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25 de septiembre de 2016

Tus hijos SÍ son tus hijos

Supongo que conocéis el precioso poema de Khalil Gibran: “SOBRE LOS HIJOS” (lo tenéis más abajo😉).

Este poema me ha encantado siempre porque su mensaje es tan acertado, y ayuda tanto al aterrizaje en momentos de encabezonamiento nuestro cuando queremos imponer ciertas cosas... Sin embargo, hoy escribo para llevarle un poquito la contraria a este gran escritor en eso de que nuestros hijos no son nuestros.

Si nos ponemos en plan metafísico y profundo, nuestros hijos no son posesión nuestra, de acuerdo. Porque pensarlo así nos lleva a cometer errores tan grandes como el de proyectar en ellos nuestros anhelos y deseos no cumplidos. Pero en el sentido práctico y más terrenal, sí, son nuestros, y no del vecino o de esa madre del parque con buena voluntad y mucha paciencia. 

Nuestros hijos agotan, nos dan malas noches, nos regalan rabietas, nos dan sustos de ésos en los que el corazón nos sale por la boca y vuelve a su sitio en décimas de segundo... sí, pero también nos dan algo que nadie más es capaz de dar tan desinteresadamente: su amor. Da igual las veces que nos equivoquemos con ellos, y que sean muchas, nos adoran igual. 

Aquí en esta casa somos más humanos que nadie y hay días (como hoy, tras una noche en vela) en que nos supone un extra esfuerzo jugar un rato con ellos a mamás y papás, mirar el recital largo e intenso de canciones y bailes que han preparado y que parece que no acaba nunca, salir un rato al parque para que sigan practicando en bici, hacer una manualidad o leerles un cuento, cuando lo que nos está pidiendo el cuerpo es descanso y silencio. Pero no por ello se los endosamos a la primera persona que pasa por la puerta, que la pobre no tiene ninguna culpa ni de su intensidad ni de nuestro agotamiento. 

Por aquí creemos que en la crianza, como en todo, la virtud está en el término medio. Así que les dedicamos todo el tiempo que podemos y pensamos que necesitan, jugando con ellos, leyéndoles un cuento, haciendo salidas en familia o simplemente mimándolos, pero también nos cuidamos de que aprendan a entretenerse solos, de que jueguen juntos, de que se aburran (sí, aburrirse es buenísimo), o de que disfruten de los familiares que quieran llevárselos un rato o un fin de semana. 

Digo esto porque no puedo evitar sentir pena por esos niños, que los hay y bastantes, que tienen su tiempo ocupadísimo cada tarde, pero no porque ellos lo hayan elegido sino porque sus padres lo han hecho por ellos. Por los que sus padres piden que tengan un carro de deberes, no para crear un hábito sino para tenerlos entretenidos toda la tarde y ahorrarse el tiempo de asueto. O por esos otros que "se acoplan", literalmente hablando, a tu familia en cuanto oyen a tus hijos salir a la calle porque ya están cansados de su tablet, y cuyos padres no salen, no, pero sí "los sueltan", con premeditación y alevosía, y sin ningún tipo de reparo. Esta situación es bastante frecuente en nuestro día a día, y a mí cada vez se me mezcla más la pena con el enfado, porque al fin y al cabo, los niños no tienen culpa de ser así y de que su "sacarse las castañas del fuego y buscarse la vida" signifique una carga de responsabilidad extra para nosotros, pero llega un punto en que, ante padres tan despreocupados o, simplemente, pasotas o con morro, te dan ganas de soltar alguna impertinencia. 

Señores, nuestros hijos SÍ SON NUESTROS, no del vecino, ni de esos señores del parque con cara de maestros en horario laboral. Que igual va a ser eso, que lo llevamos escrito en la frente. O igual no, y es sólo cuestión de jeta y de picaresca. 

A mí, ante esto, que como digo está a la orden del día, me queda como consuelo la tranquilidad de estar haciendo las cosas con nuestros hijos de tal manera que quienes los conocen reconocen en ellos a dos niños felices y sanos, con la confianza suficiente como para contarnos todo lo que acontece en sus vidas, con la seguridad de que cuando nos necesitan nos tienen, con la sensación de saberse queridos y no sentir que molestan o sobran, y también, cómo no, con muchos aspectos que aprender y que mejorar, pero en nuestra compañía, siempre. Porque nuestros hijos SÍ SON NUESTROS HIJOS. Que para eso decidimos tenerlos. 

Muchas veces, incluso en un mismo día, nos damos cuenta de que criarlos no es ni fácil, ni cómodo, pero ellos no tienen la culpa, al fin y al cabo son niños. La culpa la tenemos nosotros los adultos y nuestra imperiosa necesidad de tenerlo todo controlado, incluido nuestro tiempo. Pero, ¿sabéis qué? Llegará un día en que, justo como dice Khalil Gibran, sus almas volarán de nuestro lado, a la casa del mañana, y entonces será cuando recogeremos lo que hayamos sembrado en ellas. Así que el momento del cultivo es ahora, durante su infancia, estemos cansados o no. Luego quizás sea tarde, y moriremos esperando siquiera una llamada de teléfono suya cuando más la necesitemos nosotros y que, tal vez, no llegue.

Tus hijos SÍ son tus hijos.

Con M de Mami.

(Poema de Khalil Gibran)

Tus hijos no son tus hijos

Son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen.

Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos,

Pues ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes hospedar sus cuerpos, pero no sus almas,

Porque ellas viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti

porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados (…).

Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea hacia la felicidad”.

30 de julio de 2016

¡SUBID, PENDONES!

El martes por la tarde fui al cine a ver la película Malas Madres, cuya protagonista es Mila Kunis, gracias a que la bonita de Laura, la creadora del Club de Las Malas Madres, quiso contar conmigo en el preestreno. 
Su invitación me hizo mucha ilusión, me apetecía mucho un rato largo de desconexión con amigas y algún motivo diferente para troncharme de risa. ¡Y vaya si me reí! Y me emocioné... (una que es llorona de manual). 
La película os la recomiendo de todas todas, ya que tiene ese punto loco de situaciones absurdas y tronchantes que te hacen llorar de risa y pensar que "no pueden superarse", y sin embargo lo hacen, y también tiene esa parcela de mensajito que toca la fibra y pone rápido en funcionamiento el lacrimal. Yo pienso volver a verla y llevarme a unas cuantas amigas madres. 
Bueno, pues yo no venía aquí a hablar de la película... No, en realidad venía a hablar del concepto actual de la palabra pendón. No, tampoco. Pero de una mezcla de ambos temas quizás sí.
Justo un rato antes de salir hacia el cine, cuando empezaba a arreglarme, me asomé a la ventana para hablar con mi amiga E (así, en plan marujas de pueblo, sí), que se iba al parque un rato con su hija, el hijo de una amiga y con mi marido y mis hijos. E no se acordaba de que yo no iba con ellos porque tenía plan, y al recordárselo me dijo entre risas: "¡Eres un pendón, siempre tienes planes!". (¿Pero "desorejado"?, que si no no quiero). Me dio risa porque pensé que del pendón que puedo haber sido a los restos que quedan, ¡hay un mundo!

Me hizo mucha gracia cuando en un momento determinado de la peli, una de las protagonistas le dice al resto: "¡Subid, pendones!" e, inevitablemente, me vino a la cabeza el hecho de que, unas horas antes, E me llamara pendón por tener planes. Como las madres protagonistas de la peli. 

La verdad, si nos paramos a pensar un poquito y queremos sacar punta al asunto... ¿no os parece triste que a las mujeres se nos considere pendones por mil razones diferentes? Cuando somos solteras y sin compromiso, somos pendones si en vez de tener novio formal tenemos historias varias y divertidas, a la vez o por separado, lo que viene siendo ir de flor en flor. Cuando estamos casadas somos pendones si salimos sin nuestros mariditos y tenemos planes más allá de nuestra vida marital. Y cuando somos madres... ¡ay cuando somos madres! Cuando tenemos retoños a los que cuidar, somos pendones, pero desorejados y de libro, como se nos ocurra tan siquiera pensar en salir de casa sin ellos, a no ser que sea para ir a comprar, que no de compras. 

Vivimos en el absurdo, real, de creer de manera generalizada que la madre que tiene vida más allá de sus hijos (y pareja) es una irresponsable, o no los quiere suficiente, o no es feliz en su maternidad, o se queja de vicio, o es una insatisfecha, o una egoísta, o una feminazi loca que reclama su parcela en el mundo. O, si no pensamos todas estas lindezas, al menos nos creemos con el derecho absoluto a juzgar lo que vemos en las otras de una manera tan natural que acaba pareciendo hasta normal. La cuestión es, válgame la redundancia, CUESTIONAR NUESTRA MANERA DE SER MADRES. La nuestra y la de todo quisqui. Nadie, antes de juzgar a esa señora que arrastra a su hijo en pleno berrinche y que lo hace con cara de pocos amigos y no con "pedagogía blanca" tatuado en la frente, se ha parado a pensar que esa mujer lleva por el mundo más de doce horas sin haber parado más que diez minutos a comer, y que quizás lo ha hecho de pie y de mala manera, y que mucho antes ha despertado a sus hijos, les ha ayudado a vestirse, ha preparado almuerzos, los ha llevado al cole y ese largo etcétera de todos y cada uno de los días de su vida como madre. Y que, en ese momento, el berrinche de su hijo porque quiere unas galletas que no le ha comprado es... la gota que colma el vaso, porque además su día aún no ha terminado.

