Si hay algo que como madre tengo claro es que quiero que mis hijos sean felices, y que sean felices sin la necesidad de pisar a nadie en su camino a la felicidad.
Quiero que mis hijos se ganen el respeto de sus semejantes porque son buena gente y no porque atemoricen a los que tienen delante.
Quiero que mis hijos sepan que para amar a alguien sólo tienes que querer hacerlo, sin más, sin condiciones, sin titubeos, sin complicaciones, sin egoísmos. Y que esto no implica que tengan que aguantar carros y carretas en una relación, porque amar no significa soportar ni aguantar.
Quiero que mis hijos sean felices solos, o en pareja, o en comuna. A mí me va a dar igual mientras su felicidad implique sentirse plenos, sin dañar ni ser dañados. Y me dará igual el color de piel de quien escojan si es que han decidido vivir acompañados. Me dará igual que firmen un papel o ninguno. Me dará igual si quien está con ellos es de su mismo sexo o del sexo opuesto mientras lo que sienta y lo que demuestre sea recíproco a lo que sienten y demuestran ellos.
Quiero que mis hijos sean libres, se sientan libres y se crean libres siempre que su libertad no suponga acabar con la de los que los rodean. Y que esa libertad bien entendida sea sinónimo de respeto y empatía para con los demás, íntimos y no tanto. Libertad libre de prejuicios.
Quiero que a mis hijos los dejen ser libres. Y quiero que los dejen elegir y hacer con su vida lo que ellos consideren, sin tener que esconderse cuando lo que elijan no tenga nada que ver con lo que está bien visto socialmente según lo establecido por los siglos de los siglos.
Quiero que a mis hijos se les quiera y acepte por cómo son y no por lo que son. Quiero que se les quiera porque son personas con valores y no porque siguen una moda, pertenecen a determinada ideología o defienden ciertas creencias religiosas. Y quiero que ellos hagan lo propio.
Quiero que mis hijos crezcan felices y libres. Que maduren siendo felices porque son libres. Que vivan siendo libres porque son felices y respeten y elijan la libertad como modo de vida. Y que este loco mundo se lo permita.
Éste es el blog de una mujer, madre y maestra. Es un blog sobre el día a día de las cosas simples, y no tanto, de ser mujer, madre y maestra. Un blog en el que "cualquier parecido con la realidad, NO es pura coincidencia".
13 de junio de 2016
Quiero a mis hijos libres
19 de enero de 2016
Lo que mi maternidad esconde
Hay días rosas y otros de un fuerte amarillo chillón. Otros sin embargo oscilan entre el gris oscuro y el gris nubarrón de tormenta. Nada nuevo que no sepas. Nunca adivinas qué va a deparar el día, porque un nanosegundo es suficiente para que cambie el curso de las circunstancias y se pase de un día cargadito de buenos momentos a un día que acaba como el rosario de la aurora.
La maternidad esconde bajo su manto el límite más limítrofe, válgame la redundancia, entre el blanco y el negro, el día y la noche, la paciencia y el desespero, la calma y la tempestad.
La maternidad tiene ese maravilloso don de hacerte experta en "malabarismos en tiempo personal", porque suele reducirlo al mínimo, sin común múltiplo ni nada, a pelo, y te deja todos tus planes aplazadísimos para la posteridad más lejana, sin fecha exacta.
Mi maternidad me regala momentos únicos; me ha convertido en alguien más que consciente de la suerte de tener la bonita familia que tengo, me obsequia con las sonrisas diarias de dos hijos felices, que se sienten amados hasta la médula, que se saben cuidados y que adoran estar con nosotros y ser parte importante de ese "equipo" que saben que somos. Pero como en cualquier maternidad, la mía también me regala noches eternas de ataques de asma, toneladas de impotencia, kilos y kilos de cansancio extra y paciencia con fecha de caducidad a corto plazo cuando los astros se alinean para que todo se ponga en contra y a los dos se les tuerza el morro a la vez.
Es en esos días de noche tras noche, y tarde tras tarde, en los que me descubro más ermitaña de lo que jamás habría imaginado. Es en esos días cuando reconozco el nuevo yo que me aporta esta maternidad cada vez más añeja: mi yo solitario, con los míos de casa, con mi gente, adorando la naturalidad de las cosas, ignorando las estridencias y las apariencias que no son más que eso. Mi maternidad esconde el amor por la sencillez de lo imperfecto, de la arruga, el orden desordenado, el regalo de un rato de silencio, el horror que me causan cada vez más el bullicio y el compromiso. Mi maternidad esconde noches de viernes y sábados con mi amor, enrollados en la manta mientras dejamos que el silencio y la calma nos abracen, sin más. Me regala tardes de invierno en casa, con o sin un chocolate caliente y un bizcocho acabado de hornear, paseos al sol mediterráneo mientras nuestros Pichu y Rubiazo hacen carreras por delante nuestro. Mi maternidad cada vez es más amiga de los buenos ratos con las personas que realmente valen la pena por su sencillez, bondad y naturalidad y menos de los asuntos que me relacionen con aquellas con las que tengo poco o nada en común, ya que cada vez me cuesta menos elegir sin sentirme mal por decir no.
Mi maternidad se compone de días en los que volaría a Honolulú y otros en los que podría escribir una oda al amor materno-filial. En esos días en los que pienso en comprar billete al paraíso es cuando crezco sin darme cuenta, a base de trompazos, de sentimientos encontrados y de reconocerme cazurra total.
Mi maternidad esconde días grises y días de nubarrones negros bien cargados. Esconde días amarillos y naranjas y días del azul claro más tranquilo.
