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13 de agosto de 2016

Mitos, leyendas y sorbitos de mala leche

No soy una gran escritora. Es más, ni siquiera soy una simple escritora como para andar publicando un recopilatorio de mitos y leyendas de lo que sea. Sin embargo, soy madre, y por partida doble. Y eso señores... eso da para muchas páginas. Muchos tomos, diría, de mitos, leyendas e historias varias.
En diciembre hará 7 años (¿¿ya??) que me convertí en madre. Y a lo largo de esos siete años he tenido que oír todo tipo de comentarios y opiniones sobre cómo debía hacer las cosas, educar a mis hijos, establecer sus rutinas, qué era mejor para ellos, qué he hecho mal, qué he hecho peor... La cuestión es que, durante estos siete años, todas esas personas de mi entorno que se han tomado la libertad de darme lecciones, jamás han sido capaces de mirarme y decir: "qué bien lo estás (estáis) haciendo". Ninguna. Es fuerte, ¿eh?
Éste es un ejemplo más de que la especie humana es mucho más dañina consigo misma que con el planeta en general, y de ahí, suma y sigue.
En estos tiempos en los que tanto se habla de empatía, asertividad y una larga lista de palabros que toda la humanidad deberíamos tener en cuenta para que nuestra vida, y la de los demás, fuera algo mejor... nos perdemos en cómo decirlas pero no ponemos nada en práctica.
En diciembre hará siete años a lo largo de los cuales he escuchado en multitud de ocasiones consejos, opiniones, frases y cantinelas tales como: no la/lo cojas tanto que se va a acostumbrar, no está tomando suficiente leche, siempre está pegada/o a tu pecho, tendrá que acostumbrarse a ir de brazo en brazo, va a ser dependiente vuestro toda la vida, ha de acostumbrarse a dormir solo/a o a los doce años seguirá reclamándoos, no va a querer estar con nadie que no seáis vosotros, ha de acostumbrarse a estar sin ti, es demasiado mayor para tomar pecho, tendrás que ir a la mili con él para que pueda dormirse en tu pecho, los niños no deberían dormir con sus padres porque la cama de la pareja es sagrada, que llore un poco es bueno para sus pulmones porque así los ensancha, la estás malcriando con tanto brazo, aún no ha llorado ni un minuto y ya la habéis cogido, si la/lo cojo y se despierta ya se volverá a dormir (no seas exagerada), se ha de inmunizar para que su aparato respiratorio madure... Y podría seguir enumerando tantas y tantas barbaridades y frases desafortunadas que acabaría el post y aún me quedarían muchas en el tintero.
Puedo rebatir todas y cada una de ellas, y podría decir quién dijo qué cada vez, porque se te clavan tanto a fuego que es inevitable no recordar esos momentos con algo de tristeza y bastante impotencia. Pero no vale la pena perder el tiempo en tantas personas que se han equivocado con tanto juicio gratuito.
A estas alturas puedo desmontar todos y cada uno de esos mitos falsos sobre la maternidad que predecían que mis hijos iban a convertirse en unos seres insoportablemente dependientes, casi tiranos, que iban a amargarnos la existencia por, simplemente, haberles dado todo nuestro amor y atención desde su primer segundo de vida. A estas alturas sigo preguntándome por qué narices somos todos tan listos, tan crueles y tan poco considerados con los padres novatos (sean o no primerizos), por qué nos dejamos la empatía en casa cuando miramos a otros padres y abrimos la bocaza para comentar, por qué a aquellos que fueron padres primerizos o novatos hace ya años se les olvida que ellos también tuvieron un comienzo y que también tuvieron que luchar contra los comentarios y las críticas nada constructivas.
A día de hoy, mis hijos siguen queriendo que los acompañemos al dormir con un cuento o mimos, si yo estoy en casa Rubiazo sigue tomando pecho antes de quedarse dormido, durante la noche siguen viniendo a nuestra cama cuando tienen miedo o simplemente necesitan sentirse reconfortados, seguimos cogiéndolos en brazos si lloran o tienen un mal día o momento, seguimos pasando gran parte de nuestro tiempo con ellos como una familia... ¿y sabéis qué? NO SE HA CUMPLIDO NI UNA SOLA DE VUESTRAS LEYENDAS Y NINGUNO DE VUESTROS MITOS SE HA HECHO REALIDAD. Nuestros hijos son niños autónomos, que entienden perfectamente que hay momentos para todo, que no patalean y berrean para conseguir las cosas porque saben que así no consiguen nada. Los dos pasaron con menos de dos años, dos días y una noche fuera de casa con su escuela infantil, han pasado un fin de semana fuera en varias ocasiones en casa de los tíos y además, Pichu lleva ya tres años yéndose unos días a dormir a casa de sus tíos en verano; en concreto, el pasado, con sus cinco añitos, una semana entera. Rubiazo se ha ido con ella este año por primera vez, tres días y medio con sus tres noches y, ¡oh cielos!, no ha pedido "lechita" en ningún momento, se ha dormido sin dramas, no ha reclamado volverse a casa con mami y papi, de hecho habrían alargado los dos la estancia si no llega a ser por el encuentro familiar que teníamos programado. Estos días, nuestros pequeños, los mismos que han sido mimados en exceso por haber sido cogidos en brazos cada vez que lo necesitaban, ésos a los que no dejábamos llorar en la cuna para que se acostumbraran (aún no sé a qué), los mismos a los que teníamos que haber dejado ir de brazo en brazo desde su primer minuto de vida para que se acostumbraran a la gente y fueran seres sociales... han disfrutado de varios días sin sus padres, han sido felicísimos con sus tíos y primos y amigos de los mismos, se han duchado, vestido y aseado solitos con sus 6 y 3 años y medio respectivamente, han ayudado en casa, se han hecho responsables de sus maletas y todo lo que llevaban (que no era poco), medicinas incluidas, no han montado dramas al irse a dormir sin papá y mamá y, en definitiva, han sido exactamente iguales que en casa, pero sin nosotros.
¿Dónde está el drama, el trauma o la terrible consecuencia de haber criado a nuestros hijos sabiéndose queridos, cuidados y mimados (que no consentidos)?
¿Qué hacemos pues con todos esos comentarios desafortunados que lanzamos de manera tan inconsciente a todos los papis y mamis que acaban de serlo, y que no son más que SORBITOS DE MALA LECHE que, en muchas ocasiones, consiguen agriar la propia leche materna, la ilusión y los miedos normales de las primeras veces como padres?
¿Por qué tenemos esa facilidad para creernos mejores que los que tenemos delante y nos atrevemos a dar esas clases magistrales de sueño, alimentación, rutinas en general y educación cuando somos los primeros que hemos necesitado equivocarnos para saber qué era mejor?
¿Por qué cada madre (primeriza o no) que tengo cerca tiene siempre la misma sensación que tenemos todas de sentirse presionada, juzgada, observada con lupa y criticada en cada cosa que hace?
Yo no puedo hablar de los demás, porque bastante tengo con ser yo misma y aguantarme, ni de sus hijos, porque bastante tengo con los míos y con hacerlo lo mejor que puedo, pero sí puedo hablar de lo que aquí hemos hecho como padres y que nos ha funcionado de maravilla: SEGUIR NUESTRO INSTINTO Y NUESTRO PROPIO CRITERIO, OBVIAR LAS CRÍTICAS Y LAS OPINIONES QUE NUNCA HEMOS PEDIDO, Y CRIAR A NUESTROS TESOROS CON AMOR, CON MUCHO AMOR, CON TODO LO QUE ELLO IMPLICA. Hemos acunado, cantado, acariciado, abrazado, besado y mimado a nuestros hijos muchísimo, y lo seguimos haciendo, y sí, TAMBIÉN LOS HEMOS EDUCADO HACIÉNDOLES SABER QUE HAY LÍMITES, que su libertad acaba cuando se convierte en libertinaje y que hay normas que son necesarias para convivir, en familia y en sociedad, porque toda relación se basa en el RESPETO.
Y haciendo balance, después de casi 7 años y casi 4, respectivamente, diría que no nos ha ido tan mal. No se ha cumplido ninguno de los trágicos finales de todos los mitos y leyendas que, con tan mala leche, vaticinaron (y siguen aún hoy) sobre la personalidad horrible y difícil y la fatal educación que tendrían nuestros hijos, a pesar de que nosotros hemos hecho todo lo posible porque así fuera, con premeditación y alevosía.

Dicen que la excepción confirma la regla. Pues da la casualidad de que me rodeo de muchos más padres desobedientes y atrevidos que han querido criar desoyendo las mismas amenazas que nosotros, por lo que deduzco que en esto de la maternidad no debe haber una regla y que la gran mayoría de nuestros hijos (por suerte) son fruto de la excepción.
Es justo por esto que todos ellos son EXCEPCIONALES. A pesar de los mitos, las leyendas y los sorbitos mala leche. (C.q.d)

22 de mayo de 2016

En esta casa hay normas

Y si nuestros hijos han de cumplirlas, los hijos de los demás también. Podéis pensar que soy una rancia o una seca. Lo que desde luego sí que soy es una madre preocupada porque sus hijos conozcan el verdadero significado de la palabra educación. Parto de la base de que nuestros hijos no son perfectos, ni lo queremos, ni nuestra educación es el modelo a seguir, pero hay una serie de normas básicas convivenciales que no estaría de más que todos enseñáramos a nuestros churumbeles, ya que como bien dice la canción de Elefantes: "Eh tú!! No se te ocurra dejar el suelo sin barrer, que alguien debe venir detrás cansado igual como tú, tratando de entender que sólo somos olas en el mar...".
En nuestra casa jugamos mucho, y hacemos el marrano con arena, plantitas y demás historias para hacer pociones mágicas, llenamos el suelo de purpurina de mil colores cuando estamos metidos de lleno en alguna manualidad, nos perseguimos por toda la casa para matarnos a cosquillas, ponemos la mesa de la cocina y el suelo perdidos de harina y huevo si estamos preparando un bizcocho, convertimos el salón en una juguetería sin orden ni concierto o en un mercadillo de disfraces, llenamos la bañera de espuma para que mamá y papá acaben hasta arriba de la misma, jugamos a peluquería y acabamos llenos de colonia y lo que no es colonia, bailamos hasta caer rendidos con la música más alta de lo normal (jamás a horas intempestivas)... Pero no botamos en el sofá con los zapatos de la calle, ni dejamos todo por recoger cuando hemos acabado de jugar, ni decidimos nosotros la hora en la que visitar al vecino, no. Hay cosas, que parecen tonterías pero que no lo son. Mis hijos saben que para subir al sofá aquí en casa, dado que sus piernas no son aún lo suficientemente largas como para que los pies les cuelguen, se han de quitar los zapatos de la calle, pero no para botar (y sí, claro que en la cama botan, sobre todo cuando no los vemos). Obvio, yo he visto a mi hijo sin zapatos en el sofá de otras casas y haciendo el intento de ponerse a botar, que al fin y al cabo es un niño, pero he estado ahí y lo he frenado en seco, no me he dedicado a mirar para otro lado.
Nuestros hijos conocen la normas de su casa y pueden pensar que en todas partes son iguales, a no ser que desde bien pequeños les hagamos entender que cada casa es un mundo, y que preguntar no es ofender. Igual que pueden aprovecharse del hecho de que justamente no están en su casa para hacer lo que les place, aunque mi experiencia me dice que si conocen normas, esto no es lo normal. Si a eso le sumamos el estar pendientes de su comportamiento cuando estamos en una casa ajena, estamos ayudándolos a aprender el verdadero significado del respeto. Cuando entramos en la intimidad de otro hogar porque alguien nos abre sus puertas y nos da su confianza, lo suyo es intentar no cargarnos su armonía, al margen de que ésta case o no con nuestra manera de hacer las cosas. Si a mis hijos les enseño a que el sofá no es el lugar en el que botar con los zapatos de la calle, espero que cuando vayan a otro casa sigan esa premisa, aunque vean a otros botar. Si saben que cuando acaban de jugar han de recoger, espero de ellos que lo hagan donde vayan, aunque no sepan dónde va cada cosa, y si no es así, ya estaremos nosotros para hacerles memoria. No considero que las normas que tienen sean estrictas, creo que son simplemente necesarias para saber convivir en grupo, ya que luego las costumbres y actos se trasladan a su vida fuera de casa, y en un futuro, a su vida independiente.
Lo que llevo peor, lo reconozco, y no sé si tendrá que ver con el hecho de ser maestra y pensar que en fin de semana no estoy ejerciendo como tal sino como madre, es el hecho de ver a mis hijos, en mi casa, comportándose como niños, pero con sus normas, mientras que los hijos de los demás no parecen tener respeto por ninguna y a sus padres no parece importarles demasiado. No es lo normal, obvio, al fin y al cabo uno acaba juntándose con quien está a gusto en todos los sentidos, incluído en lo que implica la crianza, pero en más de una ocasión te encuentras con situaciones en las que el pensamiento natural en tu cabeza es: "¿pero qué necesidad?".
Insisto, mis hijos se equivocan a diario, igual que nosotros sus padres, gracias al cielo. Y creo que es importante que prestemos atención tanto a lo que hacen mal como a lo que hacen fenomenal. Pero no deberíamos olvidar jamás que estamos criando unas personitas que van a formar parte, ya son parte, de una sociedad que necesita el respeto como clave para poder tirar hacia delante, y conseguir ese respeto es aprender que si actúo según me place sin mirar si mi actitud fastidia al de al lado, me cargo la armonía; y que si el de al lado no mira por mí no tiene que condicionar mi manera de ser y hacer. Al menos así lo vemos aquí.
Los niños son niños, y por eso tienen padres, para seguir siendo niños. Así que somos nosotros, sus progenitores, los que dejamos mucho que desear en muchas ocasiones, sin pensar en que educamos con nuestros actos y que nuestros hijos son nuestro reflejo, el mejor, o el peor.

