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6 de noviembre de 2016

La huelga de deberes. O de cómo mezclar churras con merinas.

Llevo semanas, como todos los que estamos metidos en el mundo educativo por una u otra razón, oyendo y leyendo comentarios sobre la famosa huelga de deberes. Hasta ahora no me había parado a leer con detalle en qué consistía la huelga. Ayer por la noche saqué un huequito para leer uno de los tantos artículos que me habían llegado al respecto, y que os dejo aquí para que podáis leer:


Pues, ¿qué queréis que os diga? Que a mí estas cosas, como madre, me ofenden, y me ofenden un rato largo. O igual es que al no entender que con tanto por lo que manifestarnos elijamos justo eso, me afecta al humor. No, de verdad que no escribo desde mi faceta de maestra, por eso publico aquí y no en TICHININGLISH. Como maestra me queda pendiente, no creáis. Pero sigo, y me explico, como madre. 

Resulta que a mí, como madre, me parece bastante absurdo que una asociación de padres pida huelga para así poder ir al teatro en familia, hablar de cosas importantes, escribir postales a los abuelos, planear excursiones de domingo o hacer magdalenas. ¿En serio? ¿Por qué? A mí no me hace falta una huelga para hacer todas esas cosas, porque en mi familia YA LAS HACEMOS. Y cuando no las podemos hacer, pues tampoco pasa nada, que las circunstancias a veces mandan y hay que aguantarse, la vida misma. Pero vamos, que no necesitamos una excusa externa para justificar nuestros momentos familiares o no familiares. ¿De verdad hace falta que nuestros hijos no tengan deberes para poder sacar un rato de buena conversación, o de cine, o de salida en bici o de limpieza en comuna? Pues qué lástima.
Tengo ganas de ver qué pasa cuando se aniquilen los deberes para siempre y haya que buscar otro motivo de rebelión para excusar nuestra falta de tiempo con nuestros hijos, o nuestra falta de ganas. Ojo, que yo no digo que haya o no haya razón para quejarse de los deberes, no vayáis a crucificarme tan pronto, que en ese sentido ni siquiera me he pronunciado. Pero creo que esto es como mezclar churras con merinas. Si nos manifestamos en contra de los deberes, creo que en principio hacemos referencia al sistema educativo actual. Entonces, ¿por qué hay propuestas de actividades en plan familia feliz inundando las redes sociales como señal de la insumisión más absoluta y, sin embargo, no hay montones de peticiones recogiendo firmas que pidan un cambio en el sistema ya? 

(Imagen tomada de http://www.lavanguardia.com/vida/20161102/411507397402/huelga-deberes-noviembre.html)

A mí, si fuera a quien tiene que llegarle el mensaje, me daría risa, por la falta de conexión entre la A y la Z, básicamente. 

Puestos a manifestarnos, yo, como madre, me manifestaría en contra de la mierda vergüenza de sistema educativo que tenemos, de la falta de valores así generalizada en el colectivo humano, de los políticos de risa que dicen que nos gobiernan o que se rifan el gobierno mientras toman café, de esos mismos políticos que mientras rematan el café se sacan otra ley educativa de las manos en la que se contempla de todo menos al que la padece: nuestros hijos. No sé, pero yo encuentro un montón de motivos para hacerme oír, movilizarme y salir a la calle antes que hacer huelga de deberes para llevar a mi hija a dar un paseo. Pero insisto, que igual no lo entiendo porque, haya que hacer tareas o no, nosotros ya salimos a que nos dé el aire, en familia, sin la necesidad de inspirarnos en fotos de actividades programadas ni en consejos encontrados por las redes sociales, y nos preocupa mucho más que el sistema educativo vaya de moderno y esté lleno de lagunas, mientras las metodologías que se usan en las clases siguen ancladas en el siglo XIX y no se adaptan a las necesidades reales de los tiempos que corren. 

Y con todo esto, se me ocurre, ¿hacemos una huelga indefinida? 
¿De qué? 
Pues se me antojan muchos leit motiv, pero ninguno tiene que ver con deberes, así que, como madre, pensándolo bien, igual me quedo sola.



CON M DE MAMÁ y C de CHURRAS CON MERINAS

17 de junio de 2016

Las dos caras de la verdad

Hoy escribo desde mis dos "yo", el de madre y el de maestra. Porque por suerte, o no, hay muchas situaciones de la escuela que vivo tanto desde dentro como desde fuera pero sin salir.
No sé si justo por esto mi visión es más completa e imparcial, o por el contrario poco objetiva, sólo sé que simplemente es una opinión más sin intención de convencer a nadie.
En el día a día de la escuela se dan múltiples situaciones, con multitud de alumnos, cada uno de un padre y una madre. En esas situaciones mis hijos también se han visto implicados en alguna ocasión, y es entonces cuando mi lado madre y mi lado maestra se unen al unísono, aun cuando la situación no la he presenciado. En muchas ocasiones seguro que fallo y me falta objetividad, seguro, no soy perfecta ni pretendo serlo. Pero en otras tantas creo que estoy tan acertada como cualquier otra madre que no tiene que separar escuela y casa. No es fácil, no creáis. No obstante, suelo ser de las madres que no justifican porque sí, más bien a veces necesito rebajar quizás el nivel de exigencia.
¿Qué por qué cuento esto? Porque creo que mi posición de maestra me permite entender mejor todos los entresijos que conlleva una "reprimenda", una "consecuencia" o incluso un "castigo" en un momento determinado. Y porque yo confío plenamente en mis hijos, los creo, valoro su capacidad para reconocer si su manera de actuar ha sido la correcta o no o "no ha sido para tanto". Sin embargo, también soy consciente de que aún no tienen la suficiente madurez para discernir ciertas cosas o emitir ciertos juicios y que estos sean exactos.
Todos tenemos una manera de ver las cosas que, aunque sea sólo por unos ligeros matices, difiere de la visión del resto. Los niños también. Lo que para mí es un horror, para otra persona puede ser lo mejor de su vida, y viceversa. Lo que está claro es que los hechos, cuando ocurren, no pueden aislarse del contexto en el que han pasado, porque entonces se desvirtúa la situación. Pongamos un ejemplo: si un niño pega y se le castiga sin preguntar, quizás estemos dejando escapar la ocasión de descubrir que quien ha provocado esa reacción ha sido quien se ha quejado de la bofetada (visto, y solucionado con diálogo, en el patio ayer mismo); es decir, la situación será totalmente injusta debido a que la información nos llega sesgada y así nos quedamos. Y ojo, que pegar la bofetada por la razón que sea obviamente no tiene excusa posible. Otro ejemplo: si un niño es castigado o separado del grupo porque habla mucho, y no es en clase, visto así, a bote pronto, no es que sea injusto sino que, en este caso, es exacerbado. Sin embargo, si a ese alumno se le han dado repetidas oportunidades para que guarde silencio porque la ocasión lo requiere, o su tono de voz era molesto para el resto por excesivamente alto, la consecuencia tal vez ya no nos parezca tan injusta, ¿verdad? Todo esto teniendo en cuenta que quienes están con nuestros hijos entienden que los niños son niños, y necesitan moverse, expresarse y vivir. Teniendo en cuenta también, nosotros los padres, que hay determinadas situaciones que requieren de unas normas básicas de convivencia, como guardar silencio en el cine o en la sala de espera de un hospital.
Con esto quiero decir que siempre, siempre, antes de juzgar, antes de poner el grito en el cielo, antes de creer que sabemos más que el maestro de turno o el monitor de comedor... ¿no deberíamos buscar el diálogo con quien corresponda e intentar mantener una conversación sobre lo ocurrido? Y luego tomamos decisiones o cartas en el asunto si hace falta. Pero criticar, acusar, juzgar y opinar sin conocer el punto de vista de la otra parte contratante... sólo lleva a una situación igual de injusta que la que nosotros creemos estar viviendo.
Está claro que vivimos en un país en el que criticar de manera destructiva y hablar de los demás son, junto con el fútbol, el deporte nacional. Pero, ¿de verdad queremos que nuestros hijos, el día de mañana, o incluso hoy en su día a día, solucionen así sus conflictos, a base de malas formas, peores palabras, gestos inapropiados y, sobre todo, prepotencia? Yo no.
Es muy difícil ser objetivo cuando se trata de nuestros hijos. Es muy difícil acertar a la primera cuando se presenta un conflicto entre alumnos que no has presenciado. En ambos casos, el sentido común puede salvarnos. O al menos no convertir la subjetividad en injusticia.
Nobody said it was easy... que diría Chris Martin de Coldplay, pero es que comprender el mundo en el que vivimos tampoco lo es.
Siempre habrá dos caras de la verdad, la mía y la del otro. El secreto está en la comunicación y la intención de llegar a buen puerto, o al menos de intentar no quedarnos varados.

