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20 de marzo de 2016

Hablemos de sexo

Sin tapujos.
Pregúntame lo que quieras. No voy a enfadarme porque quieras saber. Al contrario, me preocuparé si no te inquieta nada, si no tienes curiosidad por descubrir o si no quieres conocer más sobre tu cuerpo y el de quien te atrae.
Hablemos de sexo porque no pasa nada. Porque la naturaleza nos ha hecho sexuales y es natural. Porque conocerte y saber es aprender a respetarte y respetar. Porque valorar cada rincón de tu piel es aprender a amarte más aún.
No hay nada malo en que sientas hormigueo si quien te gusta tan siquiera te roza la mano o te mira intensamente. Lo malo llega cuando permites que pase de donde tú no quieres. Hablemos pues de todo. Sin miedo. Pregúntame abiertamente sobre ti. Sobre el placer. Hablemos de que la sexualidad sana es buena, porque es parte de nuestra naturaleza. Al fin y al cabo somos animales. Y el cuerpo pide a gritos sensaciones.
Hablemos de que has de tener claro qué quieres y con quién, de que nadie puede obligarte a querer lo que tú no deseas; de que has de sentirte libre de decir no o sí, y no sentirte ni mejor ni peor por ello. Tu cuerpo es tuyo. De nadie más.
Hablemos de sexo y de respeto. Respeto a ti y por ti y respeto por tu compañero o compañera de juego. Respeto por los límites que quieras marcarte o los que se marque quien tengas delante. Respeto por tus gustos y los de quien quieras que los comparta.
No tengas miedo, hija. No te avergüences por querer saber, hijo. Yo no voy a prohibirte que sepas. Yo no voy a juzgar cada etapa de descubrimiento que llegue a tu vida. Sólo quiero que sepas que estaré siempre aquí para responder a todas y cada una de tus preguntas, con sinceridad, intentando no posicionarme ni marcar tu decisión.
Yo sólo quiero que crezcas sabiendo que tienes un cuerpo maravilloso que has de cuidar y valorar. Sólo quiero que vivas, disfrutes, no te sientas culpable ni tengas miedo por avanzar en ciertos aspectos normales, según os desarrolléis tú, tu cabeza y tu cuerpo.
Hablemos de sexo, de la vida, de ti, de las mariposas en el estómago y de todos esos temas que me harán tragar saliva cada vez que me los plantees pero para los que prometo tener siempre oídos, un abrazo de oso y las palabras más sinceras.

Hablemos.

Te quiero. Sin tapujos ni tabúes. Racionalmente animal.