19 de febrero de 2016

Si volviera a nacer...

...Me gustaría dedicarme a la enseñanza. Y tener la suerte de vivir momentos únicos con mis alumnos.
Me gustaría verme rodeada unas cuantas (bastantes) horas al día durante tantos meses por esas personitas especiales que me hicieran sentir también especial.
Me gustaría tener que seguir formándome y aprendiendo a diario, para no perder comba y ser capaz de estar al día en metodologías y en las necesidades de mis alumnos, o al menos intentarlo.
Me gustaría levantarme cada día con mil y una ideas nuevas y con muchísimas ganas de aplicarlas en mis clases, y con la suerte de sentir que a mis alumnos les entusiasman tanto como a mí.
Me gustaría trabajar en la escuela y olvidar mi yo personal nada más cruzar las puertas de mi clase, pero sin dejar de ser persona y sin olvidar mi corazón, que es parte fundamental en la enseñanza y la capacidad de enseñar.

Si volviera a nacer querría ser yo, mi yo maestra. Con todos mis errores y todos mis aprendizajes, con todos y cada uno de los pasos que he dado en esta profesión que me apasiona y de la que sigo aprendiendo con cada clase que doy. Porque tengo la suerte de trabajar con los seres más sabios del planeta: los niños, que son los únicos que de verdad exprimen la vida sin tanto prejuicio, ni tanta historia, ni tanto problema.

Si volviera a nacer querría volver a sentir ese cruce primero de sus miradas expectantes con la mía ilusionada, con cada nuevo curso escolar, con alumnos nuevos o los que ya tuve el año anterior. Querría ser capaz de arrancar una sonrisa al que ha llegado más serio, o simplemente más cansado, ser capaz de reírme yo aún queriendo reprenderles por alguna trastada.

Que no nos falten nunca las ganas de querer ser lo que somos si eso es lo que realmente nos hace felices. Yo adoro ser maestra. Mi profesión me da la vida un poquito cada día.

Si volviera a nacer, sin ninguna duda,  querría SER MAESTRA.

CON M DE MAMÁ y de MAESTRA

11 de diciembre de 2015

CON R DE RESPETO

A los adultos se nos llena la boca cuando hablamos de ciertos temas. El respeto es uno de ellos.
Nos gusta dar lecciones a nuestros hijos llenando nuestras conversaciones unidireccionales de palabrería barata, sin caer en la cuenta de que ellos no son tanto de escuchar nuestras palabras como de observar nuestros actos.
Respetar al otro implica muchas cosas. Desde ser puntual hasta decir un simple "buenos días" cuando te cruzas con alguien en el ascensor. Lástima que cosas tan básicas están perdiéndose, o ya están perdidas hoy en día, y me atrevería a decir que somos muchos quienes nos quedamos con el "hola" en la boca o seguimos sorprendiéndonos cuando determinadas personas llegan tarde siempre a su trabajo, a dejar al niño en el colegio, cuando han quedado con otros...
En mi vida intento aplicar una regla básica que me ayuda a respetar al resto de la humanidad y sus vidas, y que es bastante sencilla: "vive y deja vivir". No hay más. Y no es tan difícil de seguir. De hecho, se vive más tranquilo no estando pendiente de la vida del otro y centrándose en hacer cada uno en la suya lo mejor que puede.
Sin embargo, sigo pendiente de dejar de preguntarme por qué hay gente que necesita estar metida en todos los fregados para ser feliz, por qué hay personas que no saben vivir su vida sin meterse en la de los demás, o juzgar, o simplemente hacer maldades (o intentarlo). Soy del pensamiento de que bastante tenemos cada uno con lo nuestro como para estar pendientes de si el de al lado dice A o Z, si es más o menos, si sube o baja...
Evidentemente, no puedo evitar pensar que quien tiene necesidad de meterse en todas partes es porque poco tiene que festejar de su propia vida. Y a mí, particularmente, me parece poco respetuoso andar metiendo las narices donde nadie me llama.
Si hablamos de respeto hablamos de dejar al otro en paz, que bastante tiene con lo suyo. Hablamos de no calumniar contra quien nos plazca y porque sí. Hablamos de no hacer lo que nos da la real gana si eso supone que estamos invadiendo la intimidad del otro, o alterando la normalidad de un grupo, o incumpliendo una norma social.
Yo sigo sin entender que haya quien tenga la necesidad de joder (perdonad el palabro) al personal para sentirse mejor. ¿Nadie le enseñó a esa persona qué es ser feliz cuando era pequeña o es que lo ha olvidado? Recibimos lo que damos. Así que muy probablemente, en un futuro, la mierda que uno lanza se vuelva en contra suyo. A veces ocurre de manera inmediata, otras tarda algo más, pero siempre pasa.
El RESPETO es básico en la convivencia. Si no somos capaces de respetar la normalidad del día a día... ¿Cómo nos sorprendemos cuando en el telediario sólo se habla de guerras, muerte, violencia y demás barbaridades del género humano?
Por eso cuando vemos acciones feas hacia nosotros o quienes queremos hechas por individuos de nuestro entorno, no creo que se trate de personas que "no dan más de sí", como diría un par de buenas amigas bien pensadas, sino de gente que necesita chafar al de al lado (o intentarlo) creyendo que así estarán por encima del bien y del mal, que pisar al otro o hacerle daño les hará sentir mejor, más grandes o más fuertes.
Pues os digo una cosa, creo firmemente que quien respeta es porque tiene plenitud en su vida. Quien respeta ha aprendido a empatizar, a apreciar las diferencias, a enriquecerse personalmente sin necesidad de empobrecer al otro. La persona que respeta demuestra ser una persona íntegra, madura, completa y, sobre todo, feliz.
En mi colegio este año tenemos por lema EL RESPETO: a los demás, al medio y a nosotros mismos. Ojalá muchos adultos empezáramos ahora la etapa escolar. A la humanidad le hace muchísima falta reaprender,  interiorizar y aplicar aquello de lo que habla sin saber.

Con M de Mamá y R DE RESPETO

27 de octubre de 2015

LA ESCUELA ESTÁ EN CRISIS

La escuela está en crisis. No hablo de una crisis cualquiera, sino de una gran crisis. Y no, esto no viene de nuevo. Lleva un tiempo. Unos cuantos años. Bastantes diría yo. Pero cada vez va a más y peor. Y, o le ponemos remedio, o esto se va a pique, señores.
La escuela está en crisis y os diré por qué. La escuela está en crisis porque pocos la toman en serio. Si yo fuera ella cogía y hacía maletas y me convertía en un parque de bomberos mismo; o mejor aún, en circo, porque, cada vez más, es a lo que realmente se asemeja, a un circo en el que los maestros ejercen de payasos.
La escuela está en crisis porque hace un tiempo los de arriba decidieron que era una buena carta con la que jugar, y así lo hicieron y siguen haciendo. Porque como se desprestigia desde las altas esferas desde el momento en que importa un pimiento la realidad escolar, y prima más el programa político y las sandeces utópicas que venden, pues se acaba contagiando al populacho y se va perdiendo el respeto por esos señores y señoras (y como seamos funcionarios, ya apaga y vámonos) que vivimos permanentemente de vacaciones y tenemos el mejor horario del mundo: los maestros.
La escuela está en crisis porque las nuevas generaciones de padres no confiamos en las nuevas generaciones de maestros. Porque quizás tenemos tanto sentimiento de culpa encima, por no llegar al nivel de "padres del año" al que alguien ha dicho que tenemos que llegar, que la vida escolar de nuestros hijos la pasamos buscando culpables a los que hacer responsables de nuestras propias carencias en educación, en enseñanza de valores y en definitiva, en nuestra labor de padres; padres que un día decidieron serlo voluntariamente con ilusión, aunque a veces parezca que fue con una pistola en la cabeza y con lágrimas en los ojos.
La escuela está en crisis y no es porque los maestros no tengamos ni idea, o porque sólo sepamos mandar deberes a casa porque somos incapaces de acabar el temario en clase, o porque seamos excesivamente autoritarios o excesivamente blandos, o poco imaginativos y demasiado teóricos, o tomemos decisiones sobre nuestros alumnos no pensando en su bien sino en el nuestro. No. LA ESCUELA ESTÁ EN CRISIS PORQUE NO CREEMOS EN ELLA. No, nos liemos; los maestros sí creemos, y a ciegas diría yo. Quienes no creéis sois quienes nos miráis desde fuera recelosos, pensando de corazón que nuestra faena es jorobar a quienes pisan nuestro suelo, porque ni somos lo suficientemente buenos para vuestros hijos e hijas, ni hacemos las cosas lo suficientemente bien para que sean felices, no tengan traumas, desarrollen todas sus habilidades creativas y megachupisuperhiper emocionales y demás pedagogías blancas y de arcoriris. BASTA. No es cierto. Nuestra profesión es vocacional, es una profesión que sale del alma, que te hace soñar con un mundo mejor, que te hace olvidar el café del almuerzo muchos días por cuidar de ese peque que está malito y ha ido al cole con fiebre porque no podían cuidarlo en casa; una profesión que te atrapa a mediodía corrigiendo, preparando materiales divertidos y juegos que los motiven a aprender lo menos divertido del tema nuevo... La profesión de maestro va más allá de las 17 de la tarde, y más allá de las 23 de la noche muchos días y tampoco entiende de fines de semana o festivos cuando tienes algo entre manos que quieres planificar o hacer. No es más pesada que otras, pero tampoco menos importante ni menos costosa. Es una profesión más, y a la vez, una profesión fundamental desde mi punto de vista de maestra que antes fue alumna, y que considera que si ha llegado hasta aquí es, muy en parte, gracias a todos los profesionales que participaron en mi educación escolar.
Y, como en todas partes, está claro que habrá de todo. Maestros más vocacionales y maestros con menos ganas, con poco tacto o con poca empatía, con metodologías más anticuadas o menos lúdicas y tecnológicas... Pero igual que podemos encontrar todo tipo de padres y madres, y como consecuencia, todo tipo de alumnos y alumnas. Pero, sea como fuere, la tendencia general hoy en día pasa por juzgar y prejuzgar lo que hace o dice el maestro, por opinar y castigar su manera de actuar y por darle cero votos de confianza o el simple beneficio de la duda. No pensamos jamás en que, si nos hace llegar información de nuestros hijos que no nos gusta o quizás no nos esperamos, no lo hace por arruinarnos el día sino por mantenernos informados, y porque, al final, esa persona que nos escribe una nota pasa quizás más horas con nuestros hijos que nosotros mismos.
LA ESCUELA ESTÁ EN CRISIS PORQUE NOS HEMOS CREÍDO EL DESPRESTIGIO QUE HAN FOMENTADO SOBRE QUIENES SE DEJAN LA PIEL EN ELLA, Y LO HEMOS HECHO MÁS GRANDE. Porque primero desconfiamos y nos cerramos en banda a escuchar o atender aquello que no suene como queremos que suene, y después, a lo mejor, quizás, pero muchas veces después de haber juzgado, entonces abrimos un poco los ojos y oídos, pero el mal ya está hecho. Y porque además, la gran mayoría de veces que criticamos la labor de quienes están con nuestros hijos en el aula lo hacemos delante de ellos, consiguiendo así una desautorización inmediata que sólo provoca actitudes de falta de respeto y de "esto es casa Pepe".
Los maestros y maestras somos felices enseñando, dedicando nuestro día a día a vuestros niños y niñas, que son lo mejor de este trabajo. Pero tenemos un corazoncito, como todos los demás profesionales del mundo mundial, y saber que somos criticados sin motivo y tomados a la torera en muchas ocasiones, porque total: " ¡aleeee, otra vez de vacaciones! ¿Eh?", pues duele un poquito.
La escuela está en crisis y los únicos a los que no se nos pregunta qué podemos hacer para salvarla es a quienes estamos dentro de ella. Los de arriba se inventan leyes, las cambian a cada mandato, a golpe de "porque sí, porque yo soy mejor que el anterior y el que venga después", pero nadie baja un escalón (o unos cuantos), se mete en un aula y vive la realidad. El sistema educativo se hace desde la distancia y a nosotros se nos exige que hagamos mil papelorios sin mucho sentido, que programemos y reprogramemos, se nos hace revisión de programación a puerta cerrada y como si de una nueva oposición se tratara con todo tipo de preguntas poco relacionadas con el alumnado, sus necesidades y la realidad de cada uno de ellos, y ¡ojo como no estés haciendo lo que programaste en julio!, cuando ni siquiera sabías cómo serían tus niños. Os prometemos que si por muchos de nosotros fuera, no habría tanto libro en las clases, ni tanto examen, ni tanta enseñanza de cosas absurdas que poco sirven para la vida real. Pero, ¡ay señores! Tenemos un currículo que cumplir, y os prometo que se vigila que así sea. Por contra, nadie entra en las clases a ver si todos estamos capacitados para tratar con niños y para ver exactamente qué recursos personales (número de maestros) necesita cada escuela dependiendo de las características del alumnado. No, eso no, que en educación sí hay que ahorrar.
La escuela está en crisis pero cuando los maestros (de la pública) hemos salido a manifestarnos, se nos ha tachado de peseteros y de interesados. Pocos han querido escuchar que por lo que nos manifestamos es por vuestros hijos, porque haya recursos personales y materiales suficientes, porque la ley sea real y no una absurda copia de algún trozo de los sistemas educativos extranjeros.
La escuela está en crisis... Y lo seguirá estando mientras madres, padres, maestras y maestros no queramos trabajar juntos, en una misma dirección, con diversidad de opiniones pero capacidad para llegar a un acuerdo, y siempre y únicamente, POR EL VERDADERO MOTOR DE LA ESCUELA Y EL MUNDO: NUESTROS NIÑOS.
Sabemos que la sociedad ha cambiado y las necesidades de nuestros alumnos también. Pero hay algo que es fundamental para que la escuela y el mundo giren sin accidentes: EL RESPETO. Y si la escuela está en crisis... Del respeto mejor ni hablamos.
CON M DE MAMÁ y C de CRISIS.

