Mostrando entradas con la etiqueta modas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta modas. Mostrar todas las entradas

8 de abril de 2015

Ni ángeles ni demonios

Es que somos nosotras las primeras en caer en la trampa. Tal cual.
Sacan un anuncio de no sé qué firma en el que las protagonistas, según reza la campaña, son "mujeres reales" que niegan ser ángeles, "#Imnoangel", en clara contraposición a las modelos conocidas como "Victoria's angels", y en seguida aparecen en todas las redes sociales los vítores y demás; y la gran mayoría de aplausos son de mujeres que se consideran "reales".
¿Pero estamos tontos o qué? Y perdón por la expresión porque mi último fin es ofender; es sólo que no lo entiendo.
¿Mujeres reales? ¿Ángeles o demonios? ¿SE NOS VA LA PINZA? ¿Es que no van a dejarnos en paz y encima nosotras vamos a seguir consintiendo tanto machaque, tanta publicidad burda y tanto mensaje nocivo? ¿Por qué no ocurre lo mismo con el mundo masculino? ¿Por qué no se gastan las energías en eliminar páginas web que hacen apología a la anorexia y la bulimia, o nos garantizan seguridad real en las redes sociales para adolescentes y niños? No, es que eso ni vende, ni publicita, ni nos retuerce y marea las neuronas. Vamos, no conviene. Y encima a nosotras nos falta tiempo para levantarnos de la silla y seguir el juego, como las ratas del Flautista de Hamelín (¿recordáis el final del cuento, por cierto?).
Así no. Así no hay quien normalice tanta tontería y tanto culto absurdo al cuerpo, así no hay quien acabe con los falsos mitos, las mil y una barbaridades y los cánones absurdos. Da igual que vitoreemos a los ángeles o a los demonios, la cuestión es que haciendo una cosa u otra estamos dándole demasiada importancia al tema del culto al cuerpo. No hay más. Así seguimos siendo esclavas de nuestra imagen, de tanto canon y tanta moda.
Vamos a ver, señores y señoras, yo tengo una pregunta: Si no mido metro ochenta y tengo 90-60-90, si tampoco mido metro cincuenta y peso 100 kilos, y mido 1,60 y no sé qué peso porque hace años que decidí no hacerlo, pero no soy ni excesivamente delgada ni excesivamente rellenita, ahora uso una 36 pero he usado la 38, a veces menos incluso, a veces más; eso sí, tenga la talla que tenga, tengo el trasero respingón... Entonces, ¿no soy real? ¿en qué lado quedo? Porque por lo visto no soy ni ángel ni demonio. ¿Qué soy? ¿Un puñetero ente? ¿Tengo que volver a vivir pendiente de la gordura o la delgadez o puedo seguir madurando y pasando página después de haber entendido que lo importante es gustarme a mí misma primero y principalmente? Es que así no hay quien se aclare, majetes y majetas.
Tenemos clarísimo que la belleza está en el interior, que lo primero es querernos a nosotras mismas y blablablabla... Pero a la primera de cambio nos venden una imagen de "mujeres reales" y ahí estamos en primera fila gritando "¡COMPROOOO, COMPROOOOO!". Así no. No aprendemos.
Si seguimos entrando en el juego, seguiremos caminando en bucle. ¿Desde cuándo lo que a mí me parece hermoso ha de parecérselo al mundo entero? ¿Hemos de globalizar hasta gustos y opiniones? A quien las Victoria's angels le parezcan la representación máxima de la belleza, ¡olé! A quienes las modelos de esta nueva campaña "mujeres reales", tan desafortunada bajo mi punto de vista por lo de entrar en el juego y demás (no se me malinterprete), le parezcan la representación máxima de la belleza, otro ¡olé!
Lo que está claro es que, señoras y señores, MUJERES REALES SOMOS TODAS, con nuestros huesos grandes o pequeños, nuestra piel satinada o imperfecta, nuestras carnes prietas, fofas o tersas. Porque la realidad de cada mujer, GRACIAS AL CIELO, es distinta. Gloria bendita esta diversidad que nos asegura ser especiales y ÚNICAS, y que tristemente ni aprovechamos ni apreciamos.
No demos cancha a tanta hipocresía de mercado, porque ni los creadores de los ángeles ni los creadores de los demonios dan un duro por nuestra libertad y salud mentales, es más, les importan un carajo.

¿ÁNGELES O DEMONIOS?


Pues a estas alturas de mi vida, yo no me veo ni ángel ni demonio, al menos en lo relativo a carnes. Y sí, a pesar de ello, ME GUSTO, con mis días mejores y peores, con mis ojeras, mi piel cetrina cuando no duermo lo suficiente (o sea casi siempre) y mi cuerpo de madre total, porque sé que mi "belleza" va más allá de lo físico... O al menos más allá de lo que marcan cuatro publicistas y dos expertos en moda.

