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14 de febrero de 2016

Maternidad a presión, como las ollas.

A veces sólo necesito escribir. No hay temas concretos, nada ocurrente; simplemente mi mente está en estado de ebullición y necesita soltar vapor a discreción para recuperar la cordura.
Es en esos días en los que más necesito encontrarme conmigo misma, cuando más imposible es porque el sueño me llega mucho antes de lo previsto, o porque después de todo el día usando el coco a velocidad ultrasónica, me pongo delante de la pantalla y me quedo como ella: en blanco.
La maternidad nos deja pocos rinconcitos nuestros, propios y de nadie más. Solemos compartir el día y cada uno de sus segundos con nuestros hijos y con nuestros compañeros de trabajo, y con nuestros otros "niños" (alumnos) y/o con nuestros quehaceres caseros; a veces, con suerte, también algún rato con nuestras parejas o alguna amiga. Pero la rutina semanal deja poco espacio para sorpresas, y normalmente el lunes va demasiado seguido del martes, y el martes del miércoles, y así hasta el domingo y vuelta a empezar. 
Hay semanas en las que se juntan las enfermedades infantiles en pleno auge, con los enganchones de espalda, la faena atrasada del trabajo y la faena de casa, y simplemente, no ves la luz al final del túnel ni enfocando con una linterna.
Hay semanas en las que, a pesar de todo, no sabes cómo pero sacas tiempo y espacio de donde no los hay, y te sientes la más dinámica del mundo mundial, y todo es felicidad y buen rollito, y pareces una flor hippy en pleno festival de Woodstock. Esos días son simplemente geniales. Luego vienen los días en los que piensas que si vuelves a oír un "mamiiiii" más en tono lastimero vas a tener que hablar seriamente con Houdini para que te haga desaparecer, o con Harry Potter para que te venda su invisibility cloak.
Nobody said it was easy que diría mi querido Chris Martin. Ya hijo, ya. Pero derecho al pataleo tenemos todos, y hoy me pillas cansada hasta la médula y con una necesidad de vacaciones maternolaborales que ni te imaginas. 
Además, por aquí llevamos ya dos horas de rodaje y de momento ya ha habido 20 discusiones fraternales (y seguimos sumando), 10 situaciones de cabezonería pura y dura repartidas entre ambos a partes iguales, varios (muchos) intentos frustrados de conversación entre Papi y yo, niveles de decibelios que superan los de cualquier zona ZAS cada vez que hablan o cantan (que nos hemos levantado hoy en modo Pavarotti y Callas), y suma y sigue. Nada que no pueda arreglar un paracetamol. ¡Mieeerda! ¡No queda! No problem. Voy a amorrarme a la botella de apiretal a la de ya. Y a continuación me voy a por los cantos rodados que tengo en las macetas para metérselos en los bolsillos, porque aunque hace un viento que ni el tornado del Mago de Oz, o salimos a tomar el fresco (figurado, porque por aquí seguimos en primavera) o a la hora de comer estoy pillando tren a donde sea. ¿Algún alma caritativa que me acoja en su reino?
¡Aleeeee! ¡Feliz domingo! ¡Y feliz San Valentín a quienes lo celebréis! 
Nosotros no somos de 14 de febrero, ni de regalitos ni declaraciones de amor justo hoy por ser el día que es, pero que sea domingo ya es una suerte. Y poder pasarlo con mis tres tesoros lo es mucho más. (Con paracetamol y piedras, eso sí).

CON M DE MAMÁ y O de Olla a presión

15 de agosto de 2015

Mis 10 "MUST DO" del verano

1. Ir en bici con la melena suelta para que la sensación de velocidad sea mayor.
2. Tirarse de bomba a la piscina, pero cogiendo carrerilla previamente.
3. Bucear para intentar cruzar la piscina entera (y darte cuenta de que tus pulmones también están de vacaciones).
4. Hacer cuantas más volteretas seguidas mejor dentro del agua y acabar con el pino (doblado).
5. Salir a la calle cuando llueve para dejar que la lluvia te empape e intentar coger gotas con la boca abierta.
6. Jugar un partidito de fútbol improvisado y dejarte la piel en él.
7. Hacer guerras de globos de agua y rematarlas a cubazos o manguerazos.
8. Beber granizado de limón a la luz de la luna mirando las estrellas.
9. Columpiarse cuando cae la tarde y el sol empieza su camino a la cama.
10. Olvidarse del teléfono "sin querer" cada día al salir de casa y sentir la bendita desconexión con el mundo para conectar con uno mismo y con los tuyos.

¿Y cuáles son tus 10?

CON M DE MAMÁ y de MUST DO

5 de enero de 2014

QUERIDOS REYES MAGOS...

Este año que acaba de terminar ha sido un año difícil, duro, de grandes cambios, de enormes pérdidas y, a la vez, lleno de preciosos momentos en familia.
Las personas cercanas a mí han sido más que buenas, pero no porque hayan hecho un esfuerzo extra, sino porque tienen grandes corazones, lo que no quiere decir que tengan menos mérito que aquellos que han de estar alerta con sus acciones.
Por ello os pido que les traigáis a todos ellos grandes dosis de salud, aderezadas con horas de trabajo y muchos momentos de amor.
¡FELIZ MÁGICA NOCHE DE REYES!
Mi deseo: que jamás perdamos la ilusión por la magia y que ésta nos ayude a conservar lo bueno que tenemos, alejar lo malo y luchar por nuestros sueños.
CON M DE MAMÁ y R de REYES MAGOS

10 de agosto de 2013

Para ser feliz quiero un camión

No, no es que esté con la famosa cancioncita en la cabeza, que también, es que es la verdad: QUIERO UN CAMIÓN. Y sé que cuando lo tenga seré muy feliz. ¡Ojo! Que no es que ahora no lo sea, pero tener UN CAMIÓN le dará a mi vida de madre ese puntito de locura-cordura que creo que me falta.

¿Que por qué? Sencillo.

Cuando tenga un camión podremos despejar nuestro salón-comedor porque podremos meter la "sección juguetería" dentro. Y así no habrá que saltar bloques de construcción mientras se aparta con el otro pie el castillo de princesas, y se llevan en la boca unos colores y sobre la cabeza un cubo de playa. Cuando tenga un camión podré habilitar cierta zona del mismo a modo de "vestidor", y así me olvidaré de hacer cajas y maletas de ropa cada cambio de estación, porque todo estará en mi camión, y no en la silla de mi habitación (rabiosa actualidad), pues ya no tendré que encontrar ese "ahora que su ropa ya está, cuando tenga un hueco, me pongo con la mía". Cuando tenga un camión podremos meter en él la compra necesaria para un semestre, y así nos evitaremos los 200 viajes "al carrefú" o a mercawoman, para disgusto de la gente del barrio: menos visitas, menos lactancia-despelote público. Cuando tenga un camión podremos salir de fin de semana o de vacaciones siempre que queramos, porque total, será subirnos y arrear, que lo importante ya irá dentro. Así nos evitaremos las intensas jornadas de "haz maleta, deshaz maleta, carga en el coche, no cabe todo, saca lo que ya has puesto, intenta encajarlo de nuevo y tal... Game over en el TETRIS". Cuando tenga un camión podré celebrar los cumpleaños de Pichu y Rubiazo y dejar que inviten a todo el colegio. Y me ahorraré la dichosa visita al parque de bolas, total, bastará con ponerme en primera fila en toda cabalgata o desfile que se precie, pillar todas las pelotitas que lancen, y llenar el camión con ellas. Cuando tenga un camión podré aparcar mi coche dentro, como hacía el del Coche Fantástico, y así ahorraría en lavaderos y en líquido para el "limpia". Además, fardaría un montón saliendo del camión con mi coche como si nada: titiririiiií, titiririiií, titiririririiiiiií, ¡Kit, rápido! Cuando tenga un camión utilizaremos la pared de la parte trasera de "cine de verano", y podremos ver el canal Disney en pantalla gigante, y así Peppa Pig, en vez de una cerda con cara de secador de pelo, parecerá una montaña animada con forma de "cerdaconcaradesecadordepelo". Cuando tenga un camión podremos ir de SPA todos los días, porque será tan sencillo como meter unas cuantas bañeras de formas diferentes y llenarlas con agua y sales de baño de colorines. Y al final del recorrido acuático, instalaremos un sillón de masaje, de esos que hay repartidos por alguno centros comerciales rollo exposición, y que la gente quema de tanto probarlos (total para no comprar). Cuando tenga un camión no tendré el sueño que tengo ahora, porque podremos instalar una habitación de juegos totalmente acristalada dentro de él, y junto a ella dos hamacas de las que cuelgan de palmera a palmera... Y ríete tú de paraísos caribeños. Cuando tenga un camión... Zzzzz... Zzzzzzzz... (Buenas nocheeeeees... Zzzzzz) CON M DE MAMÁ y C de Camión

19 de julio de 2013

Sueño de una noche de verano

A veces algo tan simple como un apagón de luz general puede echar a perder una noche, una cena, un momento...
Hoy no es ese día...
Pompas de jabón a la luz de la luna. Sueño de una noche de verano. Silencio cortado por aullidos lejanos y por el suave roce de las pompas con el aire. Magia.