19 de septiembre de 2015

¿Nativos tecnológicos o padres cansados?

Tema controvertido. Al menos a mí me lo parece.
No, no soy un bicho raro que va en contra de las tecnologías y su uso, a la vista está, pero sí es cierto que tengo mis reservas en lo relativo al uso de las mismas por nuestros menores.
Hoy en día los bichos raros, en todo caso, son mis hijos, que no tienen ni i-pad ni tablet ni juegan solos con nuestros móviles. Pichu, por lo que va viendo en su entorno, lleva pidiendo una tablet hace dos años. Y bueno, quizás algún día la tenga, pero si es así no será ni suya ni de su uso exclusivo, será familiar y estará cargadita de juegos educativos. Que para ver pelis ya tiene la tele, y así convertimos el visionado en un cine en familia. Que bastante nos aisla ya la caja tonta cuando nos sentamos delante suyo, como para encima ir aumentando el aislamiento a base de más tecnología.
Insisto, no, no soy un bicho raro. Uso pizarra digital con mis alumnos porque soy consciente de que las nuevas tecnologías son necesarias y que deben aprender a manejarlas y vivir con ellas, porque es nuestra/su realidad, pero (siempre hay un pero) no comparto el uso que muchos padres dejan que sus hijos hagan de ellas. Aunque, como todo, esto es sólo mi opinión, que no tiene por qué valerle a nadie ni tiene por qué ser compartida.
Cuando vas al pediatra, y hablando de manera generalizada, te encuentras con dos tipos de niños: los que están enganchados a vídeos de youtube en el teléfono de sus padres o jugando con una tablet, o los que la están liando parda. Así a simple vista, y después de un largo día de trabajo, puedes pensar que ya podrían todos los padres tener tan calmaditos a sus hijos como los que están cara a las pantallitas, porque te falta a ti aguantar berridos de quienes no son tus retoños. Error. Porque si repiensas lo que acabas de desear es una verdadera burrada, empezando porque tú no lo haces. Tú no tienes a tus hijos conectados a un aparatito para que estén callados. Ahora, que mirando el otro bando, los que dejan que sus hijos campen a sus anchas por toda la sala, arrastrando sillas, destrozando las torres que hacen otro grupo de niños o vaciando la papelera y poniéndosela en la cabeza... Lo que quieres es coger a los tuyos y salir corriendo de la sala de los horrores. Ni unos ni otros son mejores padres. No estoy hablando de eso. Cada uno que críe como le plazca, aunque cuando mis hijos están incomodando de manera exagerada al resto de participantes, debería replantearme algunas cosas sobre los límites. Que sí, que son niños, pero precisamente porque lo son están en la etapa perfecta de sus vidas para aprender a saber estar en cada lugar y en cada momento; no es represión, es educación.
Pero volviendo al tema que nos ocupa, las nuevas tecnologías, la verdad, no creo que la opción para que nuestros hijos no (nos) molesten sea conectarlos a un aparatito. Existen los cuentos, el dialógo, los juegos de palmas, los juegos tipo "veo, veo", y el aburrimiento, que también es buen amigo del desarrollo, y además necesario. Obviamente, hay ratos para todo, para ver la tele también, pero que no sea por quitárnoslos de encima. A mí particularmente se me cae el alma a los pies cuando mis alumnos, tanto mayores como pequeños, alardean de tooodas las horas de tele que ven al día, o de sus tabletas y consolas, ya que pocos presumen de libros y de la lectura como una costumbre diaria. Me chirría cuando alguna madre me ha contado que "los enchufa" a la maquinita y así alarga la mañana en la cama, o le dejan hacer siesta; y aún así quiero pensar que la tablet, la consola, el ordenador o el móvil están totalmente controlados por los padres, y sigo soñando e imagino que además nada de lo que se traen entre manos tiene que ver con juegos de violencia, claro. Pero creo que lo que aún me rompe más es estar en un sitio público, llámese sala de espera del médico o restaurante, y que toda la familia esté conectada a su aparatito, móvil o tablet. Todos calladitos, todos formalitos... todos aislados, "pero en familia".
Ojo, que sí, que yo también me desconecto cuando lo necesito, como por ejemplo ahora que escribo. Que sí, que mis hijos ven la tele, y nos piden vídeos de youtube de canciones o dibus en el móvil, pero como siempre, en el punto medio está la clave. ME NIEGO A QUE NUESTRO RECURSO ANTE UN MAL DÍA SEA ENCHUFARLOS A LA TECNOLOGÍA Y APAGAR LAS RELACIONES. Nadie dijo que la crianza fuera fácil, es más, suelen decir justo lo contrario, así que "haber elegido muerte" que reza el chiste.
Lo que nos pasa es que padecemos el "síndrome de los padres cansados": trabajo, trabajo, trabajo, en casa y fuera, pero trabajo, trabajo, trabajo... No queremos llegar a casa y que nuestros hijos se nos rebelen, nos den la lata y sean... niños. Y acabamos acomodándonos sin remedio, dándoles todo lo que piden, permitiendo conductas que no consentiríamos si estuviéramos al 100%. Y esto incluye horas de tele, consolas y tablets. Porque es así como llega el silencio, la calma chicha.
En resumidas cuentas, que una cosa es que nuestros hijos hayan nacido en la época de la tecnología y el avance informático, y que por tanto sean absolutos nativos tecnológicos a los que hay que criar " con actualidad", y otra muy distinta es que nos valgamos de su naturaleza tecnológica para "quitarles las pilas" porque estamos cansados.
Ni tanto ni tan calvo.

