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25 de septiembre de 2016

Tus hijos SÍ son tus hijos

Supongo que conocéis el precioso poema de Khalil Gibran: “SOBRE LOS HIJOS” (lo tenéis más abajo😉).

Este poema me ha encantado siempre porque su mensaje es tan acertado, y ayuda tanto al aterrizaje en momentos de encabezonamiento nuestro cuando queremos imponer ciertas cosas... Sin embargo, hoy escribo para llevarle un poquito la contraria a este gran escritor en eso de que nuestros hijos no son nuestros.

Si nos ponemos en plan metafísico y profundo, nuestros hijos no son posesión nuestra, de acuerdo. Porque pensarlo así nos lleva a cometer errores tan grandes como el de proyectar en ellos nuestros anhelos y deseos no cumplidos. Pero en el sentido práctico y más terrenal, sí, son nuestros, y no del vecino o de esa madre del parque con buena voluntad y mucha paciencia. 

Nuestros hijos agotan, nos dan malas noches, nos regalan rabietas, nos dan sustos de ésos en los que el corazón nos sale por la boca y vuelve a su sitio en décimas de segundo... sí, pero también nos dan algo que nadie más es capaz de dar tan desinteresadamente: su amor. Da igual las veces que nos equivoquemos con ellos, y que sean muchas, nos adoran igual. 

Aquí en esta casa somos más humanos que nadie y hay días (como hoy, tras una noche en vela) en que nos supone un extra esfuerzo jugar un rato con ellos a mamás y papás, mirar el recital largo e intenso de canciones y bailes que han preparado y que parece que no acaba nunca, salir un rato al parque para que sigan practicando en bici, hacer una manualidad o leerles un cuento, cuando lo que nos está pidiendo el cuerpo es descanso y silencio. Pero no por ello se los endosamos a la primera persona que pasa por la puerta, que la pobre no tiene ninguna culpa ni de su intensidad ni de nuestro agotamiento. 

Por aquí creemos que en la crianza, como en todo, la virtud está en el término medio. Así que les dedicamos todo el tiempo que podemos y pensamos que necesitan, jugando con ellos, leyéndoles un cuento, haciendo salidas en familia o simplemente mimándolos, pero también nos cuidamos de que aprendan a entretenerse solos, de que jueguen juntos, de que se aburran (sí, aburrirse es buenísimo), o de que disfruten de los familiares que quieran llevárselos un rato o un fin de semana. 

Digo esto porque no puedo evitar sentir pena por esos niños, que los hay y bastantes, que tienen su tiempo ocupadísimo cada tarde, pero no porque ellos lo hayan elegido sino porque sus padres lo han hecho por ellos. Por los que sus padres piden que tengan un carro de deberes, no para crear un hábito sino para tenerlos entretenidos toda la tarde y ahorrarse el tiempo de asueto. O por esos otros que "se acoplan", literalmente hablando, a tu familia en cuanto oyen a tus hijos salir a la calle porque ya están cansados de su tablet, y cuyos padres no salen, no, pero sí "los sueltan", con premeditación y alevosía, y sin ningún tipo de reparo. Esta situación es bastante frecuente en nuestro día a día, y a mí cada vez se me mezcla más la pena con el enfado, porque al fin y al cabo, los niños no tienen culpa de ser así y de que su "sacarse las castañas del fuego y buscarse la vida" signifique una carga de responsabilidad extra para nosotros, pero llega un punto en que, ante padres tan despreocupados o, simplemente, pasotas o con morro, te dan ganas de soltar alguna impertinencia. 

Señores, nuestros hijos SÍ SON NUESTROS, no del vecino, ni de esos señores del parque con cara de maestros en horario laboral. Que igual va a ser eso, que lo llevamos escrito en la frente. O igual no, y es sólo cuestión de jeta y de picaresca. 

A mí, ante esto, que como digo está a la orden del día, me queda como consuelo la tranquilidad de estar haciendo las cosas con nuestros hijos de tal manera que quienes los conocen reconocen en ellos a dos niños felices y sanos, con la confianza suficiente como para contarnos todo lo que acontece en sus vidas, con la seguridad de que cuando nos necesitan nos tienen, con la sensación de saberse queridos y no sentir que molestan o sobran, y también, cómo no, con muchos aspectos que aprender y que mejorar, pero en nuestra compañía, siempre. Porque nuestros hijos SÍ SON NUESTROS HIJOS. Que para eso decidimos tenerlos. 

Muchas veces, incluso en un mismo día, nos damos cuenta de que criarlos no es ni fácil, ni cómodo, pero ellos no tienen la culpa, al fin y al cabo son niños. La culpa la tenemos nosotros los adultos y nuestra imperiosa necesidad de tenerlo todo controlado, incluido nuestro tiempo. Pero, ¿sabéis qué? Llegará un día en que, justo como dice Khalil Gibran, sus almas volarán de nuestro lado, a la casa del mañana, y entonces será cuando recogeremos lo que hayamos sembrado en ellas. Así que el momento del cultivo es ahora, durante su infancia, estemos cansados o no. Luego quizás sea tarde, y moriremos esperando siquiera una llamada de teléfono suya cuando más la necesitemos nosotros y que, tal vez, no llegue.

Tus hijos SÍ son tus hijos.

Con M de Mami.

(Poema de Khalil Gibran)

“Tus hijos no son tus hijos

Son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen.

Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos,

Pues ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes hospedar sus cuerpos, pero no sus almas,

Porque ellas viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti

porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados (…).

Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea hacia la felicidad”.