Ser madre es súper bonito, y súper duro, y difícil, y satisfactorio, y cansado, y lo mejor de la vida, y lo peor en una tarde en la que no puedes con tu vida. Nuestros hijos son el mayor regalo que jamás hayamos deseado, pero un regalo que necesita toda la atención y todos los cuidados del mundo mundial, a toda hora, sin descanso, 365 días. Y les damos todo nuestro amor y nuestros cuidados porque los adoramos, porque son nuestra debilidad, ésa que no pidió venir a este mundo y que está aquí por capricho nuestro. Y lo hacemos felices, pero agota.

Y en ese estado de felicidad agotada, un buen día decidimos recuperar algo del tiempo que teníamos cuando ellos no estaban en nuestra vida y no ocupaban todo nuestro espacio, no porque los queramos menos, sino precisamente, porque para querer a los demás bien hemos de querernos bien a nosotras mismas, y eso pasa por dedicarnos tiempo. 

Yo he pasado casi siete años (los que va a hacer mi hija), dedicada casi en exclusiva a ellos, a mis hijos (sin contar pareja y trabajo fuera y dentro de casa), porque cuando podía dedicarme a mí o a mis aficiones estaba tan cansada que ni lo intentaba (porque las noches, cuando hay lactancia prolongada son duras, bonitas, pero muy duras, y el día siguiente más...). Pero de pronto un día me doy cuenta de que mis hijos no son tan dependientes, de que yo tengo ganas (y necesidad) de volver a reencontrarme con mi "yo mujer", y me lanzo a recuperar esa parcela (para alegría de mi amor, que siempre ha insistido para que buscara tiempo para mí sola). Y entonces pasa. Pasa que a los mismos que les extrañaba que no me fuera de cena, que quedara por la tarde y no alargara en plan improvisado y ese largo etcétera de planazos, ahora les extraña que sí lo haga. ¿Entonces en qué quedamos? ¿Salgo o me quedo? 

La cuestión es opinar. 

La cuestión es que si te conviertes en madre parece que sufres una mutación irreversible a lo "V" que te impide ser mujer más allá de tu labor de madre, pero que si así es tampoco eres del todo normal. Pues bonicos, aquí no hay quien se aclare. Si tener marcha, salir a hacer deporte (o el mono), alargar hasta empalmar con la cena y sin haberlo planeado, quedar con amigas, o con amigos, es ser un pendón... que conste en acta desde ya QUE YO SOY UN PENDÓN DESOREJADO. Y me encanta. 

Porque desde que busco mi tiempo, y lo respeto sin excusas que me hacen anular planes, me siento más activa (aún), más relajada, más completa, MÁS YO. Y eso influye, y mucho, en la manera de relacionarme con los míos, porque libero todo el estrés acumulado y gano en todo, y mis ratos (que son muchísimos) con ellos son mil veces mejores de lo que ya lo eran, porque los disfruto más y con más ganas.

En la maternidad, como en la vida, hay infinitas maneras de hacer las cosas, tantas como personas. La mía no es ni mejor ni peor, sólo es mía. Así que no puedo juzgar las del resto porque no soy el resto. 

A mí mi manera de vivir la maternidad me gusta, con mis mil errores, mis dudas, mis aciertos y mis días rosas y negros. Y si eso quiere decir que soy una madre pendón... ¡SUBID, PENDONES, QUE HOY CONDUZCO YO!

(Foto de María José de La Alcoba de Blanca.
De izquierda a derecha: Lorena de Mi Chupete Favorito, María José de La Alcoba de Blanca, el pendón desorejado, o sea yo, y mi amiga Carmen. Unos pendones, vaya.)

10 de julio de 2016

El desorden ordenado

Cuando no era madre, mi casa, sus estancias y mis espacios vivían en orden y armonía. Siempre. Soy cuadriculada para algunas cosas (bastantes, vale), y no sé si el famoso equilibrio de los libra también tendrá algo que ver. Soy muy exigente en algunos aspectos, como la puntualidad, mientras que en otros soy más relajada. Y dentro de la maternidad, este equilibrio que compensa exigencias y tranquilidad ha ido cambiando a la fuerza, y bastante.
Siendo madre he aprendido el significado absoluto de la palabra PRIORIDAD. Para empezar, porque desde el momento en que mi primer guisante se asentó en mi tripa, mi modo de vida ya giraba por y para ella. Y así ha seguido, con el segundo de por medio, hasta el día de hoy.
Cuando todo tu tiempo es para ti, para tu profesión, para tus ratos de pareja, para tu casa y tus amigos y familia, considerando todos estos elementos como parte de tu "yo" soltero y sin compromiso, tus prioridades son muy diversas. Cuando todo tu tiempo o el 99% de él es para tu papel de madre, la cosa cambia. Y te das cuenta, un buen día, y después de varios o muchos intentos frustrados de tener la casa impoluta y perfecta, de que intentar abarcar todo a costa de los pocos ratos de descanso que te quedan, o de la pérdida constante de humor y alegría, es tan poco inteligente como la vida que hayan podido encontrar en algún remoto planeta.
Así que, de pronto, asumes de buena gana que los juguetes esparcidos por todo el salón son de lo más estético, que las camas sin hacer no te convierten en la peor persona del planeta y que la ropa que está por doblar y guardar no va a escaparse por pasar un par de días sobre la cama de sobra.
Además, aprendes que lo que está ocurriendo en tu casa es simplemente sinónimo de VIDA, así, en mayúsculas. A que mientras tus hijos estén sanos, crezcan felices y no te falte qué ofrecerles en cada comida ni un lugar para que duerman seguros, el hecho de que sólo sepan jugar sacando absolutamente tooooodo de su sitio, es ALEGRÍA y SALUD.
Que sí, que hay días en que se me cruza al cable, como a media humanidad, y me levanto torcida, o me voy torciendo, y el desorden me molesta visualmente tanto que acaba molestándome anímicamente, al fin y al cabo soy humana y algo de mi yo "premadre" me queda en el cuerpo. Pero son los menos.
A mí me gusta mi casa a colores, con vida, con juguetes en mi cajón de ropa interior (que no sabes ni cómo ni cuándo llegaron ahí), con música sonando, con niños bailando al son de la música mientras se quitan la ropa del día porque van a meterse en la bañera. Me gusta mi casa algo loca, desordenada y, a veces, sacándome de quicio.
Me gusta el DESORDEN ORDENADO que rodea a una familia con niños sanos y felices. Los míos. Me encanta haber aprendido a relativizar ciertas cosas, a dar importancia a las que realmente lo tienen, a aprender de prioridades, a disfrutar del momento. Me gusta enfadarme a veces con el desorden y el jaleo cuando estoy agotada, y a continuación, desenfadarme y aterrizar de nuevo en la suerte de vida y familia que tengo.
Todos tendríamos que aprender del DESORDEN ORDENADO EN EL QUE VIVE LA MENTE DE UN NIÑO, aprender a relativizar el día a día y sus historias con la naturalidad que ellos lo hacen, y así dar verdadera importancia a aquello que realmente la merece por vital.
¿Para qué una casa museo, ordenada y perfecta, si eso supone mal humor, cansancio innecesario, borrar sonrisas y coartar carcajadas y naturalidad inocente?

Yo me quedo con la mía.
Feliz tarde de desorden y domingo.

13 de junio de 2016

Quiero a mis hijos libres

Si hay algo que como madre tengo claro es que quiero que mis hijos sean felices, y que sean felices sin la necesidad de pisar a nadie en su camino a la felicidad.
Quiero que mis hijos se ganen el respeto de sus semejantes porque son buena gente y no porque atemoricen a los que tienen delante.
Quiero que mis hijos sepan que para amar a alguien sólo tienes que querer hacerlo, sin más, sin condiciones, sin titubeos, sin complicaciones, sin egoísmos. Y que esto no implica que tengan que aguantar carros y carretas en una relación, porque amar no significa soportar ni aguantar.
Quiero que mis hijos sean felices solos, o en pareja, o en comuna. A mí me va a dar igual mientras su felicidad implique sentirse plenos, sin dañar ni ser dañados. Y me dará igual el color de piel de quien escojan si es que han decidido vivir acompañados. Me dará igual que firmen un papel o ninguno. Me dará igual si quien está con ellos es de su mismo sexo o del sexo opuesto mientras lo que sienta y lo que demuestre sea recíproco a lo que sienten y demuestran ellos.
Quiero que mis hijos sean libres, se sientan libres y se crean libres siempre que su libertad no suponga acabar con la de los que los rodean. Y que esa libertad bien entendida sea sinónimo de respeto y empatía para con los demás, íntimos y no tanto. Libertad libre de prejuicios.
Quiero que a mis hijos los dejen ser libres. Y quiero que los dejen elegir y hacer con su vida lo que ellos consideren, sin tener que esconderse cuando lo que elijan no tenga nada que ver con lo que está bien visto socialmente según lo establecido por los siglos de los siglos.
Quiero que a mis hijos se les quiera y acepte por cómo son y no por lo que son. Quiero que se les quiera porque son personas con valores y no porque siguen una moda, pertenecen a determinada ideología o defienden ciertas creencias religiosas. Y quiero que ellos hagan lo propio.
Quiero que mis hijos crezcan felices y libres. Que maduren siendo felices porque son libres. Que vivan siendo libres porque son felices y respeten y elijan la libertad como modo de vida. Y que este loco mundo se lo permita.

