un blog sobre el día a día de las cosas simples, y no tanto, de ser mujer, madre y maestra. Un blog en el que "cualquier parecido con la realidad, NO es pura coincidencia".
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| (Imagen tomada de http://www.lavanguardia.com/vida/20161102/411507397402/huelga-deberes-noviembre.html) |
Hoy escribo desde mis dos "yo", el de madre y el de maestra. Porque por suerte, o no, hay muchas situaciones de la escuela que vivo tanto desde dentro como desde fuera pero sin salir.
No sé si justo por esto mi visión es más completa e imparcial, o por el contrario poco objetiva, sólo sé que simplemente es una opinión más sin intención de convencer a nadie.
En el día a día de la escuela se dan múltiples situaciones, con multitud de alumnos, cada uno de un padre y una madre. En esas situaciones mis hijos también se han visto implicados en alguna ocasión, y es entonces cuando mi lado madre y mi lado maestra se unen al unísono, aun cuando la situación no la he presenciado. En muchas ocasiones seguro que fallo y me falta objetividad, seguro, no soy perfecta ni pretendo serlo. Pero en otras tantas creo que estoy tan acertada como cualquier otra madre que no tiene que separar escuela y casa. No es fácil, no creáis. No obstante, suelo ser de las madres que no justifican porque sí, más bien a veces necesito rebajar quizás el nivel de exigencia.
¿Qué por qué cuento esto? Porque creo que mi posición de maestra me permite entender mejor todos los entresijos que conlleva una "reprimenda", una "consecuencia" o incluso un "castigo" en un momento determinado. Y porque yo confío plenamente en mis hijos, los creo, valoro su capacidad para reconocer si su manera de actuar ha sido la correcta o no o "no ha sido para tanto". Sin embargo, también soy consciente de que aún no tienen la suficiente madurez para discernir ciertas cosas o emitir ciertos juicios y que estos sean exactos.
Todos tenemos una manera de ver las cosas que, aunque sea sólo por unos ligeros matices, difiere de la visión del resto. Los niños también. Lo que para mí es un horror, para otra persona puede ser lo mejor de su vida, y viceversa. Lo que está claro es que los hechos, cuando ocurren, no pueden aislarse del contexto en el que han pasado, porque entonces se desvirtúa la situación. Pongamos un ejemplo: si un niño pega y se le castiga sin preguntar, quizás estemos dejando escapar la ocasión de descubrir que quien ha provocado esa reacción ha sido quien se ha quejado de la bofetada (visto, y solucionado con diálogo, en el patio ayer mismo); es decir, la situación será totalmente injusta debido a que la información nos llega sesgada y así nos quedamos. Y ojo, que pegar la bofetada por la razón que sea obviamente no tiene excusa posible. Otro ejemplo: si un niño es castigado o separado del grupo porque habla mucho, y no es en clase, visto así, a bote pronto, no es que sea injusto sino que, en este caso, es exacerbado. Sin embargo, si a ese alumno se le han dado repetidas oportunidades para que guarde silencio porque la ocasión lo requiere, o su tono de voz era molesto para el resto por excesivamente alto, la consecuencia tal vez ya no nos parezca tan injusta, ¿verdad? Todo esto teniendo en cuenta que quienes están con nuestros hijos entienden que los niños son niños, y necesitan moverse, expresarse y vivir. Teniendo en cuenta también, nosotros los padres, que hay determinadas situaciones que requieren de unas normas básicas de convivencia, como guardar silencio en el cine o en la sala de espera de un hospital.
Con esto quiero decir que siempre, siempre, antes de juzgar, antes de poner el grito en el cielo, antes de creer que sabemos más que el maestro de turno o el monitor de comedor... ¿no deberíamos buscar el diálogo con quien corresponda e intentar mantener una conversación sobre lo ocurrido? Y luego tomamos decisiones o cartas en el asunto si hace falta. Pero criticar, acusar, juzgar y opinar sin conocer el punto de vista de la otra parte contratante... sólo lleva a una situación igual de injusta que la que nosotros creemos estar viviendo.
Está claro que vivimos en un país en el que criticar de manera destructiva y hablar de los demás son, junto con el fútbol, el deporte nacional. Pero, ¿de verdad queremos que nuestros hijos, el día de mañana, o incluso hoy en su día a día, solucionen así sus conflictos, a base de malas formas, peores palabras, gestos inapropiados y, sobre todo, prepotencia? Yo no.
Es muy difícil ser objetivo cuando se trata de nuestros hijos. Es muy difícil acertar a la primera cuando se presenta un conflicto entre alumnos que no has presenciado. En ambos casos, el sentido común puede salvarnos. O al menos no convertir la subjetividad en injusticia.
Nobody said it was easy... que diría Chris Martin de Coldplay, pero es que comprender el mundo en el que vivimos tampoco lo es.
Siempre habrá dos caras de la verdad, la mía y la del otro. El secreto está en la comunicación y la intención de llegar a buen puerto, o al menos de intentar no quedarnos varados.
Mi profesión es la más bonita del mundo. A veces también es la más cansada, otras un poco frustrante. En ocasiones te invade la impotencia ante situaciones que no puedes controlar porque son parte de la vida de quienes tienes en tus manos. Pero sea como fuere, mi profesión es la más bonita del mundo. La más gratificante si pienso en las sonrisas de cada uno de esos pequeños, y no miro más allá.
En mi profesión nos equivocamos. Al menos yo. Cada día. Y gracias a esos errores que tal vez nadie detecta, excepto yo, aprendo a diario, crecen mis ganas de hacerlo mucho mejor a la próxima, y siempre saco una nueva motivación para seguir.
En mi profesión tratamos con unas personitas muy especiales, delicadas y diferentes cada una de ellas. Cada una de esas personas tiene una manera de ser, una manera de hacer las cosas y una manera de ver y vivir la vida según el lugar o la familia en la que se haya criado. Nadie nos enseña a cómo tratarlas según sus peculiaridades, porque no habría espacio para tantos manuales a lo largo del tiempo. El secreto de la conquista de esos pequeños te lo da la experiencia, el tiempo dedicado a ellos, y los errores que enmiendas a diario. Desde que empezaste a trabajar por primera vez hasta, casi seguro, el día en que te jubiles.
En mi profesión somos juzgados, muchas veces, con dureza. No se nos pasa ni una décima de error. Para algunos no tenemos derecho a la réplica ni a la enmienda. Gracias al cielo, para otros muchos sí.
En mi profesión hay una clave con la que, en principio y sin mayores sobresaltos, se pueden hacer grandes cosas en conjunción con las familias: se llama diálogo. Cuando se establece un diálogo fluido, natural, con espíritu de trabajo en equipo y de querer avanzar por el único bien que debería importar: los niños, entonces ocurre la magia, y todo fluye.
En mi profesión, con toda la lógica del mundo, nos exigen respeto para quienes se sientan a mirarnos y escucharnos cada día. Sin embargo, a veces hay quien olvida que nosotros también lo merecemos, y que la transmisión directa o subliminal de ese mensaje, de padres a hijos, es muy peligrosa.