13 de agosto de 2016

Mitos, leyendas y sorbitos de mala leche

No soy una gran escritora. Es más, ni siquiera soy una simple escritora como para andar publicando un recopilatorio de mitos y leyendas de lo que sea. Sin embargo, soy madre, y por partida doble. Y eso señores... eso da para muchas páginas. Muchos tomos, diría, de mitos, leyendas e historias varias.
En diciembre hará 7 años (¿¿ya??) que me convertí en madre. Y a lo largo de esos siete años he tenido que oír todo tipo de comentarios y opiniones sobre cómo debía hacer las cosas, educar a mis hijos, establecer sus rutinas, qué era mejor para ellos, qué he hecho mal, qué he hecho peor... La cuestión es que, durante estos siete años, todas esas personas de mi entorno que se han tomado la libertad de darme lecciones, jamás han sido capaces de mirarme y decir: "qué bien lo estás (estáis) haciendo". Ninguna. Es fuerte, ¿eh?
Éste es un ejemplo más de que la especie humana es mucho más dañina consigo misma que con el planeta en general, y de ahí, suma y sigue.
En estos tiempos en los que tanto se habla de empatía, asertividad y una larga lista de palabros que toda la humanidad deberíamos tener en cuenta para que nuestra vida, y la de los demás, fuera algo mejor... nos perdemos en cómo decirlas pero no ponemos nada en práctica.
En diciembre hará siete años a lo largo de los cuales he escuchado en multitud de ocasiones consejos, opiniones, frases y cantinelas tales como: no la/lo cojas tanto que se va a acostumbrar, no está tomando suficiente leche, siempre está pegada/o a tu pecho, tendrá que acostumbrarse a ir de brazo en brazo, va a ser dependiente vuestro toda la vida, ha de acostumbrarse a dormir solo/a o a los doce años seguirá reclamándoos, no va a querer estar con nadie que no seáis vosotros, ha de acostumbrarse a estar sin ti, es demasiado mayor para tomar pecho, tendrás que ir a la mili con él para que pueda dormirse en tu pecho, los niños no deberían dormir con sus padres porque la cama de la pareja es sagrada, que llore un poco es bueno para sus pulmones porque así los ensancha, la estás malcriando con tanto brazo, aún no ha llorado ni un minuto y ya la habéis cogido, si la/lo cojo y se despierta ya se volverá a dormir (no seas exagerada), se ha de inmunizar para que su aparato respiratorio madure... Y podría seguir enumerando tantas y tantas barbaridades y frases desafortunadas que acabaría el post y aún me quedarían muchas en el tintero.
Puedo rebatir todas y cada una de ellas, y podría decir quién dijo qué cada vez, porque se te clavan tanto a fuego que es inevitable no recordar esos momentos con algo de tristeza y bastante impotencia. Pero no vale la pena perder el tiempo en tantas personas que se han equivocado con tanto juicio gratuito.
A estas alturas puedo desmontar todos y cada uno de esos mitos falsos sobre la maternidad que predecían que mis hijos iban a convertirse en unos seres insoportablemente dependientes, casi tiranos, que iban a amargarnos la existencia por, simplemente, haberles dado todo nuestro amor y atención desde su primer segundo de vida. A estas alturas sigo preguntándome por qué narices somos todos tan listos, tan crueles y tan poco considerados con los padres novatos (sean o no primerizos), por qué nos dejamos la empatía en casa cuando miramos a otros padres y abrimos la bocaza para comentar, por qué a aquellos que fueron padres primerizos o novatos hace ya años se les olvida que ellos también tuvieron un comienzo y que también tuvieron que luchar contra los comentarios y las críticas nada constructivas.
A día de hoy, mis hijos siguen queriendo que los acompañemos al dormir con un cuento o mimos, si yo estoy en casa Rubiazo sigue tomando pecho antes de quedarse dormido, durante la noche siguen viniendo a nuestra cama cuando tienen miedo o simplemente necesitan sentirse reconfortados, seguimos cogiéndolos en brazos si lloran o tienen un mal día o momento, seguimos pasando gran parte de nuestro tiempo con ellos como una familia... ¿y sabéis qué? NO SE HA CUMPLIDO NI UNA SOLA DE VUESTRAS LEYENDAS Y NINGUNO DE VUESTROS MITOS SE HA HECHO REALIDAD. Nuestros hijos son niños autónomos, que entienden perfectamente que hay momentos para todo, que no patalean y berrean para conseguir las cosas porque saben que así no consiguen nada. Los dos pasaron con menos de dos años, dos días y una noche fuera de casa con su escuela infantil, han pasado un fin de semana fuera en varias ocasiones en casa de los tíos y además, Pichu lleva ya tres años yéndose unos días a dormir a casa de sus tíos en verano; en concreto, el pasado, con sus cinco añitos, una semana entera. Rubiazo se ha ido con ella este año por primera vez, tres días y medio con sus tres noches y, ¡oh cielos!, no ha pedido "lechita" en ningún momento, se ha dormido sin dramas, no ha reclamado volverse a casa con mami y papi, de hecho habrían alargado los dos la estancia si no llega a ser por el encuentro familiar que teníamos programado. Estos días, nuestros pequeños, los mismos que han sido mimados en exceso por haber sido cogidos en brazos cada vez que lo necesitaban, ésos a los que no dejábamos llorar en la cuna para que se acostumbraran (aún no sé a qué), los mismos a los que teníamos que haber dejado ir de brazo en brazo desde su primer minuto de vida para que se acostumbraran a la gente y fueran seres sociales... han disfrutado de varios días sin sus padres, han sido felicísimos con sus tíos y primos y amigos de los mismos, se han duchado, vestido y aseado solitos con sus 6 y 3 años y medio respectivamente, han ayudado en casa, se han hecho responsables de sus maletas y todo lo que llevaban (que no era poco), medicinas incluidas, no han montado dramas al irse a dormir sin papá y mamá y, en definitiva, han sido exactamente iguales que en casa, pero sin nosotros.
¿Dónde está el drama, el trauma o la terrible consecuencia de haber criado a nuestros hijos sabiéndose queridos, cuidados y mimados (que no consentidos)?
¿Qué hacemos pues con todos esos comentarios desafortunados que lanzamos de manera tan inconsciente a todos los papis y mamis que acaban de serlo, y que no son más que SORBITOS DE MALA LECHE que, en muchas ocasiones, consiguen agriar la propia leche materna, la ilusión y los miedos normales de las primeras veces como padres?
¿Por qué tenemos esa facilidad para creernos mejores que los que tenemos delante y nos atrevemos a dar esas clases magistrales de sueño, alimentación, rutinas en general y educación cuando somos los primeros que hemos necesitado equivocarnos para saber qué era mejor?
¿Por qué cada madre (primeriza o no) que tengo cerca tiene siempre la misma sensación que tenemos todas de sentirse presionada, juzgada, observada con lupa y criticada en cada cosa que hace?
Yo no puedo hablar de los demás, porque bastante tengo con ser yo misma y aguantarme, ni de sus hijos, porque bastante tengo con los míos y con hacerlo lo mejor que puedo, pero sí puedo hablar de lo que aquí hemos hecho como padres y que nos ha funcionado de maravilla: SEGUIR NUESTRO INSTINTO Y NUESTRO PROPIO CRITERIO, OBVIAR LAS CRÍTICAS Y LAS OPINIONES QUE NUNCA HEMOS PEDIDO, Y CRIAR A NUESTROS TESOROS CON AMOR, CON MUCHO AMOR, CON TODO LO QUE ELLO IMPLICA. Hemos acunado, cantado, acariciado, abrazado, besado y mimado a nuestros hijos muchísimo, y lo seguimos haciendo, y sí, TAMBIÉN LOS HEMOS EDUCADO HACIÉNDOLES SABER QUE HAY LÍMITES, que su libertad acaba cuando se convierte en libertinaje y que hay normas que son necesarias para convivir, en familia y en sociedad, porque toda relación se basa en el RESPETO.
Y haciendo balance, después de casi 7 años y casi 4, respectivamente, diría que no nos ha ido tan mal. No se ha cumplido ninguno de los trágicos finales de todos los mitos y leyendas que, con tan mala leche, vaticinaron (y siguen aún hoy) sobre la personalidad horrible y difícil y la fatal educación que tendrían nuestros hijos, a pesar de que nosotros hemos hecho todo lo posible porque así fuera, con premeditación y alevosía.

Dicen que la excepción confirma la regla. Pues da la casualidad de que me rodeo de muchos más padres desobedientes y atrevidos que han querido criar desoyendo las mismas amenazas que nosotros, por lo que deduzco que en esto de la maternidad no debe haber una regla y que la gran mayoría de nuestros hijos (por suerte) son fruto de la excepción.
Es justo por esto que todos ellos son EXCEPCIONALES. A pesar de los mitos, las leyendas y los sorbitos mala leche. (C.q.d)

30 de julio de 2016

¡SUBID, PENDONES!

El martes por la tarde fui al cine a ver la película Malas Madres, cuya protagonista es Mila Kunis, gracias a que la bonita de Laura, la creadora del Club de Las Malas Madres, quiso contar conmigo en el preestreno. 
Su invitación me hizo mucha ilusión, me apetecía mucho un rato largo de desconexión con amigas y algún motivo diferente para troncharme de risa. ¡Y vaya si me reí! Y me emocioné... (una que es llorona de manual). 
La película os la recomiendo de todas todas, ya que tiene ese punto loco de situaciones absurdas y tronchantes que te hacen llorar de risa y pensar que "no pueden superarse", y sin embargo lo hacen, y también tiene esa parcela de mensajito que toca la fibra y pone rápido en funcionamiento el lacrimal. Yo pienso volver a verla y llevarme a unas cuantas amigas madres. 
Bueno, pues yo no venía aquí a hablar de la película... No, en realidad venía a hablar del concepto actual de la palabra pendón. No, tampoco. Pero de una mezcla de ambos temas quizás sí.
Justo un rato antes de salir hacia el cine, cuando empezaba a arreglarme, me asomé a la ventana para hablar con mi amiga E (así, en plan marujas de pueblo, sí), que se iba al parque un rato con su hija, el hijo de una amiga y con mi marido y mis hijos. E no se acordaba de que yo no iba con ellos porque tenía plan, y al recordárselo me dijo entre risas: "¡Eres un pendón, siempre tienes planes!". (¿Pero "desorejado"?, que si no no quiero). Me dio risa porque pensé que del pendón que puedo haber sido a los restos que quedan, ¡hay un mundo!

Me hizo mucha gracia cuando en un momento determinado de la peli, una de las protagonistas le dice al resto: "¡Subid, pendones!" e, inevitablemente, me vino a la cabeza el hecho de que, unas horas antes, E me llamara pendón por tener planes. Como las madres protagonistas de la peli. 

La verdad, si nos paramos a pensar un poquito y queremos sacar punta al asunto... ¿no os parece triste que a las mujeres se nos considere pendones por mil razones diferentes? Cuando somos solteras y sin compromiso, somos pendones si en vez de tener novio formal tenemos historias varias y divertidas, a la vez o por separado, lo que viene siendo ir de flor en flor. Cuando estamos casadas somos pendones si salimos sin nuestros mariditos y tenemos planes más allá de nuestra vida marital. Y cuando somos madres... ¡ay cuando somos madres! Cuando tenemos retoños a los que cuidar, somos pendones, pero desorejados y de libro, como se nos ocurra tan siquiera pensar en salir de casa sin ellos, a no ser que sea para ir a comprar, que no de compras. 

Vivimos en el absurdo, real, de creer de manera generalizada que la madre que tiene vida más allá de sus hijos (y pareja) es una irresponsable, o no los quiere suficiente, o no es feliz en su maternidad, o se queja de vicio, o es una insatisfecha, o una egoísta, o una feminazi loca que reclama su parcela en el mundo. O, si no pensamos todas estas lindezas, al menos nos creemos con el derecho absoluto a juzgar lo que vemos en las otras de una manera tan natural que acaba pareciendo hasta normal. La cuestión es, válgame la redundancia, CUESTIONAR NUESTRA MANERA DE SER MADRES. La nuestra y la de todo quisqui. Nadie, antes de juzgar a esa señora que arrastra a su hijo en pleno berrinche y que lo hace con cara de pocos amigos y no con "pedagogía blanca" tatuado en la frente, se ha parado a pensar que esa mujer lleva por el mundo más de doce horas sin haber parado más que diez minutos a comer, y que quizás lo ha hecho de pie y de mala manera, y que mucho antes ha despertado a sus hijos, les ha ayudado a vestirse, ha preparado almuerzos, los ha llevado al cole y ese largo etcétera de todos y cada uno de los días de su vida como madre. Y que, en ese momento, el berrinche de su hijo porque quiere unas galletas que no le ha comprado es... la gota que colma el vaso, porque además su día aún no ha terminado.

Ser madre es súper bonito, y súper duro, y difícil, y satisfactorio, y cansado, y lo mejor de la vida, y lo peor en una tarde en la que no puedes con tu vida. Nuestros hijos son el mayor regalo que jamás hayamos deseado, pero un regalo que necesita toda la atención y todos los cuidados del mundo mundial, a toda hora, sin descanso, 365 días. Y les damos todo nuestro amor y nuestros cuidados porque los adoramos, porque son nuestra debilidad, ésa que no pidió venir a este mundo y que está aquí por capricho nuestro. Y lo hacemos felices, pero agota.