CON M DE MAMÁ y S de SEXO

8 de abril de 2015

Ni ángeles ni demonios

Es que somos nosotras las primeras en caer en la trampa. Tal cual.
Sacan un anuncio de no sé qué firma en el que las protagonistas, según reza la campaña, son "mujeres reales" que niegan ser ángeles, "#Imnoangel", en clara contraposición a las modelos conocidas como "Victoria's angels", y en seguida aparecen en todas las redes sociales los vítores y demás; y la gran mayoría de aplausos son de mujeres que se consideran "reales".
¿Pero estamos tontos o qué? Y perdón por la expresión porque mi último fin es ofender; es sólo que no lo entiendo.
¿Mujeres reales? ¿Ángeles o demonios? ¿SE NOS VA LA PINZA? ¿Es que no van a dejarnos en paz y encima nosotras vamos a seguir consintiendo tanto machaque, tanta publicidad burda y tanto mensaje nocivo? ¿Por qué no ocurre lo mismo con el mundo masculino? ¿Por qué no se gastan las energías en eliminar páginas web que hacen apología a la anorexia y la bulimia, o nos garantizan seguridad real en las redes sociales para adolescentes y niños? No, es que eso ni vende, ni publicita, ni nos retuerce y marea las neuronas. Vamos, no conviene. Y encima a nosotras nos falta tiempo para levantarnos de la silla y seguir el juego, como las ratas del Flautista de Hamelín (¿recordáis el final del cuento, por cierto?).
Así no. Así no hay quien normalice tanta tontería y tanto culto absurdo al cuerpo, así no hay quien acabe con los falsos mitos, las mil y una barbaridades y los cánones absurdos. Da igual que vitoreemos a los ángeles o a los demonios, la cuestión es que haciendo una cosa u otra estamos dándole demasiada importancia al tema del culto al cuerpo. No hay más. Así seguimos siendo esclavas de nuestra imagen, de tanto canon y tanta moda.
Vamos a ver, señores y señoras, yo tengo una pregunta: Si no mido metro ochenta y tengo 90-60-90, si tampoco mido metro cincuenta y peso 100 kilos, y mido 1,60 y no sé qué peso porque hace años que decidí no hacerlo, pero no soy ni excesivamente delgada ni excesivamente rellenita, ahora uso una 36 pero he usado la 38, a veces menos incluso, a veces más; eso sí, tenga la talla que tenga, tengo el trasero respingón... Entonces, ¿no soy real? ¿en qué lado quedo? Porque por lo visto no soy ni ángel ni demonio. ¿Qué soy? ¿Un puñetero ente? ¿Tengo que volver a vivir pendiente de la gordura o la delgadez o puedo seguir madurando y pasando página después de haber entendido que lo importante es gustarme a mí misma primero y principalmente? Es que así no hay quien se aclare, majetes y majetas.
Tenemos clarísimo que la belleza está en el interior, que lo primero es querernos a nosotras mismas y blablablabla... Pero a la primera de cambio nos venden una imagen de "mujeres reales" y ahí estamos en primera fila gritando "¡COMPROOOO, COMPROOOOO!". Así no. No aprendemos.
Si seguimos entrando en el juego, seguiremos caminando en bucle. ¿Desde cuándo lo que a mí me parece hermoso ha de parecérselo al mundo entero? ¿Hemos de globalizar hasta gustos y opiniones? A quien las Victoria's angels le parezcan la representación máxima de la belleza, ¡olé! A quienes las modelos de esta nueva campaña "mujeres reales", tan desafortunada bajo mi punto de vista por lo de entrar en el juego y demás (no se me malinterprete), le parezcan la representación máxima de la belleza, otro ¡olé!
Lo que está claro es que, señoras y señores, MUJERES REALES SOMOS TODAS, con nuestros huesos grandes o pequeños, nuestra piel satinada o imperfecta, nuestras carnes prietas, fofas o tersas. Porque la realidad de cada mujer, GRACIAS AL CIELO, es distinta. Gloria bendita esta diversidad que nos asegura ser especiales y ÚNICAS, y que tristemente ni aprovechamos ni apreciamos.
No demos cancha a tanta hipocresía de mercado, porque ni los creadores de los ángeles ni los creadores de los demonios dan un duro por nuestra libertad y salud mentales, es más, les importan un carajo.

¿ÁNGELES O DEMONIOS?


Pues a estas alturas de mi vida, yo no me veo ni ángel ni demonio, al menos en lo relativo a carnes. Y sí, a pesar de ello, ME GUSTO, con mis días mejores y peores, con mis ojeras, mi piel cetrina cuando no duermo lo suficiente (o sea casi siempre) y mi cuerpo de madre total, porque sé que mi "belleza" va más allá de lo físico... O al menos más allá de lo que marcan cuatro publicistas y dos expertos en moda.

