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13 de agosto de 2016

Mitos, leyendas y sorbitos de mala leche

No soy una gran escritora. Es más, ni siquiera soy una simple escritora como para andar publicando un recopilatorio de mitos y leyendas de lo que sea. Sin embargo, soy madre, y por partida doble. Y eso señores... eso da para muchas páginas. Muchos tomos, diría, de mitos, leyendas e historias varias.
En diciembre hará 7 años (¿¿ya??) que me convertí en madre. Y a lo largo de esos siete años he tenido que oír todo tipo de comentarios y opiniones sobre cómo debía hacer las cosas, educar a mis hijos, establecer sus rutinas, qué era mejor para ellos, qué he hecho mal, qué he hecho peor... La cuestión es que, durante estos siete años, todas esas personas de mi entorno que se han tomado la libertad de darme lecciones, jamás han sido capaces de mirarme y decir: "qué bien lo estás (estáis) haciendo". Ninguna. Es fuerte, ¿eh?
Éste es un ejemplo más de que la especie humana es mucho más dañina consigo misma que con el planeta en general, y de ahí, suma y sigue.
En estos tiempos en los que tanto se habla de empatía, asertividad y una larga lista de palabros que toda la humanidad deberíamos tener en cuenta para que nuestra vida, y la de los demás, fuera algo mejor... nos perdemos en cómo decirlas pero no ponemos nada en práctica.
En diciembre hará siete años a lo largo de los cuales he escuchado en multitud de ocasiones consejos, opiniones, frases y cantinelas tales como: no la/lo cojas tanto que se va a acostumbrar, no está tomando suficiente leche, siempre está pegada/o a tu pecho, tendrá que acostumbrarse a ir de brazo en brazo, va a ser dependiente vuestro toda la vida, ha de acostumbrarse a dormir solo/a o a los doce años seguirá reclamándoos, no va a querer estar con nadie que no seáis vosotros, ha de acostumbrarse a estar sin ti, es demasiado mayor para tomar pecho, tendrás que ir a la mili con él para que pueda dormirse en tu pecho, los niños no deberían dormir con sus padres porque la cama de la pareja es sagrada, que llore un poco es bueno para sus pulmones porque así los ensancha, la estás malcriando con tanto brazo, aún no ha llorado ni un minuto y ya la habéis cogido, si la/lo cojo y se despierta ya se volverá a dormir (no seas exagerada), se ha de inmunizar para que su aparato respiratorio madure... Y podría seguir enumerando tantas y tantas barbaridades y frases desafortunadas que acabaría el post y aún me quedarían muchas en el tintero.
Puedo rebatir todas y cada una de ellas, y podría decir quién dijo qué cada vez, porque se te clavan tanto a fuego que es inevitable no recordar esos momentos con algo de tristeza y bastante impotencia. Pero no vale la pena perder el tiempo en tantas personas que se han equivocado con tanto juicio gratuito.
A estas alturas puedo desmontar todos y cada uno de esos mitos falsos sobre la maternidad que predecían que mis hijos iban a convertirse en unos seres insoportablemente dependientes, casi tiranos, que iban a amargarnos la existencia por, simplemente, haberles dado todo nuestro amor y atención desde su primer segundo de vida. A estas alturas sigo preguntándome por qué narices somos todos tan listos, tan crueles y tan poco considerados con los padres novatos (sean o no primerizos), por qué nos dejamos la empatía en casa cuando miramos a otros padres y abrimos la bocaza para comentar, por qué a aquellos que fueron padres primerizos o novatos hace ya años se les olvida que ellos también tuvieron un comienzo y que también tuvieron que luchar contra los comentarios y las críticas nada constructivas.