22 de mayo de 2016

En esta casa hay normas

Y si nuestros hijos han de cumplirlas, los hijos de los demás también. Podéis pensar que soy una rancia o una seca. Lo que desde luego sí que soy es una madre preocupada porque sus hijos conozcan el verdadero significado de la palabra educación. Parto de la base de que nuestros hijos no son perfectos, ni lo queremos, ni nuestra educación es el modelo a seguir, pero hay una serie de normas básicas convivenciales que no estaría de más que todos enseñáramos a nuestros churumbeles, ya que como bien dice la canción de Elefantes: "Eh tú!! No se te ocurra dejar el suelo sin barrer, que alguien debe venir detrás cansado igual como tú, tratando de entender que sólo somos olas en el mar...".
En nuestra casa jugamos mucho, y hacemos el marrano con arena, plantitas y demás historias para hacer pociones mágicas, llenamos el suelo de purpurina de mil colores cuando estamos metidos de lleno en alguna manualidad, nos perseguimos por toda la casa para matarnos a cosquillas, ponemos la mesa de la cocina y el suelo perdidos de harina y huevo si estamos preparando un bizcocho, convertimos el salón en una juguetería sin orden ni concierto o en un mercadillo de disfraces, llenamos la bañera de espuma para que mamá y papá acaben hasta arriba de la misma, jugamos a peluquería y acabamos llenos de colonia y lo que no es colonia, bailamos hasta caer rendidos con la música más alta de lo normal (jamás a horas intempestivas)... Pero no botamos en el sofá con los zapatos de la calle, ni dejamos todo por recoger cuando hemos acabado de jugar, ni decidimos nosotros la hora en la que visitar al vecino, no. Hay cosas, que parecen tonterías pero que no lo son. Mis hijos saben que para subir al sofá aquí en casa, dado que sus piernas no son aún lo suficientemente largas como para que los pies les cuelguen, se han de quitar los zapatos de la calle, pero no para botar (y sí, claro que en la cama botan, sobre todo cuando no los vemos). Obvio, yo he visto a mi hijo sin zapatos en el sofá de otras casas y haciendo el intento de ponerse a botar, que al fin y al cabo es un niño, pero he estado ahí y lo he frenado en seco, no me he dedicado a mirar para otro lado.
Nuestros hijos conocen la normas de su casa y pueden pensar que en todas partes son iguales, a no ser que desde bien pequeños les hagamos entender que cada casa es un mundo, y que preguntar no es ofender. Igual que pueden aprovecharse del hecho de que justamente no están en su casa para hacer lo que les place, aunque mi experiencia me dice que si conocen normas, esto no es lo normal. Si a eso le sumamos el estar pendientes de su comportamiento cuando estamos en una casa ajena, estamos ayudándolos a aprender el verdadero significado del respeto. Cuando entramos en la intimidad de otro hogar porque alguien nos abre sus puertas y nos da su confianza, lo suyo es intentar no cargarnos su armonía, al margen de que ésta case o no con nuestra manera de hacer las cosas. Si a mis hijos les enseño a que el sofá no es el lugar en el que botar con los zapatos de la calle, espero que cuando vayan a otro casa sigan esa premisa, aunque vean a otros botar. Si saben que cuando acaban de jugar han de recoger, espero de ellos que lo hagan donde vayan, aunque no sepan dónde va cada cosa, y si no es así, ya estaremos nosotros para hacerles memoria. No considero que las normas que tienen sean estrictas, creo que son simplemente necesarias para saber convivir en grupo, ya que luego las costumbres y actos se trasladan a su vida fuera de casa, y en un futuro, a su vida independiente.
Lo que llevo peor, lo reconozco, y no sé si tendrá que ver con el hecho de ser maestra y pensar que en fin de semana no estoy ejerciendo como tal sino como madre, es el hecho de ver a mis hijos, en mi casa, comportándose como niños, pero con sus normas, mientras que los hijos de los demás no parecen tener respeto por ninguna y a sus padres no parece importarles demasiado. No es lo normal, obvio, al fin y al cabo uno acaba juntándose con quien está a gusto en todos los sentidos, incluído en lo que implica la crianza, pero en más de una ocasión te encuentras con situaciones en las que el pensamiento natural en tu cabeza es: "¿pero qué necesidad?".
Insisto, mis hijos se equivocan a diario, igual que nosotros sus padres, gracias al cielo. Y creo que es importante que prestemos atención tanto a lo que hacen mal como a lo que hacen fenomenal. Pero no deberíamos olvidar jamás que estamos criando unas personitas que van a formar parte, ya son parte, de una sociedad que necesita el respeto como clave para poder tirar hacia delante, y conseguir ese respeto es aprender que si actúo según me place sin mirar si mi actitud fastidia al de al lado, me cargo la armonía; y que si el de al lado no mira por mí no tiene que condicionar mi manera de ser y hacer. Al menos así lo vemos aquí.
Los niños son niños, y por eso tienen padres, para seguir siendo niños. Así que somos nosotros, sus progenitores, los que dejamos mucho que desear en muchas ocasiones, sin pensar en que educamos con nuestros actos y que nuestros hijos son nuestro reflejo, el mejor, o el peor.

24 de abril de 2016

A ti, que acabas de ser madre

A ti, que hace apenas unos días eras sólo tú y ahora andas dividida entre tu yo y el suyo.
A ti, que acabas de entrar de lleno en la maravillosa vorágine que supone la maternidad por primera vez.
A ti, que titubeas aún cuando pronuncias su nombre porque aún no te crees que esa cosa bonita te llene tanto cada segundo de tu vida.
A ti, a la que el mundo le ha dado un giro de 180° de repente, porque sí y para siempre.
A ti, la que ya nunca más pensará en singular, ni siquiera para idear sus planes en solitario.
A ti...
Déjame que te pida que creas en ti. En tu capacidad de ser madre. En tu amor infinito que lo hará todo más fácil aun cuando ya no se pueda más.
Deja que te recuerde que nadie lo hará mejor que tú con esa criatura que tanto tiempo ha estado en ti, porque nadie mejor que tú la ha vivido y la conoce de esa manera tan privada.
Deja que te diga que, aun incluso cuando pidas mi opinión, debes guiarte por tu instinto, por lo que te pide el cuerpo, por tu saber hacer.
No permitas que nadie jamás te haga sentir incapaz. No permitas que nadie nunca te haga creer que no sabes o puedes.
Olvida las opiniones, los consejos y las sugerencias, incluso las mías, sobre todo las mías.
Y dedícate a hacer lo que mejor sabes: AMAR. Ésa es la única clave: el amor incondicional y desinteresado. El de verdad.

Con M de Madre

16 de abril de 2016

TE RETO

Querida hija:
Te reto a creerte capaz de comerte el mundo, de trepar al árbol más alto sin más ayuda que tu empeño y perseverancia, a desafiar a las alturas desde tu castillo en el aire, a sonreír incluso cuando duele, a enfadarte conmigo cuando no compartas mi opinión, a luchar por tus ideales aunque (y porque) no tengan nada que ver con los nuestros, a querer salirte con la tuya, a desafiar lo establecido, a saltarte las normas siempre que eso no suponga dañar al de al lado, a ser valiente porque eres mujer y las mujeres lo somos, a llorar sin miedo a parecer cobarde porque llorar no es de cobardes, a amar con locura a quien tú desees y no a quien la sociedad te diga que has de amar, a creer en tus propias causas y a crearlas también, a no seguir estereotipos ni modas más allá de los que tú te marques como tales, a vivir al límite sin que eso suponga herirte ni herir, a respetarte y amarte como jamás pensaste. A creer en ti. A saber que puedes. A sentir que llegas. A volar. A vivir. Sobre todo eso... TE RETO A VIVIR.

Querido hijo:
Te reto a creerte capaz de comerte el mundo, de trepar al árbol más alto sin más ayuda que tu empeño y perseverancia, a desafiar a las alturas desde tu castillo en el aire, a sonreír incluso cuando duele, a enfadarte conmigo cuando no compartas mi opinión, a luchar por tus ideales aunque (y porque) no tengan nada que ver con los nuestros, a querer salirte con la tuya, a desafiar lo establecido, a saltarte las normas siempre que eso no suponga dañar al de al lado, a ser valiente y reconocer y creer de corazón que las mujeres lo somos tanto como vosotros los hombres, a llorar sin miedo a parecer cobarde porque llorar no es de cobardes, a amar con locura a quien tú desees y no a quien la sociedad te diga que has de amar, a creer en tus propias causas y a crearlas también, a no seguir estereotipos ni modas más allá de los que tú te marques como tales, a vivir al límite sin que eso suponga herirte ni herir, a respetarte y amarte como jamás pensaste. A creer en ti. A saber que puedes. A sentir que llegas. A volar. A vivir. Sobre todo eso... TE RETO A VIVIR.

CON M DE MAMÁ y R de RETO

30 de marzo de 2016

Tú y yo. Yo y tú.

Nos enamoramos y nos amamos con locura, con pasión, con instinto, con deseo, sin vergüenza.
Pasa el tiempo y vienen los sueños planeados y se van cumpliendo porque los vamos buscando, los trabajamos, no los dejamos escapar.
Llegan los hijos. Bendito regalo cuando nuestro proyecto de futuro de entonces contaba con que vinieran un buen día a completar nuestro cupo de deseos.
Y seguimos enamorados, amándonos con locura. Con la locura de a veces no poder ni hablarnos por cansancio. Con la pasión de seguir construyendo hogar. Con el instinto de un padre y una madre que luchan por criar a sus hijos lo mejor que saben. Con el deseo de seguir juntos una eternidad. Sin la vergüenza que corresponde sólo a quien consigue lo que es no dejando a otros que sean.
Porque nos amamos, de la misma manera pero diferente. Más profundo. Más cómplice. Más cómodo. Más de andar por casa.
Porque nos amamos aun cuando la piel no es tan tersa como la de aquella primera vez. Y sin embargo, el temblor de querernos es el mismo porque es la frescura de la mirada la que suple ese deseo joven. Nos deseamos aun con el paso del tiempo marcado en nuestras arruguitas junto a los ojos. Que se nos han marcado a fuego de tanto haber reído y llorado juntos. Nos deseamos aun cuando los partos han hecho mella en mi cuerpo y la falta de tiempo en el tuyo. ¿Y qué? Nos amamos porque nuestra mirada es la misma que la de aquel primer día. Su intensidad sigue intacta. Nuestra complicidad es mucho más grande que entonces porque conocemos cada uno de nuestros secretos, marcados a fuego en la piel que envejece de pura experiencia y, justo por saberlos bien es porque nos queremos tanto.
Misma mirada. Con la piel más curtida, más vieja. Muchos más años. Muchas más vivencias. Muchas más risas y muchas más lágrimas. Años después... Aquí andamos. Ilusionados como niños con la tontería que hace ya un tiempo largo nos entretuvo más de la cuenta y aún hoy continúa: tuyyoyoytú.