 
CON M DE MAMÁ y H de HASTALASNARICESDETANTATONTERÍA

29 de marzo de 2015

10 razones, o más, por las que me gusta mi cuerpo

1. Porque es en el que viaja mi esencia, mi alma y el que aguanta todas mis torpezas y caídas.
2. Porque es en el que viajaron mis dos pequeños durante nueve meses.
3. Porque es el que se encargó de que durante esos nueve meses a mis hijos no les faltara de nada.
4. Porque es una máquina perfecta, con sus achaques a temporadas como cualquier máquina, pero que sigue en garantía después de todo.
5. Porque según los tiempos que corren es imperfecto y me gustan todas y cada una de esas imperfecciones, porque son mías, porque soy yo.
6. Porque me ha enseñado que es único, y que sólo por eso, porque fue hecho en exclusiva para mí, ya vale su peso en oro.
7. Porque es el que mi compañero de vida quiere y desea cada día, con sus pequeñitas estrías, con su piel poco tersa e hidratada, con sus abdominales blandos y su firmeza bien lejos, con el tiempo marcado a fuego en él y las huellas de la maternidad asomando por cada poro de su piel; porque es con el que sigo enamorándolo a ratitos.
8. Porque es el que admira mi hija mayor, el que toma como referencia, el que quiere para ella cuando sea mayor, el que irremediablemente asocia con belleza, el que valora como un tesoro, al que quiere asemejarse y el que sigue reconfortándola cuando necesita consuelo y amor.
9. Porque es el que acurruca a mi hijo pequeño cuando de noche se engancha a mi pecho, es donde él encuentra su hogar, su calor, su seguridad y su mimo, y gracias al que vivimos una conexión mágica e intensa, donde retoma su punto de origen y se sabe feliz.
10. Porque me niego a caer en la trampa de la moto que nos venden según qué modas. Porque mi cuerpo, redondo a veces, delgado otras tantas, irregular casi siempre según los cánones de ahora, es sinónimo de vida y energía. Porque lo que para unos es perfecto, para otros no lo es, y por ello decidí hace tiempo que si yo no sabía "mirarme" bella, nadie lo iba a hacer por mí. Porque no hay nada más bello que la seguridad de saberse afortunado y agradecido por cada pedacito de vida. Y si mi cuerpo es todo vida, entonces... ¡qué suerte de fortuna y cuánta belleza puedo desprender con una simple sonrisa sincera!

CON M DE MAMÁ y de MI CUERPO

14 de julio de 2014

Quedémonos con lo importante.