 
CON M DE MAMÁ y H de HASTALASNARICESDETANTATONTERÍA

3 de febrero de 2015

Pedagogía... Ni blanca, ni negra: ¡De colores!

Porque ya está bien, hombre. Que vivimos en una época en la que, si no somos capaces de ponerle nombre hasta al papel del baño, no dormimos tranquilos. Hay métodos para todo, corrientes de trescientos tipos y teorías a puñados. Y, mire usted por donde, que justo venimos a dejar de lado lo que más falta nos hace a la hora de criar: ¡EL SENTIDO COMÚN! (Que dicho sea de paso, es el menos común de los sentidos, y ¡vaya si se nota!).
Siguiendo esta moda de bautizar hasta la manera de sonar los mocos de nuestros hijos, porque aspirar no es lo mismo que usar suero a chorro, también hemos dado nombre a la ciencia que se ocupa de la educación y la enseñanza: la pedagogía. Y lo hemos hecho nada más y nada menos que asociándola a un color, el blanco. Que está muy bien, por lo de asociar el blanco a la pureza del alma, la inocencia y demás. Como nominativo el blanco hace un buen papel. Y a partir de ahí, como todo y como siempre: irse al extremo es... ¡Peligroso!
Como hay diferentes tonalidades de blanco: blanco roto, hueso, crudo, blanco sucio, blanco grisáceo, blanco azulado, blanco novia... Entiendo que dentro de esta corriente que es la Pedagogía Blanca se admitirán matices y no hará falta ser muy radical al cumplirla, ¿no? Por lo que he podido leer en redes sociales y demás, esta forma de criar evita el "trauma", así que para no ser ambiguos en el mensaje, deberían dejarnos adaptar sus enseñanzas a lo que nos convenga sin reprocharnos nada para que no suframos una decepción o nos sintamos inútiles y demás, digo yo.
Reconozco que no he ahondado (ni voy a hacerlo, por el momento) demasiado en el tema, por tanto no puedo ni voy a criticar directamente ningún enunciado que esta corriente defienda; sin embargo, sí que voy a argumentar el porqué de lo dañino de su existencia para nosotros, los padres de ahora, los padres modernos que leemos, releemos y hacemos másteres en "cómo cambiar un pañal", mientras dejamos aparcado a un lado nuestro instinto y nuestra iniciativa.
A los señores creadores de la Pedagogía Blanca les diría que resulta que los padres de ahora tenemos tanto miedo de no cumplir las expectativas, de no dar la talla y de que nos invada ese famoso sentimiento de culpa en forma de remordimiento, que en multitud de ocasiones (por no ser demasiado tajante y usar el "siempre") seguimos a rajatabla todo lo que oímos o leemos que nos suena chachipiruli, y más si se trata de tener a nuestros hijos en un constante (y absurdo) estado de felicidad. Así que si ustedes, que parece que son los que más molan últimamente, nos dicen que no hay que usar el "no", jamás lo usaremos, y si nos dicen que hay que hacer el pino puente mientras se les cuenta un cuento, así lo haremos.
Tengan en cuenta que vivimos estresados entre casa y trabajo, y que cuando llegan ciertas horas (bien de mañana, bien de noche) nos apetece poco pelear y discutir, así que somos muy partidarios de consentir muchas cosas, como por ejemplo, que se elijan la ropa hasta el punto de que vayan al colegio semidisfrazados, con capas y más capas sin sentido o con el pijama bajo de la falda de tul del disfraz de princesa o que nos toreen hasta el punto que siempre lleguemos tarde al colegio; además, como queremos criar niños que tengan total autonomía y poder de decisión, en bastantes ocasiones dejamos que hagan lo que les plazca, porque mientras sean