Y en ese estado de felicidad agotada, un buen día decidimos recuperar algo del tiempo que teníamos cuando ellos no estaban en nuestra vida y no ocupaban todo nuestro espacio, no porque los queramos menos, sino precisamente, porque para querer a los demás bien hemos de querernos bien a nosotras mismas, y eso pasa por dedicarnos tiempo. 

Yo he pasado casi siete años (los que va a hacer mi hija), dedicada casi en exclusiva a ellos, a mis hijos (sin contar pareja y trabajo fuera y dentro de casa), porque cuando podía dedicarme a mí o a mis aficiones estaba tan cansada que ni lo intentaba (porque las noches, cuando hay lactancia prolongada son duras, bonitas, pero muy duras, y el día siguiente más...). Pero de pronto un día me doy cuenta de que mis hijos no son tan dependientes, de que yo tengo ganas (y necesidad) de volver a reencontrarme con mi "yo mujer", y me lanzo a recuperar esa parcela (para alegría de mi amor, que siempre ha insistido para que buscara tiempo para mí sola). Y entonces pasa. Pasa que a los mismos que les extrañaba que no me fuera de cena, que quedara por la tarde y no alargara en plan improvisado y ese largo etcétera de planazos, ahora les extraña que sí lo haga. ¿Entonces en qué quedamos? ¿Salgo o me quedo? 

La cuestión es opinar. 

La cuestión es que si te conviertes en madre parece que sufres una mutación irreversible a lo "V" que te impide ser mujer más allá de tu labor de madre, pero que si así es tampoco eres del todo normal. Pues bonicos, aquí no hay quien se aclare. Si tener marcha, salir a hacer deporte (o el mono), alargar hasta empalmar con la cena y sin haberlo planeado, quedar con amigas, o con amigos, es ser un pendón... que conste en acta desde ya QUE YO SOY UN PENDÓN DESOREJADO. Y me encanta. 

Porque desde que busco mi tiempo, y lo respeto sin excusas que me hacen anular planes, me siento más activa (aún), más relajada, más completa, MÁS YO. Y eso influye, y mucho, en la manera de relacionarme con los míos, porque libero todo el estrés acumulado y gano en todo, y mis ratos (que son muchísimos) con ellos son mil veces mejores de lo que ya lo eran, porque los disfruto más y con más ganas.

En la maternidad, como en la vida, hay infinitas maneras de hacer las cosas, tantas como personas. La mía no es ni mejor ni peor, sólo es mía. Así que no puedo juzgar las del resto porque no soy el resto. 

A mí mi manera de vivir la maternidad me gusta, con mis mil errores, mis dudas, mis aciertos y mis días rosas y negros. Y si eso quiere decir que soy una madre pendón... ¡SUBID, PENDONES, QUE HOY CONDUZCO YO!

(Foto de María José de La Alcoba de Blanca.
De izquierda a derecha: Lorena de Mi Chupete Favorito, María José de La Alcoba de Blanca, el pendón desorejado, o sea yo, y mi amiga Carmen. Unos pendones, vaya.)

10 de julio de 2016

El desorden ordenado

Cuando no era madre, mi casa, sus estancias y mis espacios vivían en orden y armonía. Siempre. Soy cuadriculada para algunas cosas (bastantes, vale), y no sé si el famoso equilibrio de los libra también tendrá algo que ver. Soy muy exigente en algunos aspectos, como la puntualidad, mientras que en otros soy más relajada. Y dentro de la maternidad, este equilibrio que compensa exigencias y tranquilidad ha ido cambiando a la fuerza, y bastante.
Siendo madre he aprendido el significado absoluto de la palabra PRIORIDAD. Para empezar, porque desde el momento en que mi primer guisante se asentó en mi tripa, mi modo de vida ya giraba por y para ella. Y así ha seguido, con el segundo de por medio, hasta el día de hoy.
Cuando todo tu tiempo es para ti, para tu profesión, para tus ratos de pareja, para tu casa y tus amigos y familia, considerando todos estos elementos como parte de tu "yo" soltero y sin compromiso, tus prioridades son muy diversas. Cuando todo tu tiempo o el 99% de él es para tu papel de madre, la cosa cambia. Y te das cuenta, un buen día, y después de varios o muchos intentos frustrados de tener la casa impoluta y perfecta, de que intentar abarcar todo a costa de los pocos ratos de descanso que te quedan, o de la pérdida constante de humor y alegría, es tan poco inteligente como la vida que hayan podido encontrar en algún remoto planeta.
Así que, de pronto, asumes de buena gana que los juguetes esparcidos por todo el salón son de lo más estético, que las camas sin hacer no te convierten en la peor persona del planeta y que la ropa que está por doblar y guardar no va a escaparse por pasar un par de días sobre la cama de sobra.
Además, aprendes que lo que está ocurriendo en tu casa es simplemente sinónimo de VIDA, así, en mayúsculas. A que mientras tus hijos estén sanos, crezcan felices y no te falte qué ofrecerles en cada comida ni un lugar para que duerman seguros, el hecho de que sólo sepan jugar sacando absolutamente tooooodo de su sitio, es ALEGRÍA y SALUD.
Que sí, que hay días en que se me cruza al cable, como a media humanidad, y me levanto torcida, o me voy torciendo, y el desorden me molesta visualmente tanto que acaba molestándome anímicamente, al fin y al cabo soy humana y algo de mi yo "premadre" me queda en el cuerpo. Pero son los menos.
A mí me gusta mi casa a colores, con vida, con juguetes en mi cajón de ropa interior (que no sabes ni cómo ni cuándo llegaron ahí), con música sonando, con niños bailando al son de la música mientras se quitan la ropa del día porque van a meterse en la bañera. Me gusta mi casa algo loca, desordenada y, a veces, sacándome de quicio.
Me gusta el DESORDEN ORDENADO que rodea a una familia con niños sanos y felices. Los míos. Me encanta haber aprendido a relativizar ciertas cosas, a dar importancia a las que realmente lo tienen, a aprender de prioridades, a disfrutar del momento. Me gusta enfadarme a veces con el desorden y el jaleo cuando estoy agotada, y a continuación, desenfadarme y aterrizar de nuevo en la suerte de vida y familia que tengo.
Todos tendríamos que aprender del DESORDEN ORDENADO EN EL QUE VIVE LA MENTE DE UN NIÑO, aprender a relativizar el día a día y sus historias con la naturalidad que ellos lo hacen, y así dar verdadera importancia a aquello que realmente la merece por vital.
¿Para qué una casa museo, ordenada y perfecta, si eso supone mal humor, cansancio innecesario, borrar sonrisas y coartar carcajadas y naturalidad inocente?

Yo me quedo con la mía.
Feliz tarde de desorden y domingo.

1 de junio de 2016

Quien tiene un hermano tiene un tesoro

Aunque haya días en que me falten las fuerzas.
Aunque las prisas mañaneras nos dejen muchas veces un sabor de boca agridulce al salir de casa.
Aunque la hora del baño algunas tardes sea una fiesta de lloros y quejas a coro.
Aunque haya días en que repetir las cosas veinte veces no sea suficiente y acabemos enfadados.

Aunque haya momentos en los que partirme en dos sería la solución perfecta y aún así no sería capaz de llegar a todo.

Aunque en ocasiones me dé por pensar en que me estoy volviendo loca de atar y que soy más orco que persona.

A pesar de las noches, las muchas noches, de sueño, de desvele, de asma, de fiebres, de vómitos y de pesadillas. A pesar de que la preocupación por vuestro bienestar a veces nos quita las pocas horas de descanso que nos quedan... Veros así, sentiros así, saberos así de cómplices, de equipo, de amigos, de compañeros, de hermanos... me hace creer firmemente en que sois nuestra mejor obra y que saber que os tenéis para toda la vida es el mejor regalo que ésta nos podía dar.
Creo que para mí, como madre, no hay mayor satisfacción que sentir que la complicidad con la que os conocisteis no se mantiene intacta, sino que va creciendo conforme vosotros lo hacéis. Y que la admiración y el amor que sentís el uno por el otro es directamente proporcional a la que sentimos nosotros por vosotros.
Quien tiene un hermano tiene un tesoro. Quien tiene unos hijos que se adoran, se respetan y se cuidan como vosotros lo hacéis: lo tiene absolutamente todo.