CON M DE MAMÁ y T de TUYYOYOYTÚ

5 de marzo de 2016

Quiero ser MADRE.

Quien no me conoce o quien me conoce más bien poco puede pensar que soy una madre extra entregada. Una madre que antepone a sus hijos a todo lo demás. Quizás, quien así lo ve piensa que debería desprenderme más o concentrarme más en mí y esas cosas que ahora están tan de moda.
Quien me conoce apenas, aunque crea saber mucho de mí, ni se imagina que si dedico grandísima parte de mi vida a mis hijos es porque yo no tuve a mi madre conmigo siempre que la necesité porque se fue demasiado pronto, porque el tiempo me ha dejado sólo algunos recuerdos que no son los que el corazón necesita cuando hace frío y busca calor. Y porque, aunque la vida quiso ponerme una madre durante gran parte de mi infancia, adolescencia y comienzo de edad adulta, las circunstancias, y mi propia elección de vida, también se han encargado de que ese lazo ya no exista.
Si mis hijos están enfermos quiero que tengan mi calor junto a su cuerpecito. Si están tristes quiero que cuenten con mi apoyo. Si no han tenido el día fácil o la noche los despierta para recordárselo quiero que me encuentren cuando vuelan a mi cama.
Quien me conoce poco pero me mira con mirada de saber mucho no entenderá que yo deje lo planeado cuando mi hija llega del colegio con fiebre, o cuando mi hijo lleva toda la tarde con asma.
Quizás, sólo quizás, puedan pensar que gestiono mal mi tiempo, que me quemaré antes, que los niños se acostumbrarán a tenerme cuando quieran y siempre.
Y ¿sabéis qué? Que eso es justo lo que quiero. Que mis hijos sepan que me tendrán siempre, siempre que me necesiten, siempre que necesiten un abrazo calentito, siempre que lleguen a casa con una decepción, siempre que empiecen una nueva historia de amor y hayan superado su primer desengaño, siempre que discutan con su mejor amigo, siempre que el examen les salga peor de lo esperado, siempre que consigan la beca que tanto anhelaban, siempre que logren eso que tanto perseguían, cuando anuncien que se independizan, cuando digan que van a ser papás, cuando inicien su vida en pareja o en comuna, cuando se vayan a la otra punta del universo... En resumen, siempre que necesiten una MADRE, con todo lo que esta enorme palabra significa e implica: amor, dedicación y tiempo, todo el tiempo del mundo.
Quien me conoce a fondo sabe que no me gusta la compasión. Tampoco la necesito. Hablo de mi vida con naturalidad porque creo que la vida es así y punto. Todos tenemos nuestra particular batalla con ella y elegimos lucharla o quedarnos quietos.
Yo intento ser la madre que creo que mis hijos necesitan, ni mejor ni peor que ninguna, con mis ratos para mí sola y mis ratos para ellos, que suelen ser muchos más. Con mis mil errores y unos cuantos aciertos. Esa madre que se pone a cantar y bailar como una loca festivalera sólo por verlos reír. Esa madre que llora a ratos porque es humana y se cansa. Sólo intento ser esa madre cuya sonrisa les reconforta y les hace olvidar todos sus males y les hace pensar que todo va a estar bien. Porque, en definitiva, lo que yo quiero es... ser MADRE.

CON M DE... MAMÁ

26 de febrero de 2016

E de Emociones y Empatía


Yo soy muy llorona. Pero mucho. Lloro tanto de alegría como de pena.
También me río mucho, muchísimo. Y de hecho si me entra la risa tonta, puedo ser muy pesada.
También me enfado, a veces el enfado es suave, otras es mejor que no te pille delante.
También me decepciono. Y me derrumbo.
Pero también tengo el alma cálida, fuerza para levantarme después de cada caída o tropezón y creo en las personas, aun cuando me han clavado el puñal por todas partes y varias veces.
No escondo mis emociones. No me avergüenzo de ellas. No creo que mostrarlas sea signo de debilidad. Tampoco digo que lo sea de fuerza. Simplemente las vivo y las muestro porque soy así.
Dicen que soy una persona muy resiliente. Tal vez. Yo creo que más que resiliencia lo que tengo es amor por la vida, la mía y la de los míos. Y es justo eso lo que intento transmitir a mis hijos, con mis actos y mis palabras.
Me equivoco. Con ellos. Mucho. Muchas veces muchos días. También me disculpo cada una de esas veces. Creo firmemente que es la mejor manera de que ellos aprendan a disculparse cuando cometan errores también. Saben que soy humana y extremadamente patosa, pero pienso que igualmente saben que los amo por encima de todo y que mi vida tiene más sentido gracias a su existencia.

Yo soy muy llorona. Y muy payasa. Mis hijos me ven llorar y hacer el cabra a partes iguales. Y se sienten libres para preguntarme el porqué de mis llantos. Y yo me siento libre y en absoluta confianza de contarles por qué lloro o por qué me siento tan viva y feliz.
En casa no nos escondemos. No tenemos tabúes, ni secretos, ni temas prohibidos. Nadie nos garantiza que eso lo haga todo más fácil. Vamos a vernos en mil y una situaciones complicadas porque su crianza no ha hecho más que empezar. Pero todas esas situaciones serán infinitamente más cómodas gracias a que confiamos plenamente los unos en los otros.
Yo abrazo a mis hijos con todas mis fuerzas cuando salen del cole. Cuando vienen tristes, o serios. Cuando se acuestan, cuando se levantan, mientras están dormidos. Necesito transmitirles mi calor y hacerles saber que siempre me (nos) tendrán. Mis hijos me abrazan cuando salen del colegio, cuando me ven triste o seria. Me abrazan cuando se acuestan, cuando se levantan y cuando a media noche se desvelan con miedo. Mis hijos preguntan por nuestros sentimientos, se ponen en nuestro lugar, están aprendiendo a sentir lo que siente el otro. Se preocupan por las personas que tienen a su alrededor, sin importarles el grado de relación. Son empáticos.

Creo que las emociones son una suerte en nuestra vida. La empatía un regalo que nos llega a través del conocimiento de nosotros mismos y de nuestras emociones. Así lo veo yo. Así lo vivimos en casa. Y así de bien nos va, con nuestros aciertos, nuestros errores y nuestro continuo aprendizaje.

¡Feliz viernes!

CON M DE MAMÁ y E de EMOCIONES y EMPATÍA

14 de febrero de 2016

Maternidad a presión, como las ollas.

A veces sólo necesito escribir. No hay temas concretos, nada ocurrente; simplemente mi mente está en estado de ebullición y necesita soltar vapor a discreción para recuperar la cordura.
Es en esos días en los que más necesito encontrarme conmigo misma, cuando más imposible es porque el sueño me llega mucho antes de lo previsto, o porque después de todo el día usando el coco a velocidad ultrasónica, me pongo delante de la pantalla y me quedo como ella: en blanco.
La maternidad nos deja pocos rinconcitos nuestros, propios y de nadie más. Solemos compartir el día y cada uno de sus segundos con nuestros hijos y con nuestros compañeros de trabajo, y con nuestros otros "niños" (alumnos) y/o con nuestros quehaceres caseros; a veces, con suerte, también algún rato con nuestras parejas o alguna amiga. Pero la rutina semanal deja poco espacio para sorpresas, y normalmente el lunes va demasiado seguido del martes, y el martes del miércoles, y así hasta el domingo y vuelta a empezar. 
Hay semanas en las que se juntan las enfermedades infantiles en pleno auge, con los enganchones de espalda, la faena atrasada del trabajo y la faena de casa, y simplemente, no ves la luz al final del túnel ni enfocando con una linterna.
Hay semanas en las que, a pesar de todo, no sabes cómo pero sacas tiempo y espacio de donde no los hay, y te sientes la más dinámica del mundo mundial, y todo es felicidad y buen rollito, y pareces una flor hippy en pleno festival de Woodstock. Esos días son simplemente geniales. Luego vienen los días en los que piensas que si vuelves a oír un "mamiiiii" más en tono lastimero vas a tener que hablar seriamente con Houdini para que te haga desaparecer, o con Harry Potter para que te venda su invisibility cloak.
Nobody said it was easy que diría mi querido Chris Martin. Ya hijo, ya. Pero derecho al pataleo tenemos todos, y hoy me pillas cansada hasta la médula y con una necesidad de vacaciones maternolaborales que ni te imaginas. 
Además, por aquí llevamos ya dos horas de rodaje y de momento ya ha habido 20 discusiones fraternales (y seguimos sumando), 10 situaciones de cabezonería pura y dura repartidas entre ambos a partes iguales, varios (muchos) intentos frustrados de conversación entre Papi y yo, niveles de decibelios que superan los de cualquier zona ZAS cada vez que hablan o cantan (que nos hemos levantado hoy en modo Pavarotti y Callas), y suma y sigue. Nada que no pueda arreglar un paracetamol. ¡Mieeerda! ¡No queda! No problem. Voy a amorrarme a la botella de apiretal a la de ya. Y a continuación me voy a por los cantos rodados que tengo en las macetas para metérselos en los bolsillos, porque aunque hace un viento que ni el tornado del Mago de Oz, o salimos a tomar el fresco (figurado, porque por aquí seguimos en primavera) o a la hora de comer estoy pillando tren a donde sea. ¿Algún alma caritativa que me acoja en su reino?
¡Aleeeee! ¡Feliz domingo! ¡Y feliz San Valentín a quienes lo celebréis! 
Nosotros no somos de 14 de febrero, ni de regalitos ni declaraciones de amor justo hoy por ser el día que es, pero que sea domingo ya es una suerte. Y poder pasarlo con mis tres tesoros lo es mucho más. (Con paracetamol y piedras, eso sí).