15 de julio de 2013

¡PUES SÍ QUE EMPEZAMOS BIEN, SÍ!

Le había prometido una entrada a una bloguer-amiga (la tendrás, Vero, lo prometo, aunque mañaaaaaaana) pero ha sido poder sentarme ¡al fin! y salirme la vena "me río por no llorar".
El día de hoy... El día de hoy no tenía que haber empezado. Rectifico, podía haber empezado pero en plan vida contemplativa; vamos que me habría ido mejor si me hubiera quedado quietecita y en casa.
El día de hoy ha empezado bien cuando he decidido untarme la cara con la crema de contorno de ojos. Que diréis: "¡Uau, ya ves qué drama!" Hombre, pues teniendo en cuenta que me la compré el otro día (uno de esos días en los que me sale mi lado oscuro y me da por creer en los milagros de la cosmética y en mi constancia, a partes iguales) y me costó un pastizal... ¡Un poco drama sí que es, sí!
A continuación, como iba sobrada de tiempo y de creatividad, he decidido embadurnarme la cara con una crema de farmacia con pantalla total y color (que no me pongo nunca, pero ¡hoy sí!). Y el resultado ha sido ¡espectacular! De hecho aún no tengo claro si mi cara era papel de magdalena o piel de cebra, o ambas a la vez. Vamos, que mi careto era un mejunge de rayas, manchas y borlitas. Un ascazo máximo.
Como el día ha empezado bien, así tenía que seguir. Y por eso, el momento "voy a mercawoman, cargamos el coche en cinco minutos, y en nada estamos allí" ha pasado de ser un momento a ser una ¡puñetera eternidad! ¡Dios! Encajar (literal) todo lo que llevábamos en el coche ha sido mil veces peor que una partida de tetris nivel 5. Ha empezado Papi, haciéndose planos de diferentes posibilidades, y aún así se quedaban cosas fuera. Finalmente, después de diez largos minutos quitando y poniendo, y volviendo a quitar, he ganado la partida: GAME OVER! ¡Allá vamooooos!
Nada más llegar al destino (sólo 2 horas después de lo previsto)... ¡La primera en la frente! La bolsa con tooooda la compra de farmacia (imprescindible cuando tienes dos churumbeles atópicos a más no poder y con la piel más delicada que la porcelana china) ¡se ha quedado en Valencia! ¡Ueeee! ¡No se puede ser más campeón!
El siguiente descubrimiento que hago es que llevar un etéreo vestido blanco (nuevo) para llegar y ponerte a limpiar y hasta las trancas de polvo, porque la casa parece deshabitada desde el Paleolítico, no es ni práctico, ni rentable. Glamour veraniego a tomar por saco.
O sea, que a los quince minutos de llegar, mi vestido es marrón y está pegado a mi cuerpo, igual que mi pelo antes suave y volátil, que ahora está pegado a mi cara y cuello y ¡me pica! ¡Cuánta mentira en los anuncios publicitarios! ¡A ver cómo me cuelan a mí ahora eso de que cuando limpias y usas el producto A estás estupenda, hueles a primavera y eres feliz! Y una mier... ¡Porra!
El día no podía acabar sin que me cayera un plato de canto en toda la rodilla. Ahora luzco un morado (¡Nieves!) precioso en ella y hay un plato menos en la casa.
O sin verme en momentos tales como intentar dormir al Rubiazo mientras Pichu te pide que le ayudes a cortar el pelo a su muñeca. Y ahí que vas: balanceo con brazo y parte izquierda del cuerpo, y parte y mano derechas concentradas en cortar el pelo de la muñeca y no cortarte el tuyo, o el de Pichu. Experiencia religiosa y placentera.
¿Cómo seguir? Fácil. Que se acumule la faena hasta decir bastante porque no has podido deshacer maletas, y se junte el baño del Rubiazo (o Pollito), con preparar su papilla, la cena de todos, la ducha de Pichu, guardar la compra que Papi ha traído, y organizar las camas (segunda partida de tetris del día, nivel superior).
Y mientras todo eso ocurre piensas: "Mmm... ¡Cómo me gusta estar de vacaciones! ¡Esto SÍ es desconectar!"
Total que al final de la partida estás baldada como si hubieras corrido la maratón de Nueva York, eres la única que no ha disfrutado de un bañito en la piscina ni ha podido volver a ducharse, tienes un sueño que te mueres y no tienes fuerzas ni para mover un dedo. Pero ¡oye! ¡Qué vivan las vacaciones familiares, el descanso y la desconexión que te habían prometido!
Y de repente... ocurre. ¡Descubres una libélula en el techo del salón! ¡Una libeeeeeélula!
Y te subes a una silla para a continuación encaramarte al mueble aparador, móvil en mano, y poder hacerle una foto de primer plano. ¿Que casi te matas? ¡Qué más da! Es tu momento subidón del día, ¡que es una libélula, tu insecto favorito!
Esto sólo puede indicar que mañana va a ser un día estupendo. Seguro. Oh yeah!!
O no... ¡Porque los pu...ñeteros perros de los vecinos han decidido ponerse de concierto a las tantas de la madrugada! ¡Y varias veces!
Me voy a cagar en la música perruna, las libélulas y el veraneo en general.
¿Pues sabéis qué? Un día más "de desconexión" así ¡y nos volvemos!
¡Ah! Y que siguen ladrando...
CON M DE MAMÁ y S de ¡Santa paciencia!

25 de junio de 2013

Queridas hormonas... ¡Va por vosotras!


Porque ya estaban tardando en tener una entrada para ellas solitas. Y mira que las pobres llevan tiempo intentándolo por méritos propios, y aquí la menda resistiéndose. Hasta que ayer, tras despedir a Pichu que se va por unos días a casa de sus tíos (sí, sólo unos días, aunque por lo que leáis a continuación os pueda parecer un lustro) mis hormonas han gritado: ¡o nos dedicas una entrada o te la liamos (más) parda! Y eso me ha dado mucho miedo, porque me la llevan liando desde el minuto uno en que me quedé embarazada de Pichu. Y desde entonces no han parado.

Ayer por la tarde, como decía, mi pequeña loquita se fue, maleta de princesas en una mano y bolsa playera repleta de bikinis megaideales en la otra, a pasar unos días a casa de sus tíos. El previo a esto, muy en su línea, fue pedirme que le hiciera, de buena mañana, la manicura "arco-iris", es decir, cada uña de un color ¡y olé! Que así le combinan con lo que se ponga, ¡di que sí, mi vida! ¡Ay!, si Coco Chanel levantara la cabeza... 

El caso es que mis hormonas, que viven emocionadas de la vida y como si vinieran de un "after" desde mi maternidad, le dieron un toque al lagrimal y en el momento en que Pichu ya estaba subida en el coche, mirándonos por la ventanilla, las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos en plan: "queremos saliiiiir, déjanos caeeeeeer, ¡bomba vaaaaaaa!" y mensajitos de ese palo. Yo, toda digna, le dije a mi lagrimal con mi mejor voz de ventrilocuo "o las devuelves a su sitio o ya puedes ir haciendo la maleta". Y no salieron. No salieron en ese momento, digo. 
Salieron anteayer dos o tres veces mientras le preparaba su ropa y demás. Y cayeron a raudales nada más le di la espalda al coche. ¿Lo mejor? Encontrarte al momento con gente conocida y que te hablen mientras te miran y piensan "¿es Noni o Rudolph? Es que no me acaba de quedar claro con tanta rojez".
Mis hormonas son las responsables directas de que llore mientras canto ciertas canciones, que llore mientras duermo a mis enanos y les hablo en voz bajita, que llore mientras los miro dormir, que llore con películas de Disney, que llore cuando alguien me cuenta algo duro mientras le digo lo que yo haría, que llore cuando leo ciertos textos, que llore mientras escucho música de Enya con mis alumnos, que llore con los mensajes de despedida de mis alumnos, que llore mientras veo el dvd que he preparado para mi clase... Vamos, que gracias a mis hormonas ¡soy una puta puñetera cisterna, todo el día en marcha!
Que conste que, para rematar la faena, estas mismas hormonas son las encargadas de que me ría a toda hora de todo y de con todos. ¿Que Pichu se medio enfada por algo sin motivo?: me parto de risa. ¿Que se enfada del todo porque me río?: me río aún más. ¿Que Papi pregunta quién ha hecho X cosa?: a mí, que no he sido, me entra la risa floja y acabo siendo acusada injustamente porque "si no, ¿por qué te ríes?". Me río sola, acordándome de cualquier minucia, me río cuando puedo reírme y cuando la situación pide a gritos que guarde la compostura; me río de las minitrastadas de mi princesa, de sus monólogos, sus razonamientos, las conversaciones que tenemos, sus pícaras ocurrencias. Me río con la cara de sinvergüenza de Pollito, con su manera de mirarme y provocarme, con su mal genio cuando no le dejo coger lo que quiere coger, con su mal genio cuando intenta robarnos algo de comida y no le dejamos, con sus "meaditas" sorpresa... Me río de mi sombra. Y como consecuencia, soy un calco del mítico perro Risitas.