Todo ese cúmulo de contraposiciones, opuestos, calma y nervio, soy yo; en esto me he convertido. Mi maternidad me ha permitido, y me permite, conocerme a fondo. A veces me gusto mucho, otras cruzaría a la acera de en frente para no chocar conmigo misma.
Seguiremos creciendo. Ser madre es el camino del crecimiento constante. O así lo veo yo.
CON M DE MAMÁ y de MATERNIDAD.
10 de agosto de 2015
Pasen, no juzguen y vean
Aun sin querer juzgar, el ser humano tiene la santa costumbre de etiquetar a primera vista. Tenemos cierta tendencia a, al menos, hacernos una idea del tipo de persona que tenemos delante, bien por su mirada, por su sonrisa (si nos ha dedicado alguna), o bien por su aspecto físico en general, incluso por su voz. Considero que, hasta ahí, es algo inevitable y normal. Pero, todo lo que pase de esa primera impresión (que dicen que es la que cuenta y, la verdad, no suele fallar), pasa a ser "juicio", y muy probablemente injusto, porque no sabemos en qué circunstancias se halla quien tenemos delante, ni con cuántos males le ha hecho lidiar la vida.
Hace no mucho viví una de esas situaciones que luego miras en la distancia y te hacen debatirte entre la carcajada y la oda al surrealismo. No entraré en detalles, no es necesario, pero la cuestión es que sentí que se reían de mí, así, tal cual, a mis casi 38 añazos. Y en mi cara. Ya digo que mirado con la lupa benevolente "del día siguiente", probablemente no fue así, y si lo fue, me importa poco. No, no soy soberbia o excesivamente orgullosa o vanidosa, simplemente voy aprendiendo a que hay (muchas) cosas que jamás me quitarán el sueño ya. ¿Por qué? Pues porque no son ni importantes ni necesarias, al menos no para mí.
Importante es el bienestar de los míos (y el mío propio), ya bien sean familia o amigos del alma, sus opiniones y sus criterios y críticas. De ellos sí. Pero de quienes no comparten conmigo más que un rato al día o ni eso, voy aprendiendo a sacudirme rápido "sus" pulgas, buenas o malas. Porque considero que tan dañinos son los halagos gratuitos de quienes apenas saben de ti más lo que ven, como las lenguas viperinas que con arte y gracia consiguen que te llegue lo que de ti piensan.
En serio, me importa un comino. O dos.
Quienes de verdad me conocen saben que soy extremadamente sentida y sensible; que no creo que sea ni bueno ni malo, es sólo mi manera de ser. Pero justo por ser así me ha costado más que a otros aprender a pasar de lo que el mundo dice, e interiorizar que el mundo somos los míos y yo.
Evidentemente, hay y seguirá habiendo situaciones como la del otro día que me choquen y me dejen pensativa. Pero de pensar un rato a sufrir va un desierto entero. Así que me permitiré parar en su oasis, pero no para estancarme ni mucho menos para quedarme a llorar porque no llego al final del trayecto.
Sólo tengo 37 años. Me queda, espero, mucho por vivir, experimentar y recorrer. Pero quienes comparten mi vida saben que también con sólo 10 había vivido mucho más que otros con mi edad actual. A partir de ahí, invito a aquellos que no comparten mi vida por completo pero que de alguna manera forman parte de ella, o a quienes algún día se cruzarán conmigo, a que pasen, NO JUZGUEN, y vean. Yo, a cambio, prometo igualmente ver, oír y callar. Y sobre todo, SONREÍR.
CON M DE MAMÁ y J de JUICIOS
14 de junio de 2015
Decepción = Aprendizaje + Reafirmación
A veces, muchas, nos decepcionamos. Con personas, con situaciones, con la combinación de ambas... Hay quien dice que si te decepcionas es porque "esperabas". Porque esperabas idéntico trato, misma actitud y/o gratitud, esperabas algo mejor. Yo no tengo esa teoría. Cuando siento decepción es simplemente porque me he entregado tanto que me entristece ver que "no ha servido para nada". Si lo entrecomillo es porque, tras el primer bajón, mi mente desbanca a mi corazón y razona bien alto y claro: toda relación conlleva un aprendizaje sea cual sea su recorrido, toda situación conlleva una enseñanza sea cual sea el resultado, toda decepción conlleva una reafirmación sobre cómo somos y cómo son quienes nos rodean. Y, en realidad y a pesar de todo, la decepción, aunque duela, es positiva. O eso quiero pensar.
Me considero una persona alegre y con un alto nivel de aceptación de las circunstancias, aunque me revele en silencio y luche contra lo que no comparta. Soy una persona que se entrega al 200% y se deja la piel, el alma y un trocito de ser en cada proyecto, trabajo, ilusión o persona que se cruza en mi camino. Quizás es por eso que me llevo bastantes bofetadas y me quedo en muchas ocasiones con cara de panoli mirando para Portugal. Y como cada vez que me pasa, le insisto a R: no, no es porque esperara nada en concreto, es porque no entiendo el giro que han dado las cosas.
Con las amistades duele, porque un alejamiento, ya sea repentino ya sea a pasitos, siempre te deja tocado, pero bien es cierto que siempre viene el tiempo a colocar a cada cual en su lugar y antes o después entiendes que, en realidad, esa amiga no tenía tanto en común contigo o no compartía contigo tanto como creías, pero las circunstancias y una serie de ingredientes mágicos te (os) hicieron creer que así era. Choca, pero en el fondo está bien que así sea, porque de esta manera, además de darnos cuenta a tiempo y dejar de ser el bufón de la corte mientras hemos creído ser el consejero real, cumplimos con el famoso dicho: "¿Amigos de verdad? Los cuento con los dedos de una mano". Ironías a parte, en cuanto a decepciones humanas, cuanto antes mejor.