22 de mayo de 2016

En esta casa hay normas

Y si nuestros hijos han de cumplirlas, los hijos de los demás también. Podéis pensar que soy una rancia o una seca. Lo que desde luego sí que soy es una madre preocupada porque sus hijos conozcan el verdadero significado de la palabra educación. Parto de la base de que nuestros hijos no son perfectos, ni lo queremos, ni nuestra educación es el modelo a seguir, pero hay una serie de normas básicas convivenciales que no estaría de más que todos enseñáramos a nuestros churumbeles, ya que como bien dice la canción de Elefantes: "Eh tú!! No se te ocurra dejar el suelo sin barrer, que alguien debe venir detrás cansado igual como tú, tratando de entender que sólo somos olas en el mar...".
En nuestra casa jugamos mucho, y hacemos el marrano con arena, plantitas y demás historias para hacer pociones mágicas, llenamos el suelo de purpurina de mil colores cuando estamos metidos de lleno en alguna manualidad, nos perseguimos por toda la casa para matarnos a cosquillas, ponemos la mesa de la cocina y el suelo perdidos de harina y huevo si estamos preparando un bizcocho, convertimos el salón en una juguetería sin orden ni concierto o en un mercadillo de disfraces, llenamos la bañera de espuma para que mamá y papá acaben hasta arriba de la misma, jugamos a peluquería y acabamos llenos de colonia y lo que no es colonia, bailamos hasta caer rendidos con la música más alta de lo normal (jamás a horas intempestivas)... Pero no botamos en el sofá con los zapatos de la calle, ni dejamos todo por recoger cuando hemos acabado de jugar, ni decidimos nosotros la hora en la que visitar al vecino, no. Hay cosas, que parecen tonterías pero que no lo son. Mis hijos saben que para subir al sofá aquí en casa, dado que sus piernas no son aún lo suficientemente largas como para que los pies les cuelguen, se han de quitar los zapatos de la calle, pero no para botar (y sí, claro que en la cama botan, sobre todo cuando no los vemos). Obvio, yo he visto a mi hijo sin zapatos en el sofá de otras casas y haciendo el intento de ponerse a botar, que al fin y al cabo es un niño, pero he estado ahí y lo he frenado en seco, no me he dedicado a mirar para otro lado.
Nuestros hijos conocen la normas de su casa y pueden pensar que en todas partes son iguales, a no ser que desde bien pequeños les hagamos entender que cada casa es un mundo, y que preguntar no es ofender. Igual que pueden aprovecharse del hecho de que justamente no están en su casa para hacer lo que les place, aunque mi experiencia me dice que si conocen normas, esto no es lo normal. Si a eso le sumamos el estar pendientes de su comportamiento cuando estamos en una casa ajena, estamos ayudándolos a aprender el verdadero significado del respeto. Cuando entramos en la intimidad de otro hogar porque alguien nos abre sus puertas y nos da su confianza, lo suyo es intentar no cargarnos su armonía, al margen de que ésta case o no con nuestra manera de hacer las cosas. Si a mis hijos les enseño a que el sofá no es el lugar en el que botar con los zapatos de la calle, espero que cuando vayan a otro casa sigan esa premisa, aunque vean a otros botar. Si saben que cuando acaban de jugar han de recoger, espero de ellos que lo hagan donde vayan, aunque no sepan dónde va cada cosa, y si no es así, ya estaremos nosotros para hacerles memoria. No considero que las normas que tienen sean estrictas, creo que son simplemente necesarias para saber convivir en grupo, ya que luego las costumbres y actos se trasladan a su vida fuera de casa, y en un futuro, a su vida independiente.
Lo que llevo peor, lo reconozco, y no sé si tendrá que ver con el hecho de ser maestra y pensar que en fin de semana no estoy ejerciendo como tal sino como madre, es el hecho de ver a mis hijos, en mi casa, comportándose como niños, pero con sus normas, mientras que los hijos de los demás no parecen tener respeto por ninguna y a sus padres no parece importarles demasiado. No es lo normal, obvio, al fin y al cabo uno acaba juntándose con quien está a gusto en todos los sentidos, incluído en lo que implica la crianza, pero en más de una ocasión te encuentras con situaciones en las que el pensamiento natural en tu cabeza es: "¿pero qué necesidad?".
Insisto, mis hijos se equivocan a diario, igual que nosotros sus padres, gracias al cielo. Y creo que es importante que prestemos atención tanto a lo que hacen mal como a lo que hacen fenomenal. Pero no deberíamos olvidar jamás que estamos criando unas personitas que van a formar parte, ya son parte, de una sociedad que necesita el respeto como clave para poder tirar hacia delante, y conseguir ese respeto es aprender que si actúo según me place sin mirar si mi actitud fastidia al de al lado, me cargo la armonía; y que si el de al lado no mira por mí no tiene que condicionar mi manera de ser y hacer. Al menos así lo vemos aquí.
Los niños son niños, y por eso tienen padres, para seguir siendo niños. Así que somos nosotros, sus progenitores, los que dejamos mucho que desear en muchas ocasiones, sin pensar en que educamos con nuestros actos y que nuestros hijos son nuestro reflejo, el mejor, o el peor.

8 de diciembre de 2015

Los platos de papá

Mi padre era aficionado a los platos de cerámica. Tenía un montón. Le gustaban tanto que incluso cuando viajé a Túnez me pidió que le trajera uno de allí, porque sabía que sus motivos nada tienen que ver con los que usan aquí en Manises.
Cuando emprendió el viaje a su estrella, para no volver, mis hermanos y yo nos repartimos sus platos. Creo que ninguno lo hicimos con idea de colgarlos en la pared, como él los tenía. Yo aquí en casa los uso de frutero, de base para bizcochos, para sacar dulces... Y de centro en la mesa de la terraza. Nunca lo hubiera dicho cuando hace años los contemplaba en la pared del pasillo de mi padre... Me chiflan los platos de cerámica. 
Hoy se ha roto uno. Uno de mis preferidos. Tenía la medida perfecta para mis bizcochos redondos. Le tenía especial cariño no sé por qué. Quizás eran sus colores vivos, tan de aquí, quizás su tamaño perfecto, o simplemente que usarlo era tener cerca a papá.

Hace un tiempo al ver el plato hacerse trozos habría llorado desconsoladamente. Hoy me ha dado mucha pena precisamente porque era tuyo, pero... es sólo un plato. Tú no te vas con él aunque lo tire porque siempre estás. Porque un plato no puede albergar todo el amor que se siente por una persona. 

Nos empeñamos, yo la primera, en guardar objetos de quienes ya no están. Nos resulta muy difícil deshacernos de ellos porque nos da la sensación de que con cada objeto que no nos quedamos perdemos un poquito (más) a quien tanto hemos querido. Sin embargo, con el tiempo, aprendemos que no es así; que lo material nos ayuda a superar la primera fase de pérdida, pero que como jamás podrá suplir el afecto que nos falta, acaba dejando paso a la no necesidad de posesión tangible.

Hoy se ha roto mi plato favorito, y por un momento me he debatido entre entristecerme y no. Me alegra no haberlo hecho. Parece que voy aprendiendo, muy poco a poco, a quererte diferente.

1 de noviembre de 2015

¡Quita niño!

Los niños molestan.
Ellos no han pedido venir a este mundo que gobernamos los adultos con nuestras manías y nuestras prisas, y sin embargo, aquí están.
Se integran y adaptan como pueden, según les dejemos, pero nunca es suficiente. Y claro, ellos no entienden. Van perdidos como pulpos fuera del agua.
Los queremos pero no.
Los niños no saben por sí solos las normas que seguimos para relacionarnos en sociedad, por lo tanto, hay que enseñarles a vivir con ellas. Es cansado. Repetitivo. Secuencia en bucle. Ya. Lo sé. Tengo dos de esos. Pero es que... ¿Recuerdas? Ellos no pidieron venir aquí. Los trajimos nosotros por ilusión, capricho o miedo a que el arroz se nos pasara.
Los niños molestan porque estamos cansados. Tenemos taaaanto trabajo que tener que jugar con nuestros hijos nos cuesta horrores y no nos gusta ni un pelo. ¡Con lo bien que sabe ese cafetito en la terraza a solas! Mirar como bailan el baile que han ensayado durante horas, o verlos correr con la moto tampoco es cómodo. ¿Cómo miro entonces la pantalla de mi aparato? ¡Con lo que yo trabajo para que tengas de todo y tienes que elegirme a mí para jugar!
Los niños son niños. Tú lo fuiste, aunque no te acuerdes. Tú también repetías las cosas veinte veces para que te escucharan, y a ti también te las repetían otras tantas para que hicieras caso. A ti también te gustaba que tus padres te vieran bailar o correr porque eso te daba seguridad, ¿recuerdas?
No, no, si no se trata de que te conviertas en un esclavo de tus hijos. Sólo que ejerzas el papel que un día decidiste que te apetecía asumir. ¿Que nadie te dijo que era tan pesado? Bueno, quizás porque como decidiste algo tan serio pensaron que ya eras lo suficientemente maduro para asumirlo.
Tus hijos son tuyos, de nadie más. Ni de tus padres, ni de la canguro, ni de la maestra, ni del profesor, ni de los vecinos, ni de la entrenadora, ni del director de la banda. Son tuyos. Y, aunque no lo sepas, tienes una suerte tremenda de que así sea.
Te diré por qué. Pues porque a pesar del cansancio, la pesadez, los ratos para ti reducidos a una ínfima parte de lo que eran antes, la dependencia que tienen de ti, la carga moral que teóricamente deben despertarte y, sobre todo, las veces que te equivoques con ellos, que te invada la impotencia, la rabia o les pegues un grito que no se merecen... Esos pequeños seres que te miran con admiración, TE ADORAN. A pesar de todo, del cariño que no les des hoy porque tu día ha sido duro... Te adoran, te admiran y no dudarían jamás en decir que de mayores "quieren ser como tú".
Los niños nos molestan. A partir de ahí, el resto de cosas que queráis contarme del mundo de cabras en el que vivimos... casi que me da igual.
CON M DE MADRE DE DOS, que también se cansa, que necesita momentos a solas, en pareja y con amigas, que pierde la paciencia y que se equivoca mil veces cada día, pero que por encima de todas las cosas ADORA A SUS HIJOS Y NO SIENTE JAMÁS QUE SON UN ESTORBO. Porque son SU VIDA.