felices, lo demás no importa (no importa que por ejemplo, indirectamente, les estemos enseñando que llegar tarde a su futuro trabajo estará bien y no tendrá consecuencias, o éstas no les afectarán, ya que papi y mami estarán para salvarlos), y mientras... Hemos olvidado que si no les enseñamos nosotros la diferencia entre libertad y libertinaje, nadie lo hará, que si no les hablamos de respeto, empezando por respeto a los que convivimos con ellos, quizás sea demasiado tarde y que para que adquieran autonomía no se trata de dejarlos hacer sin más sino de enseñarles poco a poco según su madurez y darles responsabilidades adaptadas a ellos.
.
.
.
Porque no, hablarles de normas no es frustrarlos, ponerles límites no es amargarlos, decirles NO no es ni traumatizarlos ni cohibirlos... No, no lo es. Porque si los límites, las normas y el NO van acompañados de cariño, de amor del bueno, de sentido común y de querer protegerlos de verdad contra los peligros del loco mundo al que los hemos hecho venir, ni se traumatizan, ni se amargan, ni estamos criando niños infelices ni chuminadas parecidas, al contrario, así conseguimos personitas que, además de felices, están aprendiendo a vivir en sociedad, a respetar al de al lado, a que lo primero no siempre puede ser su ombligo, individuos empáticos y con valores.
A mi humilde y nada experto modo de ver, señores míos, la pedagogía da igual si es blanca o negra, lo que tiene que haber es sentido común al aplicar todos esos enunciados, no dejarnos cegar y aplicar a pies juntilla absolutamente todo lo que leemos o lo que nos dicen que ahora se lleva. Vale que seamos padres modernos, padres que no quieren repetir lo que, desde su punto de vista, fueron errores que se cometieron con ellos... yo diría que más bien parece que, por tónica general, somos padres que confundimos dejar que los niños hagan lo que les da la real gana, a todos los niveles, con "que sean felices". La verdadera felicidad no tiene nada que ver con que venga alguien y nos diga: haz lo que te rote, tenga las consecuencias sociales que tenga. Por tanto, mejor si no transmitimos a nuestros hijos ese mensaje erróneo.
Si por no soportar una rabieta porque pensamos que eso es "infelicidad", si porque estamos cansados y queremos paz todo el rato, si porque nos sentimos mal porque no les hemos dedicado tiempo o si porque al negarles algo estamos cerrándoles los chakras, vamos a dejar que nuestros hijos hagan siempre y bajo cualquier circunstancia lo que les dé la real gana, contra viento y marea y afecte a quien afecte, entonces, preparémosnos para la generación de monstruos que estamos creando.
Criar con sentido común no está reñido con criar niños felices. Porque, además, da la puñetera casualidad de que la vida no nos permite estar siempre en ese permanente estado idílico. Así que cuidadín con lo que hacemos o tendremos muchos reproches futuros, cuando cada vez que algo no les salga como querían se peguen el tortazo una y otra vez.
Los niños son felices si les dedicamos tiempo de calidad. Aunque les digamos no, aunque les limitemos su libertad para que no invadan la del otro. Los niños son felices cuando pueden disfrutarnos de manera real e intensa, y cuando nos necesitan y nos encuentran. Sencillo.
Así que dará igual que la pedagogía sea blanca o negra mientras interpretemos según nuestra conveniencia y comodidad y no pensando en las consecuencias de nuestras actuaciones.
Yo, si hay que elegir, por si acaso me quedo con la de colores.