Si pasamos a decepciones "circunstanciales" porque van según situaciones y vivencias, idem eadem idem. Ponemos toda nuestra esperanza en algo y cuando parece que estamos a punto de rozar el cielo... ¡Zas! El de delante se lleva el último trozo. El bofetón, así de buenas a primeras, es bonico, pero sin querer llegar a ser conformista y punto, entiendes que no era ni tu momento ni tu lugar, al menos no ahora.
Según la RAE:
decepción.
(Del lat. deceptĭo, -ōnis).
1. f. Pesar causado por un desengaño.
2. f. engaño (‖ falta de verdad).
(Real Academia Española © Todos los derechos reservado)
Así que la RAE me da la razón. La decepción no viene cuando esperas algo (a cambio). La decepción va acompañada, al menos cuando hablamos de relaciones humanas, de una falta de verdad, de unas medias tintas que se habían escondido, de una máscara veneciana... Y es por eso que duele y entristece tanto. Al margen de que desenmascarar esa mentira te lleve a la verdad absoluta y te recuerde que el concepto de amistad no es igual para todos, ya que cada uno ve y entiende el mundo a su manera, y tú, desde que te has hecho mayor, o madre, estás de un profundo que no te aguantas.
Así que aquí os dejo mi conclusión:
DECEPCIÓN = APRENDIZAJE + REAFIRMACIÓN c.q.d (como queríamos demostrar)
CON M DE MAMÁ y D de DECEPCIONES
18 de enero de 2015
Evolución natural, paciencia y respeto.
En muchas ocasiones, paciencia es a maternidad/paternidad lo que nieve es a Valencia. Vamos, una utopía, básicamente algo difícil cuando se juntan determinados factores que convierten tu semana materno-laboral en un infierno. Pero, en esos delicados momentos, una vocecita interior debería recordarnos que fue nuestra decisión, y no la de ellos, que vinieran a este mundo. No siempre es fácil ni aun con vocecita.
La crianza implica muchas etapas, y en cada una de ellas hay implícita una evolución natural de nuestros hijos. Lo ideal es justo eso: que sea natural. Sin embargo, muchas (demasiadas) veces, la sociedad, las normas que nuestra frenética rutina nos impone y el ritmo de locos, en general, nos obligan a "adelantar acontecimientos", forzar pasos y acabar saltándonos a la torera la ley natural, es decir, pasamos a no respetar en absoluto la evolución de los niños. Imponemos nuestras necesidades y las hacemos pisar las suyas. Triste, retorcido y real como la vida misma.
¿Y cuáles son estas etapas en las que nos interesa adelantar el reloj biológico del niño y hacer que su segundero corra más que el nuestro? Pues, a mi modo de ver, cuatro. Al menos si pienso en las edades actuales de mis hijos, 5 y 2, y las estapas que hemos vivido hasta ahora con ellos. Y estos saltos evolutivos o hitos importantísimos y fundamentales en su evolución han sido: alimentación, pañal, sueño y comienzo de la lectura, no importa el orden.
En cuanto a la alimentación creo que es más que obvio que a nuestra sociedad no le interesa lo más mínimo que las madres demos leche materna. Los cánones laborales (bueno, y el negocio de las empresas farmacéuticas) están establecidos, y más ahora en época de "recesión económica" para que los padres, en la medida de lo posible, se decanten por la leche de fórmula. Y, aunque cada vez más, se va normalizando esto de que dar pecho es algo natural, y que quienes lo hacemos no somos animalicos, sino madres corrientes, de las de toda la vida, aún hay gran número de pediatras, expertos y publicistas que insisten en que con seis meses es suficiente, y que la leche de bibe aporta tanto o más que la de mami. Opciones como colores, que cada cual decida, o así debería ser, sin embargo, no es así. Hay mucho mito aún, y sobre todo, bastante desinformación y demasiado interés en que los niños sean independientes de sus madres casi nada más nacer. Interesan madres despegadas por fuerza, y no por propia elección. En mi caso, he tenido dos hijos y con cada uno he hecho lo que he podido en cada momento, Pichu tomó lactancia mixta desde el segundo mes, y tomó pecho hasta el quinto. Rubiazo, con dos años y casi tres meses, sigue tomando pecho a día de hoy. Si hace cinco años hubiera sabido todo lo que sé ahora, quizás Pichu no habría tomado leche de fórmula para complementar, o quizás sí, no lo sé, porque la experiencia es un grado, y entonces éramos novatos. Lo que sé es que en ningún caso hemos forzado la máquina, ni hemos actuado por interés propio ni por necesidad de "despegue", sino siempre pensando en su bienestar.