27 de octubre de 2015

LA ESCUELA ESTÁ EN CRISIS

La escuela está en crisis. No hablo de una crisis cualquiera, sino de una gran crisis. Y no, esto no viene de nuevo. Lleva un tiempo. Unos cuantos años. Bastantes diría yo. Pero cada vez va a más y peor. Y, o le ponemos remedio, o esto se va a pique, señores.
La escuela está en crisis y os diré por qué. La escuela está en crisis porque pocos la toman en serio. Si yo fuera ella cogía y hacía maletas y me convertía en un parque de bomberos mismo; o mejor aún, en circo, porque, cada vez más, es a lo que realmente se asemeja, a un circo en el que los maestros ejercen de payasos.
La escuela está en crisis porque hace un tiempo los de arriba decidieron que era una buena carta con la que jugar, y así lo hicieron y siguen haciendo. Porque como se desprestigia desde las altas esferas desde el momento en que importa un pimiento la realidad escolar, y prima más el programa político y las sandeces utópicas que venden, pues se acaba contagiando al populacho y se va perdiendo el respeto por esos señores y señoras (y como seamos funcionarios, ya apaga y vámonos) que vivimos permanentemente de vacaciones y tenemos el mejor horario del mundo: los maestros.
La escuela está en crisis porque las nuevas generaciones de padres no confiamos en las nuevas generaciones de maestros. Porque quizás tenemos tanto sentimiento de culpa encima, por no llegar al nivel de "padres del año" al que alguien ha dicho que tenemos que llegar, que la vida escolar de nuestros hijos la pasamos buscando culpables a los que hacer responsables de nuestras propias carencias en educación, en enseñanza de valores y en definitiva, en nuestra labor de padres; padres que un día decidieron serlo voluntariamente con ilusión, aunque a veces parezca que fue con una pistola en la cabeza y con lágrimas en los ojos.
La escuela está en crisis y no es porque los maestros no tengamos ni idea, o porque sólo sepamos mandar deberes a casa porque somos incapaces de acabar el temario en clase, o porque seamos excesivamente autoritarios o excesivamente blandos, o poco imaginativos y demasiado teóricos, o tomemos decisiones sobre nuestros alumnos no pensando en su bien sino en el nuestro. No. LA ESCUELA ESTÁ EN CRISIS PORQUE NO CREEMOS EN ELLA. No, nos liemos; los maestros sí creemos, y a ciegas diría yo. Quienes no creéis sois quienes nos miráis desde fuera recelosos, pensando de corazón que nuestra faena es jorobar a quienes pisan nuestro suelo, porque ni somos lo suficientemente buenos para vuestros hijos e hijas, ni hacemos las cosas lo suficientemente bien para que sean felices, no tengan traumas, desarrollen todas sus habilidades creativas y megachupisuperhiper emocionales y demás pedagogías blancas y de arcoriris. BASTA. No es cierto. Nuestra profesión es vocacional, es una profesión que sale del alma, que te hace soñar con un mundo mejor, que te hace olvidar el café del almuerzo muchos días por cuidar de ese peque que está malito y ha ido al cole con fiebre porque no podían cuidarlo en casa; una profesión que te atrapa a mediodía corrigiendo, preparando materiales divertidos y juegos que los motiven a aprender lo menos divertido del tema nuevo... La profesión de maestro va más allá de las 17 de la tarde, y más allá de las 23 de la noche muchos días y tampoco entiende de fines de semana o festivos cuando tienes algo entre manos que quieres planificar o hacer. No es más pesada que otras, pero tampoco menos importante ni menos costosa. Es una profesión más, y a la vez, una profesión fundamental desde mi punto de vista de maestra que antes fue alumna, y que considera que si ha llegado hasta aquí es, muy en parte, gracias a todos los profesionales que participaron en mi educación escolar.
Y, como en todas partes, está claro que habrá de todo. Maestros más vocacionales y maestros con menos ganas, con poco tacto o con poca empatía, con metodologías más anticuadas o menos lúdicas y tecnológicas... Pero igual que podemos encontrar todo tipo de padres y madres, y como consecuencia, todo tipo de alumnos y alumnas. Pero, sea como fuere, la tendencia general hoy en día pasa por juzgar y prejuzgar lo que hace o dice el maestro, por opinar y castigar su manera de actuar y por darle cero votos de confianza o el simple beneficio de la duda. No pensamos jamás en que, si nos hace llegar información de nuestros hijos que no nos gusta o quizás no nos esperamos, no lo hace por arruinarnos el día sino por mantenernos informados, y porque, al final, esa persona que nos escribe una nota pasa quizás más horas con nuestros hijos que nosotros mismos.
LA ESCUELA ESTÁ EN CRISIS PORQUE NOS HEMOS CREÍDO EL DESPRESTIGIO QUE HAN FOMENTADO SOBRE QUIENES SE DEJAN LA PIEL EN ELLA, Y LO HEMOS HECHO MÁS GRANDE. Porque primero desconfiamos y nos cerramos en banda a escuchar o atender aquello que no suene como queremos que suene, y después, a lo mejor, quizás, pero muchas veces después de haber juzgado, entonces abrimos un poco los ojos y oídos, pero el mal ya está hecho. Y porque además, la gran mayoría de veces que criticamos la labor de quienes están con nuestros hijos en el aula lo hacemos delante de ellos, consiguiendo así una desautorización inmediata que sólo provoca actitudes de falta de respeto y de "esto es casa Pepe".
Los maestros y maestras somos felices enseñando, dedicando nuestro día a día a vuestros niños y niñas, que son lo mejor de este trabajo. Pero tenemos un corazoncito, como todos los demás profesionales del mundo mundial, y saber que somos criticados sin motivo y tomados a la torera en muchas ocasiones, porque total: " ¡aleeee, otra vez de vacaciones! ¿Eh?", pues duele un poquito.
La escuela está en crisis y los únicos a los que no se nos pregunta qué podemos hacer para salvarla es a quienes estamos dentro de ella. Los de arriba se inventan leyes, las cambian a cada mandato, a golpe de "porque sí, porque yo soy mejor que el anterior y el que venga después", pero nadie baja un escalón (o unos cuantos), se mete en un aula y vive la realidad. El sistema educativo se hace desde la distancia y a nosotros se nos exige que hagamos mil papelorios sin mucho sentido, que programemos y reprogramemos, se nos hace revisión de programación a puerta cerrada y como si de una nueva oposición se tratara con todo tipo de preguntas poco relacionadas con el alumnado, sus necesidades y la realidad de cada uno de ellos, y ¡ojo como no estés haciendo lo que programaste en julio!, cuando ni siquiera sabías cómo serían tus niños. Os prometemos que si por muchos de nosotros fuera, no habría tanto libro en las clases, ni tanto examen, ni tanta enseñanza de cosas absurdas que poco sirven para la vida real. Pero, ¡ay señores! Tenemos un currículo que cumplir, y os prometo que se vigila que así sea. Por contra, nadie entra en las clases a ver si todos estamos capacitados para tratar con niños y para ver exactamente qué recursos personales (número de maestros) necesita cada escuela dependiendo de las características del alumnado. No, eso no, que en educación sí hay que ahorrar.
La escuela está en crisis pero cuando los maestros (de la pública) hemos salido a manifestarnos, se nos ha tachado de peseteros y de interesados. Pocos han querido escuchar que por lo que nos manifestamos es por vuestros hijos, porque haya recursos personales y materiales suficientes, porque la ley sea real y no una absurda copia de algún trozo de los sistemas educativos extranjeros.
La escuela está en crisis... Y lo seguirá estando mientras madres, padres, maestras y maestros no queramos trabajar juntos, en una misma dirección, con diversidad de opiniones pero capacidad para llegar a un acuerdo, y siempre y únicamente, POR EL VERDADERO MOTOR DE LA ESCUELA Y EL MUNDO: NUESTROS NIÑOS.
Sabemos que la sociedad ha cambiado y las necesidades de nuestros alumnos también. Pero hay algo que es fundamental para que la escuela y el mundo giren sin accidentes: EL RESPETO. Y si la escuela está en crisis... Del respeto mejor ni hablamos.
CON M DE MAMÁ y C de CRISIS.