Lo más sorprendente de todo es la capacidad mutante de mis hormonas, que igual pasan de estar fumando sin descanso cigarritos de la risa a vivir un drama eterno, con duelo de por medio. 

Y a mí me llevan loca perdida. Que de tanto cambio gestual no sé si soy Joker o Lina Morgan, pero en ambos casos... ¡No me reconozco! Así que, o bien padecen bipolaridad maternal o se han quedado totalmente trastocaditas después de dos embarazos con sus respectivos partos y postpartos.

Mis hormonas son tan, pero taaaan majas que me llevan en volandas por el mundo "Parra", sí, exacto, ése al que la gente se sube de vez en cuando. Pues no, no, yo vivo permanentemente en él, y he de decir que una vez te acostumbras tampoco está tan mal, en serio.
¿Que alguien ha de caerse porque se tropieza con... nada? Ahí están mis hormonas haciendo cola cual concierto de los Backstreet Boys para que me toque la primera.
¿Que hay que agitar un brik de leche de soja que previamente has abierto? Ahí están mis queridas hormonas para hacerme olvidar que lo he abierto y pedirme que lo mueva sin piedad. Ni falta que hace que os comente el resultado.
¿Que hay que equivocarse en la cita de tu médico (porque en las de tus retoños no fallas nunca) y aparecer una semana más tarde sin ni siquiera sospechar de tu error? Mis hormonas se encargan de que sea yo y no otra la que le haga el desplante al doctor, que encima es amigo de tu padre.

Así que, por todo esto y más, ¡AQUÍ TENÉIS VUESTRA MERECIDA ENTRADA, QUERIDAS HORMONAS! 
Y ahora, tras haber cumplido con mi parte, espero que vosotras cumpláis con la vuestra y soltéis a mis neuronas del zulo donde las tenéis escondidas, que después de tanto tiempo en paro, fijo que están algo oxidadas y aún lío alguna que otra.




CON M DE MAMÁ y H de Hormonas


3 de abril de 2013

EL ANTIPLAN II. El desastre continúa...

¿Que qué era eso de la última imagen? A ver, a ver... Sin ofender, ¿eh? Que estoy segura de que si hubiéramos horneado esa masa, el sabor habría sido una mezcla entre sabor a paraíso y a Jauja, o algo así. Me juego, me juego... ¡nada! No vaya a ser que la liemos.
Bueno, pues no os precipitéis con los juicios que todo tiene explicación.
Mientras yo luchaba contra el molde de las bizcobolas asesinas y las instrucciones, y entre una cosa y otra, daba teta a Polllito, la pobre Helen se entretenía con los ingredientes para la masa de monas y los pasos a seguir... Mientras a su vez, me rescataba de mi laberinto y/o enajenación mental, daba teta a su respectivo Gordito y observaba como Pichu clavaba palitos, sin piedad, en el molde de las bizcobolas, ... Claro, con tanto "entreacto", se le olvidó hervir patatas. Y vamos a ver, ¿qué son las monas de Pascua sin sus nosecuántos gramos de patatas hervidas? No, en serio, ¿qué son? Pues fácil, los churros grasientos de aspecto raruno y tacto, digamos, difícil, que habéis tenido el gusto de ver en la foto.
Oigan, que al menos eso es lo que dedujo Helen, que es la experta en monas, o lo que me soltó a mí y yo me creí: que había sido por la patata. Por no ponerla digo. Porque por más que repasaba... ése era el único paso que se había saltado. 
Resultado de no poner patatas en la masa de las monas:
-Que Pichu pudiera hacer el puerco con ella todo lo que quiso y más... Hasta conseguir una "monita" de forma de empanadilla y aspecto vomitivo. Lo que la pobre no llegó a entender fue porqué no hacíamos mariposas con la masa y no las decorábamos con huevos y anisitos (en nuestro caso, teníamos preparada la versión "Barbie lujo": unas pedazo de perlas rosas y blancas que cegaban al mismísimo Lorenzo). 
Si me permitís un inciso, os he de contar que los huevos a los que se refería Pichu son unos que no existen, pero que ella dice haber visto: huevos cocidos, con la cáscara de colores chillones... y con sorpresa de juguete dentro. Sí, deben ser los hijos engendrados por un huevo cocido de colores de toda la vida y un kinder sorpresa... Huevos 2.0... 
Que no sabéis el despago que se llevó hace dos días la pobre, cuando reventó uno cocido contra la mesa y descubrió yema y no figurita, y me dijo apenadísima. "No, mami, pero yo quiero de esos huevos que son así pero llevan una sorpresa". Para sorpresa la que se llevó ella.
- Que nuestras zapatillas de deporte (las mías especialmente, que las compré hace bien poco y siguen esperando un estreno como toca, vamos algo tipo "¡¡estamos haciendo ejercicio!!") se pasearan a modo de Louboutin por el mundo, porque ni monte ni montaña ni riachuelo... ¡Para una vez que elijo cuidadosamente el modelo chandalero y lo hago combinar con mi ropa interior, la de mis churumbeles, la naturaleza y el entorno en general!
- Que hiciéramos una merienda alternativa improvisada, cero pascuera, mientras soñábamos que comíamos monas y esclafábamos huevos. Pero eso sí, nosotras igual de motivadas que siempre, poniendo suelo y cocina perdiditos, y creyéndonos que algo iba a salir mínimamente decente...
- Darme cuenta de que mi amiga Helen cree en los milagros, pero de verdad. Con una fe ciega (vamos, como se supone que ha de ser la fe...) y con una devoción tal, que casi me hace creer a mí. Y déjate tú de panes y peces y agua que se convierte en vino, no. El milagro en el que ella puso todo su empeño fue en el de "el horno que resucita masas sin remedio". Helen, alma pura donde las haya, metió esto:

en su tradicional horno sin regulador de temperatura y esperaba que esa masa indescriptible, de aspecto mmm... ¿rústico? ¿diferente? ¿alienígena? ¿feo de narices? pasara de pronto a llevar patata, porque sí, porque los milagros existen, y subiera como la espuma... 
¡Ajá! No pasó. Pero mientras esperábamos el milagro, la cocina se lleno de luz blanca, de calor veraniego, de esperanza, de risas nerviosas, de frasecitas tipo "un poquito más y seguro que sale", de guiños cómplices... ¡ATERRIZANDO! ¡ATERRIZANDO! ¡ATERRIZAAAAANDO!
Ostras, perdón, estaba levitando. Vale, se llenó de pegotes de masa y fideos de chocolate, de anisitos y de gotazas de chocolate... Vamos, tal cual una pocilga. Y el milagro no llegó.
Que yo estoy convencida de que igual si la hubiéramos liado menos, el Encargado de los Milagros Patatiles y Pascueros nos hacía el favor, pero es que el tipet tuvo que ver el tema y pensar: ¡ni de broma pongo un pie en ese antro de perversión repostera!

Tengo que decir que guardo un grato recuerdo del día en cuestión, no sólo por la frustración pascuera que se me ha quedado y por no haber probado ni una puñetera mona en todas las Pascuas porque Helen me había prometido la exquisitez en persona, no... Sino porque para rematar la jornada, me volví a casa con más trastos de los que llevaba al salir de casa (cosa que, a mí personalmente, me jo...roba un horror, que bastantes "por sis" y movidas llevo ya) y con algo muy, muy especial: EL PLATO DE LA BISABUELA DE HELEN.
Que vosotros diréis: ¿y eso? Pues mira, que como es súper cómodo llevar el coche a reventar de bolsitas y tal, es muuuucho mejor aún cuando, además, has de llevarte un plato envuelto en papel de aluminio y vigilar que no vuelque todo el tiempo. Y Helen, que lo sabe, hizo mi sueño realidad.
Gracias Helen. No olvidaré nunca ni tu generoso gesto ni la respuesta a mi pregunta "Helen, ¿eso no será un plato, verdad?": "Sí, pero tranquila que es de mi bisabuela".

¿Qué quiso decir la autora con semejante cita...? 

Hasta aquí nuestra jornada antipascuera por excelencia. Corto y cambio.