CON M DE MAMÁ y C de COLORES

14 de diciembre de 2014

Mujeres del siglo XXI: Mujeres pluscuamperfectas.

La condición de la mujer, en el mundo occidental, en pleno siglo XXI es difícil. Ya, ya sé que hace años era mucho peor, o al menos, las mujeres vivían más esclavas de sus propios anhelos que ahora, ya que por no poder, no podían ni votar. Pero la rueda en la que hemos entrado las mujeres actuales es bastante traidora. Ahora podemos votar, podemos ir a la escuela e incluso a la universidad sin que piensen de nosotras que casi, casi somos brujas, podemos trabajar fuera de casa, llevar pantalones y hasta corbata. Y, sin embargo, la sensación de atadura que sentimos aquellas que además de trabajar dentro de casa, trabajamos fuera y somos madres amantísimas, o lo intentamos con todas nuestras fuerzas, es... Descorazonadora.
Podríais pensar que esta descripción es, cuanto menos, egoísta y que muestra que detrás de esta palabras hay una persona, mujer para más inri, que sólo se mira su ombligo y el de los de su misma costilla. Nada más lejos. Estas palabras no pretenden, en absoluto, ser una queja de mi condición de madre y trabajadora, fuera y dentro de casa, porque tengo la inteligencia justa como para saber que, y más en los tiempos que corren, soy una privilegiada. Estas líneas son un grito a la sociedad, al monstruo en el que nos hallamos todos inmersos, el gigante de la modernidad y el progreso que no ha hecho otra cosa que... Vendernos la moto.
Así es, nos la han vendido hasta con el casco de verano y el de invierno, y con todos los accesorios posibles. Porque estudiar, votar, poder decidir, trabajar fuera y dentro y, además, ser madres e incluso esposas, mola, mola "que te cagas" (y perdón por la ordinariez). La historia es que cuando fuimos adquiriendo funciones, mejorando nuestra condición como personas en términos de igualdad, nadie nos dio un manual en el que se explicara cómo narices se exime una de ese sentimiento extremo de responsabilidad, de esa condición de agenda electrónica que padecemos y que nos lleva a estar haciendo tres cosas a la vez y pensando en una cuarta, y a veces quinta.
Nos sorprendemos de las noticias que hablan sobre el estrés actual, de los sustos mayúsculos en cuanto a salud, pero es que, chicas, ¿os habéis dado cuenta del ritmo que llevamos? ¡Es de locos! O de locas. Y eso, hablo por mí, a pesar de tener la suerte de contar con una pareja a nuestro lado que no colabora, sino que "hace", exactamente igual que nosotras. El tema es que, genéticamente, o así lo creo yo (y cada vez más), las mujeres estamos programadas para llevar el peso en cuanto a hogar e hijos se refiere; y, lo hagamos en mayor o menor medida, en función de a quien tengamos al lado, la sensación de "no llego a todo - tengo que llegar a todo - ¿estaré haciéndolo bien?..." etc, etc, etc... No nos la quita nadie. Parece que vivimos con el agua al cuello, y que en muchas ocasiones no podemos ni respirar, tal cual. En el momento suena la alarma de buena mañana, no nos permitimos caer ni un segundo: niños, casa, trabajo, casa, niños, más casa y así, hasta entrar en bucle, que se hagan las 23:00 y dejarte caer en el sofá o en la cama con ningún tipo de ganas tan siquiera de hablar, y esto un día tras otro. ¡Como para que venga tu pareja y te tire los trastos! Le tiras un escupitajo al ojo como poco. Y aquí, señoras, otro punto más a ese suma y sigue de responsabilidad extrema y de culpa máxima, porque ni siquiera servimos para un ratito de sexo, hablando en plata. Pero ¿cómo? ¿Cómo puede ser eso? Después de haber levantado el cuerpo de la cama a las 6:30, haber vestido a los niños, haber preparado almuerzos, habernos duchado y arreglado en 20 minutos, chapa y pintura incluídas, haber cargado con la troupe al cole, discusiones de por medio incluídas por el abrigo, la mochila y demás, habernos dejado la piel en el curro, haber comido en quince minutos, haber seguido trabajando, haber recogido a los niños, no haber parado en tooooda la tarde con ellos, duchas, cenas, lavadoras, preparativos para el día siguiente, faena que te has llevado a casa... Lo que no entiendo es como lo que menos nos apetece es ponernos en plan 9 semanas y media. ¡Qué raras somos, leñe!
Lo peor es que aún tenemos ratos de lucidez máxima, en los que nos preguntamos cómo es posible que dejemos ciertas cosas al margen, en vez de preguntarnos cómo narices seguimos cuerdas y no salimos corriendo billete en mano a la primera de cambio. Bueno, teniendo en cuenta que estamos fisiológica y genéticamente programadas para ser madres... Echad cuentas solitos. De aquí no se mueve ni Perry. Antes huyen ellos que nosotras; y cuando esto ocurre, se nos recrimine o no que los teníamos abandonados, aún seguimos preguntándonos en qué habremos fallado, qué habremos hecho mal o qué nos habrá faltado por dar. No nenas, LO DAMOS TODO, EN EXCESO, GENEROSAMENTE Y SIN LÍMITES. Pero... NO SOMOS PERFECTAS. Ni deberíamos intentar serlo, ni pretenderlo, ni creernos que así debe ser. Somos madres, trabajadoras fuera de casa, trabajadoras dentro de casa, esposas... Y nos olvidamos de que, ante todo y sobre todo, SOMOS MUJERES, personas, cuerpos y almas con límites y necesidades. Y necesitamos PARAR, RESPIRAR PROFUNDO, MIRAR AL CIELO SIN LÍMITE DE TIEMPO, REÍR HASTA LLORAR, CANTAR A GRITOS, CORRER MONTAÑA ARRIBA, MOJARNOS CON LA LLUVIA, BEBER TÉ E HINCHARNOS A CHOCOLATE (tranquilos, lo del sexo y demás es leyenda urbana, tomamos chocolate porque nos gusta y punto)... Necesitamos que esta sociedad hipócrita nos considere ante todo como personas, reconozca nuestra labor a todos los niveles y deje de exigirnos vivir encasilladas en este papel de mujeres modernas que llegan a todo y pueden con todo. Dejadnos vivir de manera más normal, sin tanto estereotipo, sin tanta gilipollez de tallas y cuerpos perfectos antes y después de parir, que somos de carne y hueso, no de plástico. Tenemos corazón, y nos lo estáis haciendo trizas con tanta frivolidad. Dejadnos SER. Sin más. Cada una a su manera y con sus maneras.
Las mujeres del siglo XXI seguimos siendo esclavas de la falta de valores, la ausencia de empatía, los cánones absurdos, los convencionalismos, las modas, los clichés y los estereotipos... Y lo peor, encima NOS LO CREEMOS.

¿Pues sabéis qué? Que YO NO SOY PLUSCUAMPERFECTA. NI QUIERO SERLO. ¿Vosotras?

CON M DE MAMÁ y P de PLUSCUAMPERFECTAS