Si hablamos del pañal, también puedo afirmar que, en ambos casos, han sido procesos naturales, pero más que distintos, y que nunca hubiera dicho que iban a salir tan bien. En el caso de Pichu, fue ella quien inició el juego de imitación de sus compis en su (primera) guarde, y cuando empezó el segundo curso de escuela infantil, con apenas 21 meses, siguió demostrando que estaba preparada. Así que, un mes antes de los dos años, se quitó el pañal y a los dos años exactos nos pidió no llevarlo ni por la noche. Con Rubiazo pensábamos que costaría más, supongo que porque inevitablemente, lo vemos más pequeño, por el hecho de ser el benjamín de la casa y porque siendo los dos maestros sabemos que, normalmente, a nivel evolutivo las niñas van por delante. Sea como fuere, el caso es que no dábamos un duro porque fuera fácil, y estábamos a la espera de alguna señal, pero pensando en primavera, cuando mínimo tuviera los dos años y medio, y reconozco que con el susto en el cuerpo por si no conseguíamos el control de esfínteres antes de sus tres años, para el comienzo del cole de mayores (otro de los terrores impuestos por esta sociedad de adultos, que hace que los padres vivan con pánico el comienzo de la etapa infantil en un centro escolar). Una vez más, el cuerpo humano demuestra ser una pieza perfecta, siempre y cuando se la respete. Rubiazo decidió empezar él su propia operación pañal al mes de hacer los dos años, y comenzó a pasar el día seco en el cole, pidiendo hacer pipi como sus compañeros en el wc. Pero como era algo espontáneo, seguía llevando pañal. Nosotros, con eso de que es el segundo y de que no lo esperábamos tan pronto, nos hemos relajado tanto que al pobre le ha faltado decirnos "¿me vais a quitar el pañal ya o qué?". Así que, ni hemos pautado horas de pis ni nada, y lo volvimos a llevar a la guarde, tras todas las Navidades, pensando en que quizás la relajación con el tema había hecho que él fuera para atrás. Nada más lejos: hablamos con su educadora y a los dos días de volver, Rubiazo ya no llevaba pañal. Ha demostrado ser un campeón, porque lo ha hecho él solito. Sólo nos queda el de la noche, que le quitaremos cuando, una vez más, demuestre estar preparado, sin forzar la máquina y sin presionarlo inútilmente. ¿Cuándo será? Ni idea. No vamos a angustiarnos antes de tiempo pensando en que llegue a los quince y siga durmiendo con pañal. Al menos ahora no.
Con el tema del pañal la sociedad no impone menos que con la leche de fórmula. Yo he escuchado de todo: que es cuestión de siete días siendo muy constante, que si el niño está preparado cuando consigue saltar con los dos pies juntos... Pues o mis niños son la excepción o va a ser que la excepción es precisamente todo el cómputo de las estupendas teorías que van apareciendo. A día de hoy, puedo afirmar que ni Pichu era capaz de saltar con ambos pies juntos a la vez cuando dejó el pañal, ni Rubiazo lo hace ahora. Quizás sea porque no son súper expertos en psicomotricidad gruesa, sino más bien del montón. Lo de los siete días... Por la experiencia de las personas de mi entorno, tampoco lo veo real, no a no ser que el proceso lo inicie el niño de manera espontánea porque su cuerpecito esté preparado, porque ya os digo que de manera impositiva... No ocurre. ¿Cómo va a ocurrir si el primer paso debe ser que el propio niño sea consciente de cuando está mojando el pañal? Y para eso no necesita normas o rutinas únicamente, sino madurez de su propio sistema y de su musculatura. Una vez más, la sociedad presiona, agobia, impone y nosotros nos contagiamos inevitablemente de ese estrés y caemos en la trampa. Y ahí viene entonces el "fracaso" de la operación pañal.
¿Y qué si hablamos del sueño? Dejando a un lado el tema de teorías, modas, corrientes y libros que eduquen el sueño... Os confesaré que mis ojeras me las gano a pulso, igual que lo hace mi marido, porque nuestros hijos jamás han dormido como ceporros. Pichu, empezó a tener un sueño más continuado y profundo cuando pasó la barrera de los cuatro. Ha sido muy "pesada" por las noches. Y no, señores, no ha sido fácil. Y Rubiazo lleva la misma marcha, así que entiendo que aún nos quedan dos años horribilis. Y en ambos casos hemos seguido rutinas de horarios, cuento y demás, mismas pautas que aquellos a quienes sus hijos les duermen diez horas de tirón. Lo curioso es que con Rubiazo la gente que opina me dice que es porque aún le doy pecho, a lo que yo respondo "¿y con Pichu por qué fue? ¿Porque no le daba?" Absurdo. Una vez más, se intenta generalizar y pautar. Y no, al menos en nuestro caso, hemos aprendido que cada niño es un mundo, tiene unas necesidades, un ritmo, sigue un proceso y evoluciona cuando está realmente preparado. Eso sí, hay una teoría que aquí se cumple a rajatabla y que me creo a pies juntilla: "los niños o duermen bien o comen bien". ¡Jajajaja! Nuestros hijos igual te piden un gazpacho andaluz que una ensalada con salsa de miel y mostaza que un trozo de chocolate... Pero dormir ya sabéis lo "bien" que duermen. Todo no puede ser.
En cuanto al sueño sólo añadiré que, efectivamente, cuando estás agotado, desespera, cabrea y cansa aún más, porque ante todo, no somos robots. Pero por experiencia sabemos que todo pasa. Ya que por mucho que nuestra hija haya pasado a nuestra cama siempre que lo ha necesitado y lo siga haciendo cuando sueña, por mucho que Rubiazo, sólo por comodidad mía, haya colechado hasta el año y pico, y no haya dormido en cuna mientras Pichu lo hizo desde los seis meses y en su propia habitación... Ambos han demostrado que respetando su proceso y sus necesidades, todo llega, y que no corremos el peligro de que quieran dormir con nosotros hasta los 30. Pichu prefiere dormir en su cama por propia comodidad, y nos busca sólo si nos necesita. Eso sí, a Rubiazo aún le quedan noches de llamarnos y necesitarnos... Noches duras como lo fueron las de la actual "Pichu independiente". Pues eso, una vez más, con naturalidad, todo ocurre como y cuando debe ocurrir.