CON M DE MAMÁ, C de cansados y T de Tecnología

2 de agosto de 2015

La vuelta al cole

Pichu pasa a primaria.
¡PICHU PASA A PRIMARIAAAA!
No, el tono de histeria no es porque piense que primaria sea un horror, sino porque mi pequeña está empezando a dejar de serlo.
Recuerdo su primera mirada, su primer día sin mí y con su tío B, su primer día de guarde, su primer día en su segunda escuela infantil, su primer día de cole de mayores... Lo recuerdo todo como si acabara de ocurrir, y sin embargo son momentos a lo largo de casi 6 años.
El tiempo pasa inexorablemente y, aunque da miedo la fugacidad de sus segundos y su velocidad, en esta casa somos de disfrutar cada nueva etapa como un regalo.
Pichu pasa a primaria y aquí en casa se respira ilusión. (Bueno, se respira ilusión si descontamos los ratos en los que me acuerdo de que tendré que forrar tropecientos libros y marcar absolutamente todo con su nombre y demás). Pero sí, se respira ilusión porque ella es la primera que está emocionada. Pasa ratos cotilleando sus libros, preguntando cómo son las clases, queriendo saber sobre la marcha del día a día, soñando con su mochila de mayor, su estuche nuevo lleno de colores y rotus que huelen a "comienzo"...
La verdad, a mí no extraña que sea así porque yo me recuerdo igual. Recuerdo la ilusión por la novedad cada verano, los nervios por el cambio, la emoción de libros llenos de cosas chulas que aprender, el olor a goma y lápices nuevos... A mí me encantaba el cole, con sus deberes y todo, sí. Y eso que puedo prometer que tenía deberes para parar un tren o dos. Pero eso no me amargaba, porque en casa no se amargaban tampoco con ello. Era algo normal, cero traumático, porque aprendíamos a distribuir el tiempo y había momentos para todo. Yo fui niña y jugué, hice deberes, leí por placer, tuve alguna tarde dedicada a mi afición favorita (la música) y, de cuando en cuando, veía la tele. Vamos, lo normal, era niña.
Pichu es así. Tiene tiempo para todo y es feliz aprendiendo. Le encanta intentar superarse, por ella misma, sin competencia externa, por el mero hecho de la satisfacción personal. Por eso confío en que llegará donde quiera, aunque encuentre algún pedrusco en su camino. ¿Que si no tenemos miedo de que crezca y ya esté en primaria? Bueno, más que miedo, respeto, pero como en cada nueva etapa. Ilusión y nervios es la descripción perfecta. Y si ella está tan feliz con su paso a primaria, no seremos nosotros quienes nos carguemos el encanto con frases de adulto coñazo. Sí, de adulto coñazo que no deja que sea su hijo quien descubra las cosas por sí solo.
Muchas veces los padres son los reyes nos encargamos de amargar gratuitamente a nuestros pequeños sin darles oportunidad a descubrir por sí mismos las cosas. Y no, no me refiero a las frases tipo "te vas a caer", "si subes al árbol te harás daño" y bla bla bla (que también). Hablo de cosas que van más allá, de no dejarles disfrutar de los cambios y de implantar en sus cerebros y sus corazones el miedo a la novedad; y, en este caso, la novedad es: PRIMARIA.
Porque parece que cuando la vuelta al cole es para pasar a primaria, el mundo se para.
PRIMARIA no es más que otra etapa llena de momentos buenos y momentos menos buenos. Vamos, exactamente igual que INFANTIL. ¿La novedad? Los deberes y que habrá que estudiar. En nuestra mano y en la de los maestros que pasen por su vida, pero sobre todo en la nuestra porque somos quienes les acompañaremos durante toda su vida, está hacer que su motivación por aprender y querer saber lo que han de enseñarle en el cole vaya en aumento y no al contrario. Y si digo esto es porque no es ni la primera ni la segunda vez que escucho a niños decir que "primaria es un rollo, infantil mola más" porque así se lo han dicho sus padres. ¿Cómo? ¿De verdad pensamos que ante frases tan arrolladoras nuestros hijos van a desarrollar gusto por la escuela primaria? ¿Y queremos que  tengan ganas de querer luchar, de superarse y demás historias cuando las personas en quienes más confían les invitan a ir al colegio contándoles que es un horror? Pues hombre, muy muy bien no vamos.
El cole no es un rollo. NO lo es. La escuela es un lugar divertido a veces, y no tan divertido otras, cuando la asignatura que te toca no es tu preferida o cuando la maestra o maestro que tienes delante no es el que cuenta chistes. Pero aprender es divertido y compartir recreos, risas y secretos con tus compañeros y amigos también.
Ahora me saldréis con que si es el maestro quien ha de motivar y ese largo etcétera. De acuerdo, en parte, pero esto lo dejaremos para otro post, porque en éste hablo de nuestra labor de padres, que es independiente de lo que hagan quienes tenemos en frente.
Nuestros hijos, igual que nosotros, van a encontrarse con personas muy diferentes a lo largo de sus vidas, y con situaciones divertidas, mejores o peores también. Y es por eso que tenemos que enseñarles a gestionar sus emociones y sus miedos para que superen cualquier contratiempo que se les ponga por delante, incluso si se trata de una ficha de matemáticas. ¿Pero cómo, si da la casualidad de que mi hijo no es brillante con los números? Fácil, enseñándole a que eso puede ser lo normal, a que cada uno tiene unas habilidades y, sobre todo, a saber pedir ayuda tanto en el colegio como en casa. Porque superar un contratiempo no es conseguir siempre la medalla, sino precisamente saber reponerse de la caída y seguir intentándolo. SI DEMOSTRAMOS A NUESTROS HIJOS QUE CREEMOS EN ELLOS Y LOS DEJAMOS SOÑAR, ELLOS TAMBIÉN CREERÁN EN ELLOS MISMOS Y SE ATREVERÁN A SEGUIR SOÑANDO, LLEGANDO A VOLAR.
Si mentalizamos a nuestros hijos de que el paso a primaria es emocionante, o mejor dicho, si no interferimos en su interés natural, veremos que sus ganas de avanzar son innatas y que sus miedos no existen a no ser que nos oigan a nosotros murmurar sobre ellos.
Nosotros confiamos en Pichu, y es por eso que la dejamos volar. Vendrán días de pelea cuando no quiera hacer alguna ficha, le cueste sentarse a estudiar, cuando nos diga "tú no sabes explicarlo" o cuando falle en los exámenes, porque llegarán seguro. Para entonces, si las cosas no cambian, espero que tanto ella como nosotros tengamos la conciencia tranquila sabiendo que lo hemos dado todo, que ella se ha esforzado al máximo (aún cuando ese máximo para ella sea un suficiente pelado) y que seguimos apoyando cada nuevo paso que da, avivando su ilusión y respetando su derecho a lo nuevo.
 
PRIMARIA MOLA, papis y mamis del mundo. LA VUELTA AL COLE HA DE SER EMOCIONANTE. APRENDER ES DIVERTIDO. LA ESCUELA ES UN BUEN SITIO PARA CRECER. No pequemos pues de adultos amargados y resabiados y dejemos de inundar sus cabecitas de mensajes en negativo mientras volcamos nuestros propios miedos a no saber acompañarlos en su ilusión inocente.
Y por último, pero no por ello menos importante, no podemos olvidar que CADA NIÑO ES UN MUNDO, y por ello MADURA EN UN MOMENTO  DETERMINADO Y TIENE UN RITMO DE APRENDIZAJE Y UNOS INTERESES. Por tanto, nuestros hijos no serán ni mejores ni peores, sino simplemente ÚNICOS. Si tenemos esto en cuenta, nos agobiaremos mucho menos, los entenderemos mucho más y podremos ayudarles siempre que lo necesiten. Precisamente porque no son ni iguales entre sí ni al resto, y mucho menos perfectos; SON ESPECIALES.
 
Así pues, hagamos que LA VUELTA AL COLE SEA UNA AVENTURA DIVERTIDA y repitamos este mantra tantas veces al día como necesitemos: PRIMARIA MOLA, PRIMARIA MOLA, PRIMARIA MOLA MIL.
 
Colorida ilustración vectorial de un árbol con útiles escolares Foto de archivo - 21548732
 
 
CON M DE MAMÁ y P de PRIMARIA.

18 de mayo de 2015

Conclusiones a la luz de unas ponencias...

-A los adultos nos encanta escucharnos (no entre nosotros, sino a nosotros mismos) mucho más que escuchar a los niños.
-No a todo el mundo parece gustarle dar clase tanto como a nosotras.
-Parece que el concepto de "jóvenes alumnos/young learners" ha dejado de ser internacional ya que sólo 5 personas de las presentes (de las cuales 3 éramos nosotras) lo entienden como supuestamente debe entenderse.
-Los profesionales inmersos en los procesos de enseñanza-aprendizaje, sea cual sea su papel: profesores de futuros maestros y/o futuros maestros, deberían permanecer en un aula más tiempo del puramente dedicado a las prácticas, o conocer la realidad de las clases a parte de lo que dejan ver las series adolescentes edulcoradas.
-La universidad está estancada en el pasado. Las asignaturas, los profesores y la metodología de la Facultad de Magisterio deberían modernizarse. En quince años el concepto de cultura ha cambiado, y por tanto la sociedad y las necesidades sociales también.
-A colación de lo anterior, estaría bien que los profesores que enseñan a futuros maestros se pasearan por la escuela, al igual que sus alumnos, para así poder absorber la verdadera realidad en cuanto a alumnado y avances tecnológicos se refiere. No, los maestros no tenemos miedo ni a innovar ni a los libros sin palabras, ni tampoco a dejar los libros.
-Los profesionales que van a hablar en público deberían entrenarse para ello. Leer no es hablar, ya que no todo el que lee en voz alta tiene la capacidad de comunicar o transmitir.
-Es una falta de respeto, o así nos lo han enseñado a mis compañeras y a mí, sobrepasar el tiempo que te han adjudicado para tu ponencia, a pesar de los continuos avisos, en detrimento del resto de ponentes y/o el tiempo de preguntas.
-Hemos aprendido muchísimo a lo largo de este tiempo, entre otras cosas, y sobre todo, hemos aprendido en qué no queremos convertirnos. Gracias.
-Decirle a una maestra de inglés, con cara de sorpresa y a modo de cumplido, que tiene un nivelazo de inglés increíble... No es ningún halago, por muy buena intención que le pongas al comentario, es más bien insultante. Lo sorprendente no debería ser eso, eso debe ser lo normal, sino la metodología o el sistema que presenta, si es que realmente es novedoso, arriesgado o de verdad vale la pena.
-En relación a lo anterior, si sorprende que una maestra sea plenamente competente en su materia, o lo intente formándose continuamente, es debido muy probablemente a que el primer filtro por el que pasa, la universidad, aprueba por aprobar y no filtra como debiera. Sin comentarios si hablamos del siguiente filtro importante: las oposiciones.
-Que una ponente, ayudante en la organización del evento para más inri, corrija en público un pequeño fallo a la ponente inmediatamente posterior a ella, mucho más joven, mona y sobradamente preparada, y lo haga con cara de plena satisfacción, no le hace más grande ni mejor que ella, sino que pone en evidencia su ansia de estar por encima del resto a toda costa. Desde aquí vuelvo a felicitar a "la corregida" en cuestión, porque como ya le dijimos, fue de las pocas valientes que presentó algo realmente útil y actual en cuanto a "young learners" se refiere.
-Si los profesionales que forman a profesionales de la enseñanza siguen sin poner los pies en la tierra y, además de dar clases magistrales (ojo, que también son necesarias) no se acercan a las necesidades reales de los alumnos de sus alumnos... Y en vez de eso, los tratan desde la mirada "por encima del hombro" y como si de una raza inferior se tratara... ¿Pretendemos de verdad que cuándo reivindicamos un sistema educativo normal y decente se nos haga caso?
-Y para concluir... definitivamente, somos unas bichos raros; algo de lo que estoy muy orgullosa, dicho sea de paso.
 
(El texto lo escribí inicialmente en inglés, conforme avanzaban las ponencias... Así que aquí lo colgaré en un rato igualmente, por si os apetece practicar un ratito ;) )
 