En mi vida personal, como madre, a veces me equivoco. Muchas. Y las mismas que me equivoco, pido disculpas a quien corresponde (mis hijos), igual que hago con mis alumnos. Porque creo que no hay mayor aprendizaje que el que se da basado en el ejemplo. Y así, mis hijos son conscientes de que ellos también fallan, y cuando es así, piden disculpas.
Si por cada vez que nos equivocamos como madres y padres vinieran de fuera a juzgarnos, a no permitirnos pedir perdón a nuestros hijos, a no dejarnos enmendar nuestros fallos, a machacar nuestro cerebro y nuestro corazón con palabras dañinas y quisieran retirarnos el título de madres/padres... ¿Cuántos padres y madres seguiríamos ejerciendo como tales en estos momentos? Seamos sinceros.
Reflexiones de una madre y maestra que mira al mundo escéptica, triste y desesperanzada, cuando descubre que lo raro es el diálogo y lo normal el juicio rápido, el machaque, la incapacidad de entender que nadie nace enseñado ni muere sabio y que para hacerlo bien, a veces, casi siempre, hay que equivocarse.
Buenas noches de viernes y feliz fin de semana.
CON M DE MAMI
Cada vez más, con lo que veo en mis clases, con lo que veo en mis hijos, con lo que comento con mis compañeros, con mi marido... Soy plenamente consciente de que la educación en este país necesita un gran cambio.
Pero parece que ese cambio sólo llega a niveles pequeñitos, en forma de individualidades. El cambio grande es difícil, o al menos quienes estamos dentro lo vemos muy lejos.
Partamos de la realidad primera: la educación en este país no es la base como en esos países a los que tanto aspiramos a parecernos. La educación aquí es una mera moneda de cambio cada vez que quien está arriba abandona el poder y cede, de mala gana, su sitio a otro.
Seguimos: el currículo, que es el documento oficial que marca "hasta donde tienen que llegar" nuestros alumnos, no está hecho por profesionales de la enseñanza que han pasado gran parte de su vida en el aula.
Algo más: el contenido que se marca para cada nivel en dicho currículo es cada vez mayor, más extenso, y muy repetitivo, lo que deja poco tiempo para la consolidación real de lo enseñado. La motivación baja considerablemente cuando los alumnos sienten la misma presión que siente el maestro al tener que cumplir con lo establecido por la ley.
Los maestros queremos innovar, lo hacemos de manera individual, a poquitos, intentamos llegar a nuestros alumnos de verdad, dejarles huella y conseguir que el aprendizaje sea realmente significativo. Hoy somos muchos los que huimos de la enseñanza basada en al memorización sin sentido. Somos muchos los que creemos que se puede enseñar de manera diferente, partiendo de los intereses de nuestros alumnos, de sus diferentes estilos de aprendizaje, de sus diferentes motivaciones, sin dejar a un lado la adquisición de contenidos.
Somos muchos los que creemos que el exceso de deberes es contraproducente. Que los niños pasan demasiadas horas en la escuela y lo que necesitan al salir es liberarse. Ni exceso de deberes ni exceso de extraescolares, ojo, que ahora también van cargaditos y no siempre porque ellos lo eligen sino porque lo elegimos los padres. Crear el hábito de estudio pensando en un futuro es bueno, pero el hábito se puede lograr con la lectura, con un par de operaciones cuando están en los primeros cursos de primaria. Después de ocho horas en la escuela, si no más, lo último que necesitan los alumnos es seguir sentados en la silla de su habitación durante tres largas horas. No es eficiente, ni productivo, ni motiva, sólo merma la ilusión por aprender. Los deberes no deberían provocar ni ansiedad ni cansancio en exceso, sólo tendrían que ser un apoyo en situaciones especiales como exámenes, cuando hay que investigar sobre algo interesante para poder trabajarlo en clase, cuando hay que preparar cierto material para elaborar un proyecto. Leer es una buena tarea diaria y abre la mente de una manera más que maravillosa, pero aquí tendría que haber compromiso por parte de las familias en colaborar para que la lectura fuera un hábito en casa, partiendo de que en la escuela hemos hecho nuestra parte y hemos motivado a sus hijos para que lean por placer.
Lo que está claro es que los tiempos han cambiado. No necesitamos vivir pegados a lo que dictan los libros. Necesitamos que el proceso enseñanza-aprendizaje se adapte a los tiempos que corren. Necesitamos adaptarnos a la actualidad en la que viven inmersos nuestros alumnos. Lo triste es que se nos paren los pies, por decirlo de alguna manera, cuando intentamos diferenciarnos. Se nos pide papeleo en exceso que cambia con cada cambio de gobierno, se siguen haciendo pruebas externas que alimentan rankings absurdos. ¿Quién piensa en el alumno como centro del sistema? Los pocos que se atreven a cambiar su manera de hacer las cosas.
Y claro, los poquitos a poquitos hacen, pero no es suficiente. Esto debería ser cosa de todos: maestros y familias.
NECESITAMOS UN CAMBIO.
NOSOTROS LOS MAESTROS LO ESTAMOS PIDIENDO A GRITOS, pero no se nos oye.
¿Creéis en el cambio? ¿Creéis que conseguiremos adaptar nuestro sistema educativo algún día a lo que realmente necesitan nuestros niños y niñas? ¿Creéis que la educación se convertirá en la base y dejará de ser moneda de cambio?
Con C de CAMBIO.
...Me gustaría dedicarme a la enseñanza. Y tener la suerte de vivir momentos únicos con mis alumnos.
Me gustaría verme rodeada unas cuantas (bastantes) horas al día durante tantos meses por esas personitas especiales que me hicieran sentir también especial.
Me gustaría tener que seguir formándome y aprendiendo a diario, para no perder comba y ser capaz de estar al día en metodologías y en las necesidades de mis alumnos, o al menos intentarlo.
Me gustaría levantarme cada día con mil y una ideas nuevas y con muchísimas ganas de aplicarlas en mis clases, y con la suerte de sentir que a mis alumnos les entusiasman tanto como a mí.
Me gustaría trabajar en la escuela y olvidar mi yo personal nada más cruzar las puertas de mi clase, pero sin dejar de ser persona y sin olvidar mi corazón, que es parte fundamental en la enseñanza y la capacidad de enseñar.
Si volviera a nacer querría ser yo, mi yo maestra. Con todos mis errores y todos mis aprendizajes, con todos y cada uno de los pasos que he dado en esta profesión que me apasiona y de la que sigo aprendiendo con cada clase que doy. Porque tengo la suerte de trabajar con los seres más sabios del planeta: los niños, que son los únicos que de verdad exprimen la vida sin tanto prejuicio, ni tanta historia, ni tanto problema.
Si volviera a nacer querría volver a sentir ese cruce primero de sus miradas expectantes con la mía ilusionada, con cada nuevo curso escolar, con alumnos nuevos o los que ya tuve el año anterior. Querría ser capaz de arrancar una sonrisa al que ha llegado más serio, o simplemente más cansado, ser capaz de reírme yo aún queriendo reprenderles por alguna trastada.