CON M DE MAMÁ

EL ANTIPLAN

O lo que vino a ser la súper quedada repostera "vamos a hincharnos a hacer cosas tan ideales y riquísimas que tendremos que montarnos un puesto"...

Vamos a ver, querido Murphy, contéstame a una sencilla preguntita: ¿yo me meto contigo y me empeño en que la tostada que te haces de buena mañana te caiga por el lado de la mantequilla y tal? No, ¿verdad? Pues... ¡Déjame en paz, majo!
Y es que sí, habéis acertado, Murphy también se vino el lunes de Pascua al chalet de Helen. Lunes de Pascua por llamarlo de manera tradicional, porque no será por las monas que nos comimos...
La cosa en realidad empezó bien. Es decir, llegamos al lugar de destino con sólo 7-10 minutos de retraso. ¡Bieeeeen! Y sin dejarnos a ningún churumbel en casa. 
A partir de aquí, nada más salió según habíamos planeado. Bueno sí, el risotto de pera y parmesano que se marcó mi querida amiga, y que cumplió todas las expectativas: ¡estaba de vicio! Y no fue precisamente por la receta base que su señor marido quería que siguiéramos... Sí, sí, lo que leéis, que la manera de colaborar del señorito fue pretender marear a Helen para que el vino que lleva el risotto se lo echáramos a la receta de las monas. ¡Ale! ¡Dí que sí! Así, seguro que hacían honor a una de las acepciones de este sustantivo y que nada tiene que ver con la que hace referencia al simio (aunque visto el éxito, igual hubiera sido lo mejor. Pero no adelanto nada. Vayamos por partes...).
Bueno, el plan exacto de nuestra quedada era el siguiente:
-Comer juntos y ponernos al día.
-Hacer monas y bizcobolas (esta vez, siguiendo las instrucciones al pie de la letra).
-Ir al monte a comernos la mona ("¡Traed zapas de deporte y nos comeremos la mona en la montaña!", Helen dixit).

Cosas que cumplimos: NINGUNA.
Pero oye, ¿qué sería de la vida sin un pelín de emoción?
Lo de comer juntos mientras nos poníamos al día... no fue exactamente como soñábamos, aunque por etapas conseguimos tanto comer como ponernos al día, pero ya sabéis: teta, siesta de la mayor, papilla, controlar las bizcobolas que iban horneándose mientras, siesta de los peques, ya se ha despertado la mayor... Lo que viene siendo una comida con enanit@s.
La parte repostera... tampoco nos quedó muy fina. A ver, que no estaría de más empezar explicando que el horno que utilizamos no es un horno de los modernísimos con regulación de temperatura, es más bien un horno tradicional, con muchísimo más encanto (¡dónde va a parar!), pero que no se deja controlar tan fácil... Vamos, no a menos que te claves tú dentro, con tu creación, y vayas haciendo gestos al de fuera para indicarle si ha de bajar o subir la llama. 
Empezaré por las bizcobolas... 
El caso es que, entre que usamos el molde megaestupendo que os puse en la entrada anterior, que no sabíamos la temperatura a la que estaba expuesto (porque además, según rezaba la etiqueta, no debía superar los 220ºC, que yo ya veía silicona rosa con vida propia cubriendo el interior del horno)... El resultado iba a ser un misterio. 
Y lo mejor del momento bizcobolas en realidad ocurrió casi ante de meterlas en el horno, ya que ante tanta modernidad de molde, mis neuronas se hacían cruces deduciendo cómo narices iba aquello. Que si lo piensas en la tranquilidad de tu cocina, sin niños, y con un martini con olivitas en la mano... mmm, probablemente la inspiración te llega "ipso facto", pero mira, a mí me salió la vena "burrita de cero y medio porque al menos has puesto el nombre en el examen", y reconozco que no lo vi claro hasta que Helen, con cara de susto, me sacó de mi laberinto mental. Es que yo, entre que no entendía cómo íbamos a hacer que las dos partes del molde quedaran llenas de masa si sólo rellenábamos una (claro, porque la masa ¡no sube! ¿verdad, zopenca?); que no veía el momento "clavas el palito y a la nevera" porque no vislumbraba el proceso posterior de sacar las bizcobolas del molde con el palito atravesándolo (es que no era muy consciente yo, que compré el moldecito, de que el molde tiene dos partes, que se separan y te dan acceso perfecto a la bolita: coges la bolita, la levantas y "voilà", ¡todo queda en un susto!)... En fin, fue un momento de evasión neuronal, nada preocupante.
El caso es que el molde cumplió su cometido y "parió" unas bizcobolas que ni en las mejores reposterías, perfectas. Eso sí, gracias a la colaboración de la temperatura "a tope de power" del horno, un pelín compactas. Bueno, de hecho su nivel de "compactitud" (y ¡olé!) era tal que si, por error (eso siempre), lanzábamos una al ojo de alguna persona a la que tengamos en alta estima... se lo sacaba, y ambos dos, bola y ojo, ojo y bola, entraban en órbita sin posibilidad de retorno. 
Y a partir de aquí, hicimos, para variar y nunca a propósito, lo que nos salió de los "cocoteros" con el proceso bizcobola. Yo leí una cosa y entendí otra, Helen entendió otra diferente, Pichu se dedicó a clavar palitos en el molde como y cuando le salió del pirri... 



Y así:
- las bizcobolas pasaron más tiempo del debido en la nevera sin su palito.
- Al bote de candy melts que estaba al baño maría le entró agua y acabó en la basura.
- La segunda tanda de candy melts se puso en huelga y acabó acompañando a la primera, excepto por los desertores que se fugaron a la pancha de Pichu.
- Acabamos fundiendo una tableta de chocolate de toda la vida como se ha hecho toda la vida. Llegado este punto, nos preguntamos pues cuál es exactamente el cometido en este mundo del chocolate fondant y los candy melts...¿confundirnos? ¿sacarnos el dinero? ¿hundir nuestra autoestima repostera? ¿que Pichu coja un empacho?

- Las bizcobolas acabaron, contra todo pronóstico e indicación, en el congelador. Eso sí, nos quedaron así de bonitas y de riquísimas:

... Perdón, quería decir: y de estupendas. Pero para decorar cualquier habitación infantil, claro. O, en todo caso, para regalar a alguien que penséis que necesita una visita urgente al dentista y al que hay que animar a que lo haga. Porque os aseguro que su aspecto esconde su verdadero fondo: ¡son armas de destrucción "dental y estomacal" masiva!
Vamos, que ya lo cantó la señora Potts en La Bella y la Bestia: "La belleza estaaaaaaaá, en el interiooooooor..."
Pero, oye, ¿a que si os digo que estaban de muerte os lo creéis? :P 
Es que de muerte, os puedo asegurar, ¡que estaban!

CON M DE MAMÁ 

Continuará...

"EL ANTIPLAN II", en menos que calienta el horno de Helen... Aquí un adelanto:

31 de marzo de 2013

¡Peligro! ¡Peligro!

Mañana me reencuentro con Helen, en su chalet... Habrá monas de Pascua caseras, segundo intento de "cake pops" y alguna improvisación espontánea fijo... Sin olvidar los "bonitos" ratos de convivencia sin agobios, claro.
Tod@s atent@s que ¡esto huele a entrada!
¿Os he dicho que las monas que hagamos irán de excursión a la montaña...?
¡Ah! Y esta vez... Los "cake pops" no se nos resisten ni de bromaaaaaa. Es cuestión de orgullo.
CON M DE MAMÁ

8 de enero de 2013

NAVIDAD, NAVIDAD, ¿DULCE? NAVIDAD

¿Qué tendrán estas fiestas que son tan odiadas y queridas a partes iguales? 

Yo he de decir que he pasado de no quererlas muy mucho (es lo que tiene hacerse mayor y que en tu entorno familiar más cercano "cuezan las habas" de toda la provincia), a disfrutarlas a tope gracias a Pichu y Pollito. Y es que ser mami, a pesar de todo, te hace ver la Navidad de otra manera, te la convierte en mágica. Aunque, la verdad, empiezo a dudar del sentido pleno de esta palabra, porque yo he pedido unas cuantas cosas: que a X le crezca el narizón de Pinocho por trolas y no se lo pueda quitar ni operando, que a Y le toque un boleto para un viaje a la otra punta del globo y una vez allí le hagan quedarse como parte de la exposición del Museo de los Horrores, que Z sea abducid@ por una nave espacial y sea llevad@ a un planeta donde l@ conviertan en su idolatrada deidad, y no pueda volver... Y nada de esto se me ha cumplido. Y no lo entiendo, ¡eran todo buenas obras para la sociedad! ;)

Las Navidades son fiestas de excesos, de hecho en todas las casas se montan concursos tipo "comer hasta reventar" en los que suele haber dos miembros de la familia, normalmente un par de "machos Alpha", que se sientan frente a frente y empiezan a comer como si no hubiera mañana; y da igual que sea la cena de Nochebuena a la que suele seguirle la comilona de Navidad... ¡Eso no importa! Luego llegan a casa, se ponen un enema, y ¡a seguir con la aventura! Además, en estos concursos se degusta tanto dulce como salado, y lo mejor suele ser el final, en el que ambos sujetos se pelean por el polvorón de vino o canela que queda, el más rápido se lo zampa en un visto y no visto, y antes de dar por terminada la competición, suelta un "¡PAM-PLO-NA!" que le otorga el título de "cerdo de la familia" durante, al menos, un año. 