22 de mayo de 2016

En esta casa hay normas

Y si nuestros hijos han de cumplirlas, los hijos de los demás también. Podéis pensar que soy una rancia o una seca. Lo que desde luego sí que soy es una madre preocupada porque sus hijos conozcan el verdadero significado de la palabra educación. Parto de la base de que nuestros hijos no son perfectos, ni lo queremos, ni nuestra educación es el modelo a seguir, pero hay una serie de normas básicas convivenciales que no estaría de más que todos enseñáramos a nuestros churumbeles, ya que como bien dice la canción de Elefantes: "Eh tú!! No se te ocurra dejar el suelo sin barrer, que alguien debe venir detrás cansado igual como tú, tratando de entender que sólo somos olas en el mar...".
En nuestra casa jugamos mucho, y hacemos el marrano con arena, plantitas y demás historias para hacer pociones mágicas, llenamos el suelo de purpurina de mil colores cuando estamos metidos de lleno en alguna manualidad, nos perseguimos por toda la casa para matarnos a cosquillas, ponemos la mesa de la cocina y el suelo perdidos de harina y huevo si estamos preparando un bizcocho, convertimos el salón en una juguetería sin orden ni concierto o en un mercadillo de disfraces, llenamos la bañera de espuma para que mamá y papá acaben hasta arriba de la misma, jugamos a peluquería y acabamos llenos de colonia y lo que no es colonia, bailamos hasta caer rendidos con la música más alta de lo normal (jamás a horas intempestivas)... Pero no botamos en el sofá con los zapatos de la calle, ni dejamos todo por recoger cuando hemos acabado de jugar, ni decidimos nosotros la hora en la que visitar al vecino, no. Hay cosas, que parecen tonterías pero que no lo son. Mis hijos saben que para subir al sofá aquí en casa, dado que sus piernas no son aún lo suficientemente largas como para que los pies les cuelguen, se han de quitar los zapatos de la calle, pero no para botar (y sí, claro que en la cama botan, sobre todo cuando no los vemos). Obvio, yo he visto a mi hijo sin zapatos en el sofá de otras casas y haciendo el intento de ponerse a botar, que al fin y al cabo es un niño, pero he estado ahí y lo he frenado en seco, no me he dedicado a mirar para otro lado.
Nuestros hijos conocen la normas de su casa y pueden pensar que en todas partes son iguales, a no ser que desde bien pequeños les hagamos entender que cada casa es un mundo, y que preguntar no es ofender. Igual que pueden aprovecharse del hecho de que justamente no están en su casa para hacer lo que les place, aunque mi experiencia me dice que si conocen normas, esto no es lo normal. Si a eso le sumamos el estar pendientes de su comportamiento cuando estamos en una casa ajena, estamos ayudándolos a aprender el verdadero significado del respeto. Cuando entramos en la intimidad de otro hogar porque alguien nos abre sus puertas y nos da su confianza, lo suyo es intentar no cargarnos su armonía, al margen de que ésta case o no con nuestra manera de hacer las cosas. Si a mis hijos les enseño a que el sofá no es el lugar en el que botar con los zapatos de la calle, espero que cuando vayan a otro casa sigan esa premisa, aunque vean a otros botar. Si saben que cuando acaban de jugar han de recoger, espero de ellos que lo hagan donde vayan, aunque no sepan dónde va cada cosa, y si no es así, ya estaremos nosotros para hacerles memoria. No considero que las normas que tienen sean estrictas, creo que son simplemente necesarias para saber convivir en grupo, ya que luego las costumbres y actos se trasladan a su vida fuera de casa, y en un futuro, a su vida independiente.
Lo que llevo peor, lo reconozco, y no sé si tendrá que ver con el hecho de ser maestra y pensar que en fin de semana no estoy ejerciendo como tal sino como madre, es el hecho de ver a mis hijos, en mi casa, comportándose como niños, pero con sus normas, mientras que los hijos de los demás no parecen tener respeto por ninguna y a sus padres no parece importarles demasiado. No es lo normal, obvio, al fin y al cabo uno acaba juntándose con quien está a gusto en todos los sentidos, incluído en lo que implica la crianza, pero en más de una ocasión te encuentras con situaciones en las que el pensamiento natural en tu cabeza es: "¿pero qué necesidad?".
Insisto, mis hijos se equivocan a diario, igual que nosotros sus padres, gracias al cielo. Y creo que es importante que prestemos atención tanto a lo que hacen mal como a lo que hacen fenomenal. Pero no deberíamos olvidar jamás que estamos criando unas personitas que van a formar parte, ya son parte, de una sociedad que necesita el respeto como clave para poder tirar hacia delante, y conseguir ese respeto es aprender que si actúo según me place sin mirar si mi actitud fastidia al de al lado, me cargo la armonía; y que si el de al lado no mira por mí no tiene que condicionar mi manera de ser y hacer. Al menos así lo vemos aquí.
Los niños son niños, y por eso tienen padres, para seguir siendo niños. Así que somos nosotros, sus progenitores, los que dejamos mucho que desear en muchas ocasiones, sin pensar en que educamos con nuestros actos y que nuestros hijos son nuestro reflejo, el mejor, o el peor.

24 de abril de 2016

A ti, que acabas de ser madre

A ti, que hace apenas unos días eras sólo tú y ahora andas dividida entre tu yo y el suyo.
A ti, que acabas de entrar de lleno en la maravillosa vorágine que supone la maternidad por primera vez.
A ti, que titubeas aún cuando pronuncias su nombre porque aún no te crees que esa cosa bonita te llene tanto cada segundo de tu vida.
A ti, a la que el mundo le ha dado un giro de 180° de repente, porque sí y para siempre.
A ti, la que ya nunca más pensará en singular, ni siquiera para idear sus planes en solitario.
A ti...
Déjame que te pida que creas en ti. En tu capacidad de ser madre. En tu amor infinito que lo hará todo más fácil aun cuando ya no se pueda más.
Deja que te recuerde que nadie lo hará mejor que tú con esa criatura que tanto tiempo ha estado en ti, porque nadie mejor que tú la ha vivido y la conoce de esa manera tan privada.
Deja que te diga que, aun incluso cuando pidas mi opinión, debes guiarte por tu instinto, por lo que te pide el cuerpo, por tu saber hacer.
No permitas que nadie jamás te haga sentir incapaz. No permitas que nadie nunca te haga creer que no sabes o puedes.
Olvida las opiniones, los consejos y las sugerencias, incluso las mías, sobre todo las mías.
Y dedícate a hacer lo que mejor sabes: AMAR. Ésa es la única clave: el amor incondicional y desinteresado. El de verdad.

Con M de Madre

16 de abril de 2016

TE RETO

Querida hija:
Te reto a creerte capaz de comerte el mundo, de trepar al árbol más alto sin más ayuda que tu empeño y perseverancia, a desafiar a las alturas desde tu castillo en el aire, a sonreír incluso cuando duele, a enfadarte conmigo cuando no compartas mi opinión, a luchar por tus ideales aunque (y porque) no tengan nada que ver con los nuestros, a querer salirte con la tuya, a desafiar lo establecido, a saltarte las normas siempre que eso no suponga dañar al de al lado, a ser valiente porque eres mujer y las mujeres lo somos, a llorar sin miedo a parecer cobarde porque llorar no es de cobardes, a amar con locura a quien tú desees y no a quien la sociedad te diga que has de amar, a creer en tus propias causas y a crearlas también, a no seguir estereotipos ni modas más allá de los que tú te marques como tales, a vivir al límite sin que eso suponga herirte ni herir, a respetarte y amarte como jamás pensaste. A creer en ti. A saber que puedes. A sentir que llegas. A volar. A vivir. Sobre todo eso... TE RETO A VIVIR.

Querido hijo:
Te reto a creerte capaz de comerte el mundo, de trepar al árbol más alto sin más ayuda que tu empeño y perseverancia, a desafiar a las alturas desde tu castillo en el aire, a sonreír incluso cuando duele, a enfadarte conmigo cuando no compartas mi opinión, a luchar por tus ideales aunque (y porque) no tengan nada que ver con los nuestros, a querer salirte con la tuya, a desafiar lo establecido, a saltarte las normas siempre que eso no suponga dañar al de al lado, a ser valiente y reconocer y creer de corazón que las mujeres lo somos tanto como vosotros los hombres, a llorar sin miedo a parecer cobarde porque llorar no es de cobardes, a amar con locura a quien tú desees y no a quien la sociedad te diga que has de amar, a creer en tus propias causas y a crearlas también, a no seguir estereotipos ni modas más allá de los que tú te marques como tales, a vivir al límite sin que eso suponga herirte ni herir, a respetarte y amarte como jamás pensaste. A creer en ti. A saber que puedes. A sentir que llegas. A volar. A vivir. Sobre todo eso... TE RETO A VIVIR.

CON M DE MAMÁ y R de RETO

30 de marzo de 2016

Tú y yo. Yo y tú.

Nos enamoramos y nos amamos con locura, con pasión, con instinto, con deseo, sin vergüenza.
Pasa el tiempo y vienen los sueños planeados y se van cumpliendo porque los vamos buscando, los trabajamos, no los dejamos escapar.
Llegan los hijos. Bendito regalo cuando nuestro proyecto de futuro de entonces contaba con que vinieran un buen día a completar nuestro cupo de deseos.
Y seguimos enamorados, amándonos con locura. Con la locura de a veces no poder ni hablarnos por cansancio. Con la pasión de seguir construyendo hogar. Con el instinto de un padre y una madre que luchan por criar a sus hijos lo mejor que saben. Con el deseo de seguir juntos una eternidad. Sin la vergüenza que corresponde sólo a quien consigue lo que es no dejando a otros que sean.
Porque nos amamos, de la misma manera pero diferente. Más profundo. Más cómplice. Más cómodo. Más de andar por casa.
Porque nos amamos aun cuando la piel no es tan tersa como la de aquella primera vez. Y sin embargo, el temblor de querernos es el mismo porque es la frescura de la mirada la que suple ese deseo joven. Nos deseamos aun con el paso del tiempo marcado en nuestras arruguitas junto a los ojos. Que se nos han marcado a fuego de tanto haber reído y llorado juntos. Nos deseamos aun cuando los partos han hecho mella en mi cuerpo y la falta de tiempo en el tuyo. ¿Y qué? Nos amamos porque nuestra mirada es la misma que la de aquel primer día. Su intensidad sigue intacta. Nuestra complicidad es mucho más grande que entonces porque conocemos cada uno de nuestros secretos, marcados a fuego en la piel que envejece de pura experiencia y, justo por saberlos bien es porque nos queremos tanto.
Misma mirada. Con la piel más curtida, más vieja. Muchos más años. Muchas más vivencias. Muchas más risas y muchas más lágrimas. Años después... Aquí andamos. Ilusionados como niños con la tontería que hace ya un tiempo largo nos entretuvo más de la cuenta y aún hoy continúa: tuyyoyoytú.