12 de septiembre de 2014

Los deberes... ¿Los carga el diablo?

Hace mucho, mucho tiempo (bueno, vale, igual no tanto), en esta misma ciudad, en este mismo país, existía un grupo de profesionales llamados maestros/maestras cuya única función e intención eran transmitir conocimientos y crear nuevas inquietudes en sus pequeños "clientes". Para que esto fuera posible, hacían algo que, por aquel entonces, no se consideraba ni sacrilegio, ni tortura, ni ganas de fastidiar, sino todo lo contrario: MANDABAN "DEBERES" A CASA. Sí, enviaban a los alumnos a casa con algunas tareas que debían resolver en el calor de su hogar para, o bien repasar lo aprendido, o bien ampliar conocimientos sobre el tema, y sobre todo y más importante, crear un hábito de estudio.
Esos niños y niñas de antaño somos hoy en día padres y madres (vamos, que no es tan antaño, ejem) que tenemos nuestros propios hijos e hijas. Actualmente somos adultos, en principio responsables, unos más formados que otros, otros más currantes que unos, adultos diferentes entre sí pero con algo en común: hicimos deberes, sobrevivimos a ellos, fuimos felices, si tenemos traumas no son por este motivo y... Somos padres y madres.
Y ahora, como padres y madres nuestra labor es apoyar a nuestros hijos en su vida escolar, lo que no quiere decir que esto implique darles la razón en todo o compadecerlos porque el colegio es muy duro, primero porque no es así, la escuela ha de tenerse cómo un lugar al que apetece ir (a ver, que todos tenemos días, yo hablo en general) y segundo porque entonces les estamos enseñando a vivir en la contradicción y mandándoles un mensaje del desamor más bruto: el colegio es lo peor, y como te quiero, te mando allí.
Dentro de nuestra labor educativa como padres y madres está el inculcar a nuestros hijos e hijas el interés por el mundo, las ganas de saber, de descubrir, de razonar y, en definitiva, de vivir la vida dotándolos de los recursos suficientes para que lo hagan de la mejor manera, y no, no hablo de recursos económicos, hablo de valores, de transmitir actitudes positivas a la vez que reales y de contagiarles la ilusión por ser mejores personas. Es en este compendio de virtudes en forma de herencia donde debemos incluir, o así lo pensamos aquí en casa, el valor del esfuerzo, de la persistencia, las ganas de luchar, tirar y seguir; porque como adultos, por suerte o por desgracia, ya hemos rodado lo suficiente como para saber que en esta vida nada es gratis ni tampoco fácil, y que eso de "nacer con estrella" como mucho sirve para un rato. Enseñar a nuestros hijos a esforzarse en su día a día no está reñido con dejarles jugar, con que sean felices ni directamente relacionado con ningún trauma infantil. Es un valor en alza, porque si les transmitimos la necesidad de esforzarse por lo que quieren entonces estamos preparándolos para plantarle cara a la vida, y los estamos ayudando a estar preparados para verlas venir.
Dentro de ese esfuerzo entraría el trabajo escolar, el querer ser mejores por ellos mismos y por su satisfacción por las cosas bien hechas, el ansiar (pero sin dramas ni exageraciones, entendámoslo bien) su propia superación porque esto los lleva directos al conocimiento del mundo que les rodea, y a verse capaces de hacer por sí solos un montón de cosas.
Pues, y sé que hay muchos que ahora irán directos a la cocina a por tomates, LOS DEBERES, tal y como yo los concibo, son parte importante de todo este proceso educativo y madurativo. Sí, soy PRO DEBERES, pero cómo no, EN SU JUSTA MEDIDA. Como maestra entiendo que las tareas que se envían a casa son una prolongación de lo trabajado en clase, o bien como pequeño repaso para afianzar lo nuevo o bien para ampliar conocimientos y fomentar el interés por el saber por saber, pero sobre todo, LOS DEBERES son los encargados de ir asentando el hábito al estudio y la capacidad de organización. Por tanto, a mi modo de ver, no deben ser más que un pequeño trabajo reflejo de lo hecho en clase o relativo a la unidad que toque en cada asignatura, y siempre en proporción a la edad de los alumnos. Al fin y al cabo, los niños son niños, ya pasan suficientes horas sentados en sus pupitres, dándole al coco, y necesitan jugar y aburrirse un rato cada día. Sin embargo, repito, LOS DEBERES, bien enfocados, medidos, acordados por el equipo docente para que los alumnos (sobre todo los recién llegados a primaria, los de 1ro y 2do) no lleven sobrecarga de asignaturas... son IMPORTANTES. Sin ellos no podemos pretender que nuestros hijos den el gran salto al instituto y sepan, por ciencia infusa, organizarse el tiempo en casa, tener una técnica de estudio depurada y no morir en el intento, que bastante complicada es la adolescencia por sí sola como para añadir nuevos obstáculos.
Es función nuestra pues, de los maestros, así lo veo yo y es tan sólo mi opinión, motivar a los alumnos de tal manera que para ellos continuar un poquito en casa sea algo, si no divertido, porque no siempre puede serlo, al menos agradable, y que conforme crezcan, que esa tarea "agradable" se convierta en "es una apuesta por mi futuro, y yo quiero que mi futuro esté en mis manos".
Y es función nuestra, o sea de los padres, acompañar a nuestros hijos en esta tarea en casa; cuando son pequeños, supervisando, que no se trata de hacerles los deberes ni darles la solución (que sería lo cómodo, obvio); y cuando son más mayores, resolviendo dudas o facilitándoles medios para que puedan resolverlas por sí solos. ¿Es obligado? Hombre, no hay un contrato de por medio, pero son nuestros hijos, es su formación y, aunque acabemos discutiendo a veces, saber que nos tienen les ayuda a continuar y a que el camino sea algo menos cansado.
Así que, como maestra y como madre, digo SÍ A LOS DEBERES, PERO EN SU JUSTA MEDIDA Y ACORDES A LA EDAD Y A LAS NECESIDADES DE LOS NIÑOS. Y ojo, que como madre tiemblo con la subida a primaria de Pichu, porque soy la primera consciente de que "la confianza da asco" y de que habrá días de batalla. Pero sé que es bueno, y necesario, que cree un hábito, y que nosotros la apoyemos, empezando por no desautorizar ni criticar jamás a sus maestros en su presencia sin antes haber tenido una conversación con quien corresponda. Al fin y al cabo, las diferencias entre adultos deben ser tratadas entre adultos, para evitar crear un clima de confusión que en nada beneficiará a nuestros hijos.
Conclusión: DEBERES SÍ. Que no los carga el diablo, en principio lo hace el sentido común.
Y ahora... Ya podéis lanzarme los tomates. 
Un abrazo.
Con vuestro permiso, reedito la entrada, a raíz de un pequeño debate que suscitó este texto en un grupo de amigas ayer. Como ya he dicho antes, entiendo que los deberes, tanto en dificultad, como en extensión y en fin, deberían ser acordes a la edad de los alumnos. Y esto tiene como consecuencia directa que, si empiezan por 10, a lo sumo 20, minutos diarios, en un par de años o tres a lo largo de primaria, estos pueden ocupar una hora de trabajo. Esto no es plato de buen gusto para papis y mamis que tienen la sensación de que los niños no tienen tiempo para ser niños. Está claro que opiniones hay para todos los gustos, pero sigo pensando que si LOS DEBERES se ponen con cabeza y nuestros hijos cuentan con nuestra supervisión, durarán lo justo, eso sí, por lógica, por la dificultad misma de las materias y la cantidad de contenido, el "rato" se irá estirando. Insisto: ¿no hacíais deberes vosotros? Yo sí, y también jugaba, y veía dibus, y me aburría. Igual lo que tenemos que hacer es plantearnos en qué orden queremos que ocurran estas cosas, pautar las diferentes actividades. En mi opinión, los niños siguen siendo niños, con o sin deberes, porque por suerte tienen la capacidad de dejar jugar a su mente en todo momento. Somos nosotros, los adultos, que ya hemos perdido esa inocencia creativa, quienes nos obsesionamos con no robarles la infancia. Creedme que los deberes (EN SU JUSTA MEDIDA ) no van a hacerlo. Pero, ¿sabéis una cosa? Hay algo que sí está cargándose su niñez y que somos incapaces de ver porque, en este caso, nos conviene que así sea: EL EXCESO DE ACTIVIDADES EXTRASCOLARES. (Podéis leer al respecto en ESTE POST). Así pues, revisemos de verdad nuestros conceptos, observemos a nuestros hijos y seamos sinceros con nosotros mismos. A lo mejor, estamos siendo demasiado extremos con los deberes, que les quitan tiempo de disfrute, y demasiado permisivos con las extraescolares, que son necesarias para que sean deportistamúsicopolíglotamatemáticos de primera.
Y ahora sí... Podéis lanzar los tomates 

CON M MAMÁ y D de DEBERES





28 de agosto de 2014

Cuando nuestros mayores se vuelven pequeños...