A día de hoy, mis hijos siguen queriendo que los acompañemos al dormir con un cuento o mimos, si yo estoy en casa Rubiazo sigue tomando pecho antes de quedarse dormido, durante la noche siguen viniendo a nuestra cama cuando tienen miedo o simplemente necesitan sentirse reconfortados, seguimos cogiéndolos en brazos si lloran o tienen un mal día o momento, seguimos pasando gran parte de nuestro tiempo con ellos como una familia... ¿y sabéis qué? NO SE HA CUMPLIDO NI UNA SOLA DE VUESTRAS LEYENDAS Y NINGUNO DE VUESTROS MITOS SE HA HECHO REALIDAD. Nuestros hijos son niños autónomos, que entienden perfectamente que hay momentos para todo, que no patalean y berrean para conseguir las cosas porque saben que así no consiguen nada. Los dos pasaron con menos de dos años, dos días y una noche fuera de casa con su escuela infantil, han pasado un fin de semana fuera en varias ocasiones en casa de los tíos y además, Pichu lleva ya tres años yéndose unos días a dormir a casa de sus tíos en verano; en concreto, el pasado, con sus cinco añitos, una semana entera. Rubiazo se ha ido con ella este año por primera vez, tres días y medio con sus tres noches y, ¡oh cielos!, no ha pedido "lechita" en ningún momento, se ha dormido sin dramas, no ha reclamado volverse a casa con mami y papi, de hecho habrían alargado los dos la estancia si no llega a ser por el encuentro familiar que teníamos programado. Estos días, nuestros pequeños, los mismos que han sido mimados en exceso por haber sido cogidos en brazos cada vez que lo necesitaban, ésos a los que no dejábamos llorar en la cuna para que se acostumbraran (aún no sé a qué), los mismos a los que teníamos que haber dejado ir de brazo en brazo desde su primer minuto de vida para que se acostumbraran a la gente y fueran seres sociales... han disfrutado de varios días sin sus padres, han sido felicísimos con sus tíos y primos y amigos de los mismos, se han duchado, vestido y aseado solitos con sus 6 y 3 años y medio respectivamente, han ayudado en casa, se han hecho responsables de sus maletas y todo lo que llevaban (que no era poco), medicinas incluidas, no han montado dramas al irse a dormir sin papá y mamá y, en definitiva, han sido exactamente iguales que en casa, pero sin nosotros.
¿Dónde está el drama, el trauma o la terrible consecuencia de haber criado a nuestros hijos sabiéndose queridos, cuidados y mimados (que no consentidos)?
¿Qué hacemos pues con todos esos comentarios desafortunados que lanzamos de manera tan inconsciente a todos los papis y mamis que acaban de serlo, y que no son más que SORBITOS DE MALA LECHE que, en muchas ocasiones, consiguen agriar la propia leche materna, la ilusión y los miedos normales de las primeras veces como padres?
¿Por qué tenemos esa facilidad para creernos mejores que los que tenemos delante y nos atrevemos a dar esas clases magistrales de sueño, alimentación, rutinas en general y educación cuando somos los primeros que hemos necesitado equivocarnos para saber qué era mejor?
¿Por qué cada madre (primeriza o no) que tengo cerca tiene siempre la misma sensación que tenemos todas de sentirse presionada, juzgada, observada con lupa y criticada en cada cosa que hace?
Yo no puedo hablar de los demás, porque bastante tengo con ser yo misma y aguantarme, ni de sus hijos, porque bastante tengo con los míos y con hacerlo lo mejor que puedo, pero sí puedo hablar de lo que aquí hemos hecho como padres y que nos ha funcionado de maravilla: SEGUIR NUESTRO INSTINTO Y NUESTRO PROPIO CRITERIO, OBVIAR LAS CRÍTICAS Y LAS OPINIONES QUE NUNCA HEMOS PEDIDO, Y CRIAR A NUESTROS TESOROS CON AMOR, CON MUCHO AMOR, CON TODO LO QUE ELLO IMPLICA. Hemos acunado, cantado, acariciado, abrazado, besado y mimado a nuestros hijos muchísimo, y lo seguimos haciendo, y sí, TAMBIÉN LOS HEMOS EDUCADO HACIÉNDOLES SABER QUE HAY LÍMITES, que su libertad acaba cuando se convierte en libertinaje y que hay normas que son necesarias para convivir, en familia y en sociedad, porque toda relación se basa en el RESPETO.
Y haciendo balance, después de casi 7 años y casi 4, respectivamente, diría que no nos ha ido tan mal. No se ha cumplido ninguno de los trágicos finales de todos los mitos y leyendas que, con tan mala leche, vaticinaron (y siguen aún hoy) sobre la personalidad horrible y difícil y la fatal educación que tendrían nuestros hijos, a pesar de que nosotros hemos hecho todo lo posible porque así fuera, con premeditación y alevosía.