CON M DE MAMÁ y T de TUYYOYOYTÚ

20 de marzo de 2016

Hablemos de sexo

Sin tapujos.
Pregúntame lo que quieras. No voy a enfadarme porque quieras saber. Al contrario, me preocuparé si no te inquieta nada, si no tienes curiosidad por descubrir o si no quieres conocer más sobre tu cuerpo y el de quien te atrae.
Hablemos de sexo porque no pasa nada. Porque la naturaleza nos ha hecho sexuales y es natural. Porque conocerte y saber es aprender a respetarte y respetar. Porque valorar cada rincón de tu piel es aprender a amarte más aún.
No hay nada malo en que sientas hormigueo si quien te gusta tan siquiera te roza la mano o te mira intensamente. Lo malo llega cuando permites que pase de donde tú no quieres. Hablemos pues de todo. Sin miedo. Pregúntame abiertamente sobre ti. Sobre el placer. Hablemos de que la sexualidad sana es buena, porque es parte de nuestra naturaleza. Al fin y al cabo somos animales. Y el cuerpo pide a gritos sensaciones.
Hablemos de que has de tener claro qué quieres y con quién, de que nadie puede obligarte a querer lo que tú no deseas; de que has de sentirte libre de decir no o sí, y no sentirte ni mejor ni peor por ello. Tu cuerpo es tuyo. De nadie más.
Hablemos de sexo y de respeto. Respeto a ti y por ti y respeto por tu compañero o compañera de juego. Respeto por los límites que quieras marcarte o los que se marque quien tengas delante. Respeto por tus gustos y los de quien quieras que los comparta.
No tengas miedo, hija. No te avergüences por querer saber, hijo. Yo no voy a prohibirte que sepas. Yo no voy a juzgar cada etapa de descubrimiento que llegue a tu vida. Sólo quiero que sepas que estaré siempre aquí para responder a todas y cada una de tus preguntas, con sinceridad, intentando no posicionarme ni marcar tu decisión.
Yo sólo quiero que crezcas sabiendo que tienes un cuerpo maravilloso que has de cuidar y valorar. Sólo quiero que vivas, disfrutes, no te sientas culpable ni tengas miedo por avanzar en ciertos aspectos normales, según os desarrolléis tú, tu cabeza y tu cuerpo.
Hablemos de sexo, de la vida, de ti, de las mariposas en el estómago y de todos esos temas que me harán tragar saliva cada vez que me los plantees pero para los que prometo tener siempre oídos, un abrazo de oso y las palabras más sinceras.

Hablemos.

Te quiero. Sin tapujos ni tabúes. Racionalmente animal.

CON M DE MAMÁ y S de SEXO

5 de marzo de 2016

Quiero ser MADRE.

Quien no me conoce o quien me conoce más bien poco puede pensar que soy una madre extra entregada. Una madre que antepone a sus hijos a todo lo demás. Quizás, quien así lo ve piensa que debería desprenderme más o concentrarme más en mí y esas cosas que ahora están tan de moda.
Quien me conoce apenas, aunque crea saber mucho de mí, ni se imagina que si dedico grandísima parte de mi vida a mis hijos es porque yo no tuve a mi madre conmigo siempre que la necesité porque se fue demasiado pronto, porque el tiempo me ha dejado sólo algunos recuerdos que no son los que el corazón necesita cuando hace frío y busca calor. Y porque, aunque la vida quiso ponerme una madre durante gran parte de mi infancia, adolescencia y comienzo de edad adulta, las circunstancias, y mi propia elección de vida, también se han encargado de que ese lazo ya no exista.
Si mis hijos están enfermos quiero que tengan mi calor junto a su cuerpecito. Si están tristes quiero que cuenten con mi apoyo. Si no han tenido el día fácil o la noche los despierta para recordárselo quiero que me encuentren cuando vuelan a mi cama.
Quien me conoce poco pero me mira con mirada de saber mucho no entenderá que yo deje lo planeado cuando mi hija llega del colegio con fiebre, o cuando mi hijo lleva toda la tarde con asma.
Quizás, sólo quizás, puedan pensar que gestiono mal mi tiempo, que me quemaré antes, que los niños se acostumbrarán a tenerme cuando quieran y siempre.
Y ¿sabéis qué? Que eso es justo lo que quiero. Que mis hijos sepan que me tendrán siempre, siempre que me necesiten, siempre que necesiten un abrazo calentito, siempre que lleguen a casa con una decepción, siempre que empiecen una nueva historia de amor y hayan superado su primer desengaño, siempre que discutan con su mejor amigo, siempre que el examen les salga peor de lo esperado, siempre que consigan la beca que tanto anhelaban, siempre que logren eso que tanto perseguían, cuando anuncien que se independizan, cuando digan que van a ser papás, cuando inicien su vida en pareja o en comuna, cuando se vayan a la otra punta del universo... En resumen, siempre que necesiten una MADRE, con todo lo que esta enorme palabra significa e implica: amor, dedicación y tiempo, todo el tiempo del mundo.
Quien me conoce a fondo sabe que no me gusta la compasión. Tampoco la necesito. Hablo de mi vida con naturalidad porque creo que la vida es así y punto. Todos tenemos nuestra particular batalla con ella y elegimos lucharla o quedarnos quietos.
Yo intento ser la madre que creo que mis hijos necesitan, ni mejor ni peor que ninguna, con mis ratos para mí sola y mis ratos para ellos, que suelen ser muchos más. Con mis mil errores y unos cuantos aciertos. Esa madre que se pone a cantar y bailar como una loca festivalera sólo por verlos reír. Esa madre que llora a ratos porque es humana y se cansa. Sólo intento ser esa madre cuya sonrisa les reconforta y les hace olvidar todos sus males y les hace pensar que todo va a estar bien. Porque, en definitiva, lo que yo quiero es... ser MADRE.

CON M DE... MAMÁ

3 de marzo de 2016

Las mujeres son de Venus. Los hombres... ¡de otra galaxia!

Hace unos cuantos, muchos, años leí el libro LOS HOMBRES DE MARTE. LAS MUJERES SON DE VENUS de John Gray.
Me reí mucho con él. Habrá quien piense que está lleno de tópicos. Yo no lo creo. Siempre está la excepción que confirma la regla, está claro, pero recuerdo que, en general, a mí me pareció muy real y muy bueno.
Hoy, unos cuantos años después, con un poquito más de bagaje en la vida, con buenos amigos del "sexo opuesto" y casada con un hombre maravilloso... Mantengo la misma opinión. Bueno, la misma exactamente no, la de ahora es un poco más exagerada y la comparten todas mis amigas: LOS HOMBRES NO SON DE MARTE, SON DE OTRA PUÑETERA GALAXIA. Documentos "gráficos" a continuación.

- "Hoy no hace tanto frío." Y ahí estamos, con un viento del norte que congela las ideas, los copos de nieve a punto de caer y los niños en mangas de camisa. Los abrigos que los usen en su próxima vida ya si eso.
- "El mayor está con 39 de fiebre y el pequeño vomitando". Ok y emoticono de sufrimiento. ¿Perdón? Que no me ha quedado claro... ¿El emoticono es por el niño de la fiebre, el que vomita, porque te doy pena pero pasas de venir, o por la noche que te espera cuando vuelvas de tu cenota?
- "No tiene fiebre". Apenas. Sólo le sale fuego del cuerpo a lo ave fénix y está a punto de salir disparada en modo petardo de mascletà.
- "Tengo reunión pero acabaré pronto". Ajá. ¿Pronto en qué hemisferio?
- " Amor, el nene está todo destapado y acabas de entrar." "Pero si no hace nada de frío". No ahora no; igual esta madrugada se queda como un pollo congelado, pero es un buen entrene si quieres mandarlos con Calleja a escalar cordilleras.
- "Cariño, se está haciendo tarde, habrá que empezar con baños y demás que luego se ponen imposibles." "¡Tomaaaa triple! Sí, sí." Una hora después por ahí hay alguien que el triple quiere marcarlo con sus retoños, pero sabe que está más guapo calladito y aguantando lloros y demás estoicamente. Eso sí, ¡qué partidazo!
- "¿Queda algo por hacer?" No, nada, tranquilo. Sólo... Recoger la ropa y doblarla, tender la que está en la lavadora, preparar la ropa de los peques de mañana, mochilas, almuerzos... Minucias vamos. Poca cosa. Sigue relajado.
- "¿Esta semana no había nada, no? Me están diciendo de quedar el miércoles los amigachos." No, no, sólo tenemos visita al pediatra, ir a imprimir las fotos para el trabajo de los mayores, festival de danza de la pequeña y hemos quedado con estos el viernes. Todo programado de hace semanas. Y recordado ayer, mientras cenábamos...