Que no nos falten nunca las ganas de querer ser lo que somos si eso es lo que realmente nos hace felices. Yo adoro ser maestra. Mi profesión me da la vida un poquito cada día.
Si volviera a nacer, sin ninguna duda, querría SER MAESTRA.
CON M DE MAMÁ y de MAESTRA
Dolor de estómago es lo que sientes cuando tu pequeña te cuenta que ha tenido un episodio, más, de desencuentro con una compañera que no la trata bien desde que empezaron la escolaridad con tres años. Sobre todo porque no es un episodio cualquiera cuando tu hija se rompe del todo mientras conduces y llora desconsoladamente, con un desespero que te desgarra el corazón.
Hemos tomado medidas, obvio, entre ellas hablar con quien corresponda, y tenemos claro que se solucionará. Habrá quien lo verá desde fuera y pensará que es una chiquillada más. Pero ahí está la diferencia, que no es una más, sino que es la que ha hecho que mi hija se derrumbe, con 6 años.
Le hemos enseñado, o mejor dicho estamos enseñándole, a ser asertiva, a saber decir NO, a defenderse con la palabra, a contestar ante la injusticia; pero no deja de ser una niña que en estos momentos necesita la ayuda adulta.
Mi pequeña es una valiente que superó con creces que una compañera la intentara ningunear cuando con 3 añitos tuvo que llevar parche, además de gafas. La "no suerte" de ser maestra donde ella estudia fue presenciar en varias ocasiones la escena: "hoy nadie juega con Daniela..." y tener que morderme la lengua para dejar que la situación siguiera el cauce normal, es decir que la tutora se encargara. Y así, entre su maestra en clase y nosotros en casa, Daniela fue aprendiendo a no tragar. Lo mejor es que la fuerza que ella tiene la quisiera yo para mí, porque a pesar de ser el parche uno de los motivos de machaque, ella lo vivió con la alegría de poder combinárselo con la ropa de cada día y lo convirtió en algo natural y divertido. Lección a los que la rodeábamos.
Cuando el motivo no podía ser el parche porque ya no llevaba, entonces fue la ropa, y las burlas de esta compañera y su amiga hacia Pichu eran diarias. Misma manera de actuar, como ya conté en un post en su momento: hablar mucho con ella en casa, darle estrategias de defensa verbal sin necesidad de insultos, insistirle en la búsqueda de ayuda adulta y de su confianza... Y volvió a superar la situación cuando al fin un día salió del colegio feliz porque había plantado cara, sin insultos, sin malas maneras, sólo atreviéndose a replicar ante el comentario de "tu camiseta es horrible" con un "pues a mí me parece bonita". Si tenemos en cuenta que sólo tenía cuatro añitos, touché, lección de superación y valentía cuando tienes a un igual machacándote a diario con frases nada agradables.
Daniela es algo mayor que entonces, obvio, aunque sigue siendo una cría. Una cría que, además, no haría daño a una mosca, y que aunque ha seguido contándonos los más y los menos con esta compañera y su amiga mientras estaban en el último curso de infantil y en lo que lleva de primaria, ha sabido resolver y superar cada situación con aplomo.
En casa hablamos, hablamos mucho, de sentimientos, del día a día, de lo que nos duele e inquieta. Lloramos, nos reímos, compartimos risas y pesares, y no escondemos jamás nuestros sentimientos. Nuestros hijos nos ven felices, preocupados, enfadados... Saben que somos humanos y sentimos. Y no tienen miedo de expresar sus emociones. Saben que llorar no es de cobardes, ni de chicas, que enfadarse no es de monstruos, y que reír contagia.
Quizás es por esto que estamos al tanto de lo que ocurre en la vida de nuestros hijos, igual que ellos lo están de la nuestra. Seguimos dándoles estrategias, intentando enseñarles de qué va esto de vivir, convivir y sobrevivir, para que sean capaces de decir NO y de tomar sus propias decisiones en un futuro. Sin embargo, son niños, son dos críos que nos van a necesitar toda la vida. Y cuando piden ayuda, hay que saber estar y actuar para que no se sientan solos, para que la confianza que existe no se evapore y desaparezca para siempre.
Daniela ayer explotó. Tenía razón para hacerlo. Mucha. Y a mí me costó muchísimo no explotar en su presencia y gritar cuatro cosas de lo que pienso sobre las personas abusonas, irrespetuosas y cobardes, porque al final, todo se resume en eso: cobardía.
Cuando tu hija se rompe, duele el estómago. Mucho. Pero ahí es cuando nuestra versión más adulta y madura tiene que tomar cartas. Y en ello estamos. La tormenta pasará y quedará todo en algo anecdótico. Y cuando algo así vuelva a ocurrir, volveremos a estar listos para actuar.
Sin ánimo de dar lecciones de nada, sino tan sólo de compartir, nosotros lo vemos así: jamás debemos subestimar los sentimientos de nuestros hijos. Siempre debemos hablar en casa dándoles la confianza para que se sientan libres de expresarse sin sentirse juzgados, para que así nos busquen siempre que algo se les escape de las manos. Siempre debemos preguntar por el otro, por la otra parte, investigar qué puede haberle llevado a actuar de cierta manera con nuestros hijos, y no dar por sentado que los otros son culpables sin más, porque en toda verdad siempre hay dos versiones. Pero jamás, jamás debemos restar importancia a aquello que angustia a nuestros hijos, por pequeño que nos pueda parecer. Sus preocupaciones de 2, 3, 4, 5, 6 años y demás nunca serán las mismas que las nuestras de adultos, pero serán lo suficientemente grandes como para agobiarlos y que necesiten de la ayuda de un adulto para gestionarlas.
Cuando tu hija de 6 años llega a casa con el alma hecha añicos, la paciencia machacada y no puede parar de llorar... El estómago duele, mucho. En nuestra mano está ayudarle a recoger los trocitos y volverlos a juntar, prometerle una solución para su problema y actuar sin demora.
Podéis leer aquí: http://conmdemami.blogspot.com.es/2014/07/mama-hoy-me-han-hecho-dano-en-el-corazon.html?m=1 y aquí: http://conmdemami.blogspot.com.es/2015/06/10-cosas-que-mi-hijo-debe-saber.html?m=1 más sobre resolver situaciones en las que nuestros pequeños están sufriendo en su entorno escolar o sobre los sentimientos que nos generó y las reflexiones que nos hicimos entonces.
Cuando no tienen edad de poder explicarse, como nos pasó con Rubiazo a final del curso pasado, hay otros signos que son claramente una alerta, como puede ser un retroceso en control de esfínteres sin motivo aparente (enfermedad, celos...) en determinados momentos o sólo en el lugar donde el niño sufre la situación de estrés. Si detectamos anormalidad en algo no debemos dudar jamás en preguntar, consultar o pedir tutoría con educadores y tutores. Preguntar no es ofender, y a veces dejar pasar un día puede ser clave para que en futuras situaciones nuestros hijos confíen en nosotros o no.