 
CON M DE MAMÁ y de MAESTRA

16 de marzo de 2015

MAGISTERIO o la carrera que te regalan con el DNI

¡Ah! ¡Que no lo sabíais? Pero si yo creo que es vox populi... Ahora, conforme te entregan el nuevo dni te dan el título de maestro/maestra con prácticas hechas y todo, sí, sí.
Ah, que me dicen que no, que eso es sólo comprando muffins en el Lidl. Pues no lo entiendo, debe ser que todo el planeta compra últimamente magdalenas ahí. Si no, no entiendo entonces porque tengo la suerte de trabajar en una profesión en la que el resto de mortales sabe más que quienes la ejercemos. No, de verdad, no exagero un pelo, es así.
Yo tengo la extraña costumbre de ir al médico, escuchar lo que ha de decirme y, como mucho y con mucho respeto, preguntarle si no he entendido algo o incluso pedirle que me lo repita.
También tengo la manía de, cuando hago la compra, no indicarle a la cajera si es mejor que me abra las bolsas o no o si es preferible que devuelva con billetes.
Además, soy de las que confío en mi peluquera y, como mucho, le pido que no me seque el pelo con forma porque no me gusta, pero no le indico ni cómo ha de desfilar las puntas, ni cómo ha de cortar o tintar, básicamente porque yo no entiendo.
Para más inri, tengo la horrible manía de consultar con la farmacéutica ante cualquier duda sobre un medicamento, me dejo asesorar en la carnicería y no doy lecciones de escaparatismo a las zapaterías de barrio.
Vamos, que no intento ir de lo que no soy, simplemente porque NO LO SOY.
No, no estoy enfadada, aunque sí un poco hasta los anacardos, que diría mi amigo Paco. Estoy cansada de que tantas y tantas personas, padres y madres o no, opinen sobre nuestra manera de hacer las cosas y que casi siempre sea para criticar, darnos lecciones o menospreciar nuestro trabajo. Vale, sí, el mismo gobierno (cualquiera de los que ha estado en el poder) se ha encargado de transmitir al mundo que, al menos aquí en España, los maestros y profesores somos un cero a la izquierda, y lo ha hecho de una manera muy sutil: manejando leyes educativas a su antojo, cambiando cada pocos años, destrozando las anteriores, jugando con el currículo y no preguntando a quienes de verdad conocen la realidad del aula y la escuela de primera mano. Quizás sea por eso que, de manera subliminal, llega el siguiente mensaje a la sociedad: los maestros y profesores, sobre todo los funcionarios esos que se han currado una oposición para ganarse el puesto, son el último escalón, son unos profesionales cuya carrera es una porquería, que están ahí porque necesitamos que haya "guarderías" para niños grandes.
Pues no señores y señoras, esto no es así. Habrá de todo, como en todas partes, igual que habrá todo tipo de médicos, cajeros y cajeras, peluqueros y peluqueras, conductores de camiones y demás, pero como en tantas otras profesiones, también hay mucha vocación, hay muchas horas de dedicación y dudo que todos los que nos ponen a caer de un burro duraran un día en un aula, con 25 criaturitas si no más, cada una de un padre y una madre, con tantos conceptos que aprender según el nuevo currículo, con ese ritmo frenético que nos imponen los de arriba, los que no están en la clase, y con tanto papeleo inútil y burocracia que resta tiempo y energía para lo que de verdad nos mueve: los niños.
Nosotros, en la gran mayoría, tampoco somos partidarios de tanto libro y cuaderno, ni de repetir año tras año los mismos conceptos, ni de aborregar en la enseñanza, ni de exámenes desde los 6 años, ni de pruebas externas para crear rankings que determinarán qué escuela es mejor... No, no estamos de acuerdo con eso. Lo que pasa es que cuando nos manifestamos y quejamos, los mismos que critican nuestra labor piensan que lo hacemos por el sueldo. ¿Alguien se ha parado a escuchar nuestros mensajes? Pocos. Los pocos papis y mamis, que siempre son los mismos, que nos acompañan de verdad en esta tarea educativa, los que de verdad creen en la comunicación escuela-casa, los que aprecian que intentemos crear en clase a pesar de las trabas cada vez mayores para que todos vayamos a una, tengamos el alumnado que tengamos. El resto, mientras, sigue criticando(nos), opinando para mal, mirando(nos) por encima del hombro, no escuchando, cerrando puertas mientras venden que buscan una enseñanza basada en la felicidad absoluta de sus hijos... Y es por esto que no aceptan cuando sus hijos hacen algo de manera incorrecta, y revierten su enfado contra nosotros, que no somos sus padres y lo único que pretendemos es, además de enseñar los conceptos y demás que nos ordenan, enseñarlos a vivir en sociedad a través de la convivencia en su grupo clase, intentar desarrollar cabecitas pensantes con criterio propio; y de ahí nuestra insistencia en el respeto a unas normas básicas que les ayuden a relacionarse con sus iguales y los adultos.
Es triste que siempre haya algún padre o madre que nos conteste con desdén, de mala gana, que nos ponga a caldo en la misma puerta de la escuela, que dude de nuestra continua formación y pretenda que nos formemos de lo que ellos consideran que debemos formarnos, porque suelen ser los mismos que proclaman a los cuatro vientos la educación tan abierta, tan de valores y tan llena de amor que están dándole a sus hijos. A mí esto me parece una falta de respeto enorme, y también de confianza.
Insisto, si no estáis de acuerdo con el sistema, quejaos a quienes lo montan. Nosotros somos marionetas que han cortado los hilos a pesar del riesgo, y seguimos siendo maestros por vocación, no por las vacaciones. Nunca salimos puntuales ni a la hora de comer ni por la tarde, nos llevamos mucha faena a casa, no dejamos de idear mientras estamos criando a los nuestros, a los que muchas veces robamos tiempo para dar calidad a los vuestros. Y lo hacemos porque queremos, porque nos gusta, porque esta profesión, a pesar de los pesares, nos da la vida.
Sólo pido pues un poquito de respeto y confianza, igual que les mostráis al cartero, la panadera, el peluquero o el doctor, a quienes no les decís ni cómo han de hacer su trabajo ni cómo han de tratar a su clientela. Y si de verdad, a pesar de los pesares, sentís la firme necesidad de hacerlo, entonces es momento de que os planteéis un cambio de escuela, o el "homeschooling" que tan de moda vuelve a estar; porque si no hay confianza como punto de partida en una relación, la relación se va a pique. Y esto no deja de ser una relación de dos que tienen un proyecto común que llevar a cabo: formar personitas con valores que sepan vivir y convivir en sociedad y que adquieran los conocimientos básicos para tener una mente crítica, un criterio propio y unas ganas de tirar "palante" siempre y a pesar de todo.
A mí no me regalaron mi puesto de trabajo, y por eso me dejo la piel en él cada día. Por eso también valoro el trabajo de todos y cada uno de los profesionales del sistema, y no me creo con el derecho a decirles ni cómo deben hacerlo ni qué deben saber. Si no me gusta lo que veo, cambio, no hay más. Será porque me crié en un hogar donde se me inculcó que el respeto a los demás es la base de cualquier sociedad, y en el que de verdad sentí el acompañamiento escuela-casa en todo momento. No se trata de dejarnos aborregar y de aceptar porque sí, se trata de valorar, respetar y confiar. Y si esto es así es entonces cuando, como dirían muchos de los que nos critican, todo fluye...

CON M DE MAMÁ y MAESTRA

3 de febrero de 2015

Pedagogía... Ni blanca, ni negra: ¡De colores!

Porque ya está bien, hombre. Que vivimos en una época en la que, si no somos capaces de ponerle nombre hasta al papel del baño, no dormimos tranquilos. Hay métodos para todo, corrientes de trescientos tipos y teorías a puñados. Y, mire usted por donde, que justo venimos a dejar de lado lo que más falta nos hace a la hora de criar: ¡EL SENTIDO COMÚN! (Que dicho sea de paso, es el menos común de los sentidos, y ¡vaya si se nota!).
Siguiendo esta moda de bautizar hasta la manera de sonar los mocos de nuestros hijos, porque aspirar no es lo mismo que usar suero a chorro, también hemos dado nombre a la ciencia que se ocupa de la educación y la enseñanza: la pedagogía. Y lo hemos hecho nada más y nada menos que asociándola a un color, el blanco. Que está muy bien, por lo de asociar el blanco a la pureza del alma, la inocencia y demás. Como nominativo el blanco hace un buen papel. Y a partir de ahí, como todo y como siempre: irse al extremo es... ¡Peligroso!
Como hay diferentes tonalidades de blanco: blanco roto, hueso, crudo, blanco sucio, blanco grisáceo, blanco azulado, blanco novia... Entiendo que dentro de esta corriente que es la Pedagogía Blanca se admitirán matices y no hará falta ser muy radical al cumplirla, ¿no? Por lo que he podido leer en redes sociales y demás, esta forma de criar evita el "trauma", así que para no ser ambiguos en el mensaje, deberían dejarnos adaptar sus enseñanzas a lo que nos convenga sin reprocharnos nada para que no suframos una decepción o nos sintamos inútiles y demás, digo yo.
Reconozco que no he ahondado (ni voy a hacerlo, por el momento) demasiado en el tema, por tanto no puedo ni voy a criticar directamente ningún enunciado que esta corriente defienda; sin embargo, sí que voy a argumentar el porqué de lo dañino de su existencia para nosotros, los padres de ahora, los padres modernos que leemos, releemos y hacemos másteres en "cómo cambiar un pañal", mientras dejamos aparcado a un lado nuestro instinto y nuestra iniciativa.
A los señores creadores de la Pedagogía Blanca les diría que resulta que los padres de ahora tenemos tanto miedo de no cumplir las expectativas, de no dar la talla y de que nos invada ese famoso sentimiento de culpa en forma de remordimiento, que en multitud de ocasiones (por no ser demasiado tajante y usar el "siempre") seguimos a rajatabla todo lo que oímos o leemos que nos suena chachipiruli, y más si se trata de tener a nuestros hijos en un constante (y absurdo) estado de felicidad. Así que si ustedes, que parece que son los que más molan últimamente, nos dicen que no hay que usar el "no", jamás lo usaremos, y si nos dicen que hay que hacer el pino puente mientras se les cuenta un cuento, así lo haremos.
Tengan en cuenta que vivimos estresados entre casa y trabajo, y que cuando llegan ciertas horas (bien de mañana, bien de noche) nos apetece poco pelear y discutir, así que somos muy partidarios de consentir muchas cosas, como por ejemplo, que se elijan la ropa hasta el punto de que vayan al colegio semidisfrazados, con capas y más capas sin sentido o con el pijama bajo de la falda de tul del disfraz de princesa o que nos toreen hasta el punto que siempre lleguemos tarde al colegio; además, como queremos criar niños que tengan total autonomía y poder de decisión, en bastantes ocasiones dejamos que hagan lo que les plazca, porque mientras sean felices, lo demás no importa (no importa que por ejemplo, indirectamente, les estemos enseñando que llegar tarde a su futuro trabajo estará bien y no tendrá consecuencias, o éstas no les afectarán, ya que papi y mami estarán para salvarlos), y mientras... Hemos olvidado que si no les enseñamos nosotros la diferencia entre libertad y libertinaje, nadie lo hará, que si no les hablamos de respeto, empezando por respeto a los que convivimos con ellos, quizás sea demasiado tarde y que para que adquieran autonomía no se trata de dejarlos hacer sin más sino de enseñarles poco a poco según su madurez y darles responsabilidades adaptadas a ellos.
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Porque no, hablarles de normas no es frustrarlos, ponerles límites no es amargarlos, decirles NO no es ni traumatizarlos ni cohibirlos... No, no lo es. Porque si los límites, las normas y el NO van acompañados de cariño, de amor del bueno, de sentido común y de querer protegerlos de verdad contra los peligros del loco mundo al que los hemos hecho venir, ni se traumatizan, ni se amargan, ni estamos criando niños infelices ni chuminadas parecidas, al contrario, así conseguimos personitas que, además de felices, están aprendiendo a vivir en sociedad, a respetar al de al lado, a que lo primero no siempre puede ser su ombligo, individuos empáticos y con valores.
A mi humilde y nada experto modo de ver, señores míos, la pedagogía da igual si es blanca o negra, lo que tiene que haber es sentido común al aplicar todos esos enunciados, no dejarnos cegar y aplicar a pies juntilla absolutamente todo lo que leemos o lo que nos dicen que ahora se lleva. Vale que seamos padres modernos, padres que no quieren repetir lo que, desde su punto de vista, fueron errores que se cometieron con ellos... yo diría que más bien parece que, por tónica general, somos padres que confundimos dejar que los niños hagan lo que les da la real gana, a todos los niveles, con "que sean felices". La verdadera felicidad no tiene nada que ver con que venga alguien y nos diga: haz lo que te rote, tenga las consecuencias sociales que tenga. Por tanto, mejor si no transmitimos a nuestros hijos ese mensaje erróneo.
Si por no soportar una rabieta porque pensamos que eso es "infelicidad", si porque estamos cansados y queremos paz todo el rato, si porque nos sentimos mal porque no les hemos dedicado tiempo o si porque al negarles algo estamos cerrándoles los chakras, vamos a dejar que nuestros hijos hagan siempre y bajo cualquier circunstancia lo que les dé la real gana, contra viento y marea y afecte a quien afecte, entonces, preparémosnos para la generación de monstruos que estamos creando.
Criar con sentido común no está reñido con criar niños felices. Porque, además, da la puñetera casualidad de que la vida no nos permite estar siempre en ese permanente estado idílico. Así que cuidadín con lo que hacemos o tendremos muchos reproches futuros, cuando cada vez que algo no les salga como querían se peguen el tortazo una y otra vez.
Los niños son felices si les dedicamos tiempo de calidad. Aunque les digamos no, aunque les limitemos su libertad para que no invadan la del otro. Los niños son felices cuando pueden disfrutarnos de manera real e intensa, y cuando nos necesitan y nos encuentran. Sencillo.
Así que dará igual que la pedagogía sea blanca o negra mientras interpretemos según nuestra conveniencia y comodidad y no pensando en las consecuencias de nuestras actuaciones.
Yo, si hay que elegir, por si acaso me quedo con la de colores.