Dicen que la excepción confirma la regla. Pues da la casualidad de que me rodeo de muchos más padres desobedientes y atrevidos que han querido criar desoyendo las mismas amenazas que nosotros, por lo que deduzco que en esto de la maternidad no debe haber una regla y que la gran mayoría de nuestros hijos (por suerte) son fruto de la excepción.
Es justo por esto que todos ellos son EXCEPCIONALES. A pesar de los mitos, las leyendas y los sorbitos mala leche. (C.q.d)

22 de mayo de 2016

En esta casa hay normas

Y si nuestros hijos han de cumplirlas, los hijos de los demás también. Podéis pensar que soy una rancia o una seca. Lo que desde luego sí que soy es una madre preocupada porque sus hijos conozcan el verdadero significado de la palabra educación. Parto de la base de que nuestros hijos no son perfectos, ni lo queremos, ni nuestra educación es el modelo a seguir, pero hay una serie de normas básicas convivenciales que no estaría de más que todos enseñáramos a nuestros churumbeles, ya que como bien dice la canción de Elefantes: "Eh tú!! No se te ocurra dejar el suelo sin barrer, que alguien debe venir detrás cansado igual como tú, tratando de entender que sólo somos olas en el mar...".
En nuestra casa jugamos mucho, y hacemos el marrano con arena, plantitas y demás historias para hacer pociones mágicas, llenamos el suelo de purpurina de mil colores cuando estamos metidos de lleno en alguna manualidad, nos perseguimos por toda la casa para matarnos a cosquillas, ponemos la mesa de la cocina y el suelo perdidos de harina y huevo si estamos preparando un bizcocho, convertimos el salón en una juguetería sin orden ni concierto o en un mercadillo de disfraces, llenamos la bañera de espuma para que mamá y papá acaben hasta arriba de la misma, jugamos a peluquería y acabamos llenos de colonia y lo que no es colonia, bailamos hasta caer rendidos con la música más alta de lo normal (jamás a horas intempestivas)... Pero no botamos en el sofá con los zapatos de la calle, ni dejamos todo por recoger cuando hemos acabado de jugar, ni decidimos nosotros la hora en la que visitar al vecino, no. Hay cosas, que parecen tonterías pero que no lo son. Mis hijos saben que para subir al sofá aquí en casa, dado que sus piernas no son aún lo suficientemente largas como para que los pies les cuelguen, se han de quitar los zapatos de la calle, pero no para botar (y sí, claro que en la cama botan, sobre todo cuando no los vemos). Obvio, yo he visto a mi hijo sin zapatos en el sofá de otras casas y haciendo el intento de ponerse a botar, que al fin y al cabo es un niño, pero he estado ahí y lo he frenado en seco, no me he dedicado a mirar para otro lado.
Nuestros hijos conocen la normas de su casa y pueden pensar que en todas partes son iguales, a no ser que desde bien pequeños les hagamos entender que cada casa es un mundo, y que preguntar no es ofender. Igual que pueden aprovecharse del hecho de que justamente no están en su casa para hacer lo que les place, aunque mi experiencia me dice que si conocen normas, esto no es lo normal. Si a eso le sumamos el estar pendientes de su comportamiento cuando estamos en una casa ajena, estamos ayudándolos a aprender el verdadero significado del respeto. Cuando entramos en la intimidad de otro hogar porque alguien nos abre sus puertas y nos da su confianza, lo suyo es intentar no cargarnos su armonía, al margen de que ésta case o no con nuestra manera de hacer las cosas. Si a mis hijos les enseño a que el sofá no es el lugar en el que botar con los zapatos de la calle, espero que cuando vayan a otro casa sigan esa premisa, aunque vean a otros botar. Si saben que cuando acaban de jugar han de recoger, espero de ellos que lo hagan donde vayan, aunque no sepan dónde va cada cosa, y si no es así, ya estaremos nosotros para hacerles memoria. No considero que las normas que tienen sean estrictas, creo que son simplemente necesarias para saber convivir en grupo, ya que luego las costumbres y actos se trasladan a su vida fuera de casa, y en un futuro, a su vida independiente.
Lo que llevo peor, lo reconozco, y no sé si tendrá que ver con el hecho de ser maestra y pensar que en fin de semana no estoy ejerciendo como tal sino como madre, es el hecho de ver a mis hijos, en mi casa, comportándose como niños, pero con sus normas, mientras que los hijos de los demás no parecen tener respeto por ninguna y a sus padres no parece importarles demasiado. No es lo normal, obvio, al fin y al cabo uno acaba juntándose con quien está a gusto en todos los sentidos, incluído en lo que implica la crianza, pero en más de una ocasión te encuentras con situaciones en las que el pensamiento natural en tu cabeza es: "¿pero qué necesidad?".
Insisto, mis hijos se equivocan a diario, igual que nosotros sus padres, gracias al cielo. Y creo que es importante que prestemos atención tanto a lo que hacen mal como a lo que hacen fenomenal. Pero no deberíamos olvidar jamás que estamos criando unas personitas que van a formar parte, ya son parte, de una sociedad que necesita el respeto como clave para poder tirar hacia delante, y conseguir ese respeto es aprender que si actúo según me place sin mirar si mi actitud fastidia al de al lado, me cargo la armonía; y que si el de al lado no mira por mí no tiene que condicionar mi manera de ser y hacer. Al menos así lo vemos aquí.
Los niños son niños, y por eso tienen padres, para seguir siendo niños. Así que somos nosotros, sus progenitores, los que dejamos mucho que desear en muchas ocasiones, sin pensar en que educamos con nuestros actos y que nuestros hijos son nuestro reflejo, el mejor, o el peor.