CON M DE MAMÁ
(Yo quiero un corazón tan bonito como el tuyo)
La letra y todo lo que tenga que aprenderse o interiorizarse, según mi experiencia personal y profesional, no hay duda de que entra mucho mejor de manera lúdica, o al menos motivadora, intentando que parta de los intereses de los alumnos. Y como eso no siempre es posible cuando tienes 25 intereses diferentes en clase (si no más), LA MÚSICA es una buenísima cómplice y amiga del aprendizaje motivador.
En inglés es fácil tirar mano de ella, ya que hoy en día youtube es una fantástica fuente de recursos, y está ya todo inventado. Si buscas una canción para los días de la semana, encuentras un abanico tan amplio que parece que no hay bastantes sesiones en la semana para cantarlas todas; porque todas son geniales y porque, al menos en mi caso, el frikismo que (casi) todas las maestras de inglés llevamos en la sangre hace que todo parezca útil y cada nuevo vídeo me sugiera nuevas actividades (después de tener todo programado y atadito), con lo que en seguida y, muchas veces casi en el momento, cambio la dinámica de las sesiones con tal de aprovechar los nuevos recursos. Sin ir más lejos esta semana me tropecé, literal, con unas canciones ideales para aprender las normas de clase, normas que son más que necesarias para la buena convivencia y el buen funcionamiento y que tanta falta hace que nuestros peques interioricen, no por autoritarismo sino por pura necesidad social. Mis compañeras de equipo (las teachers) y yo ya las estamos enseñando, con la idea de que todo el colegio las aprenda y que sea una manera más de reforzar y recordar la importancia del respeto a los demás.
Para infantil estamos cantando estas dos monerías que os dejo a continuación, que por cierto hacen que los peques se partan de risa, y que por lo pronto nos están ayudando a iniciar las sesiones con otro talante, con ganas de hacerlo todo mejor y de no interrumpir si no es necesario. Ahí van.
INTERRUPTING SONG Con esta canción los pequeños de 3 a 5 años están aprendiendo a gestionar el respeto a los turnos y a la escucha, ya que son ellos mismos quienes, muy suavemente, se ponen a cantarla cuando algún compañero o compañera se despista y habla interrumpiendo. Como acaban de aprenderla, aún suena más a mandarín que a inglés, pero la dinámica es ideal. Enseñamos su uso mediante una teatralización de la típica situación en la que un compañero, o la maestra, contaba algo y otro lo cortaba con algún chismorreo. El juego les hizo partirse de risa. Y la dinámica, de momento, funciona.
Y con estas otras recordamos las normas de respeto básicas y necesarias en clase y en el cole, perfectamente extrapolables a su vida y sus relaciones más allá del ámbito escolar:
I CAN FOLLOW THE RULES (Para infantil)
THE RULES OF THE CLASSROOM (Versión 1. Para 1°, 2°, 3° y 4° de primaria)
THE RULES OF THE CLASSROOM (Versión 2. Para 5° y 6° de primaria)
Estas dos últimas en realidad son la misma pero en versiones algo diferentes; la primera un poco más infantil y lenta.
A nosotras nos están funcionando. Si os animáis a usarlas ya me contáis cómo os va.
Y cuando no se trata de inglés sino de cualquier otra asignatura, idem eadem idem, LA MÚSICA LO CAMBIA TODO, lo adorna todo y tiene mucho poder. No es lo mismo aprenderse las normas ortográficas o los huesos del cuerpo humano rapeando que a la manera tradicional, o simplemente con una melodía especial de fondo, para aquellos que prefieren no cantar o bailar. Los problemas de matemáticas, por ejemplo, no salen igual de bien "a secas" que con el piano del japonés YIRUMA de fondo (ese truco ya lo comenté hace tiempo en algún otro post, creo recordar).
Lo que desde luego todos sabemos de sobra, maestros y padres, es que hay diferentes estilos de aprendizaje. Tantos como alumnos en un aula. Cada alumno o alumna necesita un tiempo y una manera, pero os aseguro que cuando interviene la MÚSICA, de una forma u otra, el proceso enseñanza-aprendizaje es infinitamente más significativo que cuando ésta no está.
Y ya puestos a ponerme a piropearla, y para acabar con esta nada corta entrada, os dejo una de las canciones más bonitas que se le han dedicado. ¡Disfrutadla!
¡FELICES CLASES MUSICALES!
CON M DE MAMÁ y de MÚSICA
Porque entrar al colegio cada mañana, mirar sus coloridas paredes y ver los pasillos esperando los pasos de los niños y niñas es respirar vida.
Porque las voces de los niños y niñas en las horas de recreo, sus cuchicheos en clase, sus risas, sus juegos e incluso sus disputas me hacen volver a mi yo niña y contagiarme de lo que fui.
Porque la sinceridad de los niños no regala mis oídos falsamente sólo por el mero hecho de agradar, y si algo les gusta lo dicen, y si no les gusta también, y eso, siempre que sea con educación y desde el corazón, es muy de agradecer en este mundo lleno de hipocresía y falsedad.
Porque justo por lo anterior sigo queriendo mejorar cada día para llegar a ser una buena maestra, porque me esfuerzo por aprender acogiéndome a sus intereses y sus reacciones, y porque ambiciono llegar a sus corazones y dejar una buena huella que les sirva en su futuro y de por vida.
Porque sus sonrisas y sus miradas son cálidas si llego algún día con el corazón congelado y hacen que mis penas se vayan lejos y no vuelvan en todo el día.
Porque un abrazo espontáneo de cualquiera de ellos, en el momento que sea, es mucho más valioso que un saludo y dos besos de los que los adultos nos damos por pura cortesía.
Y porque, en definitiva, trabajo rodeada de seres especiales, cuya visión de la vida es de verdad pura magia; porque estar con ellos y bajar (o subir, según se mire) a su mundo me ayuda a ver las cosas de manera más natural y sencilla, y eso, en mi mente complicada de adulta es muy de agradecer.
Por todo esto y mucho más... ¡ADORO SER MAESTRA!
CON M DE MAMÁ y DE MAESTRA
Tema controvertido. Al menos a mí me lo parece.
No, no soy un bicho raro que va en contra de las tecnologías y su uso, a la vista está, pero sí es cierto que tengo mis reservas en lo relativo al uso de las mismas por nuestros menores.
Hoy en día los bichos raros, en todo caso, son mis hijos, que no tienen ni i-pad ni tablet ni juegan solos con nuestros móviles. Pichu, por lo que va viendo en su entorno, lleva pidiendo una tablet hace dos años. Y bueno, quizás algún día la tenga, pero si es así no será ni suya ni de su uso exclusivo, será familiar y estará cargadita de juegos educativos. Que para ver pelis ya tiene la tele, y así convertimos el visionado en un cine en familia. Que bastante nos aisla ya la caja tonta cuando nos sentamos delante suyo, como para encima ir aumentando el aislamiento a base de más tecnología.