CON M DE MAMÁ y C de COLORES

13 de diciembre de 2014

Con M de Maestra: CON V DE VALENCIANO

Jo vull una escola en valencià. Vull poder triar, però de veritat. Vull que cada família puga decidir la línia que prefereix i que una votació precipitada i sense cap informació no ens deixe sense opcions als que vam triar ja fa temps que voliem l'escolarització dels nostres fills en valencià. No és just que utilitzen l'escola com una joguina, que de sobte i sense més informació, ens posen en la corda de prendre una decisió que separa i divideix en compte d'unir i fer escola. DEIXEU DE JUGAR AMB LA FORMACIÓ DELS NOSTRES FILLS. Pel dret a una escola en valencià per a aquells que així la volem. Respecte als nostres arrels, la nostra llengua i la nostra cultura.
I, evidentment, haurem de votar si volem que es mantinga el que tenim. Com sempre, estem lligats de mans i peus 😔

CON M DE MAMÁ y V de VALENCIANO

7 de noviembre de 2014

Porque este mundo no lo entiendo

(Escrito el martes 4 de noviembre. Editado y publicado el viernes 7 de noviembre)
Hoy a mediodía me he tropezado con ESTA NOTICIA que varias amigas habían compartido en sus RRSS.

A duras penas he podido acabar de comer porque el estómago se me ha encogido y se ha cerrado totalmente. Me ha costado leer el texto entero, primero porque es tan duro lo que cuenta, tan gráfico... que espanta; segundo, porque al poco de comenzar he empezado a llorar, y las lágrimas no me dejaban leer con claridad. De todas maneras, si no hubieran sido las lágrimas habrían sido las imágenes, inevitables, que mi mente proyectaba conforme avanzaba la lectura.
He tenido que parar en más de tres ocasiones, porque sentía angustia... Porque las lágrimas no me dejaban seguir. Y la verdad es que me he quedado muy amarga, tristísima... Hablando en plata, me he quedado jodida. Tanto que he pasado el resto del día pensando en el tema de bullying, en este caso en concreto, intentando ponerme en la piel de alguien que ha sufrido tanto, y he sentido la necesidad de escribir para purgar toda esa intranquilidad.
 Lo peor ha venido hace un rato, cuando, para compartir con vosotros el enlace, he vuelto a releer la noticia, y he vuelto a sentir ese nudo en la garganta, ese puñetazo en el estómago... Siento que este tipo de hechos no son un tema de profesores por un lado y padres por otro. Cuando un niño pide ayuda, bien a gritos bien en silencio cambiando radicalmente su manera de ser, nos está mandando señales inequívocas de que algo no va bien. Mal por los profesores que no vieron más allá, si es que así es, y mal por los padres si tampoco lo hicieron, si es que es así la historia. En mi opinión, la educación debería ser un mundo en el que la colaboración, la comunicación y el trabajo en equipo fueran los reyes, y sin embargo no es así. Cuando cada cual sólo se preocupa de mirar hacia el lado en el que está, pasan estas cosas... Los que están en medio, los niños, los verdaderos protagonistas... se quedan solos, se hunden, y sufren, sufren mucho. Me parece aberrante, indignante, horrible y espeluznante que, en los tiempos que corren, con tanta psicología barata tan de moda y demás no seamos capaces de detectar algo así. Me estremezco de pensar en este pobre niño, porque a continuación me vienen a la cabeza las caritas de mis hijos. 
De verdad, ¿en qué mierda de sociedad vivimos? ¿Qué clase de sistema permite que estas cosas ocurran? Es asqueroso.
Hace un par de años que Pichu empezó el "cole de mayores". Iba feliz y todos los días tenía algo que compartir con nosotros cuando hablábamos de nuestro día una vez ya en casa. Sin embargo, una tarde a la hora del baño, al desvestirla le descubrimos en el brazo la marca de dos mordiscos, uno sobre otro. Tenía la marca de todos y cada uno de los dientes de quien le mordió, la zona amoratada-rojiza y pequeñas marcas de sangre donde los dientes habían cortado más. Me quedé helada, blanca, horrorizada... y sentí miedo. Sentí miedo porque mi hija no había dicho nada a nadie, ni en el cole ni a nosotros al salir, porque al preguntarle nos contó que un compañero le había mordido dos veces con mucha rabia, que no sabía por qué había sido, y que ella no había gritado ni se lo había dicho a su maestra. Hablamos con ella y la creímos cuando nos dijo que ella no le había dado motivos a su compañero para que hiciera aquello, básicamente porque Pichu es incapaz de hacerle daño a una mosca. Entonces, sentí unas ganas tremendas de llorar porque me aterraba la idea de que aquello se repitiese, de que aquel compañero la hubiera tomado con ella vete tú a saber por qué, pero sobre todo de que ella callase cuando alguien le hiciera daño, daño físico y daño psicológico. Podéis llamarme alarmista o exagerada, pero qué queréis que os diga, vivo entre niños porque soy maestra, y por suerte o por desgracia, sé que los niños no vienen aprendidos del útero materno, y que hay que ayudarles a afianzar su personalidad, darles la manita en sus primeros años para que luego sean capaces de volar solos.
Hablamos con Pichu, que nos confesó que sí había llorado (un poco) mientras su compañero le mordía. Supusimos que le pilló tan desprevenida que no pudo reaccionar. Lo que no conseguimos entender fue por qué no dijo nada, y ahí fue donde nos extendimos largo y tendido para hacerle entender que SIEMPRE, SIEMPRE QUE TENGA UN PROBLEMA que no sepa resolver, HA DE PEDIR AYUDA. Le explicamos que eso NO ES CHIVARSE, ya que este concepto aterra a los escolares, que no acaban de entender que contar las cosas y pedir ayuda no es lo mismo que acusar.
Al día siguiente hablé con su maestra, que rápidamente averiguó y trató el tema en clase. Y, por suerte, no se volvió a repetir, ya que sé que los papás de este compañero también intervinieron en seguida. Bajo mi punto de vista, en este caso las cosas se hicieron como debe ser. Ocurre algo y todos los frentes, sin ánimo de fastidiarse sino con el firme propósito de buscar soluciones, van unidos, trabajan en consonancia y de la mano.
Cuando un niño no habla, no cuenta las cosas, hay algo que sí habla por sí sólo: las magulladuras, las rojeces, las marcas en su piel y... su actitud. Los niños son personas con la sensibilidad al máximo nivel, sabemos por experiencia que el mínimo cambio en sus vidas, en su rutina diaria, los altera, ya sea poco o mucho, pero así ocurre, y en nuestra mano está el ayudarlos a recomponerse. Por tanto, ante algo tan gordo como un acoso, un maltrato, unas vejaciones continuas y repetitivas... nuestros hijos dejarían de ser ellos mismos para convertirse en personas o más introvertidas o más agresivas. Sea como fuere, notaríamos un cambio radical en su carácter, aunque no lo hablen, aunque callen, aunque oculten. Si los conocemos bien, nos valdría una simple mirada para darnos cuenta de que sus ojos miran al vacío, de que su brillo ya no está y de que su caída es triste o temerosa.
Los padres somos los máximos y primeros responsables de la vida de nuestros hijos, y en consecuencia, debemos preocuparnos por cualquier signo de alarma que no nos deje dormir, no hay más. Dejarlo pasar como algo normal no es la opción. Algo normal es una caída fortuita, un empujón jugando, un enfrentamiento puntual como parte de la relación con sus iguales... punto. Pero si mi hijo cambia su actitud o llega a casa con señales de violencia, del tipo que sea, y en más de una ocasión, moveré cielo y tierra para averiguar qué está pasando y ayudar a poner fin a esa situación.
Los maestros somos colaboradores directos de los padres, al igual que los padres lo son de los maestros. Eso implica que, si algo está ocurriendo con un alumno y se me pide ayuda, mi obligación, moral más que profesional, es remover Roma con Santiago hasta cerciorarme de que todo ha sido, de verdad, "cosa de niños" o de que, si ha sido algo no tan inocente, no vuelva a repetirse jamás. En el colegio los maestros somos los padres de nuestros alumnos. Somos sus brazos cuando no alcanzan algo, sus ojos cuando no son capaces de ver algo por sí mismos...somos sus padres "de prestado". Si no hemos sido capaces de detectar un cambio a ese nivel en uno de nuestros alumnos (si hay padres que no lo hacen y son padres únicos, imaginad lo fácil que puede resultar no hacerlo con 25 "hijos"), o no hemos sabido de un golpe propiciado a escondidas en un baño porque la víctima no nos lo ha contado, sí hemos de darnos prisa en averiguar y estar ojo avizor a la primera misiva que nos llegue de casa. Es así de sencillo. Girar la cara no es la solución. Es de cobardes.
Lo jodido difícil viene cuando ni en casa ni en la escuela se captan las señales. Cuando un niño está solo de verdad ante el peligro porque sus mayores no han sabido interpretar sus cambios, porque un golpe en el mismo sitio taitantas veces se ha tomado como juego de niños, cuando quien tenía el poder de poner tierra de por medio y parar ha girado la cara y ha mirado para otro lado.
Señores, señoras, bastante mierda es ya el mundo en el que vivimos; un mundo en el que los que tienen el poder de hacer las cosas bien se dedican a robar y quitarle el pan a quienes más lo necesitan, un mundo en el que la guerra es la forma de comunicación universal, un mundo donde muchas veces la gran mayoría dudamos de esta gran mentira en la que nos mantenemos a flote. Pues digo yo que, como mínimo, deberíamos cuidar a aquellos que no han pedido venir a esta maravilla y que aquí están, creciendo a marchas forzadas para aguantar el chaparrón. Sí, eso es, ellos son nuestros hijos y/o alumnos.
Mi cabeza va a mil con este tema porque, ni como madre ni como maestra, soporto el maltrato de ningún tipo: verbal, físico o psicológico. No lo consiento ni en su versión más light a modo de fastidio continuo en forma de comentarios de mal gusto. NO. Es por ello que jamás me parecerá cosa de niños el que (espero que nunca) Pichu o Rubiazo lleguen del colegio con alguna señal en su cuerpo, ni que de pronto su carácter cambie de manera radical. Igual que jamás consentiré que sean ellos quienes propicien el maltrato a otros. Y tampoco me parecerá un juego de niños que un alumno mío amenace a otro, sea lo tonta que sea la amenaza, ni que se ría de otro. Mientras esté en mi mano, no permitiré que alguien que deposita su confianza en mí desde su primera mirada, sufra. Ni mis hijos ni mis alumnos.

Y ahora vamos a por los terceros en discordia... Los padres o tutores legales de "los otros", de esos que no han sufrido el acoso sino que se han divertido a costa de los que sí lo han padecido. Los padres de los autores de todas esas aberraciones y vejaciones. ¿Dónde están? ¿En qué momento dejaron de tener autoridad sobre sus hijos como para que estos cambiaran la libertad por el libertinaje? ¿Cuándo dejaron que los límites, más que necesarios, se esfumaran en el calor de su hogar y permitieron que sus hijos se convirtieran en tiranos torturadores? Cuando hablamos de la importancia de los LÍMITES (hablé hace poco AQUÍ de ellos) lo hacemos con la experiencia como baza, sabiendo que cuando nos creemos mejores padres por consentir todo y a toda hora, en realidad, nos estamos equivocando. LIMITAR NO ES AMAR MENOS O PEOR, todo lo contrario, ES AMAR DE VERDAD. 

Y ahora, os tengo que confesar que no creo que pueda volver a leer esta noticia de nuevo. Nunca he podido ver películas en las que se tortura, en las que hay escenas de violencia, ni explícita ni implícita. Con lo que leer algo que sé a ciencia cierta que ha ocurrido, y ocurre, me crea tal angustia que me cuesta recomponerme. No entiendo la violencia. No entiendo que no se pongan las medidas pertinentes. Me aterra pensar que la inocencia de unos niños no existe y se cambia por premeditación y alevosía y mucha mala sangre. 

Abramos los ojos al mundo. Pero sobre todo, bajemos la vista hacia esas caritas que apenas nos llegan al estómago, miremos sus ojos, escuchemos su silencio, dialoguemos con ellos, creamos sus historias... Evitemos que sus vidas inocentes acaben convirtiéndose en un infierno al que ellos no pidieron venir.