Hace mucho, mucho tiempo (venga, quizás no tanto) yo era una chica como otra cualquiera: vivía preocupada por sacarme las castañas del fuego (esto no ha cambiado), que no era poco, indignada con el mundo loco en el que estamos (esto tampoco ha variado, es más, va en aumento) y también por "verme bien" siempre que fuera posible. Sí, así es, vivimos en una sociedad en la que el mensaje erróneo está anunciado con luces de neón por todas partes: para sentirte bien, has de verte bien. Nooooo, es que no es así. Es justo al revés, nos lo enseñan mal. Pero bueno, antes o después, la vida, la madurez y, en mi caso, la maternidad, te muestran que quien hizo el cartel del lema se equivocó en el orden, y entonces, vives más feliz, sin más. 
Me considero algo coqueta, aunque no lo fui durante un tiempo y no viví una edad del pavo excesivamente pronunciada (gracias al cielo); supongo que la edad te enseña a sacarte partido, físicamente (y mentalmente) hablando, y descubrir con que te ves bien. Pienso que esto es parte de un proceso que todos, en mayor o menor medida, pasamos, y que ayuda al afianzamiento de nuestra personalidad, de nuestra confianza y, en parte, de nuestra autoestima. Pero, por otra parte y por desgracia, la sociedad en la que vivimos, es muy caprichosa con el tema del aspecto físico, y nos enseña desde pequeños que hay unos cánones a seguir que, curiosamente, en nuestro fuero interno, jamás coinciden con como nos vemos nosotros. Si se llevan las curvas, nos vemos excesivamente flacos, y si se lleva la delgadez, nos vemos enormes. La cuestión es que, tristemente, estamos predestinados a no gustarnos y a nadar en un mar de complejos durante muchos, muchos años.
Yo, personalmente, he pasado por varias etapas en cuanto a complejos, a lo largo de las (válgame la redundancia) distintas etapas de mi vida, hasta llegar a la madurez: nariz larga, poca altura, piernas de futbolista, pies grandes, culo respingón, labio superior más fino, pelo de color neutro... ¡Auténticas gilipolleces tonterías! Pero díganselo ustedes a la adolescencia, esa eterna enemiga de la seguridad y el equilibrio. Y, obviamente, da igual que tus más allegados te digan lo fabulosa que te ven entonces, porque para algo tienes tú ojos y orejas y te "pispas" de lo que se lleva en el mundo "real", que es justo lo que tú no eres (o eso crees).
Gracias al cielo, un buen día me di cuenta de que me gusto tal cual. No hay más. Y no, no se trata de que haya hecho lecturas sin fin de libros de autoayuda ni búsqueda y repetición de frases motivadoras, ha sido cuestión de madurar y apreciar lo que de verdad vale la pena y lo que no. Parir para mí fue un regalo en este sentido. Es más, si quiero ser exacta, fue quedarme embarazada lo que me "enamoró" de mi yo físico e interno, y ojo, no hablo desde el narcisismo, sino desde la consciencia del conocer mi cuerpo, y mi ser, y apreciarlos tal cual son, sin desear cambios. Sí, claro, hay días en los que mirarme al espejo es romperlo, porque las ojeras negruzcas y la cara excesivamente larga de no haber dormido en siglos no son de gran belleza a simple vista. Hace unos años me habría horrorizado, ahora no. Ahora normalmente me río y pienso "ale, otro día más en el que sacar a relucir tu belleza interior, majeta, porque esto no lo arreglas ni con aquaplast". Pero sigo saliendo a la calle igualmente segura de mí misma, y no pensando que quien me mira lo hace porque le recuerdo al espantapájaros del Mago de Oz; que probablemente así sea, pero es que ME DA IGUAL.