Insisto, no, no soy un bicho raro. Uso pizarra digital con mis alumnos porque soy consciente de que las nuevas tecnologías son necesarias y que deben aprender a manejarlas y vivir con ellas, porque es nuestra/su realidad, pero (siempre hay un pero) no comparto el uso que muchos padres dejan que sus hijos hagan de ellas. Aunque, como todo, esto es sólo mi opinión, que no tiene por qué valerle a nadie ni tiene por qué ser compartida.
Cuando vas al pediatra, y hablando de manera generalizada, te encuentras con dos tipos de niños: los que están enganchados a vídeos de youtube en el teléfono de sus padres o jugando con una tablet, o los que la están liando parda. Así a simple vista, y después de un largo día de trabajo, puedes pensar que ya podrían todos los padres tener tan calmaditos a sus hijos como los que están cara a las pantallitas, porque te falta a ti aguantar berridos de quienes no son tus retoños. Error. Porque si repiensas lo que acabas de desear es una verdadera burrada, empezando porque tú no lo haces. Tú no tienes a tus hijos conectados a un aparatito para que estén callados. Ahora, que mirando el otro bando, los que dejan que sus hijos campen a sus anchas por toda la sala, arrastrando sillas, destrozando las torres que hacen otro grupo de niños o vaciando la papelera y poniéndosela en la cabeza... Lo que quieres es coger a los tuyos y salir corriendo de la sala de los horrores. Ni unos ni otros son mejores padres. No estoy hablando de eso. Cada uno que críe como le plazca, aunque cuando mis hijos están incomodando de manera exagerada al resto de participantes, debería replantearme algunas cosas sobre los límites. Que sí, que son niños, pero precisamente porque lo son están en la etapa perfecta de sus vidas para aprender a saber estar en cada lugar y en cada momento; no es represión, es educación.
Pero volviendo al tema que nos ocupa, las nuevas tecnologías, la verdad, no creo que la opción para que nuestros hijos no (nos) molesten sea conectarlos a un aparatito. Existen los cuentos, el dialógo, los juegos de palmas, los juegos tipo "veo, veo", y el aburrimiento, que también es buen amigo del desarrollo, y además necesario. Obviamente, hay ratos para todo, para ver la tele también, pero que no sea por quitárnoslos de encima. A mí particularmente se me cae el alma a los pies cuando mis alumnos, tanto mayores como pequeños, alardean de tooodas las horas de tele que ven al día, o de sus tabletas y consolas, ya que pocos presumen de libros y de la lectura como una costumbre diaria. Me chirría cuando alguna madre me ha contado que "los enchufa" a la maquinita y así alarga la mañana en la cama, o le dejan hacer siesta; y aún así quiero pensar que la tablet, la consola, el ordenador o el móvil están totalmente controlados por los padres, y sigo soñando e imagino que además nada de lo que se traen entre manos tiene que ver con juegos de violencia, claro. Pero creo que lo que aún me rompe más es estar en un sitio público, llámese sala de espera del médico o restaurante, y que toda la familia esté conectada a su aparatito, móvil o tablet. Todos calladitos, todos formalitos... todos aislados, "pero en familia".
Ojo, que sí, que yo también me desconecto cuando lo necesito, como por ejemplo ahora que escribo. Que sí, que mis hijos ven la tele, y nos piden vídeos de youtube de canciones o dibus en el móvil, pero como siempre, en el punto medio está la clave. ME NIEGO A QUE NUESTRO RECURSO ANTE UN MAL DÍA SEA ENCHUFARLOS A LA TECNOLOGÍA Y APAGAR LAS RELACIONES. Nadie dijo que la crianza fuera fácil, es más, suelen decir justo lo contrario, así que "haber elegido muerte" que reza el chiste.
Lo que nos pasa es que padecemos el "síndrome de los padres cansados": trabajo, trabajo, trabajo, en casa y fuera, pero trabajo, trabajo, trabajo... No queremos llegar a casa y que nuestros hijos se nos rebelen, nos den la lata y sean... niños. Y acabamos acomodándonos sin remedio, dándoles todo lo que piden, permitiendo conductas que no consentiríamos si estuviéramos al 100%. Y esto incluye horas de tele, consolas y tablets. Porque es así como llega el silencio, la calma chicha.
En resumidas cuentas, que una cosa es que nuestros hijos hayan nacido en la época de la tecnología y el avance informático, y que por tanto sean absolutos nativos tecnológicos a los que hay que criar " con actualidad", y otra muy distinta es que nos valgamos de su naturaleza tecnológica para "quitarles las pilas" porque estamos cansados.
Ni tanto ni tan calvo.
CON M DE MAMÁ, C de cansados y T de Tecnología

La confianza con nuestros hijos se siembra desde que nacen. Es más, si me apuráis, casi que desde que son pensados. Todas y cada una de nuestras acciones, no sólo nuestras palabras, determinarán si nuestra relación se va consolidando acorde a una confianza mutua o más bien todo lo contrario.
Podemos demostrar confianza en nuestros hijos de muchas maneras, y todas y cada una de esas muestras son las que harán posible que, de manera natural, nuestros hijos se sientan libres y tranquilos, en resumen confiados, a la hora de contarnos cualquier cosa de su día a día. Si lo vemos así, y esto se alarga en el tiempo, nuestros hijos sabrán que pueden contar con nosotros siempre que algo se tuerza, incluso cuando hayan sido ellos quienes hayan provocado esa torcedura.
Demostramos que confiamos en nuestros hijos cuando les hablamos con naturalidad y sin tabúes de aquello que necesitan saber, cuando contamos con ellos para la planificación familiar, cuando les contamos nuestro día (sin ahondar en detalles de adultos complicados y retorcidos, que no les hace ninguna falta), cuando mostramos sin pudor nuestros sentimientos y lloramos con ellos o reímos con ellos, cuando les damos responsabilidades acordes a su edad, cuando aceptamos su mini ayuda, cuando damos valor a lo que nos dicen y los escuchamos con sinceridad, cuando no empequeñecemos sus problemas y les damos la importancia que merecen, cuando les ponemos límites brindándoles todo nuestro amor... En resumen cuando les hacemos ver que creemos en ellos y en sus capacidades, creemos en nuestra relación padres-hijos como el centro de la piña que queremos construir. Y sobre todo y MUY IMPORTANTE, bajo nuestro punto de vista, cuando al venir a contarnos algo que no han hecho de manera correcta o a confesarnos una trastada o la palabrota más gorda del Universo, no entramos en trance y les contestamos cual obeliscos, con un grito, una buena riña o un castigo grande, sino que les DAMOS LAS GRACIAS POR HABÉRNOSLO CONTADO. Así es. Si antes de buscar una solución a su error les agradecemos su confianza, pero con sinceridad, mirándolos a los ojos y dándoles un gran abrazo, estamos propiciando que siempre que se equivoquen o hagan algo que no está bien, sepan que pueden acudir a nosotros, porque sus padres no van a castigarlos sin más, sus padres van a escucharlos y ayudarlos a resolver los conflictos, no sin hacerles, obvio, una buena reflexión sobre lo ocurrido y cómo se sienten por ello.