Al concurso de "comer hasta reventar" hay que sumarle también los de "beber hasta mearte encima" y "mentir hasta perder el norte y creerte tus propias mentiras". Sí, esto también es tradición en muchas familias. Lo de mentirse digo, porque lo de beber está claro que lo es. Dime si no como traga sin morir ahogado el del polvorón de Pamplona. ¡Pues hinchándose a vino y champagne! Porque el agua no es buena, que lo único que hace es ayudar a que lo ingerido se haga pelota, y a que los machos alpha tengan el estómago como la típica maquinita con bolitas que hay que encajar en algún sitio, y que mientras no encajas viajan sin rumbo fijo venga el choque. Nada, nada, en estas comilonas el cuerpo pide "alcohoool, alcohoool, "alcol, alcol, alcol", hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da iguaaaal". ¡Ya te digo! Lo peor es la crítica después al botellón juvenil... ¿¡¡Pero qué pensáis que estáis haciendo vosotros!!? ¿Una inocente "cata"?
Como decía, la tradición de la mentira también está bastante arraigada entre, al menos, las familias españolas. ¿Que no? 
Vale, prometedme entonces que nunca, nunca, ni una sola Navidad, habéis soltado o, peor aún, os han soltado, frasecitas del tipo: 

1. "¡Cuánto tiempoooo! Hija, estás ideaaaal" Mientras miras a la "sujeta", que te ha soltado algo parecido a ti, y piensas: "Ideal no es la palabra, pero a ver qué cocos le digo yo a ésta para no nombrar ni su cara de vinagreta, ni su vestido "too much", ni su tontería...

2. "Soy un desastre. No te he llamado ni escrito porque voy de cabeza" Que esto en muchas ocasiones es muy cierto. Pero precisamente en ésta... no. No te he escrito porque, evidentemente, el único nexo de unión que hay entre tú y yo es el apellido. ¡Ah! Y porque por tu sonrisa "franca", tú piensas lo mismo.

3. "Esto de juntarnos los cuarenta deberíamos hacerlo más a menudo" ¿¿¿Perdonaaaaaaaaa??? Sin duda, ésta es la MENTIRA MADRE o la Reina de las Mentiras. Porque... dime, ¿cuántas veces al mes repites el encuentro? ¿Cuántas...? Ya... la intención es lo que cuenta, sin duda. ¡Ah! ¿Que has cambiado de teléfono y has perdido contactos y ya no puedes hacer de organizador? Una lástima sí. El año que viene, ya si eso.

Menos mal que las Navidades han tomado otro color desde que soy mami, y a pesar de estas chorradas, he de reconocer, que me encantan. Gracias a mis pitufos he vivido escenas como las que siguen:

La feria: ir a la feria con una pitufa de 3 años puede ser realmente emocionante. Pichu llevaba varios días pidiendo (muy insistentemente) ir (consecuencia directa de que le expliques a un crío que hay un lugar súper divertido en el que podrá montar en tren, en coche, en ponis... y al que vamos a ir algún día). Así que al final, un poco "pensado y hecho" nos aventuramos a acercarnos. Cerrado. Claro, porque la feria de cuando tú eras pequeña a ahora, se ha modernizado, y tiene horarios y va ¡y no abre in the mornings! Como los chinos (al menos los de mi barrio), que empezaron abriendo 24 horas y ahora si te descuidas abren casi a la hora de cerrar, porque paran para comer con café, copa y puro incluídos, que a las buenas costumbres se hace uno rapidito. Pues venga, ¡genial! Ahora vas y se lo explicas a tu hija. Después del mini drama familiar, decidimos ir esa misma tarde: la tarde más fría en lo que iba de año, sí señores. Que no nevó porque ahí arriba no les quedaban existencias, que las habían gastado todas en sprays de nieve para decorar, si no, os digo yo que nos toca poner cadenas al carro de Pollito. Bueno, pues he de deciros que fue pisar el recinto y volverme niña. Algo que quedó más que demostrado cuando me subí a las atracciones con Pichu. En la de la barquita, la típica atracción que simula un mini lago y en la que has de dar vueltas tooodo el rato en la misma dirección, me entró tal ataque de risa histérica, que acabé llorando, sobre todo de ver lo torpe que se puede llegar a ser con un volante y una corriente de agua. Por más que intentaba centrar el vehículo, os juro que no había manera. Cosa que mejoró cuando mi niña decidió que ella también conducía, ahí fue cuando el dueño de las barquitas, con cara de perro cabreado, empezó a acercarse hacia donde nos habíamos quedado varadas venga a dar vueltas sobre nosotras mismas como si se hubiera generado un remolino.
En la siguiente atracción grité más que en mi vida: el trenecito. No, no era de miedo ni había bruja, sólo había un tío que estaba como un cabra y que se dedicó a darme de leches en la cabeza con un bate de troglodita, y a enchufarme en el pelo un chisme que tiraba aire, de modo que salí de allí pareciendo un personaje de Tim Burton, o mejor aún, su mujer Helena Bonham-Carter. Y he de confesaros que si grité en realidad no fue por eso (no, porque por mi aspecto más bien lloré), sino por la velocidad ultrasónica que cogía el trenecito en la curva (sí, sólo había un curva en el recorrido, ¿qué pasa?). Y Pichu me miraba, raro, y gritaba también, pero creo que más de la vergüenza ajena.

Siguiente y última atracción de la tarde (es lo que tiene que abran tarde y cierren pronto, que vayas con una enana que no ha estado nunca y el ritmo de decisión sea más bien del estilo "m'etá etresaaaaaaaando"): ¡LOS COCHES DE CHOQUE! Y lo pongo en mayúsculas porque así fue como los sentí yo al verlos y al saber que Pichu podía subir si subía yo con ella. ¡Qué emoción! Sí, la misma emoción que me embargó al ver que en el primer intento... yo no cabía. ¿Tanto he crecido? Es que os prometo que no... Una vez conseguimos acoplarnos... ¡empezó la juerga! Sólo había dos coches más, ambos ocupados por dos retacos que decidieron que nuestro coche era un blanco fácil, y ¡ale! ya la teníamos liada. No nos habíamos movido un centímetro y ¡zascaaaaaaaa! por delante, ¡pumbaaaaaaaaaa! por detrás. Giraba el volante todo lo rápido que podía, con Pichu muerta de la risa, y aquello no se movía ni por asomo, ¡habíamos cogido el coche chungo, seguro! Eso sí, rosa. Una de las veces tuvo que venir el que controlaba el cotarro a sacarnos de nuestro sitio porque yo ya quería llorar. Y fue salir, circular unos segundos de gloria que hasta me provocaron la sensación de ir en descapotable (ah, no, que con el pelo revuelto venía ya de las barquitas), y ¡pimbaaaaaa! por la derecha y ¡plaaaaaaaaaaam! por la izquierda, que daban ganas de decirles "¡Oye! Esto me lo cuentas ahí fuera, si te atreves". Y vuelta a empezar: volante venga a girar, coche parado, golpes por todas partes... hasta el punto de que mi hija me acabó diciendo "mamá, yo quiero yo sola, y tú te bajas". Y fue eso lo que me tocó el orgullo, ¡pero de qué manera! Así que saqué fuerzas de donde no las tenía y me pusé a pegar golpes a diestro y siniestro, a los coches ocupados, a los libres, contra mí misma... ¡Daba igual! ¡La cuestión era PEGAAAAAAAAAAAR! ¡Cómo me lo pasé! ¡Mi pitufa también, que conste! Lo que no sé es si me dejarían volver a subir...