22 de mayo de 2015

Confianza: la clave de cualquier relación

La confianza con nuestros hijos se siembra desde que nacen. Es más, si me apuráis, casi que desde que son pensados. Todas y cada una de nuestras acciones, no sólo nuestras palabras, determinarán si nuestra relación se va consolidando acorde a una confianza mutua o más bien todo lo contrario.
Podemos demostrar confianza en nuestros hijos de muchas maneras, y todas y cada una de esas muestras son las que harán posible que, de manera natural, nuestros hijos se sientan libres y tranquilos, en resumen confiados, a la hora de contarnos cualquier cosa de su día a día. Si lo vemos así, y esto se alarga en el tiempo, nuestros hijos sabrán que pueden contar con nosotros siempre que algo se tuerza, incluso cuando hayan sido ellos quienes hayan provocado esa torcedura.
Demostramos que confiamos en nuestros hijos cuando les hablamos con naturalidad y sin tabúes de aquello que necesitan saber, cuando contamos con ellos para la planificación familiar, cuando les contamos nuestro día (sin ahondar en detalles de adultos complicados y retorcidos, que no les hace ninguna falta), cuando mostramos sin pudor nuestros sentimientos y lloramos con ellos o reímos con ellos, cuando les damos responsabilidades acordes a su edad, cuando aceptamos su mini ayuda, cuando damos valor a lo que nos dicen y los escuchamos con sinceridad, cuando no empequeñecemos sus problemas y les damos la importancia que merecen, cuando les ponemos límites brindándoles todo nuestro amor... En resumen cuando les hacemos ver que creemos en ellos y en sus capacidades, creemos en nuestra relación padres-hijos como el centro de la piña que queremos construir. Y sobre todo y MUY IMPORTANTE, bajo nuestro punto de vista, cuando al venir a contarnos algo que no han hecho de manera correcta o a confesarnos una trastada o la palabrota más gorda del Universo, no entramos en trance y les contestamos cual obeliscos, con un grito, una buena riña o un castigo grande, sino que les DAMOS LAS GRACIAS POR HABÉRNOSLO CONTADO. Así es. Si antes de buscar una solución a su error les agradecemos su confianza, pero con sinceridad, mirándolos a los ojos y dándoles un gran abrazo, estamos propiciando que siempre que se equivoquen o hagan algo que no está bien, sepan que pueden acudir a nosotros, porque sus padres no van a castigarlos sin más, sus padres van a escucharlos y ayudarlos a resolver los conflictos, no sin hacerles, obvio, una buena reflexión sobre lo ocurrido y cómo se sienten por ello.
Escuchar a nuestros hijos y permitirles equivocarse no es lo mismo que no ponerles límites, más bien al contrario. Precisamente porque hay límites y porque saben que hay confianza en nuestra relación, serán ellos mismos quienes acudan a nosotros cuando hayan sobrepasado esos límites y eso no les haga sentir bien. Y, con suerte, en un futuro no muy lejano, cuando la adolescencia y la rebeldía corran por sus venas, se sientan con la libertad de hablar de sus dudas e inquietudes sin tapujos en casa, porque saben que cuentan con unos padres que escuchan y guían antes de juzgar o poner el grito en el cielo, con unos padres que darían su vida por ayudarlos en cualquier situación.
La confianza nace con ellos. Nosotros sólo tenemos que hacerla crecer, al mismo ritmo que ellos lo hacen.