Y así hasta el infinito y más allá.
Pero es precisamente porque sois así que nos complementamos tan bien. Si fuéramos del mismo planeta... Sería aburrido. Así nos enfadamos, sacamos la adrenalina que llevamos dentro y luego todo es más... Zen.
We Love You Aliens! Digo chicos.

CON M DE MAMÁ y H de HOMBRES MARCIANOS.

14 de febrero de 2016

Maternidad a presión, como las ollas.

A veces sólo necesito escribir. No hay temas concretos, nada ocurrente; simplemente mi mente está en estado de ebullición y necesita soltar vapor a discreción para recuperar la cordura.
Es en esos días en los que más necesito encontrarme conmigo misma, cuando más imposible es porque el sueño me llega mucho antes de lo previsto, o porque después de todo el día usando el coco a velocidad ultrasónica, me pongo delante de la pantalla y me quedo como ella: en blanco.
La maternidad nos deja pocos rinconcitos nuestros, propios y de nadie más. Solemos compartir el día y cada uno de sus segundos con nuestros hijos y con nuestros compañeros de trabajo, y con nuestros otros "niños" (alumnos) y/o con nuestros quehaceres caseros; a veces, con suerte, también algún rato con nuestras parejas o alguna amiga. Pero la rutina semanal deja poco espacio para sorpresas, y normalmente el lunes va demasiado seguido del martes, y el martes del miércoles, y así hasta el domingo y vuelta a empezar. 
Hay semanas en las que se juntan las enfermedades infantiles en pleno auge, con los enganchones de espalda, la faena atrasada del trabajo y la faena de casa, y simplemente, no ves la luz al final del túnel ni enfocando con una linterna.
Hay semanas en las que, a pesar de todo, no sabes cómo pero sacas tiempo y espacio de donde no los hay, y te sientes la más dinámica del mundo mundial, y todo es felicidad y buen rollito, y pareces una flor hippy en pleno festival de Woodstock. Esos días son simplemente geniales. Luego vienen los días en los que piensas que si vuelves a oír un "mamiiiii" más en tono lastimero vas a tener que hablar seriamente con Houdini para que te haga desaparecer, o con Harry Potter para que te venda su invisibility cloak.
Nobody said it was easy que diría mi querido Chris Martin. Ya hijo, ya. Pero derecho al pataleo tenemos todos, y hoy me pillas cansada hasta la médula y con una necesidad de vacaciones maternolaborales que ni te imaginas. 
Además, por aquí llevamos ya dos horas de rodaje y de momento ya ha habido 20 discusiones fraternales (y seguimos sumando), 10 situaciones de cabezonería pura y dura repartidas entre ambos a partes iguales, varios (muchos) intentos frustrados de conversación entre Papi y yo, niveles de decibelios que superan los de cualquier zona ZAS cada vez que hablan o cantan (que nos hemos levantado hoy en modo Pavarotti y Callas), y suma y sigue. Nada que no pueda arreglar un paracetamol. ¡Mieeerda! ¡No queda! No problem. Voy a amorrarme a la botella de apiretal a la de ya. Y a continuación me voy a por los cantos rodados que tengo en las macetas para metérselos en los bolsillos, porque aunque hace un viento que ni el tornado del Mago de Oz, o salimos a tomar el fresco (figurado, porque por aquí seguimos en primavera) o a la hora de comer estoy pillando tren a donde sea. ¿Algún alma caritativa que me acoja en su reino?
¡Aleeeee! ¡Feliz domingo! ¡Y feliz San Valentín a quienes lo celebréis! 
Nosotros no somos de 14 de febrero, ni de regalitos ni declaraciones de amor justo hoy por ser el día que es, pero que sea domingo ya es una suerte. Y poder pasarlo con mis tres tesoros lo es mucho más. (Con paracetamol y piedras, eso sí).

CON M DE MAMÁ y O de Olla a presión

19 de enero de 2016

Lo que mi maternidad esconde

Hay días rosas y otros de un fuerte amarillo chillón. Otros sin embargo oscilan entre el gris oscuro y el gris nubarrón de tormenta. Nada nuevo que no sepas. Nunca adivinas qué va a deparar el día, porque un nanosegundo es suficiente para que cambie el curso de las circunstancias y se pase de un día cargadito de buenos momentos a un día que acaba como el rosario de la aurora.
La maternidad esconde bajo su manto el límite más limítrofe, válgame la redundancia, entre el blanco y el negro, el día y la noche, la paciencia y el desespero, la calma y la tempestad.
La maternidad tiene ese maravilloso don de hacerte experta en "malabarismos en tiempo personal", porque suele reducirlo al mínimo, sin común múltiplo ni nada, a pelo, y te deja todos tus planes aplazadísimos para la posteridad más lejana, sin fecha exacta.

Mi maternidad me regala momentos únicos; me ha convertido en alguien más que consciente de la suerte de tener la bonita familia que tengo, me obsequia con las sonrisas diarias de dos hijos felices, que se sienten amados hasta la médula, que se saben cuidados y que adoran estar con nosotros y ser parte importante de ese "equipo" que saben que somos. Pero como en cualquier maternidad, la mía también me regala noches eternas de ataques de asma, toneladas de impotencia, kilos y kilos de cansancio extra y paciencia con fecha de caducidad a corto plazo cuando los astros se alinean para que todo se ponga en contra y a los dos se les tuerza el morro a la vez.

Es en esos días de noche tras noche, y tarde tras tarde, en los que me descubro más ermitaña de lo que jamás habría imaginado. Es en esos días cuando reconozco el nuevo yo que me aporta esta maternidad cada vez más añeja: mi yo solitario, con los míos de casa, con mi gente, adorando la naturalidad de las cosas, ignorando las estridencias y las apariencias que no son más que eso. Mi maternidad esconde el amor por la sencillez de lo imperfecto, de la arruga, el orden desordenado, el regalo de un rato de silencio, el horror que me causan cada vez más el bullicio y el compromiso. Mi maternidad esconde noches de viernes y sábados con mi amor, enrollados en la manta mientras dejamos que el silencio y la calma nos abracen, sin más. Me regala tardes de invierno en casa, con o sin un chocolate caliente y un bizcocho acabado de hornear, paseos al sol mediterráneo mientras nuestros Pichu y Rubiazo hacen carreras por delante nuestro. Mi maternidad cada vez es más amiga de los buenos ratos con las personas que realmente valen la pena por su sencillez, bondad y naturalidad y menos de los asuntos que me relacionen con aquellas con las que tengo poco o nada en común, ya que cada vez me cuesta menos elegir sin sentirme mal por decir no.

Mi maternidad se compone de días en los que volaría a Honolulú y otros en los que podría escribir una oda al amor materno-filial. En esos días en los que pienso en comprar billete al paraíso es cuando crezco sin darme cuenta, a base de trompazos, de sentimientos encontrados y de reconocerme cazurra total. 

Mi maternidad esconde días grises y días de nubarrones negros bien cargados. Esconde días amarillos y naranjas y días del azul claro más tranquilo.

Todo ese cúmulo de contraposiciones, opuestos, calma y nervio, soy yo; en esto me he convertido. Mi maternidad me ha permitido, y me permite, conocerme a fondo. A veces me gusto mucho, otras cruzaría a la acera de en frente para no chocar conmigo misma. 

Seguiremos creciendo. Ser madre es el camino del crecimiento constante. O así lo veo yo.

CON M DE MAMÁ y de MATERNIDAD.

5 de diciembre de 2015

Ver, interiorizar y reproducir.

Los niños lo absorben todo. Se quedan con todo. Lo reviven todo un tiempo después en sus cabecitas, cuando nosotros ya ni nos acordamos de aquello que pasó hace tiempo.
Ayer por la noche Rubiazo me quiso contar un cuento. Yo estaba en la cama con anginas, muy floja, sin poder ni tragar saliva después de haber forzado la máquina toda la semana.
El cuento que llevaba cuando subió a mi cama era uno que habla de un osito y su camión. Sin embargo, él, mientras pasaba las páginas, me contó el siguiente cuento, con sus frases cortas y a veces mezcladas: "Pepito estaba muy cansado y le dolía la pancha. Quería estar con su mamá. Luego no podía hacer caca, pero luego se hizo caca encima y su mamá le puso "eso" en el culete y ya no se hizo más caca. Y él sabe que su mamá es una guapa."
Resulta que el viernes pasado Rubiazo llegó cansadísimo del cole, pasó toda la tarde lloriqueando, ñoño, protestando por todo y, cosa extraña en él, no quiso ni cenar. Sólo quería estar conmigo, tomar pecho y dormir. El sábado por la mañana se levantó mejor, sin embargo, al poquito rato, el pobre estaba con diarrea. Como no podía controlar cuando hacía y se sentía mal e incómodo, se me ocurrió ponerle un salvaslip como emergencia, explicándole que eso, al menos, le iba a proteger un poquito y así no se mancharía los pantalones y se sentiría menos agobiado. La verdad es que el socorrido salvaslip lo alivió mucho y, además por suerte, a mitad mañana ya estaba bien.
No me cabe duda de que su cuento de ayer noche fue su manera de darme las gracias ❤ y de reconocer los cuidados que le di. Rubiazo se quedó con la tontería de invento sobre la marcha que le hice, y que evitó que volviera a mancharse y se sintiera mal. Ya hace un año que no usa pañal y, aunque ocurre muy de uvas a peras y siempre por la noche, no le gusta tener escapes; da igual que lo consolemos y le expliquemos que sólo ocurre cuando está muy dormido, que es algo normal y siempre esporádico, y no pasa nada. El caso es que a él el salvaslip le supuso una gran ayuda. Y su manera de decírmelo no pudo ser más dulce: a través de un cuento y con piropos. ❤
Los niños lo absorben todo, y tal cual lo reflejan.
Los padres deberíamos tener esto mucho más presente de lo que lo tenemos en algunas ocasiones. Ellos no sólo ven, oyen y callan. Ellos ven, interiorizan y reproducen. Son nuestros reflejo más fiel, para bien o para mal.
Todos, yo la primera, deberíamos tener más en cuenta que para nuestros pequeños somos los espejos donde mirarse, y que su imagen, con todo lo que ello conlleva, es una proyección de nosotros mismos.