Y para acabar, hablemos del aprender a leer. Por eso del agobio que nos entra cuando nuestros hijos pasan a primaria sin leer. Por eso de que nuestro actual sistema educativo impone unos mínimos que las editoriales plasman en forma de textos eternos a los que deben enfrentarse los pobres alumnitos que llegan a primero, y desde el primer día. Pero de esto en concreto y en profundidad, hablaré otro día. Ahora sólo quiero volver a defender el respeto a la evolución natural frente al empeño de la sociedad y de los padres en crear maquinitas perfectas. Los niños aprenden a leer (hablo de los casos en los que no haya ningún tipo de necesidad educativa) de manera natural, según sus inquietudes, su predisposición y su entorno. Se motivan la mayoría de veces sólo de observar a sus semejantes en clase, y a sus progenitores en casa. Si no muestran interés y los forzamos en la etapa infantil sólo fomentamos la fobia y la frustración. Pichu acaba de cumplir los cinco años, llevaba meses leyendo en mayúsculas porque sí, porque le apetecía, porque a los dos años empezó a preguntarnos por el sonido (nunca le dijimos el nombre, sólo el sonido) de las letras... Lo hacía a modo de juego y como un juego ha sido su comienzo a leer. Hoy por hoy lee todo tipo de grafía, mayúscula, minúscula, ligada y de imprenta. Y sucedió de repente, un buen día en el que, como otro cualquiera, cogió un cuento y en vez de inventárselo lo empezó a leer. Evidentemente, lloré de la emoción al escuchar su dulce voz leer sin parones las frases de Blancanieves. Porque ahora se le abre un fantástico mundo lleno de posibilidades, y porque ha llegado a él por sí misma, que tiene más valor, con la inevitable ayuda de todo lo que a diario trabajan en su escuela, y que va haciendo poso, pero sin presiones ni imposiciones ni empeño de los adultos de su vida.
Una vez más, queda demostrado, al menos en nuestro caso y con nuestros hijos: la naturalidad en la crianza y el respeto por las diferentes etapas evolutivas de nuestros pequeños son garantía de éxito frente a todas las teorías y procesos impuestos que quieren que hagamos grandes a los más pequeños por puro egoísmo, comodidad y necesidad propios.
Pero, y una vez más también, esto es sólo mi opinión y nuestra experiencia en este largo, nada fácil pero muy gratificante camino de la pa/maternidad.
Un abrazo.
CON M DE MAMÁ y R de RESPETO
11 de diciembre de 2014
Lo que nunca te contarán de... los extremos.
9 de noviembre de 2014
10 razones por las que vale la pena cumplir años
Hacía tiempo que no pasaba por aquí para dejar una de mis listas y llevaba días con mono de ello. Adoro hacer listas, de siempre, de esas que haces en libretita o en folio para guardar en el bolso e ir tachando, de esas que llevan mil cosas anotadas de las que acabas haciendo una, y con suerte... ¡Me encantan!
Aunque sabéis que aquí las dejo sólo de 10 puntos, para que nadie se me agobie y para que sean 100% realizables.
Aquí va la de hoy: 10 razones por las que vale la pena cumplir años. ¿Escépticos? Leed y veréis como me dais la razón.
1. Porque la magia de pedir un deseo al soplar las taitantas velas, y pensar de verdad que "esta vez se me cumple" no tiene precio. Eso y mantener la esperanza año tras año.
2. Porque, si organizas merendola, es la excusa perfecta para darle vía libre al amigo patoso de turno, y que tire su vaso (antes de fanta, ahora de cervezota) sin llamar la atención. Al fin y al cabo, en todos los cumples cae uno.
3. Porque, cuando eres pequeña, deseas que nadie te vea para dejar al lado el bocata de fiambre y zamparte el de nocilla; y cuando eres mayor, atacas directamente con la excusa de que de pequeña nunca comías.
4. Porque de pequeña te emociona cumplir un año más y te pasas los 6 meses de antes anunciándolo a bombo y platillo; porque luego es taaaan emocionante que te quiten años que te pasas otros 6 meses lamentándote y agradeciendo cumplidos a partes iguales.
5. Porque conforme avanzan los cumpleaños, a no ser que alguien quiera sorprenderte, la fiesta de la montas tú a tu manera, con quien quieres, zampando lo que te da la gana y bebiendo al gusto.
6. Porque, conforme crecemos, acabamos celebrando el cumpleaños varias veces, entre familia que no se pone de acuerdo para venir, amigos que están fuera o porque curras ese mismo día y acabas tan reventada que celebrarlo tirada en el sofá te parece el mejor regalo.
7. Porque cumplir años significa ganar en madurez (en la mayoría de casos, ojo) y en seguridad, así que, aunque te acercas a los 40 peligrosamente, estás más a gusto contigo misma que hace diez, ya que te has dado cuenta de que no hay nada mejor que estar bien para verse mejor.
8. Porque los regalos son mucho más arriesgados de mayor que de niña, y es divertido observar la cara de quien te regala, mientras espera que des el beneplácito al detalle que le ha costado tanto encontrar y que sabe a ciencia cierta que es riesgo seguro. Y tú, te regocijas rompiendo leeeentamente el papel.
9. Porque según avanzan los años aumentan las posibilidades de hacerte o comprarte tu propia tarta, con lo que así te aseguras que comes un trozo y además repites.
10. Porque cumplir años es un regalo. Porque significa que estás vivo, que tienes mucho que celebrar, que tienes un tiempo por delante que vivir y compartir con los tuyos, que has viajado en el tiempo unos cuantos años ya y que nadie jamás tendrá que contarte nada porque esos años los viviste tú de primera mano, que tienes un año más y menos de experiencia en todo, por lo que tienes mucho que compartir y también mucho aún por aprender.
Cumplir años es saber que das un paso más y te queda un paso menos por recorrer y que, en ambos sentidos, la vida vale mucho la pena.