CON M DE MAMÁ y C de CONFIANZA

CON M DE MAMÁ

14 de octubre de 2014

Limitando, que es gerundio

Parece que en los tiempos que corren hablar de LÍMITES está demodé, de más, incomoda y me atrevería a decir que hasta espanta. Y no lo entiendo, la verdad. Hay una especie de moda por la que parece que debemos considerar esta palabra tabú. Pues a mí, personalmente, me parece una palabra estupenda sobre la que divagar un rato.
Hoy voy a hablaros como madre y maestra, pero sobre todo como madre, con el corazón en la mano, sin enjuiciar a nadie en particular, basándome en la experiencia y partiendo siempre de mí misma como individuo, y de "nosotros", mi marido y yo, como padres de una niña y un niño.
LOS LÍMITES SON NECESARIOS.
¿Perdona? ¿Límites dices? ¿Obligar a mis niños a hacer lo que no quieren o a no hacer lo que quieren?
No, LIMITAR NO ES SINÓNIMO DE PROHIBIR U OBLIGAR.
Entendamos LIMITAR como poner una barrera en una carretera para evitar que los coches que van en una dirección, a una velocidad bastante elevada, distingan una señal de aviso y, de paso, no se precipiten al vacío. Ya está, no hay más, es tan sencillo como gráfica es la explicación.
Pensemos en lo que tenemos en nuestras manos: personitas que absorben a la velocidad de la luz todo lo que ven, todo lo que oyen. Personitas con un cerebro que memoriza, un corazón que guarda sentimientos y los asocia a cada persona y a cada actitud. Personitas que necesitan que alguien con más experiencia en la vida les preste una mano para indicarles el camino, que no necesariamente significa obligarles a caminar por un único camino o por el mismo que nosotros escogemos, ojo.
Nuestros hijos vienen a este mundo como hojas en blanco que van siendo rellenadas según viven y experimentan. Nuestros hijos no saben la diferencia entre blanco y negro ni el significado de sí y no. Necesitan que nosotros, sus padres, estas personas adultas y maduras que en principio somos, les mostremos lo que hay, con hechos porque somos su modelo directo, que les ayudemos a forjar su personalidad, a adquirir su propio pensamiento crítico, que les mostremos los valores que hacen íntegras a las personas, para que así ellos puedan decidir qué bifurcación coger.
Si por el miedo a convertirnos en padres dictadores evitamos los límites... Estamos pasando de un extremo a otro, cosa que para nada augura éxito seguro. A lo largo de la historia queda demostrado más que de sobra que los extremos nunca fueron buenos.
Insisto en que no entiendo el miedo actual a decir NO a nuestros pequeños, ya que por cada NO que les decimos les estamos dando muchos SÍ con nuestros actos, o al menos así lo veo yo aquí. Un NO a tiempo en los inicios son muchos SÍ cuando tengan que enfrentarse solos a este mundo medio en ruinas que tenemos.
Creo, quizás me equivoque, que lo que pasa es que actualmente mezclamos peras con limones con mucha facilidad. No concebimos que no está reñido AMAR (así, con mayúsculas) a nuestros hijos con MARCAR UNOS LÍMITES (también con mayúsculas). Los límites no son negaciones simples al uso de todo aquello que quieran hacer o estén haciendo, claro que no. A los niños hay que dejarlos ser niños, dejarlos equivocarse, dejarlos caer y ayudarlos a levantarse, pero también hay que enseñarles aquello que es respetuoso y aquello que no lo es, tanto para relacionarse con nosotros como con todas las personas, animales y seres vivos de su entorno. En resumidas cuentas, y bajo mi humilde punto de vista, LOS LÍMITES LES MUESTRAN LA DIFERENCIA ENTRE LIBERTAD Y LIBERTINAJE, y los posicionan a favor o en contra del respeto y la educación. Y una vez más, insisto, inculcar a nuestros hijos respeto y educación no está reñido con la espontaneidad de la infancia. De hecho, considero que mis hijos son niños educados, respetuosos y a su vez (y cariñosamente) ¡están como un cencerro! Jamás los he visto cohibidos, al contrario, son de lo más natural. Son niños que juegan a ser niños, con los que jugamos a ser niños, a los que miramos como niños, pero a los que no consentimos actitudes que nos parecen fuera de lugar, como niños también. Si yo dejo que mis hijos hagan lo que les place a toda hora y eso implica molestias al de al lado, no estoy enseñándoles a respetar. Y así, con todo y en todos los aspectos, a todos los niveles.