Hace tiempo que me ronda este tema, delicado y triste a partes iguales, por circunstancias obvias, o quizás no tanto. Desde el momento en que mi mente y mi corazón lo pensaron, se ha ido fraguando un claro homenaje a aquellos que nos han dado la vida, que nos preceden, que lo dieron todo a cambio de nada, de algún beso achuchado tal vez, pero poco más, y a los que un buen día, la vida les dio un revés y pasaron a ser ellos quienes necesitaron que nosotros lo diéramos todo por ellos, a cambio, tan sólo, de una mirada agradecida.
 
Hace un tiempo, una buena amiga compartió en su Facebook el siguiente escrito (dedicad un par de minutos a leerlo, vale la pena): SOMOS PADRES DE LA MUERTE DE NUESTROS PADRES, que me hizo llorar, mucho, durante un rato largo, pero que me hizo, sobre todo, sonreír. Lloré con nostalgia mientras leía, pero lo hacía mientras sonreía de pura satisfacción, como cuando sabes que las cosas se hicieron bien. Supongo que esa lectura removió aún más mi necesidad de hablar de nuestros mayores. Poco después fue mi hermano quien compartió un vídeo que también dejaba claro el mensaje de la inevitable senectud y de nuestro papel en ella. Así que, con todo el respeto que merecen, desde el cariño más profundo, y con la gran admiración que deberían despertarnos... Ahí va mi sentir, mi mensaje, y parte de mi corazón PARA ELLOS, NUESTROS MAYORES.
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La vida es un ciclo. Sí. Y como tal, nos trae al mundo indefensos y así nos suele despedir. Si todo sigue su curso natural, nacemos dependientes, y así morimos. Nuestro comienzo y nuestro final están unidos por un fino hilo que conecta nuestra manera de responder a la llamada de la vida o de la muerte.
Cuando niños, son nuestros padres quienes nos proporcionan el calor necesario para salir adelante, cubren nuestras necesidades primeras, nos llenan de amor en forma de besos, abrazos e, incluso, los necesarios límites, nos ayudan a aprender para que, poco a poco, seamos autónomos, personitas capaces de resolver nuestro día a día por nosotros mismos. Comparados con cualquier animal somos, literalmente, inútiles. Cuando viejos, nuestro cuerpo y nuestra mente se vuelven vagos, recuperan su inutilidad, desafían lo aprendido, lo practicado... y volvemos a ser esos seres dependientes que, hace muchos años, nacieron siendo así. El tiempo nos arrebata la salud a veces, otras no, pero sí la energía. Se las lleva lejos, donde nuestra mirada no alcanza y nuestros débiles brazos tampoco. De pronto, sentimos que no servimos para nada, que estamos hipotecando la vida de los nuestros, y que nuestra vida se escurre entre nuestros dedos como la fina arena de playa... De pronto, nos estamos yendo.
Miramos con nostalgia lo vivido, nuestros sueños alcanzados, nuestros logros, nuestras inquietudes saciadas, lo que dejamos a quienes se quedan, el legado en forma de vida que regalamos a nuestros hijos y que deseamos les dure siempre. Y, un día, sin saber muy bien cómo, el proceso de regresión a nuestro nacimiento, es inminente, ya no se va, se establece, sin pedir permiso, sin concesiones, implacable y cruel. Y nos volvemos pequeños. Somos como cuando llegamos a este mundo: necesitamos cuidados, cariño e infinita paciencia. Necesitamos lo mismo que nuestros padres nos dieron a nuestra llegada: AMOR INCONDICIONAL EN CANTIDADES INFINITAS; la diferencia está en que este amor lo utilizamos entonces para salir adelante en este mundo loco, y ahora lo necesitamos para dejar el mundo que ha sido nuestro hogar sin miedo, para despedirnos de la vida y pasar a otra esfera, desde la que, curiosamente, estaremos mandando a los nuestros mucho más amor del recibido en el proceso de nuestra marcha. 
Cuando nuestros mayores se vuelven pequeños... sólo piden amor. El amor incluye paciencia, cariño, dedicación, sonrisas a cambio de enfados y nuestro tiempo. Ellos recibieron nada cuando nos lo dieron todo. ¿Seremos capaces de devolverles ese amor incondicional? No es fácil. Hay días duros, en los que le cansancio te puede, la paciencia se agota, te fastidia tener que repetir varias veces la misma escena, cambiar de planes de golpe... Porque, sobre todo, somos humanos y no tenemos el corazón de piedra, con lo bueno y lo malo que implica. El truco está en mirar atrás, llenar el corazón de recuerdos bonitos, de momentos padres-hijos irrepetibles, de buscar en esa mirada enfadada la sombra de la frustración y la tristeza y darnos cuenta de que ellos no han elegido llegar a esto ni llegar así. Tenemos el poder de darle la vuelta a la tortilla, de acompañarlos para que su despedida sea dulce, o su largo camino hasta el final del viaje más cómodo, de hacerles saber que nos tienen, siempre, como nosotros los hemos tenido a ellos, y de que si estamos ahí es por amor, del bueno, porque queremos, porque LOS QUEREMOS, porque somos felices cogiendo su mano y hablándoles bajito, porque nos sentimos plenos amándolos sin límites y sin horarios. Porque ellos nos dieron el regalo de la vida y nosotros queremos regalarles nuestro tiempo sin condiciones, para que su fin de etapa, largo o corto, sea tan dulce como nuestros comienzos.
 
Cuando nuestros mayores se vuelven pequeños... No hay vuelta atrás, no hay concesión de tiempo, no es reversible... Y un buen día, su sueño se convierte en eternidad. Querámoslos mucho, infinito, HASTA LA LUNA Y VUELTA.
 
 
CON M DE MAMÁ y de MAYORES

9 de junio de 2014

CON M DE MAESTRA: ILUSIÓN vs PRESIÓN

Con muchísima ilusión, la ilusión del inicio de un proyecto que no sé a dónde me llevará ni con quienes contará, aquí os dejo con la primera maestra que interviene en esta nueva sección sobre educación. Espero que disfrutéis leyéndola tanto como yo... 

ILUSIÓN vs PRESIÓN

(por CRISTINA GARCÍA LUJÁN)

Hola, en primer lugar me gustaría presentarme, ya que Noni ha tenido a bien invitarme a “este retiro suyo” tan generosamente, pero dudo que nadie me conozca… Aunque, como diría Troy McClure (Los Simpson), me recordarán de episodios como “maldito móvil chino”. Me llamo Cristina y hoy por hoy no tengo M de Mami, la mía es de m de Maestra.
Cuando Noni me propuso participar en esta aventura suya, debo decir que entré un poco en shock. Estamos hablando del blog de Noni… Yo sigo el blog de Noni, sé lo que supone… ¡PRESIÓN MÁXIMA!, pero… MOLA
Vivimos tiempos difíciles, y el sistema educativo no es un universo paralelo. La semana pasada nos llegó la última alegría que hasta el momento nos ha dado LOMCE. Resulta que para que haya calidad, hay que cambiar el horario. Panda de iluminados… Lo que va a hacer que seamos los primeros  en educación de toda Europa es que las clases sean de 45 minutos. ¡Claro! Que ignorantes somos los maestros, que nos pegamos por tener clases de 60 minutos…
Imagino a los creadores del curriculum de primaria en una oficina con aire acondicionado, café, asientos de piel y sus iPads encima de la mesa: “Tienen que aprender a multiplicar en primero, para poder multiplicar los panes y los peces y que sus familias puedan comer todos los días… En el primer mes de clase, que lean El Quijote, que eso da mucho caché… Pero sobre todo, que aprendan pronto a dividir… con 7 años, claro que si, porque la división es lo que hace que nosotros (políticos) podamos seguir haciendo y deshaciendo  a nuestro antojo. Todo esto entre risas maliciosas (o así lo visualizo yo).
Okay then, so what have I been up to lately?
Ahora, cuando los niños lleguen a clase por las mañanas, les vamos a tener que pedir que entren con las agendas abiertas, por aquello de ver si alguno hoy está malito y necesita dieta blanda, si no pueden venir a la reunión del jueves, si se va a comer a casa de o si no ha hecho los deberes porque el día anterior tuvo competición de atletismo y no tuvo tiempo…
Cuando han conseguido sentarse todos, hay que hacer el enjuague de flúor, porque seguramente, alguna empresa de algún amiguete de ya sabemos quiénes, tiene un contrato para regalarle una pasta y que un día a la semana, los niños, hagan un enjuague bucal en clase.