¡FELIZ NO CUMPLEAÑOS Y CUMPLEAÑOS A TODO EL MUNDO!
CON M DE MAMÁ y C de CUMPLEAÑOS FELIZ
15 de enero de 2014
"Crianza con apego o sin él. ¿A ti qué más te da?" o "Cuando seas madre (de mis hijos) comerás huevos"

Yo, por mi parte, creo que hay una delgada línea entre aconsejar, opinar y entrometerse. Y obviamente cruzarla hacia uno u otro lado o hacia la crítica no constructiva es más que fácil.
No me canso de imaginar un mundo mejor en el que cada uno meta la napia en sus asuntos, y en el que no seamos tan fans de juzgar al prójimo y sí lo seamos de respetar (pero del respeto de verdad, no de boquilla) y de dejar hacer a cada uno lo que en su mano está cuando hablamos de criar. Lo más triste es que para que esto ocurra somos las mujeres las primeras que tenemos que concienciarnos para hacerlo posible, ya que somos las responsables directas de estas "incomodidades maternales". Pocas son las mamás actuales que no tienen queja de las féminas más mayores de su entorno familiar, ya sean madres, suegras o vecinas cotillas. Son pocas las que dicen que jamás nadie se ha entrometido, con toda la connotación negativa que ello implica, de un modo u otro en su vida familiar. Y, por si esto fuera poco, va y nos salen pediatras y supuestos "expertos" que nos hacen sentir culpables y malísimas madres porque nos aleccionan sobre cómo, dónde y cuándo y sobre lo mal que lo hacemos cuando no seguimos sus directrices.
Pues señoras y señoritas, y parejas y "parejos"... ¡ya está bien, leñe! ¿A mí qué más me da si mi amiga P ha dado biberón y no teta? ¿O si M practica o no el colecho o V hace el pino puente para conseguir que su pirata se coma un bocata de jamón? Me da igual, no las juzgo, sólo las escucho y respeto, y en todo caso, me beneficio de lo que veo porque aprendo otras maneras de hacer y ver la vida, que me enriquecen y me ayudan a salir de mi, a ratos, cuadriculada mente, y si me piden opinión, pues la doy. Pero, lo mejor de todo, es que me parece estupendo lo que hacen y cómo lo hacen, básicamente porque lo hacen con AMOR DEL BUENO, y no hay más. Y porque con entretenerme yo en aprender a ser madre ya tengo bastante faena, ya.
Creo que leer es bueno, informarse es genial, contrastar opiniones y escuchar otras experiencias también, pero si estáis leyendo esto es porque, quizás, gran parte de vosotr@s estáis inmersos en el maravilloso mundo de la crianza, lo cual quiere decir que sabéis mejor que nadie que no hay dos niños iguales, por muy hermanísimos que sean, ni dos madres o padres clavados. ¡Y menos mal! Por tanto, lo que me sirve a mí no es preciso que sirva a otra madre, aunque quizás le venga bien conocer mi experiencia para saber que NO hacer con su hijo o hija. Por otra parte, tener personas en tu entorno cercano que tengan más experiencia que tú y que estén dispuestos a compartir sus conocimientos contigo es una gran suerte (¿cómo era eso de que para criar hace falta la tribu entera?), sí, pero siempre y cuando esa "generosidad" sea desde el cariño verdadero, el respeto, las ganas de ayudar (que no de ENTROMETERSE) y con la intención de hacer llegar a la madre en concreto un mensaje tipo "no hay mejor madre para tu hijo que tú, yo sólo estoy por si me necesitas", y que sea de corazón, de verdad de la buena.
En serio, MAMIS DEL MUNDO, equivocarse es de humanos, es bueno y ayuda. Esto de la maternidad y la crianza es, en muchos aspectos, un camino de espinos para el que NADIE nos prepara, por mucho consejo y moralina que quieran darnos. Podemos leer, podemos ser "de una corriente" o de otra, pero lo que está claro es que lo que no falla es la naturalidad y el darnos el tiempo necesario para conocer a nuestros hijos y saber, mejor que nadie, sus necesidades a todos los niveles. El sentimiento de culpa ya de por sí parece ir intrínseco a la maternidad, por lo que no nos dejemos embaucar por expertos (y no tanto), que hablan siempre "in extremis" y que nos regalan sentencias de esas que sólo hacen que aumentar nuestro tono del mea culpa.
Ser madre es la mayor aventura que toda mujer, que decide serlo, puede vivir. Y como tal, tiene momentos de subida y momentos de bajada. Contamos además con unas grandes compañeras de viaje que, dicho sea de paso, tampoco es que ayuden mucho, y que no son otras que nuestras queridas hormonas... Así que: MAMIS DEL MUNDO MUNDIAL, ¡CRIAD COMO OS DÉ LA GANA, CON APEGO O SIN ÉL! Pero eso sí, CRIAD SIEMPRE CON AMOR, CON MUUUUCHO AMOR.
CON M DE MAMÁ y C de CRIANZA CON AMOR
31 de diciembre de 2013
Con M de Mamá y con B de BALANCE. ¡Adiós 2013!
Y además he tenido la suerte de hacer todo esto junto a la persona que amo, que no es otro que el padre de mis dos tesoros, compañero de vida y aventuras, en lo bueno y en lo malo. En definitiva, este ha sido un año lleno de aventuras que hemos vivido juntos, un año lleno de sueños que hemos ido cumpliendo y de etapas que vamos superando, siempre unidos y de la mano. Sois MI VIDA ENTERA. GRACIAS.