CON M DE MAMÁ y O de Olla a presión

19 de enero de 2016

Lo que mi maternidad esconde

Hay días rosas y otros de un fuerte amarillo chillón. Otros sin embargo oscilan entre el gris oscuro y el gris nubarrón de tormenta. Nada nuevo que no sepas. Nunca adivinas qué va a deparar el día, porque un nanosegundo es suficiente para que cambie el curso de las circunstancias y se pase de un día cargadito de buenos momentos a un día que acaba como el rosario de la aurora.
La maternidad esconde bajo su manto el límite más limítrofe, válgame la redundancia, entre el blanco y el negro, el día y la noche, la paciencia y el desespero, la calma y la tempestad.
La maternidad tiene ese maravilloso don de hacerte experta en "malabarismos en tiempo personal", porque suele reducirlo al mínimo, sin común múltiplo ni nada, a pelo, y te deja todos tus planes aplazadísimos para la posteridad más lejana, sin fecha exacta.

Mi maternidad me regala momentos únicos; me ha convertido en alguien más que consciente de la suerte de tener la bonita familia que tengo, me obsequia con las sonrisas diarias de dos hijos felices, que se sienten amados hasta la médula, que se saben cuidados y que adoran estar con nosotros y ser parte importante de ese "equipo" que saben que somos. Pero como en cualquier maternidad, la mía también me regala noches eternas de ataques de asma, toneladas de impotencia, kilos y kilos de cansancio extra y paciencia con fecha de caducidad a corto plazo cuando los astros se alinean para que todo se ponga en contra y a los dos se les tuerza el morro a la vez.

Es en esos días de noche tras noche, y tarde tras tarde, en los que me descubro más ermitaña de lo que jamás habría imaginado. Es en esos días cuando reconozco el nuevo yo que me aporta esta maternidad cada vez más añeja: mi yo solitario, con los míos de casa, con mi gente, adorando la naturalidad de las cosas, ignorando las estridencias y las apariencias que no son más que eso. Mi maternidad esconde el amor por la sencillez de lo imperfecto, de la arruga, el orden desordenado, el regalo de un rato de silencio, el horror que me causan cada vez más el bullicio y el compromiso. Mi maternidad esconde noches de viernes y sábados con mi amor, enrollados en la manta mientras dejamos que el silencio y la calma nos abracen, sin más. Me regala tardes de invierno en casa, con o sin un chocolate caliente y un bizcocho acabado de hornear, paseos al sol mediterráneo mientras nuestros Pichu y Rubiazo hacen carreras por delante nuestro. Mi maternidad cada vez es más amiga de los buenos ratos con las personas que realmente valen la pena por su sencillez, bondad y naturalidad y menos de los asuntos que me relacionen con aquellas con las que tengo poco o nada en común, ya que cada vez me cuesta menos elegir sin sentirme mal por decir no.

Mi maternidad se compone de días en los que volaría a Honolulú y otros en los que podría escribir una oda al amor materno-filial. En esos días en los que pienso en comprar billete al paraíso es cuando crezco sin darme cuenta, a base de trompazos, de sentimientos encontrados y de reconocerme cazurra total. 

Mi maternidad esconde días grises y días de nubarrones negros bien cargados. Esconde días amarillos y naranjas y días del azul claro más tranquilo.

Todo ese cúmulo de contraposiciones, opuestos, calma y nervio, soy yo; en esto me he convertido. Mi maternidad me ha permitido, y me permite, conocerme a fondo. A veces me gusto mucho, otras cruzaría a la acera de en frente para no chocar conmigo misma. 

Seguiremos creciendo. Ser madre es el camino del crecimiento constante. O así lo veo yo.

CON M DE MAMÁ y de MATERNIDAD.

5 de diciembre de 2015

Ver, interiorizar y reproducir.

Los niños lo absorben todo. Se quedan con todo. Lo reviven todo un tiempo después en sus cabecitas, cuando nosotros ya ni nos acordamos de aquello que pasó hace tiempo.
Ayer por la noche Rubiazo me quiso contar un cuento. Yo estaba en la cama con anginas, muy floja, sin poder ni tragar saliva después de haber forzado la máquina toda la semana.
El cuento que llevaba cuando subió a mi cama era uno que habla de un osito y su camión. Sin embargo, él, mientras pasaba las páginas, me contó el siguiente cuento, con sus frases cortas y a veces mezcladas: "Pepito estaba muy cansado y le dolía la pancha. Quería estar con su mamá. Luego no podía hacer caca, pero luego se hizo caca encima y su mamá le puso "eso" en el culete y ya no se hizo más caca. Y él sabe que su mamá es una guapa."
Resulta que el viernes pasado Rubiazo llegó cansadísimo del cole, pasó toda la tarde lloriqueando, ñoño, protestando por todo y, cosa extraña en él, no quiso ni cenar. Sólo quería estar conmigo, tomar pecho y dormir. El sábado por la mañana se levantó mejor, sin embargo, al poquito rato, el pobre estaba con diarrea. Como no podía controlar cuando hacía y se sentía mal e incómodo, se me ocurrió ponerle un salvaslip como emergencia, explicándole que eso, al menos, le iba a proteger un poquito y así no se mancharía los pantalones y se sentiría menos agobiado. La verdad es que el socorrido salvaslip lo alivió mucho y, además por suerte, a mitad mañana ya estaba bien.
No me cabe duda de que su cuento de ayer noche fue su manera de darme las gracias ❤ y de reconocer los cuidados que le di. Rubiazo se quedó con la tontería de invento sobre la marcha que le hice, y que evitó que volviera a mancharse y se sintiera mal. Ya hace un año que no usa pañal y, aunque ocurre muy de uvas a peras y siempre por la noche, no le gusta tener escapes; da igual que lo consolemos y le expliquemos que sólo ocurre cuando está muy dormido, que es algo normal y siempre esporádico, y no pasa nada. El caso es que a él el salvaslip le supuso una gran ayuda. Y su manera de decírmelo no pudo ser más dulce: a través de un cuento y con piropos. ❤
Los niños lo absorben todo, y tal cual lo reflejan.
Los padres deberíamos tener esto mucho más presente de lo que lo tenemos en algunas ocasiones. Ellos no sólo ven, oyen y callan. Ellos ven, interiorizan y reproducen. Son nuestros reflejo más fiel, para bien o para mal.
Todos, yo la primera, deberíamos tener más en cuenta que para nuestros pequeños somos los espejos donde mirarse, y que su imagen, con todo lo que ello conlleva, es una proyección de nosotros mismos.

CON M DE MAMÁ Y H de HIJOS

4 de julio de 2015

Pan con aceite y sal

¿Qué queréis para merendar?
Yo pan con aceite y sal.
Yo "tammién".

Esta conversación puede repetirse un día tras otro sin que lleguen a cansarse de oírse a sí mismos respondiendo sieeeempre lo mismo. Yo, como madre pesada y demás adjetivos que lleva intrínseco el titulito, insisto en darles más opciones cuando se trata de bocadillos: fiambres varios, queso y mermelada (en el caso de Rubiazo, éste le hace competencia al de aceite y sal), atún, atún y olivas, mantequilla y acompañantes, Nutella... Just in case se deciden a hacer un cambio drástico en sus vidas y variar un poquito. Pues ni por esas. Aquí lo único que cambia es la forma del bocadillo en cuestión: hoy de corazón, hoy de Mickey, hoy de círculo, hoy de ratón surfista...
Y es que los adultos, sin querer, a veces vivimos empeñados en abrir todo un mundo de posibilidades, seguimos corrientes según las cuales la sofisticación y la multitudinaria variedad de recursos que poner al alcance de los nuestros es lo que debe primar.
Y al rato llegan nuestros pequeños y nos hacen aterrizar de golpe al origen de las cosas, a la sencillez, la simplicidad del "vivir porque sí"... y hacen que nos demos cuenta de que nos complicamos porque ¡somos adultos y estamos oxidados!
Pan con aceite y sal.
Me parece un lema precioso para vivir. Perfecta filosofía de lunes a domingo y vuelta a empezar.
Me cuesta no complicarme la vida, soy adulta, ya sabéis. Pero prometo firmemente hacer de esta sabrosa, tradicional y simplona combinación mi motto cada vez que algo se tuerza.
Pan con aceite y sal.
Porque las cosas sencillas son las más divertidas, las que nos provocan una carcajada tras otra.
Porque pan con aceite y sal es tirarse de bomba a la piscina, llenar la típica piscinita "Toy" para que se refresquen y que acabe el agua más fuera que dentro, hacer guerra de arena mojada en la playa hasta que no quede piel sin rebozar, empezar una batallita inocente de pistolas de agua y acabar a cubazos, salir a regar las plantas y regar a toda tu familia, hacernos cosquillas hasta no poder más, vaciar la tarrina de helado, escuchar los pájaros rezagados que tardan en acostarse, que los grillos canten toda la noche, cenar montones de fruta o un vaso de leche con ositos, saltarse todas las rutinas con trampolín, hacer sesiones de jardinería casera, improvisar una cena para los amigos de tus hijos, improvisar una cena con amigos, convertir una merienda en cena y resopón porque estás más a gusto que un arbusto, no hacer las camas hasta mediodía, bailar nuestras canciones de juventud con los peques y cantarlas a grito pelado, estar comiendo bien formalitos y que uno de los pitufos haga una gracia y se abra la veda de carcajadas, que alguno de los dos enanos nos mire de reojo y empiece a bailar mientras come y acabemos todos haciendo el pavo, una mirada cómplice en una situación crítica y tener que aguantarte la risa...
Es que la vida con hijos no es más que PAN CON ACEITE Y SAL. No nos empeñemos en complicarla porque no funcionará.
¿Te apuntas?