Enseguida recoge deberes y reparte libros, todo con una sonrisa, poniendo la fecha de hoy en la pizarra, dejando que Marieta pase lista y mandando a los encargados que  lleven  la hojita del comedor a secretaría. CALIDAD SUPERIOR.
Por fin, 15 minutos después (con suerte), podemos empezar a trabajar. ¡Ups! Quedan 30 minutos de clase… y luego tienen inglés…Explicamos muy rápido. Hacemos ejercicios más rápido todavía. ¡Os tengo dicho que traigáis 17 lápices con punta bien afilada, no se puede perder tiempo con eso! Da igual que cuiden el aseo, la letra… porque no da tiempo a hacer las cosas bien hechas…. Rápido, copiad el deber para casa… y sonreíd, ¡que estamos mejorando la CALIDAD! (Y son tan bonicos que sonríen, porque te dejas la vida para que todo esto parezca divertido).
Después de 5 minutos productivos de clase (porque no vamos a hablar de curvas de atención), llega sudando el maestro de inglés, que viene corriendo de otra clase, cargado con la mascota, los libros, materiales varios… menos mal que lleva el aula a cuestas cual caracolillo, porque si tuviera aula de inglés… Haz fila todos en silencio para no molestar os echo polvitos mágicos que nos hacen invisibles para que nadie note que vamos por el pasillo llegamos a clase de inglés repartimos el material nos sentamos callamos repasamos los números días de la semana meses del año (cogemos aire) damos las partes del cuerpo pintamos el dibujo actividades en la pizarra cantamos la canción jugamos a Simón dice recogemos hacemos la fila polvitos mágicos silenciadores y vamos que hay que dejar las cosas en clase y coger el almuerzo para salir al patio después de lavarnos las manos. Sí, lo he puesto sin comas porque no tenemos tiempo de parar. QUALITY!
Transcurre el patio, maestrilla, corre a hacer pis, o mejor, empieza a usar un pañal para adultos. Así no pierdes tiempo. En el patio 2 niños se pelean, pero a ti te lo cuentan cuando estás en la fila, porque saben que si te lo cuentan antes, uno de los dos va a tener que acabar el patio sentado a tu lado…
 Resuelve el problema en clase, intenta que aprendan a solucionarlo entre ellos (suerte si ambos son del mismo grupo y no hay que ir a buscar a nadie a otras clases), reparte material, empieza la clase y ohhhhh… recoge el material que los primeros 45 minutos han pasado recordando lo bonito que es ser amigos.  Haz sociales todo lo rápido que puedas, que hay que acabar antes porque si a las 13.00 no están preparados para ir a comer,  luego no les da tiempo porque hay 2 turnos y saliendo a las 13.00 no les da la vida.
Pero cuando estás intentando hacer sociales, resulta que Pablito, que tiene una situación personal que haría que más de un adulto se cortara las venas, decide que no quiere trabajar. Y empieza a volverse loco, sin exagerar, y tienes que calmar las aguas, mientras atiendes a los demás, que tienen dudas, necesitan ayuda y no entienden que Pablito no trabaje.
Cuando por fin sales de clase, Pablito está enfadado porque ha tenido que trabajar pese a su rabieta. Se va corriendo y se esconde por el centro. El resto de maestros que valen su peso en oro (los delgaditos y bajitos algo más), intentan frenarlo y hablar con él. Al final lo encuentras, intenta pegarte, morderte, arañarte. Te llama de todo menos bonita, y de pronto empieza a autolesionarse y a decir que se quiere morir. Lo inmovilizas mientras quieres morirte tu también porque te parte el alma no poder hacer más por ayudarle. Consigues que se calme, le abrazas, hablas con él, vuelve a convertirse en el niño encantador que realmente es y lo llevas a comer. Maestra, con el corazón destrozado, ve a una reunión a la que no podrás prestar atención porque quieres a tus alumnos y te afecta lo que les pase… ¡maldito defecto!
Comes corriendo, sobrevives a las clases de la tarde y cuando hay que irse a casa, resulta que se queda un niño al que no han venido a recoger. Pasan 10 minutos, 15… llamas y no cogen el teléfono… 20 minutos después llega el familiar de turno a recoger al niño y no es capaz ni de disculparse… Le dices que por favor sea puntual, y resulta que…CHAN CHAN!¡ Salió el ENEMIGO que todo maestro lleva dentro!
El maestro no tiene derecho a tener vida, sólo es maestro. ¿Qué el maestro tiene responsabilidades (que no cargas) familiares? Mala suerte… ya se apañará… ¿qué tiene que irse corriendo a clase de inglés porque tiene que sacarse el B2?... no es mi problema… y aun tenemos que oírnos, por parte de algunas familias, que no nos importan nuestros alumnos, que sólo nos importa cobrar a final de mes y que tenemos muchas vacaciones. De hecho, muchas veces les tenemos manía… Somos tan malos y egoístas… Panda de vagos que lo único que quiere es cobrar a final de mes…
Eso sí, tenemos muchas vacaciones… O algunos las tienen… supongo… Resulta que en verano, la mayoría de maestros, se forma, prepara cosas para el curso siguiente y sigue trabajando aunque no acuda al centro. Con todo mi cariño hacia los que piensan que tenemos muchas vacaciones, los niños no aguantarían más tiempo metidos en clase. Voy a contar un secreto: son niños, necesitan descansar. Ah! Y otro secreto: la mayoría trabajamos en verano, pero no se lo digáis a nadie.
Y lo mejor de todo ¿sabéis qué es? Que AMAMOS nuestra profesión. Que nos ILUSIONA llegar a clase por las mañanas y empezar un día nuevo. Que te sonrían por la mañana con la sonrisa más sincera que te puedes imaginar. Que sus abrazos son reales. Nos ilusiona hacer que “nuestros niños” sean felices mientras vamos corriendo  intentando llenar sus cabecitas de ideas, inquietudes, de crítica (aunque les pese a muchos). Nos ilusiona hacerles personitas, nos ilusiona y nos encanta ver cómo crecen en todos los niveles, cómo evolucionan. Nos ilusiona preparar cosas nuevas, juegos, ver cómo se ríen cuando intentas hacer payasadas para hacer que el tiempo que pasan en 30 sesiones de 45 minutos parezca un juego. Nos emociona que cuando tienes un día nos busquen para darnos todo su amor sin entender que a los mayores, a veces, nos pasan cosas.
Al final, después de todo, vale la pena ser maestra. Y cambien las leyes o no, destrocen los horarios, se nos considere unos privilegiados, el enemigo, o se nos defienda y respete (como muchísimas familias hacen, afortunadamente); seguiremos al pie del cañón. Dando lo mejor de nosotros mismos e intentando transmitir optimismo, alegría y sobre todo ILUSIÓN a nuestros alumnos.
Gracias por leerme, pese a lo extenso del texto. Y GRACIAS MIL Noni por dejarme formar parte de este mundo que has inventado y por el otro, ese que compartimos de lunes a viernes. Gracias por tu generosidad y por dar tanto, en muchas ocasiones, sin darte cuenta. Me vas a permitir que cite una gran frase de “Días de fútbol” (peliculón): Noni, por favor, tú me pides un minuto, y yo te doy mi reloj. Toma, el peluco pa’ ti”

;)

Muchísimas gracias a ti, Cris, por liarte la manta a la cabeza (por aquello de que eres friolera) y haber querido pasar por aquí para compartir tu sentir y tu pensar con todos, y, sobre todo, por tu buen hacer y tu sonrisa diarios, que son un regalo para quienes tenemos la suerte de trabajar contigo mano a mano. Un placer. 

CON M DE MAMÁ y C de CRISTINA

7 de junio de 2014

Yo confío, tú... ¿confías?

Rubiazo se va a la granja. Sí, sí, a dormir. 

Ahora es cuando se escuchan los: "¿cómo? ¿a dormir? ¿con lo pequeño que es? ¿y lo dejas? Pobrecitooooo... Estás locaaaa..." Y un sinfín de preguntas y exclamaciones más que hacen que Maléfica, que tan de moda anda ahora, a mi lado sea un oso amoroso.