Además, este año también me ha regalado grandes satisfacciones, más que inesperadas, gracias a este blog, que hace poco cumplía un año. Un blog que nacía como espacio de refugio, descanso y catarsis maternal, y que he utilizado a modo de diario personal para no acabar del todo majara. Un blog gracias al cual, y así sin previo aviso, entraron a formar parte de mi vida un grupito de mamás maravillosas, madrAZas todas ellas, que me han enseñado que el valor de la amistad va más allá de pantallas, redes sociales y mundos 2.0, y que quisieron estar conmigo en el, hasta ahora, día más triste de mi vida, en forma de ramo de rosas y carta, y en forma también de maravillosa desvirtualización ese mismo día.
Un blog que me ha acercado a un montón de personas que han querido perder un rato de su tiempo leyendo mis chorradas, mis historias... que han tenido a bien llorar conmigo o dejarme unas bonitas palabras a modo de comentario; personas que, sin conocerme, han entrado a formar parte de mi vida a través de este espacio de escritura libre y que, en multitud de ocasiones, he tenido la suerte de que hayan querido quedarse y compartir conmigo sus emociones y experiencias, a pesar de que yo no siempre haya podido dedicarles el tiempo que merecen. A todos, GRACIAS.
Son precisamente este tipo de cosas las que me hacen apreciar el lado positivo de todo lo que ocurre, la CARA B de la vida, que va y de pronto te premia con un pequeño akelarre de AMIGAS con las que sabes que cuentas para todo, con las que puedes #reírhastareventar o llorar hasta no poder más, porque no te juzgan, simplemente, te quieren tal cual eres, con tus circunstancias y las movidas que te acompañan, porque comparten contigo mucho más que algunos de los que ves a diario, y eso que ni siquiera has podido darles un abrazo "no virtual". Por todo ello, GRACIAS.
Y es que si algo he ganado este 2013 es en muestras de cariño, tanto de antiguos compañeros de trabajo de otros coles como de AMISTADES que empezaron hace tres años ya en la puerta de la guarde de Pichu, y con quienes, por las caprichosas circunstancias de esta vida y en este año, de pronto se ha creado un vínculo casi mágico que me hace sentir constantemente reconfortada, protegida y cuidada. GRACIAS.
Este año de color cambiante y sabor agridulce, ha sido un año de reencuentros en el que, de pronto, todo ha cobrado sentido, en el que mis raíces han encontrado su origen, en el que he entendido por qué soy como soy, en el que he recuperado una parte esencial de mi pasado y en el que se ha abierto una maravillosa puerta hacia un futuro lleno de buenos momentos y de "recuperar el tiempo perdido". GRACIAS por hacerlo posible.
El 2013 ha sido un año MUY INTENSO, un año de mucha madurez personal, pero sobre todo, un año en el que he tenido que lidiar con, hasta ahora, la experiencia más dura que he vivido: PERDER A MI PADRE, tal día como un 19 de octubre. Y sin embargo, y precisamente gracias a su valor, su fuerza, su lucha, sus ganas de vivir, su entereza y su saber estar hasta el último suspiro, puedo decir que su ADIÓS tuvo una parte dulce, que es la que me ayuda a sentirlo tan cerca, a recordar su mirada y su sonrisa, su olor y su voz con el corazón lleno de PAZ, y sintiendo la conexión de mi alma con la suya siempre, a cada segundo, sabiendo que me acompaña sin descanso y que voy de su mano todo el tiempo, porque así es como nos despedimos, cercanos, unidos y habiéndonos dicho todo lo que queríamos decirnos, sin dejarnos una palabra en el tintero, sin dejar de exprimir nuestros últimos segundos de vida juntos.
Aún así, cierro el balance de este año 2013 con un profundo sentimiento de dolor y desgarro en el alma, porque a pesar de sentir su presencia constantemente, me sigue faltando su abrazo, su beso, su voz, su olor, su mirada, su realidad. Es muy cruel cómo la vida te lo da todo y en cuestión de segundos te deja de vacío, se carga para siempre la interacción terrenal, el tú a tú al que estamos acostumbrados, y te deja "en bragas", sin piedad, porque por mucho que le pidas un sólo segundo más, el justo para darle un último beso, estrecharlo, mirarle, que te diga "guapa" como solía hacerlo... No te lo da. No entiende de penas ni de duelo.
Es por eso que mi 2013 se cierra extraño, incompleto, en parte vacío, con lágrimas de incertidumbre y pensamientos de "¿qué va a ser de mí sin ti con toda una vida por delante?".
Hoy escucho esta canción
26 de diciembre de 2013
Una cucharada de dulce y una pizca de agrio, removemos bien hasta que se integren y... ¡maternidad lista!
Después de más de media hora ininterrumpida de berridos de Rubiazo, forcejeos varios para evitar que se tirara del cambiador y poder ponerle al menos el pañal... Tras un día de no haber parado ni un segundo con tareas de casa y algún extra, batallando también con Pichu y su mamitis agudísima-casi tanto como la del rubio... Todo aderezado con un catarrazo más que impresionante de esos que te hacen hasta ver doble... ¡Necesito vacaciones "maternales"!
Tal cual.
En un rato he de estar estupenda de la muerte porque tenemos cena con unos buenos amigos. Cosa que, hasta hace unas horas, hacía que en mi cerebro salieran continuos bocadillos en plan viñeta con mensajes estilo: ¡Al fin! ¡Cena sin niños! ¡Una cena en la que podré empezar con los entrantes, y seguir hasta los postres sin tener que levantarme precipitadamente, o sacarme la teta, o quitar mocos...!
Sin embargo, la maternidad es tan sabia y aboga tanto por nuestros pequeños que, en estos momentos, lo único que de verdad me apetece es plantarme mi "ropa de estar por casa" (es decir, pijamas desconjuntados y mal combinados entre sí) y tirarme en el sofá. Supongo que es producto del catarro+cansancio+paciencia bajo cero, pero las cosas como son: la maternidad es la culpable.