EL DISFRAZ DE AURORA: Ésta es una experiencia que toda madre moderna debería vivir al menos una vez, y por lo tanto, toda madre moderna debería tener una hermana pequeña como la mía, sí. Porque vivir la grata experiencia que voy a contaros ha sido posible gracias al "regalazo" de reyes con el que mi querida hermana pareció ayer mismo, y que le entregó a una ansiosa Pichu: el vestido de la Bella Durmiente con todos sus complementos. Pero es que no es cualquier réplica o similar, no, no, es EL VESTIDO por excelencia. Vamos, que me dice que se lo ha robado a la princesa en cuestión y me lo creo, porque no caben más purpurina, más brilli-brilli, más tela frufrú (si no sabéis lo que es, en cuanto vierais el vestido, lo entenderíais), más lentenjuelas y ¡más rosa! en una prenda. Y si hablamos de los complementos... ¡ay los complementoooooooos! ¿Diadema con más diamantes rosas, más pelo rosa de ese de zapatilla cursi de maruja y más cuentas no hay en el mercado? No, os lo digo yo... y la varita, totalmente a juego con la corona, pelo incluído; que la ves y dices "si esto de verdad hiciera conjuros, al primer golpecito me convierte en ¡Paris Hilton!". Y los zapatos... ¡no tienen competencia! Vamos que si lanzo uno con fuerza hacia arriba en un espacio abierto provoco un eclipse. O eso, o los astrólogos pensarían que ha vuelto el cometa Haley.

Hablando de los zapatos, me dejaréis que ahora después haga un punto y a parte y os cuente la jugada de mi hermana a la hora de elegirlos.
Bueno, pues el tema con el disfraz de Aurora no es el vestido y añadidos en sí, ni siquiera que mi hija parezca un bombón de la marca P. Hilton cuando lo lleva, no... El tema con el disfraz va más allá. Tan allá como que tu hija te pida acompañarte a hacer varias compras... ¡¡con él!! Y que además, en tu intento de evitar superficies concurridas, pretendas ir sólo a la tintorería y a la farmacia, y sea ella la que entrando en la calle de mercawoman te diga "a mercawoman también teníamos que venir, ¿no?". Y en un momento de esos de debilidad maternal, digas "oye, a ella le hace ilusión que la vea así todo quisqui, pues ¡vamos allá!"... Y justo, ayer fue el día que más personas conocidas nos encontramos, madres de mis alumnos incluídas claro, y como no pasábamos desapercibidas precisamente... ¡Pues a "presumir" de hija!
Gracias, querida hermana, por esta experiencia tan religiosa, por conseguir que el suelo de mi salón parezca la Vía Láctea y que mi coche brille más que un lucero (sí, es que además de coento, el pu...ñetero vestido suelta purpurina a mansalva). Gracias de corazón. Descuida, el día que pueda, te devuelvo el favor, que para algo somos hermanas.

Punto y a parte: MI HERMANA, LOS ZAPATOS DE AURORA, LAS TALLAS, LAS EDADES...Y DATOS VARIOS

Me llama mi hermana, en plena elección del modelito "princesa", para preguntar la talla de su sobrina. Le digo, alto y claro, que la niña mide ya 1 metro, y que con ese dato tendrá más fácil ver si coge talla 2-3 o 3-4 (Pichu tiene 3 años).
Me vuelve a llamar: "oye, que le voy a coger todos los complementos (¡genial! pienso yo) y los zapatos pueden ser de tacón o manoletinas". Le digo que lo que más ilusión le haga, total, serán cursis a rabiar en cualquiera de las dos modalidades, y si son de tacón, antes se cansa ella de llevarlos que le hacen mal en el pie. Le digo que talla un 26-27. Vaya, en la tienda hay o 24-26 o 27-28... "Pues coge la 27-28".
Llega a casa y me cuenta que los de tacón no han podido ser porque la dependienta le ha dicho que para una niña de ¡1 AÑO! eran demasiado... A lo que yo le comento. "¡Y tanto!, pero para una niña de 3 AÑOS, como tu sobrina... pueden ser".
Lo mejor, la cara de desconcierto de mi hermana, que incrédula, aún me dice: "¿3 años?Pero si Pichu tiene 1". Y no hace falta que yo diga nada más, porque, de repente, ella solita aterriza por fin de su viaje interespacial, escupe el cigarro de la alegría de su mente y grita "¡Ostras! que me he liado con lo de 1 metro y le he dicho a la dependienta que tiene 1 año!".
Claro, os podéis imaginar la reacción de la pobre vendedora y sus comentarios, ¿no?; primero, porque pensaría que mi hermana es una inconsciente por lo de la broma de los tacones y, segundo, porque una niña de 1 año que usa la talla 3-4 y mide un metro, no es una niña... es la viva imagen de Fernando Romay.

Querida tía L, aquí te dejamos tu regalo de reyes: unas tablas aclaratorias, para la próxima vez. Imprímelas y llévalas siempre contigo. Creemos que te vendrán muy bien. Te queremos.

Aclaro, a mis primas A, M y E, me apetece verlas en Navidad y siempre, pero somos bastante desastre todas... A ver si, leyendo esta entrada, hacemos propósito de enmienda y nos juntamos más a menudo... ¡Pero de verdad! Besitos.

CON M DE MAMÁ

18 de diciembre de 2012

ESTAMOS DE PUENTE (o lo que pasa cuando neuronas y hormonas se van juntas de "fiessshhhta")


Parecía imposible, pero lo conseguimos. Porque eso sí, somos una familia a la que le van los retos. Al fin estábamos "los de la zona ZAS" en el lugar de destino: el chalet de nuestros amigos.

Y, sin saber cómo, se nos hizo de noche.
No, no es la letra de ninguna canción de Sabina, es la pura realidad, más cierta (y menos choni y menos triste) que cualquier reality show. Pero es lo que tiene vivir en un bucle que rueda a la velocidad del sonido (es que ésta me gusta más que la "de la luz", porque como siempre vamos con banda sonora incorporada, pues se ajusta más a nuestro "modus vivendi"). 
La cuestión es que Patricia Manterola se vino con nosotros, aunque no de cuerpo presente (uyyyy... Pero qué yuyu da esta expresión...), y fue bajar del coche y empezar ya a tope mil con su "¡que el ritmo no pare, no pare, ¡NO!, que el ritmo no pare!" ... Y claro, como el movimiento ya lo traes de serie, entre balanceos varios, mecer en brazos, llevar el carro a diferentes velocidades y ritmos... pues empiezas, te lías, te lías, te lías... Y ¡aleeee! "¡Pero si son las diez, chicos!" 
Es que fue llegar y empalmar una secuencia detrás de otra, eso sí, ninguna tranquilita: "ale, rápido, que coma Pichu y así hace la siesta", "la comida ya está", "hala, id comiendo que a estos ahora les ha dado por pedir", "venga, acelerad chicos, segundo turno", "uy, Pichu ya se ha despertado", "les toca teta otra vez", "¡ostras! Hay que bajar a comprar", "vale, lo baño yo primero", "haz la cena de Pichu", "y nosotros ¿qué cenamos?", "teta otra vez", "¡Pichu dormida!", "¡Gordito y Pollito también!", "¿cenamos?", "¡buf! Yo ya no tengo hambre...", "tetas fuera de nuevo"... (¿Qué? ¿A que estresa?) Y la Manterola mientras venga el cante hondo y el movimiento de cadera. 
Claro, si observas la estampa desde fuera, te explicas muchas cosas. Y llegas a la conclusión de que las pifias de las mamis modernas tienen un porqué. Y que las cosas sin sentido que parece que hagamos... Son sólo desconexiones cerebrales que padecemos cuando nuestra neurona rebelde, (la que vive en una eterna adolescencia y sueña con botellones a toda hora, ¡esa!) se convoya con las hormonas postparto, que son tropecientas (o igual no tantas, pero es que hacen tanto follón como si lo fueran), y la lían parda. Y es que la neurona se las sabe todas, vale, pero es que las hormonas son un pelín "happy flower-que fluya la energía", y son muy del movimiento "carpediem, que son dos días". Y por eso, si han de llorar, lloran como si no hubiera mañana (muy apropiado para estos días, por cierto... Porque entre el 12-12-12 y el 21-12-12, estoy en un sin vivir de angustia. Que me paso el pu...ñetero día mirando la hora y sumando, restando, muliplicando por 9 y dividiendo por 5-tararirotarariro, para saber a cuánto estoy de palmarla. Bueno, yo y todos vosotros, ¡a ver si pensáis que el fin del mundo me va a tocar sólo a mí!). Y si han de reír, ríen histéricas como hienas, las tías. Y lo peor de esto es que, como después del parto, tu interior es una autopista de hormonas que van, vienen, cambian de sentido, chocan... Pues la histérica pareces tú. 
Gracias pues a nuestras hormonas y neuronas (las de mi amiga y mías, y en ocasiones las de nuestros maridos) y sus movidas varias, este puente ha sido escenario de momentos como los que siguen a continuación: 
1. Momento "esto no me puede estar pasando a mí". Después de todo el día venga el "que el ritmo no pare, ¡no!", te das cuenta de que te haces mucho "pis", así que te liberas de tus retoños y te diriges al baño. Te diriges allí con la pinta de costumbre (pero un poco peor, que vas chandalera): camiseta medio subida (o medio bajada), suje desabrochado, disco de lactancia haciendo acrobacias para no caer, ¡teta (casi) fuera! y (esto es nuevo) chaqueta deportiva a medio poner, es decir, una manga sí, otra no (es lo que tiene que te entre un frío polar de repente y tengas medio cuerpo inmovilizado por estar en tu "momento vaca lechera"). Hasta aquí todo ok (al menos para mí). Pero, de pronto, cuando vas a salir del baño, notas que tu manga "libre", la que no tapa ningún brazo y que llevas rollo mantón de manila... ¡¡ tiene el puño mojado!! ¡¡¡Aaaaaaaaaaaah!!! Y en ese momento deseas que sea 12-12-12 (o 21, ¡me la trufa! Pero ¡algo!). Te quitas la chaqueta en un movimiento tan rápido y estratégico que ni en Matrix, mientras te lavas hasta el codo, por si acaso la humedad viene de donde no quieres que venga, con lejía y desengrasante (que seguro que juntos hacen más efecto) y te arrodillas pegando la cara al suelo, cual guerrero Masai en plena danza, mientras recitas "que haya agua en el suelo de cuando se han bañado los pitufos, que haya agua en el suelo de cuando se han bañado los pitufos... ¡QUE HAYA AGUA EN EL SUELO POR SU MADRE!". Pero no hay... Entonces, respiras hondo, te recompones y sales al salón; y con voz firme(mente jo...robada) dices: "que ya no hace falta que nadie meta la manga en el wáter, que eso ya lo he hecho yo. Pedíos otra cosa". Y te vas, para darles su momento "descojone" y que no te duela el orgullo. 