CON M DE MAMÁ y P de PAN CON ACEITE Y SAL

20 de junio de 2015

10 cosas que mi hijo debe saber

Querido hijo,
El día a día se lleva demasiado rápido las conversaciones, las mini tertulias contigo vuelan y no siempre tienen final porque, aunque comprendes absolutamente todo, no dejas de ser un pitufo de dos años y medio que al rato de escuchar mi rollazo... ¡Cambia de tema para que capte que el tiempo de cháchara ha terminado!
Así que he pensado que estaría bien dejarte por escrito diez cosas que deberías escuchar, al menos, una vez al día, y que estoy convencida de que irán dejando poso en tu cabecita y tu corazón, mientras forman y forjan tu autoestima, tu carácter, tu confianza y tu seguridad. Las escribo para cuando prefieras leer a que te lean, o para cuando no pueda decírtelas yo porque mi voz se haya apagado. Así las tienes para siempre, por si alguna vez se te olvida alguna.
Ahí van pues:

1. TE AMO. Por encima de todas las cosas. Más allá de mis posibilidades. HASTA LA LUNA Y VUELTA, infinitas veces.
2. Eres un amor. Un bombón. Una cosa bonita. No podría ser de otra manera ya que naciste del amor más grande entre dos personas. Que nadie te haga creer lo contrario.
3. Tu sonrisa rechoncha ilumina hasta el día más negro. Eres felicidad en estado puro y recargas nuestra energía sólo con mirarnos y sonreír.
4. Tienes la mirada más profunda y expresiva que he visto nunca. Sigue hablando a través de tus ojos, haces magia con ellos, nosotros seguiremos escuchando atentos lo que nos tienes que decir.
5. Tienes un corazón grande y noble. No dejes que nada ni nadie te quite esa virtud.
6. Eres muy, muy divertido y tienes, a pesar de tu corta edad, un humor inteligente que enamora.
7. Papá, Pichu y mamá SIEMPRE vamos a estar para ayudarte, sostenerte, guiarte y reconfortarte. Siempre. A pesar de nada y a pesar de todo. Somos un equipo, no lo olvides nunca.
8. Confiamos en ti. Ante todo y sobre todo. En todas las situaciones y en todo momento. Porque sabemos que, incluso cuando te equivoques, sabrás hallar el camino de vuelta a tu origen.
9. Puedes confiar en nosotros, porque siempre vamos a escucharte antes de juzgarte, porque no te reñiremos sin antes saber por qué has actuado así o qué te ha llevado a hacerlo, y porque valoramos ante todo y sobre todo la sinceridad. Y aquí no castigamos la sinceridad, sino que la premiamos con apoyo y diálogo.
10. Conseguirás todo lo que te propongas porque tienes carácter suficiente para llevar a cabo tus anhelos y tus sueños, y un don de gentes que enamora a la primera. No te rindas nunca. La vida es como esa pelota de basket que tanto te gusta y que no te cansas de intentar encestar. Sé que llegarás lejos, no me cabe duda.

Con todo mi amor de madre. Con toda mi admiración y respeto hacia una personita que, con apenas dos años y medio, ha demostrado ser valiente hasta la médula y luchador como pocos. TE AMO, TE ADMIRO, TE RESPETO.

CON M DE MAMÁ y R de RUBIAZO

15 de junio de 2015

10 planazos (sin hijos) que no puedes perderte

10 planazos que no puedes perderte... si eres madre o padre y necesitas tiempo sin niños, en compañía de adultos o contigo mismo.

Aquí va mi lista básica:

1. Elegir una peli, da igual cuál mientras no sea de Disney Channel y los personajes, humanos o no, no canten... y quedarte sopa en los créditos iniciales.
2. Elegir un buen tinto, tu preferido a ser posible, y ponerlo a refrescar un poco para pegarte una súper cena con Papi. Que llegue la hora C, o de la cenorra, y cambies el vino por un vasito de leche porque te caes por las esquinas.
3. Organizar varias comidas y/o cenas con amigas, elegir sitio, hora y hasta menú, y dejarlas tiradas porque el asma, los virus o una rabieta de tres horas te atrapa en bucle y no te deja huir.
4. Decidir que quieres prepararte un examen importante; sentirte emocionada y motivada como nunca... y cambiar esa ilusión máxima por una sensación de ridículo extremo cuando llega el día del examen hasta el punto de que tienen que obligarte a ir porque planeas hacer pellas.
5. Quedar con las mamis de las amigas de tus hijos para ir a caminar de noche, y así poder lanzar un grito unánime mientras recorréis la zona: "¿Hasta dónde estamos? ¡Hasta el infinito y más allá!" y renunciar al plan porque te quedas enganchada al atarte la zapatilla.
6. Buscarte una tarde fija para hacer lo que más te guste: desde tocarte la pancha, hasta hincharte a martinis, pasando por sacar a flote tu blog, y que siempre se interponga alguna lavadora inoportuna, una reunión, una compra urgente o el mismo Murphy.
7. Sin ánimo de sonar materialista o superficial... Decidir que te vas a comprarte cuatro trapitos porque los que llevas tienen más años que tu hija mayor, y acabar comprando trapitos a tus hijos, gastándote mucho más de lo previsto y con cero posibilidades de seguir comprando para ti.
8. Que el sábado Papi se baje a los enanos madrugadores para que tú puedas alargar en la cama... y entonces, te entre tal insomnio que acabes levantada a la media hora, y en modo "lavadoracamasaspiradorcambioderopa-mevaareventarelcabolodenodormir".
9. Elegir un buen libro, el que empezaste hace medio año (tú que devorabas en dos tardes la biblia en verso), sentarte a leerlo, darte cuenta de que necesitas refrescar ciertos detalles, empezar de cero y dejarlo por donde lo dejaste la última vez. Tu vida es un puñetero bucle.
10. Quedar con amigos con hijos para que los niños se entretengan solitos y los mayores puedan hablar sin ser interrumpidos, al menos, durante cinco minutos, justo lo que puedan tardar en pelearse por el balón o el columpio... y acabar ejerciendo de lo que mejor sabes: de madre maestra cuidadora de la gran mayoría de ellos, mientras los demás beben, hablan y comen papas. Pero, ¿cómo? ¿En qué momento ha pasado y por qué? Si hoy es domingo y yo no curraba...

A día de hoy puedo decir con orgullo y satisfacción que he realizado todos y cada uno de estos planazos para padres, e incluso repetido con asiduidad algunos de ellos.

¿Y tú? ¿Con cuál te quedas? ¿Cuál es tu favorito? ¿Cuántos te quedan para tener el TOP 10?

CON M DE MAMÁ y P de PLANAZOS

22 de mayo de 2015

Confianza: la clave de cualquier relación

La confianza con nuestros hijos se siembra desde que nacen. Es más, si me apuráis, casi que desde que son pensados. Todas y cada una de nuestras acciones, no sólo nuestras palabras, determinarán si nuestra relación se va consolidando acorde a una confianza mutua o más bien todo lo contrario.
Podemos demostrar confianza en nuestros hijos de muchas maneras, y todas y cada una de esas muestras son las que harán posible que, de manera natural, nuestros hijos se sientan libres y tranquilos, en resumen confiados, a la hora de contarnos cualquier cosa de su día a día. Si lo vemos así, y esto se alarga en el tiempo, nuestros hijos sabrán que pueden contar con nosotros siempre que algo se tuerza, incluso cuando hayan sido ellos quienes hayan provocado esa torcedura.
Demostramos que confiamos en nuestros hijos cuando les hablamos con naturalidad y sin tabúes de aquello que necesitan saber, cuando contamos con ellos para la planificación familiar, cuando les contamos nuestro día (sin ahondar en detalles de adultos complicados y retorcidos, que no les hace ninguna falta), cuando mostramos sin pudor nuestros sentimientos y lloramos con ellos o reímos con ellos, cuando les damos responsabilidades acordes a su edad, cuando aceptamos su mini ayuda, cuando damos valor a lo que nos dicen y los escuchamos con sinceridad, cuando no empequeñecemos sus problemas y les damos la importancia que merecen, cuando les ponemos límites brindándoles todo nuestro amor... En resumen cuando les hacemos ver que creemos en ellos y en sus capacidades, creemos en nuestra relación padres-hijos como el centro de la piña que queremos construir. Y sobre todo y MUY IMPORTANTE, bajo nuestro punto de vista, cuando al venir a contarnos algo que no han hecho de manera correcta o a confesarnos una trastada o la palabrota más gorda del Universo, no entramos en trance y les contestamos cual obeliscos, con un grito, una buena riña o un castigo grande, sino que les DAMOS LAS GRACIAS POR HABÉRNOSLO CONTADO. Así es. Si antes de buscar una solución a su error les agradecemos su confianza, pero con sinceridad, mirándolos a los ojos y dándoles un gran abrazo, estamos propiciando que siempre que se equivoquen o hagan algo que no está bien, sepan que pueden acudir a nosotros, porque sus padres no van a castigarlos sin más, sus padres van a escucharlos y ayudarlos a resolver los conflictos, no sin hacerles, obvio, una buena reflexión sobre lo ocurrido y cómo se sienten por ello.
Escuchar a nuestros hijos y permitirles equivocarse no es lo mismo que no ponerles límites, más bien al contrario. Precisamente porque hay límites y porque saben que hay confianza en nuestra relación, serán ellos mismos quienes acudan a nosotros cuando hayan sobrepasado esos límites y eso no les haga sentir bien. Y, con suerte, en un futuro no muy lejano, cuando la adolescencia y la rebeldía corran por sus venas, se sientan con la libertad de hablar de sus dudas e inquietudes sin tapujos en casa, porque saben que cuentan con unos padres que escuchan y guían antes de juzgar o poner el grito en el cielo, con unos padres que darían su vida por ayudarlos en cualquier situación.
La confianza nace con ellos. Nosotros sólo tenemos que hacerla crecer, al mismo ritmo que ellos lo hacen.