Escuchar a nuestros hijos y permitirles equivocarse no es lo mismo que no ponerles límites, más bien al contrario. Precisamente porque hay límites y porque saben que hay confianza en nuestra relación, serán ellos mismos quienes acudan a nosotros cuando hayan sobrepasado esos límites y eso no les haga sentir bien. Y, con suerte, en un futuro no muy lejano, cuando la adolescencia y la rebeldía corran por sus venas, se sientan con la libertad de hablar de sus dudas e inquietudes sin tapujos en casa, porque saben que cuentan con unos padres que escuchan y guían antes de juzgar o poner el grito en el cielo, con unos padres que darían su vida por ayudarlos en cualquier situación.
La confianza nace con ellos. Nosotros sólo tenemos que hacerla crecer, al mismo ritmo que ellos lo hacen.
CON M DE MAMÁ y C de CONFIANZA
CON M DE MAMÁ
¡Ah! ¡Que no lo sabíais? Pero si yo creo que es vox populi... Ahora, conforme te entregan el nuevo dni te dan el título de maestro/maestra con prácticas hechas y todo, sí, sí.
Ah, que me dicen que no, que eso es sólo comprando muffins en el Lidl. Pues no lo entiendo, debe ser que todo el planeta compra últimamente magdalenas ahí. Si no, no entiendo entonces porque tengo la suerte de trabajar en una profesión en la que el resto de mortales sabe más que quienes la ejercemos. No, de verdad, no exagero un pelo, es así.
Yo tengo la extraña costumbre de ir al médico, escuchar lo que ha de decirme y, como mucho y con mucho respeto, preguntarle si no he entendido algo o incluso pedirle que me lo repita.
También tengo la manía de, cuando hago la compra, no indicarle a la cajera si es mejor que me abra las bolsas o no o si es preferible que devuelva con billetes.
Además, soy de las que confío en mi peluquera y, como mucho, le pido que no me seque el pelo con forma porque no me gusta, pero no le indico ni cómo ha de desfilar las puntas, ni cómo ha de cortar o tintar, básicamente porque yo no entiendo.
Para más inri, tengo la horrible manía de consultar con la farmacéutica ante cualquier duda sobre un medicamento, me dejo asesorar en la carnicería y no doy lecciones de escaparatismo a las zapaterías de barrio.
Vamos, que no intento ir de lo que no soy, simplemente porque NO LO SOY.
No, no estoy enfadada, aunque sí un poco hasta los anacardos, que diría mi amigo Paco. Estoy cansada de que tantas y tantas personas, padres y madres o no, opinen sobre nuestra manera de hacer las cosas y que casi siempre sea para criticar, darnos lecciones o menospreciar nuestro trabajo. Vale, sí, el mismo gobierno (cualquiera de los que ha estado en el poder) se ha encargado de transmitir al mundo que, al menos aquí en España, los maestros y profesores somos un cero a la izquierda, y lo ha hecho de una manera muy sutil: manejando leyes educativas a su antojo, cambiando cada pocos años, destrozando las anteriores, jugando con el currículo y no preguntando a quienes de verdad conocen la realidad del aula y la escuela de primera mano. Quizás sea por eso que, de manera subliminal, llega el siguiente mensaje a la sociedad: los maestros y profesores, sobre todo los funcionarios esos que se han currado una oposición para ganarse el puesto, son el último escalón, son unos profesionales cuya carrera es una porquería, que están ahí porque necesitamos que haya "guarderías" para niños grandes.
Pues no señores y señoras, esto no es así. Habrá de todo, como en todas partes, igual que habrá todo tipo de médicos, cajeros y cajeras, peluqueros y peluqueras, conductores de camiones y demás, pero como en tantas otras profesiones, también hay mucha vocación, hay muchas horas de dedicación y dudo que todos los que nos ponen a caer de un burro duraran un día en un aula, con 25 criaturitas si no más, cada una de un padre y una madre, con tantos conceptos que aprender según el nuevo currículo, con ese ritmo frenético que nos imponen los de arriba, los que no están en la clase, y con tanto papeleo inútil y burocracia que resta tiempo y energía para lo que de verdad nos mueve: los niños.
Nosotros, en la gran mayoría, tampoco somos partidarios de tanto libro y cuaderno, ni de repetir año tras año los mismos conceptos, ni de aborregar en la enseñanza, ni de exámenes desde los 6 años, ni de pruebas externas para crear rankings que determinarán qué escuela es mejor... No, no estamos de acuerdo con eso. Lo que pasa es que cuando nos manifestamos y quejamos, los mismos que critican nuestra labor piensan que lo hacemos por el sueldo. ¿Alguien se ha parado a escuchar nuestros mensajes? Pocos. Los pocos papis y mamis, que siempre son los mismos, que nos acompañan de verdad en esta tarea educativa, los que de verdad creen en la comunicación escuela-casa, los que aprecian que intentemos crear en clase a pesar de las trabas cada vez mayores para que todos vayamos a una, tengamos el alumnado que tengamos. El resto, mientras, sigue criticando(nos), opinando para mal, mirando(nos) por encima del hombro, no escuchando, cerrando puertas mientras venden que buscan una enseñanza basada en la felicidad absoluta de sus hijos... Y es por esto que no aceptan cuando sus hijos hacen algo de manera incorrecta, y revierten su enfado contra nosotros, que no somos sus padres y lo único que pretendemos es, además de enseñar los conceptos y demás que nos ordenan, enseñarlos a vivir en sociedad a través de la convivencia en su grupo clase, intentar desarrollar cabecitas pensantes con criterio propio; y de ahí nuestra insistencia en el respeto a unas normas básicas que les ayuden a relacionarse con sus iguales y los adultos.
Es triste que siempre haya algún padre o madre que nos conteste con desdén, de mala gana, que nos ponga a caldo en la misma puerta de la escuela, que dude de nuestra continua formación y pretenda que nos formemos de lo que ellos consideran que debemos formarnos, porque suelen ser los mismos que proclaman a los cuatro vientos la educación tan abierta, tan de valores y tan llena de amor que están dándole a sus hijos. A mí esto me parece una falta de respeto enorme, y también de confianza.
Insisto, si no estáis de acuerdo con el sistema, quejaos a quienes lo montan. Nosotros somos marionetas que han cortado los hilos a pesar del riesgo, y seguimos siendo maestros por vocación, no por las vacaciones. Nunca salimos puntuales ni a la hora de comer ni por la tarde, nos llevamos mucha faena a casa, no dejamos de idear mientras estamos criando a los nuestros, a los que muchas veces robamos tiempo para dar calidad a los vuestros. Y lo hacemos porque queremos, porque nos gusta, porque esta profesión, a pesar de los pesares, nos da la vida.