CON M DE MAMÁ Y H de HIJOS

21 de noviembre de 2015

No soy la mejor madre del mundo

No lo soy. Me atrevería a decir que ni yo ni ninguna. Y tampoco quiero serlo. Ni aspiro a ello. Sólo soy la madre de mis hijos, y eso ya implica que intente hacerlo siempre lo mejor que sé.
Hace un tiempo que dejé de juzgarme como madre. Pero la mente humana es perversa, y se inventa las mil y una triquiñuelas para jugar al despiste e intentar que alguna vez caiga en el lamento del "soy lo peor por...". La ventaja es que también voy aprendiendo a darle con la puerta en las narices bastante rápido. Y cada vez menos sale victoriosa.
Precisamente porque no soy la mejor madre del mundo me equivoco mil veces a diario. A veces me enfado por cualquier tontería, porque he ido acumulando tanto a lo largo del día que la última gota, que justo era la más pequeña, ha hecho rebosar el vaso. Otras soy demasiado sargento. Lo que desde luego nunca me permito es no pedir disculpas a mis hijos cuando es así; cuando he metido la pata hasta el fondo, cuando no tengo razón, cuando he perdido los nervios... Siempre, siempre hay un "Lo siento, me equivoqué. ¿Me perdonas?".
Precisamente porque no soy la mejor madre del mundo, mis hijos me han visto llorar cientos de veces. Y nos han visto enfadarnos a su padre y a mí. Y me han oído soltar algún taco cuando algún descerebrado ha estado a punto de sacarnos de la carretera haciendo el bestia con su coche. Sí. Y cada una de esas veces mis hijos me han visto remontar y sentirme mejor tras el sofoco, nos han visto reconciliarnos y solucionar nuestras diferencias con el amor y el respeto que nos tenemos, y me han escuchado pedir disculpas por el palabrón mientras los tranquilizaba a ellos tras el susto inicial.
No soy perfecta. Claro que no. Ni quiero serlo.
Me gusta hacer las cosas bien, o intentarlo. Me gusta dar lo mejor de mí, dejándome la piel por quienes quiero, por lo que quiero y me motiva y por mí misma. Pero si me miras desde fuera, me verás imperfecta. Porque lo soy.
Y esta vez no se trata de cánones que marca la sociedad ni la moda. Se trata de que, muy al estilo de "la arruga es bella", la imperfección es el reflejo del intento, de estar vivo, del riesgo que corremos al vivir intensamente y de verdad, y no de escaparate.
Precisamente porque no soy la mejor madre del mundo, espero que algún día mis hijos puedan decir orgullosos: " Mi madre fue la mejor madre del mundo porque nos amó con la locura que sólo una madre de verdad ama. Y por ello se equivocó mil veces y lo reconoció. Y por ello nosotros aprendimos a caer y levantarnos con su misma fuerza. Mi madre nos dejó vivir nuestra vida y volar, respetó nuestros ideales y nuestras necesidades, se mantuvo a la sombra para no tapar nuestro brillo sin saber que si brillábamos era porque reflejábamos parte de su ternura. Mi madre no fue la mejor madre del mundo porque por suerte fue, única y exclusivamente, NUESTRA MADRE".

Con M de MAMÁ y de MEJOR

1 de noviembre de 2015

¡Quita niño!

Los niños molestan.
Ellos no han pedido venir a este mundo que gobernamos los adultos con nuestras manías y nuestras prisas, y sin embargo, aquí están.
Se integran y adaptan como pueden, según les dejemos, pero nunca es suficiente. Y claro, ellos no entienden. Van perdidos como pulpos fuera del agua.
Los queremos pero no.
Los niños no saben por sí solos las normas que seguimos para relacionarnos en sociedad, por lo tanto, hay que enseñarles a vivir con ellas. Es cansado. Repetitivo. Secuencia en bucle. Ya. Lo sé. Tengo dos de esos. Pero es que... ¿Recuerdas? Ellos no pidieron venir aquí. Los trajimos nosotros por ilusión, capricho o miedo a que el arroz se nos pasara.
Los niños molestan porque estamos cansados. Tenemos taaaanto trabajo que tener que jugar con nuestros hijos nos cuesta horrores y no nos gusta ni un pelo. ¡Con lo bien que sabe ese cafetito en la terraza a solas! Mirar como bailan el baile que han ensayado durante horas, o verlos correr con la moto tampoco es cómodo. ¿Cómo miro entonces la pantalla de mi aparato? ¡Con lo que yo trabajo para que tengas de todo y tienes que elegirme a mí para jugar!
Los niños son niños. Tú lo fuiste, aunque no te acuerdes. Tú también repetías las cosas veinte veces para que te escucharan, y a ti también te las repetían otras tantas para que hicieras caso. A ti también te gustaba que tus padres te vieran bailar o correr porque eso te daba seguridad, ¿recuerdas?
No, no, si no se trata de que te conviertas en un esclavo de tus hijos. Sólo que ejerzas el papel que un día decidiste que te apetecía asumir. ¿Que nadie te dijo que era tan pesado? Bueno, quizás porque como decidiste algo tan serio pensaron que ya eras lo suficientemente maduro para asumirlo.
Tus hijos son tuyos, de nadie más. Ni de tus padres, ni de la canguro, ni de la maestra, ni del profesor, ni de los vecinos, ni de la entrenadora, ni del director de la banda. Son tuyos. Y, aunque no lo sepas, tienes una suerte tremenda de que así sea.
Te diré por qué. Pues porque a pesar del cansancio, la pesadez, los ratos para ti reducidos a una ínfima parte de lo que eran antes, la dependencia que tienen de ti, la carga moral que teóricamente deben despertarte y, sobre todo, las veces que te equivoques con ellos, que te invada la impotencia, la rabia o les pegues un grito que no se merecen... Esos pequeños seres que te miran con admiración, TE ADORAN. A pesar de todo, del cariño que no les des hoy porque tu día ha sido duro... Te adoran, te admiran y no dudarían jamás en decir que de mayores "quieren ser como tú".
Los niños nos molestan. A partir de ahí, el resto de cosas que queráis contarme del mundo de cabras en el que vivimos... casi que me da igual.
CON M DE MADRE DE DOS, que también se cansa, que necesita momentos a solas, en pareja y con amigas, que pierde la paciencia y que se equivoca mil veces cada día, pero que por encima de todas las cosas ADORA A SUS HIJOS Y NO SIENTE JAMÁS QUE SON UN ESTORBO. Porque son SU VIDA.

24 de septiembre de 2015

Bimadre loca en periodo de adaptación

Periodo de adaptación de Rubiazo a infantil, al cole de mayores. 5 días sin comedor y preparando picnic (y almuerzos, of course) por la noche para que se fueran al parque a comer con la canguro. Carga el carro por si quiere dormirse después de comer (ni uno de esos días, ley de Murphy), carga mochila y saquito, tu ordenador, tu bolsa, tu bolso, una mochila con pechito / toallitas / muda y la nevera del picnic. Ellos felices con la aventura. Yo pelín desquiciada al tercer día. Pero feliz de que ellos se lo tomaran así y de que nuestra canguro favorita, a la que he propuesto al Vaticano para santa, hiciera lo indecible por poder venir a por ellos un par de horas y se buscara la vida, y una buena sombra para no achicharrarse, para que la hora de la comida pareciera chachi y no un "cutreapaño". Cuando al fin empieza la rutina verdadera con comedor incluído, Rubiazo se pasa dos días llorando, justo esos días en los que yo sonreía feliz por la reducción de estrés. El drama continuaba a la salida del cole cuando al recogerlo de su clase lloraba una novena a su súper canguro: "Yo quellía con Paulaaaaaaaaa".
Periodo de adaptación de Pichu a primaria. Empieza nerviosa (de esos nervios contenidos que te hacen controlar tu respiración para no hiperventilar) pero feliz. Contentísima cuando al fin le han puesto deberes, una ridiculez, una mini ficha, sólo hábito... ella orgullosísima de poder sentarse a "trabajar" de mayor. Papi y mami maestros. Pero su tutora es Dios. Da igual lo que le digamos, que dicho sea de paso, nunca será diferente a lo que diga su súper maestra; pues debe ser que igual lo decimos con diferente cantinela o en diferente momento del día. Si lo dice S, va a misa, porque ella sabe más, que para eso es su maestra. Nosotros en realidad nos sacamos el título de ingeniería industrial pero nos colamos en la lista de las oposiciones a maestro porque hay más vacaciones, o algo así. En fin, que ahora entiendo a los padres cuando me cuentan "es que lo que dice Noni va a misa, ahora como lo diga yo...". Tal cual. Fin de nuestra deidad ma/paterna. Pero oye, yo feliz; que le dure ese respeto a los maestros in eternum.
Para aderezar el periodo de adaptación estamos teniendo unas crisis de asma acojonantes acongojantes. Noches en vela, muchas, ataques que pasan al cabo de unas cuantas horas de aerosoles, mucho cariño, mucho sueño y mucha paciencia, pero que a ti ya te dejan desvelada y preocupada, y convierten al ventolín en tu amante bandido, just in case. Rubiazo revolucionado gracias a su estupendo aerosol. Siestas que no llegan porque la hora del descanso en el cole de momento no existe. Resultado: pasada de vueltas total del rubio platino. Suma de los factores que acaba resultando en una bomba de relojería elevada a la máxima potencia. Lunes que empieza con un vómito "integral" en pleno camino en coche al cole, todo cortesía del puto asma, que ya podía irse a visitar a Murphy y dejar a Rubiazo en paz. Tres noches seguidas de meadas de elefante tanto en su cama como en la nuestra, todo cortesía de la dichosa adaptación. Cambios de pijama y limpieza "toallitera" de emergencia para que no se desvele (demasiado). Pichu y sus arranques de independencia repentinos que te hacen querer sugerirle que vaya a pedir un referéndum al congreso de padres o algo así. Pichu y su sordera selectiva. Pichu y su recién estrenada cabezonería de primaria...