CON M DE MAMÁ y C de CONFIANZA

CON M DE MAMÁ

2 de mayo de 2015

Maravillas de la maternidad... ¡FELIZ DÍA MAMIS DEL MUNDO!

Hace calorcito veraniego ya. ¡Yihaaaa! Bueno, en concreto llevamos dos días, pero en Valencia somos exagerados por naturaleza en cuanto tenemos un día de ponentà (que no es otra cosa que un día de esos de poniente infernal), buscamos el bikini, nos vamos a la playa y sacamos las sandalias.
Y en eso estaba yo hace un rato. En buscar una bermuda cortita para bajarme a la terraza y empezar a dejar de parecer la hermana mayor de Casper.
Me preparo la ropa y me meto en la ducha con más ilusión que si me fuera de viaje a Las Canarias.
- ¡Aaaaaaaaaaaaaaa! ¿QUÉ ES ESOOOO? ¿Qué es eso que tengo en las piernas? ¿En qué momento Rubiazo me las ha pintado con permanente?
Miro más de cerca, espantada, y no... No es permamente... ¡Son pelos! ¡Que digo pelos! ¡SON RASTAS! ¿Perdonaaaaa? ¿En qué momento he dejado de ser "ella" para pasar a ser "él"? ¿Cuándo me he convertido en mi versión troglodita, en mi antepasado más pasado?
Pues ésta es una de las maravillas de la maternidad acelerada, queridas. ¿A vosotras no os pasan estas cosas? (Que digan que sí, que digan que sí... ¡DECID QUE SÍ!). Me ducho todos los días en un estado tan de tornado, tan "Taz de Tazmania" que, evidentemente, me enjabono casi a ciegas y menos aún paro a ponerme crema, ergo no soy consciente de que parezco un osezno. Suerte la mía que tengo cuatro pelos mal contados. Si no cualquier día amanezco con Rubiazo, Pichu y su Papi enredados en mí y gritando auxilio, a lo Rapunzel pero sin magia y encanto.
O cualquier mañana me confundo a mí misma con Epi o Blas (jamás he sabido quién es quién, y moriré sin saberlo) al mirarme al espejo y ver una ceja en vez de dos. Y lo peor es que no me daré cuenta hasta que no empiece a hablar sospechosamente con susurros afónicos.
Otra maravilla de la maternidad acelerada es la combinación imposible de estilos y prendas porque tú eres la única de la familia que no has hecho "cambio de armario". Sacas el mismo vaquero que ayer, que parece diferente porque te lo has decorado con naranja fosfi por un error de cálculo, la misma camisa sin mangas de hace dos días que ya se ha secado porque es casi transparente del (sobre)uso que le has dado, unas zapas de esparto y una chaqueta así más, más... Más gordita y abrigada, porque no sabes en qué cajón o bolsa del altillo tienes las de entretiempo. Te miras al espejo y piensas: Creo que esto es como ser un poco hipster pero sin barba. Y entonces una luz se enciende en tu cerebro materno y te miras al espejo muy de cerca: ¡MIERDA! Barba no pero ¿¡ESO ES BIGOTEEEE!? Vale, pues ya no sé si soy hipster o capitán general. Lo que sí sé es que he ido así por la vida, feliz como una gamba en salsa rosa, y creyéndome el paradigma de la modernor hecha madre.
Así que en vista de que la maternidad es la maravilla mundial que nadie considera como tal, he pensado montar una plataforma y recoger firmas para registrarla como la primera maravilla por orden lógico. Y de paso, recogemos más firmas para que a las madres se nos considere patrimonio de la humanidad, como mínimo digo, porque con un día al año no creo yo que haya reconocimiento suficiente para tanta maravilla forzosa implícita en el contrato materno.
¡FELIZ DÍA DE LA MADRE BONITAS! 😊😊😊
Deseo que mañana disfrutéis muchísimo de vuestros pequeños, o grandes, tanto como de descubrir que sois hombre y no mujer o que lleváis una zapatilla de cada par cuando ya estáis conduciendo; porque estas maravillas sólo son posibles gracias a la mayor fortuna del mundo mundial: SER MADRES.

Hoy más que nunca... CON M DE MAMÁ

15 de abril de 2015

Menos es MÁS

La maternidad es la razón o situación perfecta para que nos creamos con firmeza esto de "MENOS ES MÁS".

1. Primera y principal, duermes menos, con lo que estás MÁS cansada.
2. Tienes menos tiempo para ti, y hablo de cosas tan básicas como tiempo de ducha, así que aprovechas MÁS los minutos y también corres MÁS (en realidad, vuelas). Así que, de alguna manera, haces deporte.
3. Tu tiempo de desayunos, comidas o cenas es menor, así que engulles MÁS; además, te zampas y rebañas todas las sobras habidas y por haber, con lo que te alimentas MÁS, digámoslo así.
4. Como duermes menos y estás MÁS cansada (léase punto 1), tienes MÁS lapsus y patinazos, con lo que eres infinitamente MÁS divertida (o torpe, según se mire).
5. Como tienes menos tiempo por las mañanas, te vuelves MÁS práctica y sacas tu ropa por las noches, como la de tus hijos. Se acabó eso de vestir según el ánimo con el que te levantas, ahora vistes según estabas el día anterior, con lo que tus neuronas ya no saben a qué atenerse.
6. Como vas menos de compras y esos menesteres, te vuelves MÁS básica que un lápiz, te pones cualquier cosa y lo arreglas con un collar, y te crees la mejor cool hunter.
7. Como tienes menos tiempo para planificarte y organizar, de repente pasas a tener MÁS memoria en todo lo relativo a tus retoños y tu labor maternal y ejercitas el cerebro haciéndote listas mentales. En lo relativo a ti y lo que no sea "cuidado de niños", más que listas lo llamaríamos 'pajas'.
8. Como tu pareja y tú encontráis menos momentos para todo, desde hablar del tiempo, mismamente, hasta quereros con locura, pues esos mini momentos son MÁS intensos. Ya se sabe, lo bueno si breve, dos veces bueno... o mal de muchos, consuelo de tontos.
9. Como tienes menos ratos para realizarte profesionalmente más allá de tu trabajo puro y duro, te lías MÁS con proyectos, retos, retomar estudios o exámenes, y acabas haciéndote la picha un lío con tanta historia y terminas por seguir dedicándote al trabajo puro y duro y haciendo a medias la parte ésa del reciclaje, tú que jamás fuiste a un examen sin estudiar... ¡Te has vuelto toda una rebelde!
10. Como ahora tienes MÁS personitas a las que amar, tu corazón es mucho MÁS amplio, tiene muchos MÁS huequitos y quiere con mucha MÁS locura que antes. También te ríes MÁS de todos los puntos anteriores que cuando eras una quinceañera histérica o una veinteañera que se creía 'JASP' y se quedaba en 'joven aunque'. Eres MÁS feliz porque, no sabes cómo, cualquier mal, por gordo y feo que sea, desaparece con un beso, un achuchón y una caricia de tus pequeños. Eres MÁS luchadora, porque haces las mil y una por sacar adelante a los tuyos, llueva, truene o venga un tornado. Tienes MÁS recursos y también MÁS dudas, MÁS sentimientos encontrados cuando la responsabilidad te abruma y pasa a llamarse culpa por haberles robado una tarde para ti, pero también eres MÁS maga que nunca, y con un simple "abrazo de mamá" conviertes sus lloros en sonrisas, sus penas en alegrías, sus frustraciones en futuros éxitos y sus tropezones en ganas de seguir luchando.
 
Cuando te conviertes en madre, en ocasiones, en muchas, eres un poco menos tú y bastante MÁS ellos, pero lo bonito de esta historia es que, cuando ellos crezcan, serán en muchas ocasiones MÁS tú que ellos, porque tu huella habrá quedado grabada a fuego en sus corazones, sus mentes y su vida.
 
CON M DE MAMÁ, de MENOS y MÁS

20 de marzo de 2015

PACO COUSTEAU RODRIGUEZ DE LA FUENTE

Paco es un tipo bonachón, eso a estas alturas ya lo sabemos. Aunque algo cascarrabias, siempre acaba cediendo cuando alguno de sus tres churumbeles (o los tres) le pide algo insistentemente.
Lorelaila y Javichu llevaban tiempo pidiéndole una mascota, y como saben que su padre no es muy amigo de los animales peludos, optaron por darle la brasa con "queremos tener tortuga".
Así que Paco le dijo a la Sole que, aprovechando las Navidades, podían comprar la tortuguita dichosa y que dejaran de darle la lata. La Sole se partía de risa, interiormente, eso sí, de imaginar quién acabaría cuidando al bicho; y no era ella...
 