2. Momento "tanto va el cántaro a la fuente" o lo que supone tener un salón-comedor adaptado, es decir, lleno de cositas para los retoños: carro 1, carro 2, maleta de juguetes, manta multijuegos megainteractiva, hamaca musical ultrahiperfuncional con sensor de pis, mantas y arrullos por doquier, etc... Esto supone que, o andas mirando al suelo, o te la pegas. Pero bien pegada. No una caidita de esas de "uy, nadie se ha dado cuenta". No, no. Una leche en toda regla, vamos. ¡Y que conste que no fui yo! (yo ya había tenido mi momento). Fue el marido de mi amiga, que en su empeño por ejercer del anfitrión perfecto y evitar que el fuego se apagara, hizo más excursiones a por leña en una tarde que expediciones Jesús Calleja en un año. Y en cada llegada a la chimenea cargadito de troncos, ¡zas!, tropezón con la hamaquita. Que tú dirás "¿y por qué no la apartaba?" Fácil. Pues porque si no, no teníamos entretenimiento el resto. Que al segundo viaje, y viendo que la cosa iba para largo, ya habíamos sacado las pipas, las chuches y las "cokes", y cada vez que subía, descargaba y tropezaba, lo acompañábamos con un "uuuuuuy". Hasta que al final... ¡Pasó lo inevitable! ¡Lechazo al cantoooooo! Tronco en un brazo, plato cargado de embutido en el otro, una pierna en el aire rollo "karate kid" y la otra con el pie "en puntas" a lo Tamara Rojo. Querido J, gracias por ese momento tan patoso y por tu cara de dignidad en todo momento, sin duda, eso fue lo mejor. 

3. Momento "proteína animal". O ese glorioso momento en que mi amiga Helen decidió castigarme a no comer ningún tipo de carne, ninguno. ¿Que por qué? ¡Yo que sé! Preguntádselo a ella, porque yo aún estoy intentando averiguar "qué quiso decir el autor con tan maravillosa cita". Para vuestra información, antes de seguir, diré que el pediatra de Pollito me ha quitado la proteína de vaca de las comidas, por el tema de los cólicos y tal. Nada más. Quedaos con esto: sólo he de evitar la proteína de vaca... Bueno, pues la cosa fue como sigue. Estábamos haciendo la lista de menús para saber qué había que comprar, y fue mencionar la palabra "torrá" y mi querida amiga entró en un estado entre catatónico y levitativo, y tras unos segundos con la cabeza girándole 360º, gritó "¡¡¡TÚ NO PUEDES COMER "TORRÀ"!!!". Que a mí casi se me sale el corazón por la boca... Yo, todo lo tranquila que pude, le dije: "Helen, no sé en vuestra casa qué torráis exactamente, pero yo pensaba en embutido, que es cerdo, chuletas de cerdo...". Y, entonces, pasó. Sólo le faltó apretar el típico botoncito de los concursos que hace "meeeeeeeeeeeeeeeeeeec" para contestar y ganar premio, mientras decía la frase que, a día de hoy, será el epitafio de su lápida, a lo Groucho Marx: (y lo dijo así, de sopetón, sin casi respirar) "Pero las chuletas de cerdo no son de cerdo, ¿no? Son de cordero. ¡Ah, no, no! ¡Las chuletas de cerdo son de vacaaaaaaaaaa!!". 
Acto seguido, yo me levanté y entré en la casa. Sí, es que no quise estropear su "momento revelación-espíritu libre"...

4. Momento "repostería creativa". O mejor, "momentos", porque la cosa, como todas las demás actividades del puente, fue por etapas. Pues eso, los momentos en los que tu amiga y tú os sentís tan inspiradas que, con la excusa de que a la pitufa le gusta la repostería, os ponéis las tres con las manos en la masa, pensando en que ni las mejores fotos de los mejores pastelitos de los mejores reposteros van a superar las fotos que le haréis a vuestras fantásticas creaciones reposteras. Y así, ignorantes de la vida, sin tener en cuenta un millón de cosas, os ponéis a ello y pasáis de la ilusión de hacer vuestras primeras piruletas de bizcocho juntas, en armonía y con la cocina toda llenita de amor y creatividad, al "descojone" máximo cuando vuestras piruletas, que debían tener este aspecto:
pasan a parecer pollos desplumados o accidentes culinarios... Máxime cuando una de ellas, además, se parece sospechosamente a la cabeza del periodista José Oneto y su siempre particular peinado (con todos mis respetos)...
 
Y os pasáis un rato largo muertas de la risa, con los ojos llenos de lágrimas, ganas tremendas de hacer "pis", una hija/sobrina con cara de horror (y pelín de vergüenza ajena) de ver tamaño espectáculo, y una cocina llena de trozos de bizcocho pegados al suelo y pegotes de chocolate "all over the world". Pero oye... ¡qué bonito es cocinar en familia!
Y mientras, vuestros maridos, después de asomarse y presenciar la escenita, han cogido a los dos pequeños y se han largado lejitos, por si se les contagiaba algo.

5. Momento "tulipán" (otro de los momentos "repostería creativa"). ¿Sabéis los moldes esos tan cuquis que hay para hacer galletitas? Sí, ¿qué pasa? También hicimos galletas; y con mejor resultado que las piruletas, por cierto. Bueno, pues yo me pasé largo rato intentando adivinar qué narices era una de ellos... Y como el resto de moldes con los que lo había comprado eran muy primaverales-pascueros, de pronto se me encendió la lucecita y lo vi claro: ¡OSTRAS, CLARO! ¡ES UN TULIPÁN! 
Y en principio, ahí quedó la cosa, porque yo no mencioné a nadie mi duda existencial en ningún momento. Pero cuando las galletitas estuvieron listas para ser devoradas, yo, llámalo inercia, casualidad o destino, me fui directa a por el tulipán... Y sin querer, mientras miraba la galletita y le daba vueltas, pensé en voz alta: "sinceramente... éste es un tulipán bastante extraño...". Aún no había acabado la frase, y mi querida amiga ya estaba partiéndose de risa de una manera casi ofensiva (ahora, que quien ríe el ultimo... ¿eh, proteína de vaca?). Y, a continuación, soltó bien altito, para que se enterara hasta el vecino:
¡¡ES QUE NO ES UN TULIPÁN! (ahora ya le caían las lágrimas sin parar...) 

¡¡¡ES...





UN CONEJO!!!
Oye, pues qué queréis que os diga... Que una vez hecha la galleta, vale, sí, quizás estaba más claro. Pero ¿vais a decirme que lo de más arriba es un conejo? ¡Veeeeeenga ya! 

Sinceramente, estar de puente es muy divertido. Sí. Pero siempre y cuando no haya fotos de por medio que puedan revelar nuestro lado oscuro, el de las madres modernas, digo.
Porque cuando eres una chica JASP (Joven Aunque Sobradamente Preparada), cualquier foto haciendo el gili mola, porque hacer el gili mola, y porque cuando las miras piensas: "¡pero qué ideal que soy, o sea!". 
Cuando eres MADRE (M-A-D-R-E), ¡NO! Porque luego ves las fotos y piensas: "vaya pinta gilip..alurda tengo" o "¿qué narices era eso?". Y te pones a llorar (pero de la risa, a lo "proteína de vaca") mientras cantas "Aaaaah! Cómo hemos cambiadooooo, qué lejos ha quedaaaaado..." y Patricia Manterola baja del escenario y deja paso a Sole, de Presuntos Implicados.