CON M DE MAMÁ y V de VACÍO

14 de octubre de 2014

Limitando, que es gerundio

Parece que en los tiempos que corren hablar de LÍMITES está demodé, de más, incomoda y me atrevería a decir que hasta espanta. Y no lo entiendo, la verdad. Hay una especie de moda por la que parece que debemos considerar esta palabra tabú. Pues a mí, personalmente, me parece una palabra estupenda sobre la que divagar un rato.
Hoy voy a hablaros como madre y maestra, pero sobre todo como madre, con el corazón en la mano, sin enjuiciar a nadie en particular, basándome en la experiencia y partiendo siempre de mí misma como individuo, y de "nosotros", mi marido y yo, como padres de una niña y un niño.
LOS LÍMITES SON NECESARIOS.
¿Perdona? ¿Límites dices? ¿Obligar a mis niños a hacer lo que no quieren o a no hacer lo que quieren?
No, LIMITAR NO ES SINÓNIMO DE PROHIBIR U OBLIGAR.
Entendamos LIMITAR como poner una barrera en una carretera para evitar que los coches que van en una dirección, a una velocidad bastante elevada, distingan una señal de aviso y, de paso, no se precipiten al vacío. Ya está, no hay más, es tan sencillo como gráfica es la explicación.
Pensemos en lo que tenemos en nuestras manos: personitas que absorben a la velocidad de la luz todo lo que ven, todo lo que oyen. Personitas con un cerebro que memoriza, un corazón que guarda sentimientos y los asocia a cada persona y a cada actitud. Personitas que necesitan que alguien con más experiencia en la vida les preste una mano para indicarles el camino, que no necesariamente significa obligarles a caminar por un único camino o por el mismo que nosotros escogemos, ojo.
Nuestros hijos vienen a este mundo como hojas en blanco que van siendo rellenadas según viven y experimentan. Nuestros hijos no saben la diferencia entre blanco y negro ni el significado de sí y no. Necesitan que nosotros, sus padres, estas personas adultas y maduras que en principio somos, les mostremos lo que hay, con hechos porque somos su modelo directo, que les ayudemos a forjar su personalidad, a adquirir su propio pensamiento crítico, que les mostremos los valores que hacen íntegras a las personas, para que así ellos puedan decidir qué bifurcación coger.
Si por el miedo a convertirnos en padres dictadores evitamos los límites... Estamos pasando de un extremo a otro, cosa que para nada augura éxito seguro. A lo largo de la historia queda demostrado más que de sobra que los extremos nunca fueron buenos.
Insisto en que no entiendo el miedo actual a decir NO a nuestros pequeños, ya que por cada NO que les decimos les estamos dando muchos SÍ con nuestros actos, o al menos así lo veo yo aquí. Un NO a tiempo en los inicios son muchos SÍ cuando tengan que enfrentarse solos a este mundo medio en ruinas que tenemos.
Creo, quizás me equivoque, que lo que pasa es que actualmente mezclamos peras con limones con mucha facilidad. No concebimos que no está reñido AMAR (así, con mayúsculas) a nuestros hijos con MARCAR UNOS LÍMITES (también con mayúsculas). Los límites no son negaciones simples al uso de todo aquello que quieran hacer o estén haciendo, claro que no. A los niños hay que dejarlos ser niños, dejarlos equivocarse, dejarlos caer y ayudarlos a levantarse, pero también hay que enseñarles aquello que es respetuoso y aquello que no lo es, tanto para relacionarse con nosotros como con todas las personas, animales y seres vivos de su entorno. En resumidas cuentas, y bajo mi humilde punto de vista, LOS LÍMITES LES MUESTRAN LA DIFERENCIA ENTRE LIBERTAD Y LIBERTINAJE, y los posicionan a favor o en contra del respeto y la educación. Y una vez más, insisto, inculcar a nuestros hijos respeto y educación no está reñido con la espontaneidad de la infancia. De hecho, considero que mis hijos son niños educados, respetuosos y a su vez (y cariñosamente) ¡están como un cencerro! Jamás los he visto cohibidos, al contrario, son de lo más natural. Son niños que juegan a ser niños, con los que jugamos a ser niños, a los que miramos como niños, pero a los que no consentimos actitudes que nos parecen fuera de lugar, como niños también. Si yo dejo que mis hijos hagan lo que les place a toda hora y eso implica molestias al de al lado, no estoy enseñándoles a respetar. Y así, con todo y en todos los aspectos, a todos los niveles.
A Pichu le dijimos su primer NO con meses (y a Rubiazo, ídem de lo anterior). Tal cual. Ante no pocos reproches de familiares que opinaban que era muy pequeña para oírlo, que "pobrecita, si no se entera de lo que hace"... No, claro, evidentemente, jamás hemos pensado ni de ella ni de su hermano que sus actos hayan sido con premeditación y alevosía mientras han sido bebés, incluso cuando han dejado la etapa de bebé para ir convirtiéndose en niña y niño respectivamente. Está claro que sus actuaciones son una parte muy necesaria de su desarrollo, que con final feliz o no, tienen que probar cuál es resultado de un comportamiento, tienen que saber qué pasa si tiran comida al suelo, si muerden, si pegan, si pintan las paredes, al igual que esperan reacciones cuando besan, abrazan, acarician, sonríen, comparte, ofrecen... Nuestros niños actúan por imitación. Ése es su primer juego: copiar, repetir. Nuestros hijos descubren el mundo a través de nuestros ojos, de los de sus maestr@s, de los de las personas más cercanas a la familia... Es por eso que no debemos crearles unas expectativas de mundo que no son reales: HIJO MÍO, PUEDES HACER LO QUE TE ROTE DÉ LA GANA, porque esto no los va a convertir en adultos felices, al contrario. La vida que nos toca vivir es una suerte, pero también una batalla diaria, un cúmulo de cosas contra las que lidiar y, a la vez, de las que disfrutar. Si nuestros hijos crecen pensando que todo está permitido, que todo lo que se les antoje es posible (y ojo, no hablo de sueños sino de comportamientos individualistas rozando el egoísmo), que ellos están por delante de todo y de todos (son lo que más queremos, nuestra máxima prioridad, no la del resto del universo)... Quizás pensemos que estamos criando niños felices y sin embargo estaremos criando futuros adultos insatisfechos, consigo mismos y con su alrededor.
Nadie dijo que criar y educar era fácil. Poner LÍMITES cuando uno está hasta el pirri del trabajo, del seguro de la casa que le ha dejado la cuenta en números fluorescentes, de la lluvia que ha calado hasta su carnet de identidad y el de sus niños y de un largo etcétera de cualquier día gris... NO ES FÁCIL. Porque cuando estamos así, al límite (curiosa coincidencia) sólo querríamos tirarnos en el sofá y dejarlos campar a sus anchas, cenar lo que les diera la gana, que cayeran rendidos por sí mismos en cualquier parte del salón, y verlo todo como a cámara lenta mientras dejamos que se cierren nuestros ojos. ¿No? ¿Nunca habéis tenido ese pensamiento? Pues pasadme ahora mismo "eso" que tomáis y que os da súper poderes, porque yo sí tengo días así. Obviamente, todo queda en un sueño, y si su tarde va tan torcida como la nuestra, pues nada, nos miramos, resoplamos, a veces sonreímos y otras veces casi que contenemos la lagrimilla, y ¡al tajo! No, no es fácil. Pero es necesario, y es bueno... y lo mejor de todo: FRUCTÍFERO.
Un NO a tiempo son muchos SÍ en un futuro, porque estaremos abriéndoles las puertas a un mundo en el que la integridad, por desgracia, se está evaporando a marchas forzadas, y donde, a pesar de todo, aún queda mucha gente con ganas de hacerlo bien. Si hoy somos capaces de decirles "no, no puedo comprarte esto porque es un capricho" o "no está bien que contestes así" o "espera un momento que acabe de hablar con papá y te escucho", estaremos criando personas que serán capaces de valorar tanto lo material como lo humano, y que no sentirán la imperiosa necesidad de arrasar por donde pasen para triunfar en sus vidas.
Eso sí, IMPORTANTE RECORDAR QUE CADA NIÑO, como cada persona, ES UN MUNDO, por tanto el establecer normas no debe estar en discordia con dar todo el amor que cada uno necesite; igual que tampoco podremos usar la misma vara de medir para todos en cuanto a que cada hijo necesitará un tiempo de acople a ese nuevo límite que ha aparecido en sus vidas.
Imagen tomada de: http://sanacolitaderana.com.mx/blog/wp-content/uploads/2012/09/imagen-post-limites1.jpg

CON M DE MAMÁ

2 de octubre de 2014

45'... (tarariro tarariro)

Siento no haber podido evitar la rima fácil, pero es que creo firmemente que quien ideó las sesiones de 45 minutos lo hizo mientras tarareaba la famosa rima, seguro, porque este nuevo reparto horario es justo eso lo que consigue. Lo siento, no me valen las comparaciones fáciles tipo "pues en Finlandia...". Porque para empezar, en Finlandia no se toman a risa las leyes educativas, sus dirigentes tienen la suficiente cabeza como para detectar lo realmente importante para conseguir la prosperidad en su país, y parece que la educación es uno de esos factores que sí tienen en cuenta. Y por eso no juegan con ella.
La verdad, no sabía muy bien qué tono darle a esta entrada, ya que el Réquiem de Mozart se me antojaba demasiado solemne, aunque por el toque fúnebre de las consecuencias que le presagio a la LOMCE, bien lo merece. Sin embargo, he decidido que no. He decidido que este post de hoy va a ser una oda al buen humor (irónico y ácido), que es como ,tanto los compis que me cruzado a lo largo del día de hoy como la que aquí suscribe, hemos decidido tomarnos la broma de los ya FAMOSOS 45 MINUTOS (tarariro tarariro). Yo sigo convencida de que todo se trata de un error tipográfico que nadie vio al revisar la susodicha ley... (por aquello de querer creerme que todo se hace pensando en el bien de la educación, que "no es más" que la base de toda sociedad y tal).
Aquí dejo pues mi versión "Chanante" del 1 de octubre de 2014 en un centro público español como otro cualquiera: el mío.
 
8:45 am. Reviso mi horario de hoy para descubrir con alegría que los miércoles es "mi día de jogging con peso". Tal cual. Porque hoy tendré que teletransportarme de infantil a primaria en cada una de las diferentes sesiones, y teniendo en cuenta que siento la presión de aprovechar al máximo los 45' raspados que me otorga el ministerio, no vaya a ser yo la responsable de que mis niños no adquieran la suficiente competencia comunicativa y demás objetivos estupendos, pues veo que me va a tocar hacer los desplazamientos sin pasar por caja. Es decir, iré de clase en clase con el material que voy a utilizar en todas y cada una de las sesiones repartido entre brazos y espalda: Monkey, Robot, las flashcards, las wordcards, las pinturas de cara, la carpetoncia con todo lo de 2º de primaria, la botella de agua para hacer caso al doctor y beber mucho (y acabar reventando mi vejiga por imposibilidad de parar en el aseo), la carpeta con mis programaciones de aula y temporalizaciones, la bolsita de USBs varios, el almuerzo para empalmar las clases con el patio... Así pues, lo cargo todo y ¡que empiece el día!
En infantil los 45 minutos son de siempre, así que, sin tener en cuenta que es la primera sesión real de inglés con 3 años, porque hasta ayer estábamos adaptándonos y demás, no ha estado nada mal, nos ha dado tiempo hasta a cantar un par de canciones con coreografía y todo, no ha habido lloros y todo ha sido miel sobre hojuelas. 9:45. La tutora, muy buena compi, se ha apañado para volver sola al aula con ellos (hacemos la sesión en un aula enorme y diáfana para poder bailar y cantar y tirarnos en el suelo a nuestras anchas), facilitando así mi puntualidad en la siguiente.
 