Pues, la verdad, me parece triste tener que haber madurado como mujer, haber disfrutado de una maternidad para llegar a este punto. Lo digo como autocrítica y como llamada de urgencia a esta locura de valores inversos en la que vivimos. Cuando me quedé embarazada de Pichu usaba la 34, y me veía tan estupenda. Durante el embarazo AMÉ MI CUERPO, me enamoré de mi enorme pancha y disfruté de este nuevo estado corporal. Cuando a los casi dos años aterricé y me reconocí "casi la misma" que antes del embarazo, me gustó, no puedo negarlo, pero me gustó en gran parte porque no volví a la 34 jamás, porque MI CUERPO HABÍA CAMBIADO, porque de repente tenía cuerpo de madre y de mujer. Y sí, ese sentimiento se ha mantenido y reafirmado con el embarazo y nacimiento de Rubiazo. Obviamente, hay muchos días en los que miro mi barriga "pellejera" y pienso "algún día me pongo a hacer abdominales", pero no porque quiera lucir estupenda cara al mundo, sino porque creo que debemos cuidarnos, por dentro y por fuera. Y, a pesar de eso, me planto el bikini y soy la más feliz, porque me da exactamente igual LO QUE PIENSE EL MUNDO de mi barriga, mis piernas, mis tetas más descolgadas y desiguales por la lactancia y la edad, o de toda yo. La maternidad (en mi caso, siempre en mi caso) ha dado paso a unas prioridades en mi lista que anulan lo insustancial e innecesario. El bienestar y la felicidad de los míos priman por encima de cualquier otro aspecto de mi vida. Soy feliz porque los tengo a ellos, porque los QUIERO A MORIR, porque los veo crecer sanos, felices y unidos, porque TENGO UNA FAMILIA PRECIOSA. Y, la verdad, mirarme cada día al espejo y poder sonreír por ello, a pesar del sueño, las malas noches, los días turbios en el trabajo y la gente mala que a veces cruza tu camino, ES UNA SUERTE QUE ESTOY DISPUESTA A APRECIAR TOOODA LA VIDA.
Ahora, eso sí, viene la segunda parte: CONSEGUIR QUE MIS HIJOS SE QUIERAN TAL CUAL SON. Con sus particularidades físicas, sus gafas, sus pies planos, su torpe psicomotricidad gruesa, sus orejillas de duende... PORQUE SON PRECIOSOS. Así los vemos su padre y yo y así deberían verse ellos siempre, dejando al lado cánones inventados por las grandes marcas, estilos que igual están de moda para pasar al olvido en meses... Por desgracia, insisto, la sociedad en la que vivimos no entiende de COSAS IMPORTANTES, y vamos a tener que luchar contra el poder de los grandes gigantes sociales: el materialismo y la superficialidad; vamos a tener que luchar desde nuestro hogar para que nuestros pequeños APRENDAN LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE, la esencia en sí de la vida, y dejen a un lado detalles que crecen rápido sólo para hacer daño. No olvido que pasarán pasaremos por la traicionera adolescencia, que no entiende más que de inseguridad y rebeldía mal llevadas, y que con cánones o sin ellos, serán susceptibles de mirarse y no encontrarse, pero espero que para entonces hayamos sabido ayudarles a tejer una red lo suficientemente fuerte como para que puedan caer sin hacerse añicos, y poder levantarse de nuevo. Porque tal como van las cosas, vaticino poco cambio a mejor en cuanto a valores en la ciudadanía, así que en nuestra mano está el enseñarles a QUEDARSE CON LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE, a apreciar su salud y la de sus seres queridos, a que lo que de verdad les apene y entristezca no sea su físico, que gracias al cielo está sano a rabiar, sino las barbaridades que este mundo tan actual y moderno permite, y que por ello crezcan y maduren como personitas de pensamiento crítico, con ganas de moverse, luchar por lo que vale la pena y dejarse de tanto asunto insustancial y tanta tontería.