Sólo pido pues un poquito de respeto y confianza, igual que les mostráis al cartero, la panadera, el peluquero o el doctor, a quienes no les decís ni cómo han de hacer su trabajo ni cómo han de tratar a su clientela. Y si de verdad, a pesar de los pesares, sentís la firme necesidad de hacerlo, entonces es momento de que os planteéis un cambio de escuela, o el "homeschooling" que tan de moda vuelve a estar; porque si no hay confianza como punto de partida en una relación, la relación se va a pique. Y esto no deja de ser una relación de dos que tienen un proyecto común que llevar a cabo: formar personitas con valores que sepan vivir y convivir en sociedad y que adquieran los conocimientos básicos para tener una mente crítica, un criterio propio y unas ganas de tirar "palante" siempre y a pesar de todo.
A mí no me regalaron mi puesto de trabajo, y por eso me dejo la piel en él cada día. Por eso también valoro el trabajo de todos y cada uno de los profesionales del sistema, y no me creo con el derecho a decirles ni cómo deben hacerlo ni qué deben saber. Si no me gusta lo que veo, cambio, no hay más. Será porque me crié en un hogar donde se me inculcó que el respeto a los demás es la base de cualquier sociedad, y en el que de verdad sentí el acompañamiento escuela-casa en todo momento. No se trata de dejarnos aborregar y de aceptar porque sí, se trata de valorar, respetar y confiar. Y si esto es así es entonces cuando, como dirían muchos de los que nos critican, todo fluye...
CON M DE MAMÁ y MAESTRA
Porque ya está bien, hombre. Que vivimos en una época en la que, si no somos capaces de ponerle nombre hasta al papel del baño, no dormimos tranquilos. Hay métodos para todo, corrientes de trescientos tipos y teorías a puñados. Y, mire usted por donde, que justo venimos a dejar de lado lo que más falta nos hace a la hora de criar: ¡EL SENTIDO COMÚN! (Que dicho sea de paso, es el menos común de los sentidos, y ¡vaya si se nota!).
Siguiendo esta moda de bautizar hasta la manera de sonar los mocos de nuestros hijos, porque aspirar no es lo mismo que usar suero a chorro, también hemos dado nombre a la ciencia que se ocupa de la educación y la enseñanza: la pedagogía. Y lo hemos hecho nada más y nada menos que asociándola a un color, el blanco. Que está muy bien, por lo de asociar el blanco a la pureza del alma, la inocencia y demás. Como nominativo el blanco hace un buen papel. Y a partir de ahí, como todo y como siempre: irse al extremo es... ¡Peligroso!
Como hay diferentes tonalidades de blanco: blanco roto, hueso, crudo, blanco sucio, blanco grisáceo, blanco azulado, blanco novia... Entiendo que dentro de esta corriente que es la Pedagogía Blanca se admitirán matices y no hará falta ser muy radical al cumplirla, ¿no? Por lo que he podido leer en redes sociales y demás, esta forma de criar evita el "trauma", así que para no ser ambiguos en el mensaje, deberían dejarnos adaptar sus enseñanzas a lo que nos convenga sin reprocharnos nada para que no suframos una decepción o nos sintamos inútiles y demás, digo yo.
Reconozco que no he ahondado (ni voy a hacerlo, por el momento) demasiado en el tema, por tanto no puedo ni voy a criticar directamente ningún enunciado que esta corriente defienda; sin embargo, sí que voy a argumentar el porqué de lo dañino de su existencia para nosotros, los padres de ahora, los padres modernos que leemos, releemos y hacemos másteres en "cómo cambiar un pañal", mientras dejamos aparcado a un lado nuestro instinto y nuestra iniciativa.
A los señores creadores de la Pedagogía Blanca les diría que resulta que los padres de ahora tenemos tanto miedo de no cumplir las expectativas, de no dar la talla y de que nos invada ese famoso sentimiento de culpa en forma de remordimiento, que en multitud de ocasiones (por no ser demasiado tajante y usar el "siempre") seguimos a rajatabla todo lo que oímos o leemos que nos suena chachipiruli, y más si se trata de tener a nuestros hijos en un constante (y absurdo) estado de felicidad. Así que si ustedes, que parece que son los que más molan últimamente, nos dicen que no hay que usar el "no", jamás lo usaremos, y si nos dicen que hay que hacer el pino puente mientras se les cuenta un cuento, así lo haremos.
Tengan en cuenta que vivimos estresados entre casa y trabajo, y que cuando llegan ciertas horas (bien de mañana, bien de noche) nos apetece poco pelear y discutir, así que somos muy partidarios de consentir muchas cosas, como por ejemplo, que se elijan la ropa hasta el punto de que vayan al colegio semidisfrazados, con capas y más capas sin sentido o con el pijama bajo de la falda de tul del disfraz de princesa o que nos toreen hasta el punto que siempre lleguemos tarde al colegio; además, como queremos criar niños que tengan total autonomía y poder de decisión, en bastantes ocasiones dejamos que hagan lo que les plazca, porque mientras sean felices, lo demás no importa (no importa que por ejemplo, indirectamente, les estemos enseñando que llegar tarde a su futuro trabajo estará bien y no tendrá consecuencias, o éstas no les afectarán, ya que papi y mami estarán para salvarlos), y mientras... Hemos olvidado que si no les enseñamos nosotros la diferencia entre libertad y libertinaje, nadie lo hará, que si no les hablamos de respeto, empezando por respeto a los que convivimos con ellos, quizás sea demasiado tarde y que para que adquieran autonomía no se trata de dejarlos hacer sin más sino de enseñarles poco a poco según su madurez y darles responsabilidades adaptadas a ellos.
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Porque no, hablarles de normas no es frustrarlos, ponerles límites no es amargarlos, decirles NO no es ni traumatizarlos ni cohibirlos... No, no lo es. Porque si los límites, las normas y el NO van acompañados de cariño, de amor del bueno, de sentido común y de querer protegerlos de verdad contra los peligros del loco mundo al que los hemos hecho venir, ni se traumatizan, ni se amargan, ni estamos criando niños infelices ni chuminadas parecidas, al contrario, así conseguimos personitas que, además de felices, están aprendiendo a vivir en sociedad, a respetar al de al lado, a que lo primero no siempre puede ser su ombligo, individuos empáticos y con valores.
A mi humilde y nada experto modo de ver, señores míos, la pedagogía da igual si es blanca o negra, lo que tiene que haber es sentido común al aplicar todos esos enunciados, no dejarnos cegar y aplicar a pies juntilla absolutamente todo lo que leemos o lo que nos dicen que ahora se lleva. Vale que seamos padres modernos, padres que no quieren repetir lo que, desde su punto de vista, fueron errores que se cometieron con ellos... yo diría que más bien parece que, por tónica general, somos padres que confundimos dejar que los niños hagan lo que les da la real gana, a todos los niveles, con "que sean felices". La verdadera felicidad no tiene nada que ver con que venga alguien y nos diga: haz lo que te rote, tenga las consecuencias sociales que tenga. Por tanto, mejor si no transmitimos a nuestros hijos ese mensaje erróneo.
Si por no soportar una rabieta porque pensamos que eso es "infelicidad", si porque estamos cansados y queremos paz todo el rato, si porque nos sentimos mal porque no les hemos dedicado tiempo o si porque al negarles algo estamos cerrándoles los chakras, vamos a dejar que nuestros hijos hagan siempre y bajo cualquier circunstancia lo que les dé la real gana, contra viento y marea y afecte a quien afecte, entonces, preparémosnos para la generación de monstruos que estamos creando.