Lo curioso e inexplicable de esto es que, a pesar de todo, aún hay veces en que pienso que "total, un tercero...". Así que definitivamente la maternidad es responsable directa de esta especie de ceguera cerebral, que no te hace ver más allá de tus retoños, sus necesidades y sus cuidados y mimos, y que, a pesar de anular a veces (muchas) tu yo "persona", te engancha irremediablemente.
Precisamente, hace poco descubrí un vídeo publicitario de un conocido refresco que "clava" la esencia de la ma/paternidad con una mezcla perfecta de humor, delicadeza y emotividad. (Podéis verlo AQUÍ, vale la pena).
Y que conste que, si estoy escribiendo esto, es justo porque tengo ya más de media hora a Rubiazo enganchado al pecho. También he de decir que, si no fuera así, esta entrada ya estaría acabada, porque como está inquieto no para de pegarme manotazos al teléfono con su mantita, de modo que tengo que ir borrando cada ¿tres palabras? Habrá quien piense: "te mereces eso y más, porque estás con el niño, así que el teléfono te va sobrando". Pues ¿saben qué? Que me da igual y que va a ser que no. Porque si no fuera por estos ratos de catarsis, que diría mi amiga argentina Pao, me pasaría los pocos ratos al día en que no ejerzo de madre cazando gamusinos.
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11:15 de la mañana del día DC (después de la cena). Sí. Hubo parón obligatorio. Resumen: Rubiazo cayó frito, Pichu empezó un ritual lastimero de "mamá no te vayaaaaaaas..." que le duró hasta que salimos por la puerta (20 minutos después de lo previsto) y que subió de volumen cuando Rubiazo decidió despertarse y ponerse a berrear de nuevo. "Es muy bien", que diría mi hermano, el bendito canguro que se quedó ayer con el "fiestón" que le tenían preparado mis hijos, y que con esa gracia y saber estar que le caracterizan consiguió dominar la situación en menos que canta un gallo. (Gracias tío B, vales tu peso en oro... ¡Y más!).
La historia es que, como era previsible, pude vestirme y pintarme en 10 minutos. Así que nada que ver con eso de ponte una ampolla de belleza inmediata y notarás la piel tersa, como si acabaras de levantarte (que en realidad, en mi caso, no sé qué es peor si de buena mañana o a esas horas). Salí de casa de muy mala leche, dopada hasta las trancas porque toda yo era un estornudo con mocos y décimas. Pero salir, salía por ovarios. O eso o me ponía a berrear.
Pero esto es la maternidad. Con sus cosas buenas, sus momentos ideales y sus ratos de tortura china (o tortuga, que diría Pichu).
La maternidad anula tu vida ADM (antes de ser madre) y hace que tengas la sensación de que siempre lo has sido. Te ayuda a madurar (a leches, bien de teta, bien de bibe), te aporta un saber estar que no conocías y un "no" saber estar que tampoco. Te gradúa en Paciencia Infinita y otras artes ocultas. Te enseña qué es el AMOR SIN LÍMITES. Y es por eso que gran parte de los padres primerizos... ¡Repiten experiencia! Porque ese amor lo compensa todo, lo suple todo y lo llena todo.
Cosa que no quita para que hagamos uso de nuestro derecho al pataleo y despotriquemos de vez en cuando. Es sano, lo juro por Mafalda.
La maternidad es una de cal y una de arena. La broma es que a veces las de cal van así bien seguiditas, y entonces lo que te apetece es meterte la arena en la boca y masticarla, para luego escupírsela al primero que te suelte una impertinencia. Y no señores, no se trata de que los padres de ahora no aguantemos nada, al menos no es nuestro caso. Yo trabajo fuera de casa, dentro de ella, ejerzo de madre sin descanso hasta que se acuestan y durante la noche. Mi tiempo es por y para ellos. Mis ojos, mis brazos y mis palabras también. Y, casi siempre, hago todo eso con una sonrisa porque sé que por todas y cada una de esas cosas soy una auténtica privilegiada.
Sin embargo, no soy perfecta. Así que, evidentemente, tengo ratos de (y perdón por la expresión nada fina) cagarme en todos y más, mandarlo todo a paseo (pero sólo verbalmente, amenazar con cogerme más ratos libres (¿cómo estaba eso de decir y no cumplir?) y una larga lista de medidas y/o reacciones totalmente antipedagógicas, pero, eso sí, muy humanas.
Y como la maternidad no se cansa de hacerte sentir responsable de todos, de todo y por todo y todos... Pues luego te vienen esos pensamientos traidores y machacones que te hacen sentir fatal, bien por ese momento falto de paciencia o bien por esa media hora de escape para "deleitarte" comprando en mercawoman.
Y por lo que llevo vivido de esta maravillosa etapa de mi vida, yo diría que esto va para largo y no tiene mucha pinta de cambiar. Quizás en unos años pueda escribir una entrada en la que vuelva a hacer la misma reflexión, sólo que cambiando "berridos" o "mamitis" por "rebeldía adolescente" y "desapego".
Pero bueno, eso ya es otra historia, no muy lejana. Mientras, seguiré disfrutando de lo agridulce de la maternidad. Por suerte, me encanta el contraste de sabores y gustos, así que, sin duda, ¡soy una auténtica afortunada!
Ale, de momento voy a prepararme un buen cóctel de antihístaminicos y paracetamol, a ver si con suerte no paso la tarde en este estado de "resaca constante".
CON M DE MAMÁ