9:46 am. Entro en mi segunda clase del día ante la sorprendida expresión de mi compi, que me mira y dice resignada: "¿ya?", mientras yo descargo los tropecientos trastos arrasando con todo. La entiendo tanto. La primera hora empieza, de verdad, y con suerte, sobre 9:20, porque antes hay que contar con los que llegan tarde e interrumpen la clase con ese goteo que no deja avanzar, con hacer recuento para verificar asistencia y apuntar los que no se quedan a comer, revisar agendas por si hay notas, escuchar con atención, real y no fingida, al que te cuenta que ayer le cayó un diente y parar los pies a la marabunta que se engancha a contar sus propias experiencias (porque entonces ni a las 10 hemos empezado). Después, explicación de lo que se va a hacer, reparto de material, se abren libros/libretas... 9:30 prácticamente. Por tanto, cuando llego yo, tan sólo un cuarto de hora después, el pensamiento más agradable que le tiene que haber venido a la cabeza es: ¡ya podía haberse puesto enferma!, y ojo, sin maldad ninguna. Supervivencia pura. Lo dicho, llego, los niños recogen lo que están haciendo y los hago aterrizar en Reino Unido y los USA con las benditas rutinas, mientras la tiza vuela sola sobre la pizarra escribiendo la fecha (I wish I was a teacher at Howgarts...). De los tres juegos que llevaba programados, hago uno, porque ya nos hemos plantado en las 10:10, y aún nos queda abrir por primera vez en su vida el Activity Book, lo que, teniendo en cuenta que les estoy hablando todo el tiempo en inglés, nos lleva un rato más que si lo explicara en castellano. Es decir, nos viene a quedar un tiempo de unos 12 minutos para hacer las dos páginas programadas. Resultado: la gran mayoría no lo consiguen, no porque sean difíciles sino porque ME NIEGO A METERLES PRISA EN SU TRABAJO cuando su ritmo es, lo que diríamos, normal, que de los soñadores despiertos ya me he ido encargando yo.
- Boys and girls, listen please! Time to finish! Clean up, take your snacks and line up!! Off we go!!!...
- ¿¿¿¿¿Yaaaaaaaaaaaaaa????? ¡¡No hemos acabado!!
- I know... mmm... Don't you worry... You'll finish next day. (Mientras pienso: Sí, acabaréis eso pero dejaremos colgando lo siguiente, y así una y otra vez, hasta entrar en bucle.)
 
10:30 am: Bajo al patio con todos los trastos encima, porque la siguiente clase la tengo en la otra punta del pasillo cuando acabe el recreo, así que veo más viable bajar como una mula y esperar a que haya suficientes compis como para poder escaparme unos milisegundos y subir al aula, que dejarlos en la clase donde estaba y tener que escaparme luego con 20 alumnos detrás. Sobra decir que, obviamente, no paso por el aseo, porque ya me he demorado bastante con tanta subida, descarga y bajada, y mis compañeros no tienen la culpa.
 
11:00 am. Acaba el patio, hacemos filas, esperamos nuestro turno de subida y allá vamos. Tenemos la mala suerte (o buena, según se mire) de que en el aula están colocando el cañón de la PDI, así que cogemos trastos (suyos y míos), no sin antes tardar un siglo en repartirlos, y nos volvemos para abajo; hoy toca en la biblioteca. 11:20... Tenemos 24 minutos para hacer las rutinas, repasar vocabulario y proceder con el activity. Contamos con 1 minuto para recoger, porque la buena de la tutora me hace el favor de bajar a por ellos, para que yo pueda volar a infantil. Me dispongo a empezar y ... ¡Anda! ¡Los juegos! Nada, estos vienen "recién jugados" del patio, pueden trabajar directamente, ya otro día si eso. Explicamos pues el uso del libro, las actividades en sí y empezamos.
 
11:45 am. Levito a velocidad ultrasónica hacia infantil, los trastos ya no me pesan, a fuerza de cargarlos a toda hora ya son parte de mí. OOOOOHHHMMMMM! La clase en infantil transcurre sin más percances, al fin y al cabo, lo de los 45 minutos con los de 4 años está chupado, ellos ya se lo saben y yo también, así que levitan conmigo al salir del aula y volver y van a un ritmo que ni la cabra de la legión. ¡Tuuuutu, tututuuuuutu...! 12:25 volvemos a clase que las monitoras de comedor son puntuales y toca no fastidiar el primer día.
 
12:30 am. ¡Exclusiva! Guay, hoy no hay ni COCOPE ni ciclo, ¡yupiiiii! Vamos a aprovechar para llamar a la del cuentacuentos y cerrar con ella cosas, luego a Oxford para avisar de que hemos recibido el pedido, buscamos un ordenador donde poder imprimir la programación entera y dejarla en el ciclo a disposición del mundo. Se atasca la impresora, que esta harta de que hoy todo el mundo le meta prisa, y la paga conmigo, que no la saludaba desde junio. ¡Las 13:30 yaaaaa! Genial, me siento como si hubiera perdido el tiempo. ¡Ostras! No he llamado a la canguro para ver cómo va Rubiazo; menos mal que es un sol y que si no ha llamado ella es porque todo está en orden y no ha habido que usar de nuevo el ventolín. ¿He ido al aseo al final a hacer un pis? Sí, a las 12:30. Ok. Es que ya no me siento las piernas. Voy a acabar de programar sesiones de inglés, que con tanta cosa inacabada toca remodelar. Las 14:15. ¿¿14:15?? ¡Nena, la comida! Ya ha ido a por el carro una compi la mar de apañada, el resto estábamos inmersas en ordenadores y temporalizaciones y si no es por ella ni comemos. Primer plato, segundo y postre. 14:30. ¿Es bromaaaaaaa? ¡¡He comido engullido en 15 minutos porque sí!! Porque el ritmo de hoy ha sido tan frenético que he seguido la inercia. Me espera una digestión estupenda pues. Bueno, así sigo adelantando alguna cosilla. Mira, 537 wassaps de 5 conversaciones. Ni los abro, ni los miro. No sé ni quién me ha escrito. Ya a la salida digo que sigo viva. Son las 14:57 y salgo a por la fila.
 
15:00. Esperamos nuestro turno para mover la fila, cuesta un poquito, subimos, tienen cambio de mesas, se organizan con ayuda de la tutora. 15:10. De los 3 juegos, explicamos y hacemos uno y ya son 15:25. Pasamos a conocer el maravilloso mundo del activity book, entre 15:30 y 15:32 empiezan a trabajar. Idem del anterior. 15:42 y no han terminado. Piden acabarlo. Chicos no hay tiempo. Viene ya la seño y hay que recoger. ¿Nos lo podemos llevar a casa? ¡Me los como! ¿Pero cómo son tan monos? Lo pienso y... "esperad que venga la seño y le preguntamos porque no sé si ya os ha puesto deberes, y hasta el lunes no tenemos inglés, no hay prisa". Copio la agenda en la pizarra por si acaso, para adelantar, llega la tutora, lo hablamos, se preparan para copiar la agenda, y le dejo el marrón a ella porque ya llego tarde. Cargo tooodos los trastos de nuevo y bajo.
 
15:50. Good afternoon! Llego de nuevo a infantil. Vuelve a tocar desdoble. Organizamos grupos, hacemos fila y salimos. Rutinas, pinto caras, jugamos con los colores y las partes de la cara, bailamos un poquito y... ¡16:15! toca cantar "Goodbye, goodbye, see you agaaain..." porque en nada están llamando a los del autobús y se puede liar parda si nos cruzamos con toda primaria bajando. 16:20 niños en clase, salen los de infantil al bus.
 
16:25. ¡Los del autobús que se preparen! Ya baja primaria. Todos a sus puestos. Primer día de bus por la tarde y hay muchísimos niños más que ayer. Somos un grupito de especialistas ayudando a la directora, si no fuera así esto sería la guerra. Paso lista. ¡Faltan dos de primerooooo! ¡Va saliendo esta filaaaa! Una compi vuela a buscarlos a la otra punta del mundo. Falta otro alumno que no ha bajado. Otra compi comprueba, escaleras arriba, que es porque no ha venido. Empieza a sonar la música y el resto del colegio empieza a aparecer. ¡Yihaaa! Acompañamos a la fila entre montones de padres que esperan que la puerta de infantil se abra. Vuelvo dentro a por los despistados. Comprobamos lista. Están todos. El autobús se va.
 
16:32. Voy volando a por mis trastos. Los guardo. Cojo bolso, bolsa y demás pertenencias que van y vienen todos los días. Vuelo a por Pichu. ¡Hola amor! Sonrisota al verme. ¡Qué bonita es! Se me acaba de olvidar de un plumazo todo el estrés que llevo. Salimos al coche. Genial, fila de coches en segunda fila. Uno frenado. Hoy no salimos. LLamo a la canguro: ¡Saliendoooo, ya llegamos!". Se va un coche, eso me da margen para mover otro, y tras mil maniobras porque el sitio de salida era mínimo y nada orientado a donde yo estaba, consigo salir. ¡Faltaría más! Si hace falta lo saco por arriba.
 
¡FIN DEL DÍA EN EL COLE! Seguiré mi jornada laboral sobre las 22:30, cuando estén ambos sopa, y la casa más o menos decente, ropa sacada para mañana y demás. Eso si hay suerte y no toca ventolín con Rubiazo.
 
Mientras ceno un vaso de leche con tres kilos de chocoflakes, todo cortesía del bajón de azúcar que llevo, pienso que quizás éste es el año y que ha llegado mi momento: GRACIAS WERT, ESTE CURSO VA A SER EL IDÓNEO PARA PREPARARME UN TRIATLÓN. Tal cual, decidido. Ahora ya entiendo lo de los 45' tarariro tarariro, lo he visto claro repasando el día: he corrido, he subido y bajado escaleras como si estuviera entrenando a fútbol, todo con peso extra, he casi nadado en el patio entre charcos y más charcos mientras resolvía conflictos o perseguía a un alumno que tiraba trocitos de un azulejo de la ducha a la papelera... no he ido en bici, pero he hecho coreografías a ritmo militar porque el mismo estrés me impedía hacerlas con dulzura, y, mientras, apenas me he hidratado ni me he escapado al aseo. Soy una crack. De hecho, en cuanto cierre este post me pongo a mirar fechas de próximos triatlones en la comunidad para llevar la propuesta a la próxima COCOPE. 
Eso sí, después de hoy, además de la trolley que he pedido a mi dire para dejar de ser una mula y recuperar mi condición humana, creo que voy a pedir sondajes, ya que la propuesta de los pañales que ha hecho una buena compi no me convence, y permiso para llevar mis patines. Es eso o pasarle a usted, señor ministro, la factura de mi operación de suelo pélvico por arreglar mi incontinencia urinaria futura junto con las hernias discales de tanta carga extra. Esto como maestra.
Como madre, me planteo si ir echando cuentas de lo que le va a suponer a mi hija este nivel de estrés en cuanto pase el curso próximo a primaria, porque por mucho que los maestros nos acoplemos a todo y saquemos pañuelos de colores de la chistera sin tener varita, ya le aviso de que es IMPOSIBLE NO CONTAGIAR EL NIVEL DE ESTRÉS, PRISA Y AGOBIO a los alumnos. Sí, lo sé, la culpa también es nuestra, que no sabemos gestionar el tiempo. Con lo rebien que lo hacen los finlandeses, mecachis.
Pues mire, yo he decidido que mi OBJETIVO PRINCIPAL este curso en CERO ESTRÉS. Y cuando el estrés se apodere de mí, cantaré esta canción como mantra:

 
 Lo sé, es incompatible con sus famosos 45' tarariro tarariro... (Inhumano total, ¡qué profético el nombre del grupo!) Pues llegaremos hasta donde podamos, porque me niego a convertirme en una (y perdón por la expresión) "cagaprisas" y dejar de disfrutar en mis sesiones y cambiar mi metodología sólo porque "¡¡niños que no hay tiempo!!". Pienso seguir pintando caras, dando las clases en el patio cuando haga falta, bailando y disfrazándome. Serán sólo 25-30' de clase reales, pero al menos serán 25-30' en los que intentaremos disfrutar enseñando unos y aprendiendo otros, a pesar de que el objetivo principal de su nuevo timing parezca ser cargarse la enseñanza de un plumazo.

Así que... ¡a dormir que mañana me espera otro día de intenso entrenamiento triatlético, nada estresante y súper entretenido! Pero, no nos agobiemos, que como dice la canción: "no hay problemaaaaaaaaaaaaa...¡¡Ponte a reír!!"

CON M DE MAESTRA y T de TARARIRO TARARIRO