Criar con sentido común no está reñido con criar niños felices. Porque, además, da la puñetera casualidad de que la vida no nos permite estar siempre en ese permanente estado idílico. Así que cuidadín con lo que hacemos o tendremos muchos reproches futuros, cuando cada vez que algo no les salga como querían se peguen el tortazo una y otra vez.
Los niños son felices si les dedicamos tiempo de calidad. Aunque les digamos no, aunque les limitemos su libertad para que no invadan la del otro. Los niños son felices cuando pueden disfrutarnos de manera real e intensa, y cuando nos necesitan y nos encuentran. Sencillo.
Así que dará igual que la pedagogía sea blanca o negra mientras interpretemos según nuestra conveniencia y comodidad y no pensando en las consecuencias de nuestras actuaciones.
Yo, si hay que elegir, por si acaso me quedo con la de colores.
CON M DE MAMÁ y C de COLORES
Me gusta pensar que más que maestra, si quiero, puedo ser maga.
Porque si quiero, puedo convertir los objetos más tontos en los más divertidos, tan sólo poniéndoles un nombre nuevo para mis alumnos; un nombre que a ellos les suene cómico, y al resto del mundo a inglés.
Patata nunca será lo mismo desde que descubren que potatoe es mucho más divertido de pronunciar y da mucha más risa.
Ir al school garden (orchard me suena a ogro, y lo último que quiero es asustarlos) a plantar potatoes and barley es mucho más emocionante si lo hacemos cantando el último hit "Follow the yellow brick road", cortesía del Wizard of Oz; además, así se nos olvida que estos días está haciendo más frío porque mientras cantamos vamos al ritmo de 1, 2, 3, JUMP!
Si abro mi enorme bolsa y pongo cara de misterio, ellos ya saben que algo nuevo va a aparecer de repente, y sus caras no tienen precio. Y la cosa más tonta se convierte en la más chula del mundo mundial.
Si muevo la varita que the good witch of the North me ha dado y tengo suerte, justo en ese momento el vídeo que estábamos viendo se para, y entonces todos me miran expectantes para ver cómo narices arreglo el lío que he hecho. Otro golpe de varita y sus mandíbulas caen hasta el suelo. Y mientras ellos se recuperan del shock yo pienso que si lo hago adrede, no me sale mejor.
Así que sí, las maestras y maestros podemos hacer magia, y de la buena. Sólo tenemos que creer en nuestra capacidad de hacer realidad los sueños de los más peques. Ellos tienen todas sus esperanzas puestas en nosotros, y nosotros tenemos la gran responsabilidad de hacer posible que su aprendizaje sea un camino interesante, motivador y apasionante.
Por eso, hay unas cuantas cosas que son imprescindibles para que nuestros encantamientos funcionen, y que no está de más tener a mano. Yo os dejo mi lista de los diez imprescindibles que últimamente me acompañan a todos lados; pero si me preguntáis en un mes, estoy segura de que la lista habrá aumentado y variado. Aquí va pues, por si os sirve.
10 COSAS QUE NECESITA UNA MAESTRA DE INGLÉS:
1. Una varita. Cuanto más brillante, más cursi y más grande, mejor, porque más magia podrás hacer con ella, y así lo creen ellos.
2. Una regadera. Las regaderas nos sirven para regar las plantas, para jugar a que llueve y para animarlos a ellos a que sigan su camino hacia arriba cuando les tiras unas gotitas de agua invisible.
3. Macetas de colores. Cualquier momento es bueno para plantar una semilla. Estás creando vida, y el proceso para ellos es pura magia. Para ti lo mágico es que aprendan las cosas más cotidianas en una lengua que desconocen y, sin embargo, la sientan como suya.
4. Si llevas regadera y macetas, necesitas semillas, claro: de flores, de cereales... ¡Qué más da! Las macetas con una cara dibujada de pronto un día tendrán pelo, y eso es muy, muy guay.
5. Y si llevas regadera, macetas y semillas, necesitas sustrato para poder dejar caer las semillas. No ocupa demasiado, bueno, quizás un poquito, pero mi bolsa es enorme y apenas se nota.
6. Rotus molones que sirvan para pintar cualquier tipo de material. Así puedes improvisar carteles que te lleven a la ciudad mágica en la que se halla el huerto, ésa que está al final del yellow brick road y en la que nos vamos a encontrar a la bruja buena y al scarecrow.
7. Polvos de hada y stickers, muchos stickers. Los polvos de hada están hechos de purpurina muy fina, y se guardan en bolsitas especiales, como las que usamos para guardar las joyas. Si rociamos a los peques con un puñadito de polvos y les ponemos un sticker en la mano, sólo habrá que esperar unos segundos a que alguno diga que ha volado un poquito y que no tocaba el suelo. Y entonces, todos habrán volado también.
8. Unas gafas mágicas. Unas gafas grandotas, sin cristales y muy ridículas, que sirven para ver animales volando y muchas cosas más. En cuanto te las pones tú y dices con énfasis "Oooooh! I can see a pink elephant!", en menos que canta un gallo tienes la clase llena de animales de colores y formas raras, porque todos ven de todo, y de paso repasan vocabulario sin saberlo.
9. Una mascota. La que sea. Grande, pequeña, bonita o fea. Da igual. La cuestión es que su nombre suene divertido, que puedan abrazarla, mimarla y buscarla por toda la clase porque la muy pillina se ha escondido. Y ¡ay como se te olvide en casa o en otro sitio! A ver qué te inventas para salir del paso porque no hay día que no pregunten por ella.
10. Y, por último, un saco grande de ilusión, paciencia, imaginación y muchas sonrisas. Porque habrá días en los que estarás cansado, te dolerá la cabeza, habrás dormido poco, tendrás un mal día o quizás lo tengan ellos ... y entonces, sólo con abrir el saco, recordarás por qué estás donde estás y por qué tienes a 25 personitas delante mirándote con los ojos bien abiertos y esperando a que... ¡Empiece el espectáculo!
CON M DE MAMÁ y de MAESTRA
Jo vull una escola en valencià. Vull poder triar, però de veritat. Vull que cada família puga decidir la línia que prefereix i que una votació precipitada i sense cap informació no ens deixe sense opcions als que vam triar ja fa temps que voliem l'escolarització dels nostres fills en valencià. No és just que utilitzen l'escola com una joguina, que de sobte i sense més informació, ens posen en la corda de prendre una decisió que separa i divideix en compte d'unir i fer escola. DEIXEU DE JUGAR AMB LA FORMACIÓ DELS NOSTRES FILLS. Pel dret a una escola en valencià per a aquells que així la volem. Respecte als nostres arrels, la nostra llengua i la nostra cultura.
I, evidentment, haurem de votar si volem que es mantinga el que tenim. Com sempre, estem lligats de mans i peus 😔
CON M DE MAMÁ y V de VALENCIANO