Pues sí, Rubiazo, con sus 19 meses recién cumplidos, se va a la granja a vivir una experiencia inolvidable, a dormir una noche fuera de casa con sus compis, lejos de papá, mamá y su hermana; y se va porque tanto su padre como yo CONFIAMOS PLENAMENTE EN SU MAESTRA EDUCADORA y, en general, en el equipo que lleva su escuela infantil y en el proyecto educativo que llevan a cabo, y dentro del cual está incluída esta salida. Sobra decir que, evidentemente, si no fuera así, no es que no iría a la granja, sino que directamente no estaría en esta escuela infantil. ¿Que es muy obvio lo que acabo de decir? Pues no crean señores, que parece que no tanto.
Los que me conocéis, y quizás los que me leéis, sabéis que en mi vida, además de ser madre, soy MAESTRA. Pues en esta entrada voy a tomar mi voz de maestra para hablar del presente de la escuela y la (devaluada) figura del maestro, sin olvidarme del estupendo empastre del nuevo currículum de primaria, es decir, de lo que se supone que nuestros hijos/as deberán tener consolidado al acabar la etapa de primaria.
Como decía, YO CONFÍO en la maestra de mi hijo, y en la de mi hija también. Eso implica que creo en su buen hacer, que sé que lo que hacen y cómo lo hacen es siempre pensando en el beneficio de mis hijos y de sus compañeros, en sus cuidados, sus necesidades y su educación. Como padres que confían en las maestras de sus pequeños, agradezco inmensamente su labor, sé que es bonita pero también sacrificada, y por ello, RESPETO su trabajo al 100%. Eso no quiere decir que si en algo no estoy de acuerdo lo acataré como un borrego, no, porque también creo en el diálogo, en la comunicación y en la posibilidad de entendimiento entre dos adultos que no opinan lo mismo. Pero lo que tengo (tenemos) claro es que JAMÁS DESACREDITARÉ A SUS MAESTR@S, y menos usando descalificativos, delante de mis hijos. Uno, porque nadie merece una actitud así, dos porque entonces el respeto que creo estar inculcando lo habré mandado al garete en cuestión de segundos. Los niños absorben y copian ABSOLUTAMENTE TODO, así que más nos valdría tener esto en cuenta en múltiples ocasiones, porque sus primeros modelos de referencia somos nosotros, y tal cual vean que hacemos o actuamos para con los demás, así lo harán ellos también. Y no nos engañemos, que con los primeros que practicarán esta manera de actuar será con nosotros mismos.
COMO MAESTRA vivo el día en el aula y en la escuela con ilusión, con ganas, con mil proyectos, con mucho amor hacia mis alumnos, bien sean de inglés o de mi tutoría, con mil ideas para llevar a cabo, con bloqueos porque las cosas no salen como esperaba y necesidad de "reiniciar" la máquina, con cansancio a veces y con energía la mayoría. Y vivo una realidad que, cada vez en más ocasiones, me decepciona enormemente y me entristece bastante. LOS PADRES NO NOS QUIEREN. O no nos valoran. O no valoran nuestra labor y nuestro buen hacer. O simplemente, falta comunicación. No lo sé. No sé lo que hay, pero algo está fallando, y a mi modo de ver, humilde como el que más, no parece que vaya a cambiar.
Cuando entro en mi aula cada mañana lo hago con unas ganas tremendas de comerme el mundo, y de enseñarles a mis alumn@s a comérselo también, porque me apasiona mi trabajo. En mi aula no enseño sólo lengua o matemáticas, intento, como muchos otros compañeros, hacer de la experiencia de aprender toda una aventura. Además, a diario, y durante varios momentos a lo largo del día, resuelvo conflictos, unas veces cosas leves y otras asuntos realmente difíciles. Tanto las primeras como los segundos son FUNDAMENTALES, y el tratamiento que les demos tanto en el aula como desde casa, cuando pedimos la colaboración familiar, es IMPORTANTÍSIMO, pues de ello dependerá que determinadas conductas no beneficiosas para el/la alumno/a implicad@ se erradiquen o se reproduzcan sin fin, y cada vez con más fuerza. Y hablo tanto de falta de motivación y esfuerzo, como de conductas graves disruptivas, como de acoso a compañeros, o mala educación y falta de buenas maneras a la hora de relacionarse con iguales o adultos. Porque todo cuenta, todo NO vale y todo influye y ayuda o perjudica.
Cuando te encuentras con respuestas, a mi modo de ver, desafortunadas por parte de la familia (en mi caso, las menos, gracias al cielo, pero las hay) se te cae el alma a los pies, porque te das cuenta de que hay algo que no está funcionando como debería, y no para comodidad tuya, sino pensando en el futuro de esa personita que está en tu aula y que, parece, seguirá actuando como lo hace porque sabe que se le consiente y se admite esa mala conducta. A mí se me llena el alma de impotencia cuando, en un intento de comunicar qué hay de "perjudicial" en cierto comportamiento para un/a alumn@, sus padres te responden con una desafortunada nota en la agenda en la que las buena formas brillan por su ausencia. Soy madre y, evidentemente, me gustaría que cuando me hablaran de mis hijos apreciaran sus virtudes, pero también deseo que en esta labor tan complicada de educar, haya quien pueda echarnos un cable y hacernos ver aquello que en casa no vemos; y podrá gustarme más o menos, claro está, que una no es de piedra, y me costará más o menos aceptarlo, pero... Señores, resulta que nuestros hijos no son iguales en casa que en la escuela, y es lógico, porque ni sus estímulos ni las interacciones que mantienen son las mismas, con lo cual su manera de relacionarse con el medio, cambia. Por tanto... No neguemos antes de escuchar. Está claro que hay gente para todo, y que profesionales con falta de profesionalidad o desmotivados los hay en todos los sectores, pero nuestra profesión es PURA VOCACIÓN, y como tal, merece un voto de confianza y un poco de cariño y consideración.
En los últimos tiempos he vivido, si no directamente sí a compañeros, "notitas" muy desafortunadas en las que la educación y los modales brillaban por su ausencia, en las que se dudaba claramente de nuestra capacidad y en las que casi se nos pedía que agradeciéramos que se nos dejaba a "sus niños" en nuestras manos, en las que se nos recordaba que "nuestra obligación es ocuparnos de ellos" y se dudaba 100% de que así fuera. En ocasiones así... ¡YO FLIPO! Es que no hay expresión que lo explique mejor. Lo siento si suena duro, pero me parece patético que personas a las que ves reflejadas en las actitudes (maleducadas) de sus hijos se crean con el derecho de menospreciar el trabajo de todo un claustro. La vida es más sencilla, oigan: no confían en nosotros, en nuestra escuela, en nuestras capacidades, en nuestra labor diaria (ésa que la leyenda urbana dice que acaba a las 17h y se va de vacaciones más dos meses sin pegar ni chapa)... Váyanse. No les guardaremos rencor, aunque sí lamentaremos mucho el futuro que les depara a sus hijos esa actitud mezquina y ese despotismo no ilustrado. 
Insisto, YO CONFÍO, TÚ... ¿CONFÍAS?
Y sí, obviamente, NOS EQUIVOCAMOS, MUCHO, CADA DÍA... Pero también hacemos lo indecible por aprender de esos errores. A mí personalmente me gusta decirles a mis "niños" que me he equivocado cada vez que lo hago (exactamente igual que hago con mis hijos), bien sea copiando algo en la pizarra, bien al intentar solucionar un conflicto, bien cuando pido silencio a quien no está hablando. Mis alumn@s SABEN QUE NO SOY PERFECTA (¡gracias al cielo! porque sería una responsabilidad insufrible), y saben que es genial cometer errores siempre y cuando tengamos la voluntad de repararlos. Me apena enormemente, pues, que la opinión generalizada actual sobre L@S MAESTR@S sea la de que nos equivocamos en todo, la de que no miramos por nuestros alumnos sino por nuestros intereses y comodidades, la de que nuestra labor no es importante y casi diría que innecesaria, la de que nos dedicamos a almorzar y tomar cervecitas en las excursiones si en ellas hay monitores... TRISTE. Porque si así fuera: no me emocionaría con una carta llena de faltas que dice "gracias" y "te quiero", ni con un dibujo en el que llevo una corona, ni me acostaría a las 00:00 remodelando la programación porque hemos adoptado un pez con la unidad de los animales o hemos empezando a trabajar en el huerto porque estamos estudiando las plantas, tampoco haríamos una salida de "pensado y hecho" por el barrio para aprender in situ el día a día de las calles de una ciudad y sus comercios para poder compararlas con un pueblo, ni me quedaría a mediodía corrigiendo cuadernos, libretas o controles, o decorando la clase mientras me como de pie un bocadillo, ni aprendería a manejar programas de pizarra digital para adaptarme a los nuevos tiempos, ni bajaríamos a dar la clase al patio porque así estamos más fresquitos o para medir con la cinta métrica, ni haríamos sesiones improvisadas de cuentacuentos, ni me inventaría un baile para aprender algo que cuesta, ni me ilusionaría con la caída del primer diente que hay que guardar para que llegue a salvo a casa, ni abrazaría a quien lo necesita, ni intentaría dejar a parte mis historias para recibirlos cada mañana con una sonrisa... Son tantas cosas las que hacemos con AMOR DEL BUENO, que ante tanta falta de CONFIANZA en nuestra labor se nos seca cada vez un poco un trocito de corazón. Sí, L@S MAESTR@S TENEMOS CORAZÓN.
Insisto... YO CONFÍO, TÚ... ¿CONFÍAS?
Parece que en nosotros no, pero sí en todas las patrañas que quieren venderte sobre la educación actual. Sí confías en toda esa filosofía barata de que los niños no pueden oírse un NO jamás porque se traumatizan de por vida y se bloquean... Y confías también en el NUEVO CURRICULUM DE PRIMARIA porque han dicho en las noticias que tus hij@s van a tener tropecientas "horas" de todas las asignaturas. Sin embargo, no has tenido en cuenta que:

1. Si no dices nunca "no" a tus hijos y no les pones límites les estás mandando un mensaje erróneo y dando una imagen irreal de lo que representa vivir en sociedad: no todo está bien ni permitido. Un NO a tiempo es un SÍ bien grande a la convivencia cívica y responsable, entre otras muchas cosas.
2. Los minutos son iguales que los que había con la ley anterior (y lo serán con la siguiente): ni se acortan ni se estiran porque no son de chicle.
3. Entonces, haciendo "la cuenta la vieja", parece bastante improbable que lo que te venden como "horas" sean horas de 60 minutos. Lo que pasa que da mucho juego cambiar la palabra adecuada, SESIONES o CLASES, por una que ataque directamente al subconsciente y lo deje idiotizado y pensando en que nuestros hijos acabarán primaria con un nivel de universidad, y de las buenas.
4. Por todo lo dicho anteriormente, debes saber que si hay 30 sesiones de, mínimo, 45 minutos, las sesiones o clases se van a reducir a MEDIA HORA REAL. ¿Que por qué? Pues no será porque alarguemos el patio hablando o subamos tarde a primera hora mientras nos contamos el día anterior, como a veces has pensado, sino porque ni alumnos ni maestr@s tenemos la capacidad de teletransportarnos, tampoco conseguimos sacar el material necesario con un chasquido de dedos a lo Mary Poppins, ni obviamos los conflictos que surgen a diario, varias veces al día, y que consideramos lo suficientemente importantes como para parar lo que sea y resolver ipso facto.
5. CADA NIÑ@ ES UN MUNDO y por ello aprende de diferente manera y a diferente ritmo. Los 45 minutos que plantea este MARAVILLOSO CURRICULUM (elaborado, seguro, pensando en y por nuestr@s hij@s) no contemplan pues la realidad del aula. En una clase, pongamos, de 1º de primaria con 22 alumnos, sin maestr@ de apoyo porque se ha suprimido un/a maestr@ de primaria en cada CENTRO PÚBLICO, puedes llegar a encontrar 1 niño que lee perfectamente, 5 niños que están en proceso de adquisición de la lectura y casi la tienen consolidada, 2 alumnos con NEE (necesidades educativas especiales), 2 con déficit de atención o atención dispersa, 4 aún bastante inmaduros para su edad y que por tanto van mucho más lentos que el resto en este proceso, y 8 de diferentes ritmos según el día y lo que tengan delante. Y todos y cada uno de ellos son IGUAL DE IMPORTANTES y nos necesitan de igual manera, pero en una sesión de 45 minutos, de los que descuentas 15 entre entrada/salida del aula, reparto/recogida/cambio de material, resolución de algún conflicto, cambio de maestr@... quedándonos con 30 minutos reales, lo siento señores pero ni poniéndonos la capa de HÉROES lograremos atender a todos ni de igual manera ni como merecen o necesitan, y además lograr que consoliden lo que acaban de oír.
6. Con tanto cambio de sesiones y áreas, y con sesiones tan cortas y destarifadas... ¿de verdad pensáis que va a mejorar el nivel actual de nuestr@s alumn@s, esos de los que, por otro lado, se nos dice que viven en otra realidad y sociedad diferentes a las nuestras y que por tanto debe recibir otro tipo de atenciones con otro tipo de metodologías? ¿ESTAMOS LOCOS O QUÉ? ¿No queréis que se traumaticen pero por contra los infláis a actividades extraescolares después del colegio y además os alegráis por toooodas esas nuevas "horas" que el NUEVO CURRICULUM SE SACA DE LA MANGA (y que, recuerdo, no son horas sino sesiones)?
7. MAESTR@S-ORQUESTA:
Esos maestros y maestras que están sacándose títulos y más títulos a golpe de billete y universidad privada, los mismos que, nada más tengan el B2 (título según el cual el poseedor del mismo "Es capaz de entender las ideas principales de textos complejos que traten de temas tanto concretos como abstractos, incluso si son de carácter técnico siempre que estén dentro de su campo de especialización. Puede relacionarse con hablantes nativos con un grado suficiente de fluidez y naturalidad de modo que la comunicación se realice sin esfuerzo por parte de ninguno de los interlocutores. Puede producir textos claros y detallados sobre temas diversos así como defender un punto de vista sobre temas generales indicando los pros y los contras de las distintas opciones." Según el MARCO COMÚN EUROPEO DE REFERENCIA para las LENGUAS), 
estarán capacitados para dar clase de inglés y clase de cualquier área en inglés. Esto sería estupendo si fuera real y estuviera bien hecho, pero como todo aquello que se hace de manera rápida e interesada, siento comunicaros queridos padres, que nuestr@s hij@s no van a ser unos cracks en inglés, sino que van a seguir siendo a vergüenza europea por excelencia. Pero... queda muy bien decir que se está obligando al profesorado a sacarse el titulito de marras. Y así, idem con el resto de áreas, queridos padres, porque volvemos a la época en la que nuestros antecesores iban a la escuela: a esos maestros y maestras que daban de todo, estuvieran o no suficientemente formados, porque era lo que había, sin recibir, curiosamente, críticas de ningún tipo. Aunque mirándolo egoistamente, teniendo en cuenta que en aquella ÉPOCA DORADA la figura del maestro y la maestra estaba tan bien considerada, era casi una autoridad y recibía el respeto de padres y alumnos (y alguna que otra manzana)... IGUAL ME CONVIENE PERDER EN UN TIEMPO MI PLAZA DE MAESTRA DE INGLÉS (ésa para la que me he formado concienzudamente, he opositado y me sigo formando) y convertirme en MAESTRA-ORQUESTA.

Aunque, ¿sabéis qué es para mí lo mejor de todo este "merdel" (y perdón por la expresión) actual en el que me veo envuelta como MAESTRA que soy y ejerzo? LAS INCONGRUENCIAS que se lanzan constantemente en forma de mensajes capciosos y que todo el mundo cree y sigue, siempre y cuando no las diga un maestro, claro. ¿No decíais y creíais que nuestros hijos necesitan menos carga lectiva, cero deberes en casa (craso error, por cierto, porque el hábito de trabajo no es innato, necesita crearse) y más tiempo de juego? Entonces, ¿cómo narices os alegráis con toda esta sarta de despropósitos continuos? ¿Cómo consentís que jueguen con la base de toda sociedad y la tomen como moneda de cambio para vendernos la moto? 
Pues como decía al principio: YO CONFÍO, PERO EN QUIEN DE VERDAD DEBO HACERLO, EN AQUELLOS QUE SE DEJAN LA PIEL POR MIS HIJOS DÍA A DÍA, Y NO EN LOS QUE JUEGAN CON EL FUTURO DE ESTE PAÍS, QUE HAN DEMOSTRADO QUE HACEN SIN SABER Y DESHACEN SABIENDO QUE NO DEBERÍAN. 

Confío en l@s maestr@s de corazón, en quienes construyen, o lo intentan, cada día un mundo mejor para Pichu y Rubiazo. Gracias Carmina, Inma, Pilar, Juani, Ana, MariaJo, Cynthia, Susana, Ester, Belén, Eva, Mari Carmen, Andrea y todas aquellas maestras y maestros que han formado, forman y formarán parte de nuestra vida y de la nuestros hijos. GRACIAS POR CONFIAR EN NOSOTROS COMO PADRES Y POR VUESTRA LABOR DIARIA, DEDICACIÓN, ESFUERZO Y CARIÑO PARA CON NUESTROS HIJOS. GRACIAS.

 Y TÚ... ¿CONFÍAS?

CON M DE MAMÁ y de MAESTRA