A Pichu le dijimos su primer NO con meses (y a Rubiazo, ídem de lo anterior). Tal cual. Ante no pocos reproches de familiares que opinaban que era muy pequeña para oírlo, que "pobrecita, si no se entera de lo que hace"... No, claro, evidentemente, jamás hemos pensado ni de ella ni de su hermano que sus actos hayan sido con premeditación y alevosía mientras han sido bebés, incluso cuando han dejado la etapa de bebé para ir convirtiéndose en niña y niño respectivamente. Está claro que sus actuaciones son una parte muy necesaria de su desarrollo, que con final feliz o no, tienen que probar cuál es resultado de un comportamiento, tienen que saber qué pasa si tiran comida al suelo, si muerden, si pegan, si pintan las paredes, al igual que esperan reacciones cuando besan, abrazan, acarician, sonríen, comparte, ofrecen... Nuestros niños actúan por imitación. Ése es su primer juego: copiar, repetir. Nuestros hijos descubren el mundo a través de nuestros ojos, de los de sus maestr@s, de los de las personas más cercanas a la familia... Es por eso que no debemos crearles unas expectativas de mundo que no son reales: HIJO MÍO, PUEDES HACER LO QUE TE ROTE DÉ LA GANA, porque esto no los va a convertir en adultos felices, al contrario. La vida que nos toca vivir es una suerte, pero también una batalla diaria, un cúmulo de cosas contra las que lidiar y, a la vez, de las que disfrutar. Si nuestros hijos crecen pensando que todo está permitido, que todo lo que se les antoje es posible (y ojo, no hablo de sueños sino de comportamientos individualistas rozando el egoísmo), que ellos están por delante de todo y de todos (son lo que más queremos, nuestra máxima prioridad, no la del resto del universo)... Quizás pensemos que estamos criando niños felices y sin embargo estaremos criando futuros adultos insatisfechos, consigo mismos y con su alrededor.
Nadie dijo que criar y educar era fácil. Poner LÍMITES cuando uno está hasta el pirri del trabajo, del seguro de la casa que le ha dejado la cuenta en números fluorescentes, de la lluvia que ha calado hasta su carnet de identidad y el de sus niños y de un largo etcétera de cualquier día gris... NO ES FÁCIL. Porque cuando estamos así, al límite (curiosa coincidencia) sólo querríamos tirarnos en el sofá y dejarlos campar a sus anchas, cenar lo que les diera la gana, que cayeran rendidos por sí mismos en cualquier parte del salón, y verlo todo como a cámara lenta mientras dejamos que se cierren nuestros ojos. ¿No? ¿Nunca habéis tenido ese pensamiento? Pues pasadme ahora mismo "eso" que tomáis y que os da súper poderes, porque yo sí tengo días así. Obviamente, todo queda en un sueño, y si su tarde va tan torcida como la nuestra, pues nada, nos miramos, resoplamos, a veces sonreímos y otras veces casi que contenemos la lagrimilla, y ¡al tajo! No, no es fácil. Pero es necesario, y es bueno... y lo mejor de todo: FRUCTÍFERO.
Un NO a tiempo son muchos SÍ en un futuro, porque estaremos abriéndoles las puertas a un mundo en el que la integridad, por desgracia, se está evaporando a marchas forzadas, y donde, a pesar de todo, aún queda mucha gente con ganas de hacerlo bien. Si hoy somos capaces de decirles "no, no puedo comprarte esto porque es un capricho" o "no está bien que contestes así" o "espera un momento que acabe de hablar con papá y te escucho", estaremos criando personas que serán capaces de valorar tanto lo material como lo humano, y que no sentirán la imperiosa necesidad de arrasar por donde pasen para triunfar en sus vidas.
Eso sí, IMPORTANTE RECORDAR QUE CADA NIÑO, como cada persona, ES UN MUNDO, por tanto el establecer normas no debe estar en discordia con dar todo el amor que cada uno necesite; igual que tampoco podremos usar la misma vara de medir para todos en cuanto a que cada hijo necesitará un tiempo de acople a ese nuevo límite que ha aparecido en sus vidas.
Imagen tomada de: http://sanacolitaderana.com.mx/blog/wp-content/uploads/2012/09/imagen-post-limites1.jpg

CON M DE MAMÁ