CON M DE MAMÁ

11 de diciembre de 2012

¡NOS VAMOS DE PUENTE!


Que tú dirás "mujer, por los trastos que lleváis, diría que más que de puente te vas de acueducto, ¿no?". Pues no. Es más, en realidad de lo que me he ido es de fin de semana y unas horas, pero si digo "puente" mientras miras las fotos suena menos ridículo.

Hay que ver cómo puede cambiar el sentido de una palabra, y todo lo que ella implica, cuando llevas detrás dos churumbeles. Sí, no es broma, no.
Cuando eres solterita ideal, o con novio, pero sin "minitús" detrás, te llevas todos estos trastos y más si hace falta, pero es diferente... Y además todo te parece "guay/genial/chachi/molamil", ya sea tener que ir encima de tu maleta porque no hay más sitio en el coche o tener que llevar el radiocasete guardado en el canalillo. Todo es buen rollo, paz y amor, y "happyhour".
Pero con niños, la cosa cambia, sí, porque también has de ir en el coche sentada como si fueras una ficha del tetris, pero ya no mola tanto, porque normalmente la "partida" va acompañada de banda sonora, de esas que acaban poniendo a parir al mísmisimo Mahatma Gandhi. Y sí, en esos puentes, tus maletas también iban llenas de "por si", pero son un tipo de "por sis" muy distintos: por si salimos a cenar, por si salimos a cenar y de fiesta, por si salimos a cenar y luego de tranquis, por si el primer "por si" no me acaba de convencer, por si se me acaba la espuma del pelo, por si me canso de los tacones, por si vamos de excursión-modelito ideal 1, por si me mancho en la excursión-modelito ideal 2, por si hay "buen ganado" por la zona (en caso de soltería), por si mi chico se pone mimoso (en el caso contrario), por si la cena es en un sitio "cuqui" pero no tan "cuqui" como para ir con vestidito... Y un largo etcétera de "por sis" que ahora te dan tanta risa que te atragantas. ¿Que por qué? Pues porque ahora los "por si" los reservas para tus retoños. Tú te apañas con lo primero que pillas y consigues meter en la maleta, llueva, truene, vayas de cena (¿perdón? esto se me debe haber colado... ¿vaya de qué?), nieve o caigan billetes del cielo (¡que más quisiera yo! ¡dejaría mercawoman sin pañales!).
Lo de que te apañas con lo primero que pillas, al menos en mi caso, es verdad. Que en realidad, no pasa nada porque yo ya había quedado con mi amiga Helen (cualquier día os la presento) en que íbamos a pasar los días en plan "chandalero", vamos que lo más "chic" que íbamos a llevar puesto iban a ser nuestros retoños colgados de la teta (porque ellos sí que iban conjuntaditos, sí). 
Aún así, hacerte la maleta como yo la hice... tiene cocos, aunque lo hiciera por no despertar a Pollito. Es que el pobre había tenido una tardecita difícil, y si se despertaba iba a suponer que su mami pasara de ir con "choni-conjuntos" a ir con "el mismo choni-conjunto" todo el fin de semana por no poder hacerme la maleta. O sea, además de cutre, guarra. 
Bueno, a lo que iba: mi maleta. Pues fue fácil, fácil del todo: alumbré con una linterna el interior del armario, metí la mano, y fui contando camisetas de manga larga. Ídem con las leggins y pantalones. ¿Que si hice conjuntitos? Sí, claro, y también me dio tiempo a bailar salsa dentro del armario y hacer pilates en la cama. ¡No te jo...roba! Pues no, conjuntitos cero. "Por sis" tampoco. Soy madre, ¿recuerdas? MA-DRE. En dos palabras. Como diría un genio de la literatura del pueblo. 
Todo esto supone que haces de tripas corazón y olvidas que hay una escala cromática, que hay colores que juntos combinan y otros que gritan a coro "¡dame una colleja, por garrula, que me la he ganado a pulso!", y que antes llevabas combinadas hasta las braguitas con el color de la casa rural a la que ibas a ir (lo siento, nunca he sido de las que dicen "bragas". No puedo. Es que es decirlo e imaginarme unas de esas enoooormes color visón... Y sentir la necesidad de empezar a correr para que no me atrapen. Dan mucho yuyu... ¿Que no?). Eso sí, mis dos churumbeles, ideales, con sus maletas llenas de "conjunts" (para los no valencianos, léase "conchunts"), millones de "por sis" y la ropa interior combinada con los colores del lugar de destino. 
Primer paso conseguido: maletas hechas. Una compartida para el padre de las criaturas y para mí, y una para cada enano, más otra para pañales y accesorios, una bolsa para los zapatos de la mayor, otra para bibes y cositas de cocina, otra con la cuna de viaje, otra para el colchón de la cuna, una con juguetes y cuentos para la mayor, el carro y el capazo, que van sin bolsa pero son los que más ocupan los desgraciados. O sea, nos ganan por goleada: "Churumbeles 11 / Papis 1".
Segundo paso: ahora toca cargar el coche. En el momento que empezamos a bajar bultos cometo el gran fallo de avisar a Helen de que estamos casi saliendo con un "cargando coche! Yuhuuuu!". Cagada imperial. Sí, porque la operación "carga", con eso de que hay que meter los trastos midiendo primero con un metro los diferentes perímetros y volúmenes y acoplarlos al maletero previa resolución del problema matemático, dura más de media hora. Y para postre, cuando ya está todo acopladito, se me ocurre abrir el maletero para comprobar una cosa y... ¡Ale! Con el "pop" explosivo que emite al abrirse, ya no hay stop: los trastos empiezan a darse codazos para hacerse hueco reclamando su espacio personal, cual adolescentes borrachuzos de fiesta intentando clavarse en la barra. Y ahora ¡a ver quién es el guapo que lo cierra de nuevo! Todo esto ocurre mientras tu chico te mira con cara de "qué buenísima idea has tenido... zopenca. Pero yo te quiero". Cuando al fin lo tenemos todo arregladito, toca concierto en do mayor. Sí, porque Pollito ya llevaba un rato sin manifestarse, y le toca. Y ¡halaaaaa! ¡A berrear como si no hubiera mañana! Pones las canciones de Pichu a tope, a ver si así calla un poquito, pero no. Y el panorama es el siguiente: Pollito berreando color rojo tomate, Dàmaris Gelabert y Disney cantando a grito "pelao", Pichu cantando con ellos roja tomate, y tu marido y tú... llorando. 
Así que en un momento tu coche ha pasado de ser un remanso de paz (con bultos) a ser declarado zona ZAS (zona acústicamente saturada, con bultos). Y llamas a Helen para explicarle que os vais a retrasar un poquito porque acaba de aparecer Rita con un par de policías (los que tiene bajo de casa, que están que no caben en sí de gozo por el cambio de rutina). 
Cuando al fin se inicia la marcha (tercer paso), vamos sólo con 45 minutos de retraso. Eso sí, dejamos el barrio con más arte que los toreros, porque los vecinos que han estado presenciando la escenita, nos aplauden a rabiar, y hacen la ola mientras nos vitorean. Vamos, una escenita al más puro estilo "¿Qué apostamos?" de Ramón García. 
A todo esto, mi querida amiga que se imaginaba algo así, precavida como pocas, me había pedido que la avisara a cierta distancia del destino "y así voy echando el arroz"... No hace falta que continúe, ¿no? Evidentemente, entre calmar a uno, cantar al compás y contar un cuento inventado (en el que, eso sí, tu hija te da los personajes que han de salir y los hechos fundamentales que han de ocurrir... Y ¡pobre de ti como te equivoques!), mi cabeza no tuvo tiempo de procesar esa información. Así que la avisé ya en la puerta y le tiré la culpa al "wassap, tía, que se ralla y no me envía los mensajes, no sé porqué". 
¡Por cierto! "Churumbeles 12 / Papis 1". ¡Que se me había olvidado contar la bolsa "por si" del carro! ¡Por favor! ¡Que sin ella el "finde" no habría sido igual! 
¿Quién si no iba a encargarse de: la burbuja de lluvia por si llueve, la manta número 3 por si hace más frío que en Andorra, una muda para cada retoño por si hay manchas, otra para ti por si hay regada general...? :-P 

¿Sabéis qué os digo? ¡Que en el próximo puente nos vamos con lo puesto! ¡TODOS! 
O mejor, no nos vamos... 

Próximamente: "ESTAMOS DE PUENTE" o "Lo que pasa cuando tus hormonas y neuronas se van juntas de "`fieshhhhta´"

CON M DE MAMÁ