QUEDÉMONOS CON LO IMPORTANTE. La belleza está por todas partes, empezando por nosotros mismos. No la destruyamos con tanto conflicto de intereses y tanta codicia. No nos afeemos por capricho.


CON M DE MAMÁ



23 de abril de 2014

De tetas, culos y (falta de) cms... 2°capítulo

No, no se me ha ido la cabeza. Esta es la segunda entrega de "Tetas, culos..." si tomamos como la primera y original ESTA ENTRADA de Paula (Yonosoysuperwoman), con la que, por cierto, he empezado el día partiéndome de risa y viéndome muy reflejada, pero en versión mini. Ha sido como leer a Gulliver viviendo en Lilliput.
Para empezar, ésta soy yo:

Y no, no lo soy ni por el brilli-brilli (cualquier día, todo es posible) ni por lo megacuquiflori que es, ¡sino por su maravillosa (no/falta de) estatura!
Mido exactamente 1,60 m, aunque como ya estoy en edad "menguante" quizás haya perdido algún medio centímetro por el camino. Y, efectivamente, siempre quise ser más alta. Bueno, este pensamiento apareció en plena adolescencia, claro, que es cuando todo tu ser está centrado en anhelar lo que no eres y odiar lo que te tocó en el reparto. Yo, mediometro, miraba a mis congéneres y a su vez en la enciclopedia (internet apenas estaba empezando a rodar) y recogía datos sobre la edad hasta la que una chica puede crecer, y nunca perdí la esperanza. Sobre los 18, año arriba, año abajo, se cumplió mi sueño: ¡¡crecí 10 cm de golpe!! Empecé a usar TACONES!!!
Aunque la madurez, y en mi caso sobre todo la maternidad, me han convertido en una persona (casi siempre) segura de mí misma, y en eso entra el físico, evidentemente, esto no fue así en los años de juventud. 
Siempre me vi bajita, y aunque si lo analizo fríamente lo raro era encontrarte a chicas mucho más altas, en mi curso había unas cuantas (Paula, de las tuyas), otras en la media aunque algo más altas que yo, y luego estábamos las mortales: las chapas (que no mascachapas, ojo). Además, como no era bastante desgracia para tu adolescencia verte enana, encima toooodas eran más rubias o más morenas, con menos culo o más tetas, y tenían el pelo más largo y más "vidal sasoon" (era el "pantene" de mi juventud, amores) que tú. Todas tenían la nariz más chata, la cara más redonda y los labios más Angelina Jolie que la propia Angelina. Vamos, que mirarse al espejo en cualquier recreo era toda una oda al "pero tú eres más maja que las pesetas".
Mi hermana Marta, que me quiere demasiado y a la que la objetividad no le tocó en grandes proporciones en el reparto, siempre decía que "me cambiaba el culo" porque (para ella) lo tenía perfecto; y yo mientras soñaba con que un día, no muy lejano, sus tetas se cambiaran por las mías, que apenas existían. Nada, a día de hoy seguimos cada una con lo suyo. Milagros ni en Lourdes (porque estuve hace años y lo pedí).
Así que según íbamos, yo era una chica bajita, de Castellón de la Plana y con el culo respingón. Y cuando tocó pasar a la sierra para dejar el paisaje de llanura, tampoco me sentí mucho más cómoda. ¿No me digáis que en los principios las tetas no asustan un poco? ¡Son feas de narices! Como un par de granos por error. 
Yo en general siempre he sido de constitución delgada, pero además, tengo la ¿suerte? de que también tengo complexión atlética que llaman. O sea, que en la adolescencia se me juntaron los kilos típicos de más situados siempre en los lugares más puñeteros (culo y muslamen) y que, no había corrido ni un km, y tenía los gemelos y las pantorrillas que ya las quisiera para sí Cristiano Ronaldo. Con lo que pasé de ser un fideo a tener sólo la cara de fideo, y el resto sabrosón. Yo me veía a mí misma pues como un vaso de chupito, y vivía rodeada de vasos de cubata, largos y estilizados, y siempre mucho más chic, of course. Y además, siempre aparecía la típica persona allegada a la familia que te recordaba que "estabas de buen ver" (mientras tú, educada en la discreción, te cagabas en sus muertos y le hacías vudú mental en sus arrugas).
Eso sí, tuve la suerte de que mi adolescencia fuera la Edad de Oro del "suéter en el culo", o lo que viene siendo "llevar el jersey/chaquetita atada a la cadera", para desesperación de padres y estilistas y alegría de todas las bajitas de culo sobresaliente como yo. ¡Que lo llevábamos hasta para dormir!
Aunque por otra parte, una de las bromas de esa época fue el calzado que se estilaba: los zapatones, mezcla de mocasín, zapato de payaso y bota Dr. Martens, y que todo dios llevaba, aunque hiciera flaco favor a la fisonomía de algunas. Si a esto añadimos las hombreras, los pantalones vaqueros de tiro alto y camal ancho, las bermudas en verano y las faldas-pantalón (invento del diablo), podríamos decir que... ¡Dios! ¡Tenía que dar pena, porque los gnomos jamás han vestido así! (Y ahora entiendo por qué y porque lo del caperuzo rojo puntiagudo). Para que os hagáis una idea aproximada del asunto a tratar, he hecho un pequeño montaje:


Así que mientras toda la panda de maris de Sensación de Vivir (incluída Dona, que era fea de narices), o de Salvados por la Campana, lucían estupendas cualquier garrumodelo que se pusieran, y parecían megachahis, guapas, altas y de pasarela, yo seguía siendo mediometro, culona unas veces, excesivamente delgada otras (hasta los güevs tooooda la vida del comentario "te has quedado muy delgadita, no?" días después de haber estado mala, por ejemplo)... ¡La cuestión era no acertar, releñe! Y eso sí, siempre que algún miembro de la familia te decía lo estupenda que estabas "así", ¡MIEDITOOOO!
El caso es que bajita o no, con culo o sin él, con cara fina o extrafina (o sea, de compresa),con las tetas más o menos grandes/pequeñas, ¡ME GUSTO AL FIN! Porque si algo me ha regalado la madurez, y quizás ha culminado la MATERNIDAD, es amor por mi cuerpo, tal cual, sin querer verlo diferente. Porque este cuerp(ecit)o SOY YO. Y llevamos tantas batallitas vividas ya juntitos que... ¡mooooola!
¡Ojo, eso no quita para que me plante taconAZo cuando quede con mi amiga Tachenko! ¡O un push up para lucir escotazo juvenil! ¡O que algunos días me levante, me mire al espejo y le diga al troll que veo en él: trollecito, refeíto, ¿puedes apartarte que no me veo?
Truco: ninguno en concreto y todos a la vez, y pensar "si Scarlett Johanson o Salma Hayek lucen redondas y chaparras, YO MÁS".

CON M DE MAMÁ y C de Culo y CM, y T de Tetas