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5 de julio de 2016

Vivir la vida

Esta tarde hablaba con un gran amigo sobre la capacidad de emocionarnos. Ambos coincidimos en ser dos personas que vivimos intensamente todo. Lo damos todo en cualquier situación.
Yo soy de lágrima fácil, de risa fácil, de carcajada con lágrimas. Soy intensa. En todo. Con todo. Si empiezo algo, lo hago con la fuerza propia de quien empieza el proyecto de su vida, aunque sea una simpleza, aunque lo deje a mitad, aunque lo retome años después. Cuando estoy en algo estoy al 200%. Cuando estoy con alguien, ídem.
Que la vida son dos días y hay que aprovechar cada momento es algo que cansa de tanto que nos lo venden, pero es la pura realidad. Hoy estás. Mañana quién sabe. Hoy están, mañana quizás no.
A cada persona que adopto en mi corazón la quiero porque sí, por lo que me aporta y lo que me deja aportarle. Si en algún momento desaparece, me quedo con lo bonito, porque me entregué del todo, porque lo hice porque quise y porque no sé hacerlo diferente.
Soy una soñadora nata. Tengo muchos sueños que comparto con mi yo niña, con mi yo adolescente, otros que van apareciendo conforme crezco, maduro y me hago vieja. Otros que se han cumplido, otros que jamás verán la luz pero en los que me dejo el alma como si alguna vez fueran a ser realidad.
Soy madre 24 horas incluso no estando con ellos, respetando mis momentos y los suyos. Soy amiga, amante y muchas cosas más siempre al máximo de mi capacidad. Demasiado intensa para quien sea de emociones frágiles o cómodas. Puede ser. No concibo sentir de otra manera.
Empiezo mil historias, me dejo la piel mil veces. Conozco a mil personas y me dejo el corazón mil veces. No creo que esto desgaste, más bien al contrario, es cíclico, me da la vida. Es vida. La mía.
No concibo mi día a día sin emocionarme en varios momentos, por diferentes razones, con distintas circunstancias. Quizás soy excesivamente vital. Tal vez.
Vivo intensamente. Sueño intensamente. Siento intensamente. Siempre.
Estoy demasiado viva por dentro como para dejar morir lentamente mis ganas de comerme el mundo. No sería yo. Sería otra. Mucho menos intensa, sí, y mucho menos viva.
Y mucho menos yo.

6 de mayo de 2016

Me gustan las personas bonitas

Me gustan las personas que sonríen con la mirada. Las que tienen la capacidad de sacarme una sonrisa aún cuando todas mis ganas de sonreír se han ido de viaje.
Me gustan las personas que hablan con la sonrisa. Ésas que, sin necesidad de mediar palabra, te dicen mucho más que otras que llevan toda una vida hablándote.
Me gustan las personas que piensan bonito. Las que no buscan dobleces y tampoco las provocan.
Me gustan las personas de expresión transparente. Aquellas a través de las que ves el mundo de manera sencilla y natural porque no dejan pasar la oscuridad a su corazón ni aun en los peores días.
Me gustan las personas que transmiten intensidad, pero de la sana, de la que carga las pilas, de la que se contagia, de la que te atrae irremediablemente y te hace querer volver.

Me gustan las miradas que hablan, las sonrisas que no callan lo que sienten, los gestos que dicen.

Me gustas. Siempre que tu mirada, tu sonrisa y tu expresión sean ciertas, sinceras, transparentes, intensas, buenas... Y sobre todo: VIVAS.

Me gustan las personas bonitas.

14 de febrero de 2016

Maternidad a presión, como las ollas.

A veces sólo necesito escribir. No hay temas concretos, nada ocurrente; simplemente mi mente está en estado de ebullición y necesita soltar vapor a discreción para recuperar la cordura.
Es en esos días en los que más necesito encontrarme conmigo misma, cuando más imposible es porque el sueño me llega mucho antes de lo previsto, o porque después de todo el día usando el coco a velocidad ultrasónica, me pongo delante de la pantalla y me quedo como ella: en blanco.
La maternidad nos deja pocos rinconcitos nuestros, propios y de nadie más. Solemos compartir el día y cada uno de sus segundos con nuestros hijos y con nuestros compañeros de trabajo, y con nuestros otros "niños" (alumnos) y/o con nuestros quehaceres caseros; a veces, con suerte, también algún rato con nuestras parejas o alguna amiga. Pero la rutina semanal deja poco espacio para sorpresas, y normalmente el lunes va demasiado seguido del martes, y el martes del miércoles, y así hasta el domingo y vuelta a empezar. 
Hay semanas en las que se juntan las enfermedades infantiles en pleno auge, con los enganchones de espalda, la faena atrasada del trabajo y la faena de casa, y simplemente, no ves la luz al final del túnel ni enfocando con una linterna.
Hay semanas en las que, a pesar de todo, no sabes cómo pero sacas tiempo y espacio de donde no los hay, y te sientes la más dinámica del mundo mundial, y todo es felicidad y buen rollito, y pareces una flor hippy en pleno festival de Woodstock. Esos días son simplemente geniales. Luego vienen los días en los que piensas que si vuelves a oír un "mamiiiii" más en tono lastimero vas a tener que hablar seriamente con Houdini para que te haga desaparecer, o con Harry Potter para que te venda su invisibility cloak.
Nobody said it was easy que diría mi querido Chris Martin. Ya hijo, ya. Pero derecho al pataleo tenemos todos, y hoy me pillas cansada hasta la médula y con una necesidad de vacaciones maternolaborales que ni te imaginas. 
Además, por aquí llevamos ya dos horas de rodaje y de momento ya ha habido 20 discusiones fraternales (y seguimos sumando), 10 situaciones de cabezonería pura y dura repartidas entre ambos a partes iguales, varios (muchos) intentos frustrados de conversación entre Papi y yo, niveles de decibelios que superan los de cualquier zona ZAS cada vez que hablan o cantan (que nos hemos levantado hoy en modo Pavarotti y Callas), y suma y sigue. Nada que no pueda arreglar un paracetamol. ¡Mieeerda! ¡No queda! No problem. Voy a amorrarme a la botella de apiretal a la de ya. Y a continuación me voy a por los cantos rodados que tengo en las macetas para metérselos en los bolsillos, porque aunque hace un viento que ni el tornado del Mago de Oz, o salimos a tomar el fresco (figurado, porque por aquí seguimos en primavera) o a la hora de comer estoy pillando tren a donde sea. ¿Algún alma caritativa que me acoja en su reino?
¡Aleeeee! ¡Feliz domingo! ¡Y feliz San Valentín a quienes lo celebréis! 
Nosotros no somos de 14 de febrero, ni de regalitos ni declaraciones de amor justo hoy por ser el día que es, pero que sea domingo ya es una suerte. Y poder pasarlo con mis tres tesoros lo es mucho más. (Con paracetamol y piedras, eso sí).

CON M DE MAMÁ y O de Olla a presión