 
- ¡GRACIAAAAAS REYES MAGOOOOS! - gritó entusiasmada Lorelaila mirando a su padre cuando descubrió aquella bolita verde dentro de la tortuguera.
- ¡Bieeeeen! La llamaremos Rayo. - Gritó Javichu emocionado.
- ¡De eso nada, enano! - Contestó Lorelaila. - El nombre lo elijo yo que la pedí primero.
- ¡El nombre lo elijo yo que para eso soy el Rey Mago, y se acaban las discusiones! - Intervino Paco empezando a estar mosca con el tema tortuguita. - Se va a llamar Maradona.
- ¡Si hombreeee! ¡Qué horterada de nombre!
- Oye - dijo la (santa) Sole - ¿ Y por qué no la llamáis cada uno como os dé la gana? Si total ni va a ladrar cuando digáis el nombre ni os va a traer las zapatillas.
Y así quedó el tema. Total, que la pobre tortuga, que apenas tenía el tamaño de la yema de un huevo, pasó a llamarse Rayo Maradona Violetta o simplemente "el bicho" cuando a Paco le pillaba de mal humor.
Tras las indicaciones pertinentes, Lorelaila y Javichu se dedicaron durante un mes en cuerpo y alma a cuidar, limpiar, alimentar y hasta cantarle a Rayo Maradona Violetta. Pasado un mes, un buen día, Paco entró en la cocina y descubrió que el pobre bicho no tenía comida en su tortuguera, y que el agua muy limpia no es que estuviera tampoco. Como tenía pánico a que aquello empezara a apestar de manera continua, irremediablemente se imagino a la tortuga nadando en una especie de agua estancada, mitad verde mitad marrón, y sin ser especialmente delicado, casi vomitó de la imagen en su mente. Así que pegó el típico berrido paterno. Uno de esos berridos que te hacen volar hasta el lugar del que parece venir la voz, habiéndote puesto previamente el casco de hockey y el chaleco antibalas.
- ¡¡LORELAILAAAAAAA!! ¡¡JAVICHUUUUU!
Silencio absoluto...
Entonces recordó que se habían bajado nada más comer al parque con los vecinos.
- ¡Genial! Y el bicho este a punto de transformarse en Alien Predator, mierden. Sabía yo que me tocaría a mí limpiar a Maradona.
Y así fue como Paco dejó de ser Paco para convertirse en una mezcla entre Jacques Cousteau y Félix Rodríguez de la Fuente.
Después de hacer una lista mental de lo que iba a necesitar, fue sacando lo que consideraba imprescindible para la operación "salvemos el bicho verde":
- La nueva manopla de horno de la Sole (que si se enteraba se la iba a poner en bocadillo).
- El cucharón para servir sopa del juego de plata que les regaló su suegra (y que a Paco le parecía de "plata de la que caga la gata").
- La ensaladera grande de la vajilla de la boda (que total, sólo veía la luz en Navidad).
- El pañuelo de seda que Sole tenía colgado en la entrada (y que sería el acompañante de la manopla en el bocadillo si lo pillaba en plena maniobra).
- ¡Todo listo! ¡Vamos allá, bicho!
Paco se puso el pañuelo a modo de mascarilla de cirujano y abrió con sumo cuidado la tortuguera (vale, en realidad, la abrió con miedo, pero si lo digo, la que se come el bocadillo de manopla y pañuelo, soy yo). A continuación cogió el cucharón e intentó cazar a la tortuga tres veces, sin mucho éxito. Cada vez que parecía que la tenía, ésta se lanzaba al agua más rauda que la luz (la pobre tenía más miedo que Paco, porque olía la falta de destreza a distancia y temía acabar esclafada en el suelo como un huevo). A la cuarta, finalmente, logró que la tortuga quedara encajada en el cucharón y se dispuso a pasarla a la ensaladera, cubriéndola en el trayecto tortuguera-ensaladera con la manopla. Sin embargo, Rayo Maradona Violetta (de todos los Santos) se lanzó de cabeza al plato en el que Sole le había dejado a Paco las tostadas de la merienda.
- ¡ME CAGÜEN TODO LO QUE SE MENEA Y EN EL BICHO VERDE Y MOJADO DE LAS NARICES!
Rápidamente, dejó el cucharón y se puso la monísima manopla, y dejó que su mano persiguiera a la tortuga por todo el banco de la cocina. Rayo miraba a Paco con pavor.
- ¿Qué gambas quiere este tío loco? ¿Cocinarme?
Paco, tozudo como ninguno, consiguió por fin meter a la tortuga en la ensaladera, y por si acaso se le ocurría levitar, cubrió la mayor parte con papel film, para así poder limpiar tranquilamente la tortuguera.
Después de un chorro de limpiador de wc y otro de limpiacristales, y litros y litros de agua, Paco estaba sudando, rojo como un tomate y agotado. Eso sí, la tortuguera lucía impoluta. Vamos, que ni cuando la compraron estaba así.
Llenó la casita de Maradona de agua como si se tratara de una piscina olímpica y volcó la ensaladera dentro, para evitar otro escape del bicho rebelde.
Dejó la manopla en su sitio (¡Paco, eso es una gorrinadaaaaa!), tiró al fregadero la ensaladera y el cucharón (¡gracias al cielo!), dejó el pañuelo de la parienta donde estaba y se puso a buscar la comida de la tortuga.
- ¡Ya estamos con estos niños! ¡Nada en su sitio, eh! ¿Dónde leñes han dejado la comida del bicho?
Nada. Por más que buscó, allí no había señales del bote de pienso especial para tortugas.
- Bueno, a ver. ¿Estos bichos no son comehierbas? Pues algo habrá por aquí.
Paco abrió la nevera y cogió el tupper de pimientos del piquillo del día anterior, y un trozo de la tortilla de habas del almuerzo, y le puso un pedazo de cada en el comedero a la tortuga.
- ¡Ale Maradona! ¡Arreglado! ¿No te quejarás, eh? ¡Plato combinado! Y no te pongo vino porque ensuciaría el agua y me ha costado lo suyo limpiarte la casa, maja.
Y allí dejó Paco a la tortuga.
A las ocho de la mañana siguiente, un grito desgarrador levantó a Paco y Sole de la cama.
- ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
Paco y Sole volaron a la cocina seguidos de Tamarafalcó y Javichu. Allí, junto a la tortuguera estaba Lorelaila llorando amargamente, con Rayo Maradona Violetta en la mano, más tiesa que un palo, y junto a ella dos tipos que le resultaban muy familiares, vestidos de manera peculiar, uno parecía un boy scout y el otro el capitán pescanova.
- ¿QUÉ TE HAN HECHO? - Gritó Paco mientras apartaba rápidamente a su hija de aquellos señores.
- Nosotros nada, Paco. - Habló el que parecía un boy scout pero con bigote.
- ¿Qué has hecho tú, Paco? ¿Qué le has hecho a la togtuga? - Preguntó el marinero.
- ¿¡Yo!? ¿A la tortuga? ¿Y QUIÉNES SON USTEDES QUE ENTRAN AQUÍ ASÍ, ME ACUSAN DE NO SE QUÉ Y ASUSTAN A MI HIJA? - Paco volvía a ser el Paco cabreado "nometoqueslosanacardos que me conozco".
- Nosotros sólo hemos venido ante la llamada de SOS de tu hija. Somos Jacques Cousteau y Félix Rodríguez de la Fuente. - Dijo el de traje de boy scout, mientras lo miraba con incredulidad ante su ignorancia.
- Papá... ¡PAPAAAAÁ! ¡QUE TE HAS CARGADO TÚ A LA TORTUGA! ¡QUE LA HAS MATADO PORQUE NO QUERÍAS TENER BICHOS! ¡QUÉ FUERTEEEE! - Lorelaila no podía dejar de llorar.
- Pero, pero, ¡pero que nooooo! Si yo la limpié porque la habíais abandonado y estaba empezando a apestar. Si le di de comer mejor que a un rey, leñes.
- Paco, buen hombgre, y ¿se puede sabeg qué le diste a la togtuguita? - Preguntó el marinero.
- Pues como estos han perdido su comida - dijo señalando a Lorelaila y Javichu - le puse un buen trozo de pimiento del piquillo y otro de tortilla de habas. Se quejará el bicho. Fijo que no está muerta, coñen, que estará de siesta larga.
- Pues no hijo no, te las has cargado. ¿Pero cómo narices le das eso a un galapaguito bebé? - Le preguntó alucinado el explorador.
- ¡Bueno, oiga, ya está bien! ¿VIENEN A AYUDAR O A MALMETER? ¡Que con la vecina ya tengo bastante! ¿Van a resucitarla o qué?
- No, Paco, nosotgros no podemos haseg eso. Somos espíguitus, no magos, que te lías. Hemos venido a consolag a tu hija y aconsejagte a ti.
- ¡ENTONCES, ARREANDO, QUE ES GERUNDIO! ¡Caminito de la selva y del mar, que me están empezando a tocar los anacardos pero bien! ¡YA NO SE ME RESPETA NI EN MI CASA!
Y mientras salían ambos grandes de la naturaleza por la puerta, horrorizados del malabestia de hombre que se había cargado a la pobre tortuga por ignorante, Paco se limpió disimuladamente una lagrimita que amenazaba con caer.
- Esta tarde vuelvo a por una tortuga, no os preocupéis, que con lo que me ha costado limpiar la caja me falta que se quede de adorno. - Dijo Paco a sus churumbeles, queriendo parecer duro, pero sonando a blando que no veas.
- No papá, yo ya no quiero tortuga, que era un rollo. - Soltó tan fresca Lorelaila. - Ahora quiero peces.
La mandíbula de Paco cayó hasta la tortuguera, y casi casi recoge el único trozo de tortilla que se había dejado Maradona. Sole, salió de la cocina rapidito, para que el pobre no la viera mondarse de la risa a su costa.
Y esa misma tarde, Paco pasó una hora y media en la tienda de animales del barrio eligiendo peces, cargando comida, pecera y escuchando instrucciones, bajo la atenta mirada de Cousteau y Rodríguez de la Fuente, que vigilaban todos y cada uno de sus torpes movimientos.
FIN.
CON M DE MAMÁ, C de COUSTEAU y R de RODRÍGUEZ