¡Y va mi amiga B y se atreve a hablarme de ADAPTACIÓN! ¡Pero nena, si llevo hecho un máster desde la última semana de agosto! ¡Si en casa es la palabra clave!: "Buenos días, adaptaciones mías / Os quiero, adaptaciones / Que soñéis con adaptaciones bonitas / Hoy de almuerzo lleváis bocadillo de mantequilla y adaptación..." Y así... ADAPTACIÓN es la palabra de contraseña cuando salta la alarma y es lo que usamos para contar hasta 10 cuando le ponemos el ventolín a Rubiazo; ¡Si hasta en la carnicería el sábado pedí 500gr de carne picada y otros 500 de adaptación a rodajas!

Muy bonita la adaptación de nuestros pequeños. Sí. Dosis extra de paciencia aunque no durmamos en condiciones durante un mes. Aunque se reboten a la mínima y estén susceptibles y tengan piropos hacia nosotros a mansalva. Sí. Nosotros somos los adultos y tenemos que saber estar, ser y hacer y dominar la situación. Todo claro. Muy lindo el cuento...

¿Y QUE ME DICEN, SEÑORES, DE LA ADAPTACIÓN DE LAS MADRES?
 
Aunque me rechifle mi trabajo como a ellos su rutina escolar, yo también querría seguir de vacaciones sin rutinas, ni horarios fijos, happy flower total con mis plantas, la piscina, el terraceo y las relaciones sociales a más no poder, la clarita al solete, los paseos familiares interminables en bici... Y ese largo etcétera que significa VERANEO. 
Yo también lloro porque no me quiero quedar a comer en el cole mientras adelanto toneladas de faena. Y me pongo de los nervios cuando se avecina alguna reunión larga que implique algo de tensión. También llevo deberes a casa. Aunque conozco a mis compañeros, a veces me encuentro con que a alguno no lo conocía tan bien como yo creía, y eso me crea desasosiego y unas ganas tremendas de gritar "¡papaaaaaaá!" y salir corriendo. YO TAMBIÉN ME ESTOY ADAPTANDO LEÑE. 
De hecho, conforme avanza septiembre la cara de loca que se me está quedando es cada vez más difícil de disimular. Salgo a correr para despejar la mente. Salgo a correr y hago religiosamente mi rutina de ejercicios, no sea que mi señor cuñado, preparador físico de élite, me pegue la bronca como si fuera una alumna real, pero también con la esperanza de fortalecer cuerpo y mente para las muchas carreras nocturnas a por el ventolín, el vómito, el pis de turno, el vasito de agua, y para ser capaz de salir cargada como una mula cada mañana, y salir del cole cargada como dos mulas con los trastos y un rubio enganchado del brazo y pasadísimo de vueltas.
 
Así que, por favor, si nos encontramos por ahí y me veis con cara desencajada, hablando sin mucho sentido, y con un zapato de cada (cualquier día)... Recordad esto: POBRETA, ESTÁ DE ADAPTACIÓN.
 

¡SALVEMOS A LAS MADRES EN PERIODO ESCOLAR!

CON M DE MAMÁ y A de ADAPTACIÓN.

20 de junio de 2015

10 cosas que mi hijo debe saber

Querido hijo,
El día a día se lleva demasiado rápido las conversaciones, las mini tertulias contigo vuelan y no siempre tienen final porque, aunque comprendes absolutamente todo, no dejas de ser un pitufo de dos años y medio que al rato de escuchar mi rollazo... ¡Cambia de tema para que capte que el tiempo de cháchara ha terminado!
Así que he pensado que estaría bien dejarte por escrito diez cosas que deberías escuchar, al menos, una vez al día, y que estoy convencida de que irán dejando poso en tu cabecita y tu corazón, mientras forman y forjan tu autoestima, tu carácter, tu confianza y tu seguridad. Las escribo para cuando prefieras leer a que te lean, o para cuando no pueda decírtelas yo porque mi voz se haya apagado. Así las tienes para siempre, por si alguna vez se te olvida alguna.
Ahí van pues:

1. TE AMO. Por encima de todas las cosas. Más allá de mis posibilidades. HASTA LA LUNA Y VUELTA, infinitas veces.
2. Eres un amor. Un bombón. Una cosa bonita. No podría ser de otra manera ya que naciste del amor más grande entre dos personas. Que nadie te haga creer lo contrario.
3. Tu sonrisa rechoncha ilumina hasta el día más negro. Eres felicidad en estado puro y recargas nuestra energía sólo con mirarnos y sonreír.
4. Tienes la mirada más profunda y expresiva que he visto nunca. Sigue hablando a través de tus ojos, haces magia con ellos, nosotros seguiremos escuchando atentos lo que nos tienes que decir.
5. Tienes un corazón grande y noble. No dejes que nada ni nadie te quite esa virtud.
6. Eres muy, muy divertido y tienes, a pesar de tu corta edad, un humor inteligente que enamora.
7. Papá, Pichu y mamá SIEMPRE vamos a estar para ayudarte, sostenerte, guiarte y reconfortarte. Siempre. A pesar de nada y a pesar de todo. Somos un equipo, no lo olvides nunca.
8. Confiamos en ti. Ante todo y sobre todo. En todas las situaciones y en todo momento. Porque sabemos que, incluso cuando te equivoques, sabrás hallar el camino de vuelta a tu origen.
9. Puedes confiar en nosotros, porque siempre vamos a escucharte antes de juzgarte, porque no te reñiremos sin antes saber por qué has actuado así o qué te ha llevado a hacerlo, y porque valoramos ante todo y sobre todo la sinceridad. Y aquí no castigamos la sinceridad, sino que la premiamos con apoyo y diálogo.
10. Conseguirás todo lo que te propongas porque tienes carácter suficiente para llevar a cabo tus anhelos y tus sueños, y un don de gentes que enamora a la primera. No te rindas nunca. La vida es como esa pelota de basket que tanto te gusta y que no te cansas de intentar encestar. Sé que llegarás lejos, no me cabe duda.

Con todo mi amor de madre. Con toda mi admiración y respeto hacia una personita que, con apenas dos años y medio, ha demostrado ser valiente hasta la médula y luchador como pocos. TE AMO, TE ADMIRO, TE RESPETO.

CON M DE MAMÁ y R de RUBIAZO

15 de junio de 2015

10 planazos (sin hijos) que no puedes perderte

10 planazos que no puedes perderte... si eres madre o padre y necesitas tiempo sin niños, en compañía de adultos o contigo mismo.

Aquí va mi lista básica:

1. Elegir una peli, da igual cuál mientras no sea de Disney Channel y los personajes, humanos o no, no canten... y quedarte sopa en los créditos iniciales.
2. Elegir un buen tinto, tu preferido a ser posible, y ponerlo a refrescar un poco para pegarte una súper cena con Papi. Que llegue la hora C, o de la cenorra, y cambies el vino por un vasito de leche porque te caes por las esquinas.
3. Organizar varias comidas y/o cenas con amigas, elegir sitio, hora y hasta menú, y dejarlas tiradas porque el asma, los virus o una rabieta de tres horas te atrapa en bucle y no te deja huir.
4. Decidir que quieres prepararte un examen importante; sentirte emocionada y motivada como nunca... y cambiar esa ilusión máxima por una sensación de ridículo extremo cuando llega el día del examen hasta el punto de que tienen que obligarte a ir porque planeas hacer pellas.
5. Quedar con las mamis de las amigas de tus hijos para ir a caminar de noche, y así poder lanzar un grito unánime mientras recorréis la zona: "¿Hasta dónde estamos? ¡Hasta el infinito y más allá!" y renunciar al plan porque te quedas enganchada al atarte la zapatilla.
6. Buscarte una tarde fija para hacer lo que más te guste: desde tocarte la pancha, hasta hincharte a martinis, pasando por sacar a flote tu blog, y que siempre se interponga alguna lavadora inoportuna, una reunión, una compra urgente o el mismo Murphy.
7. Sin ánimo de sonar materialista o superficial... Decidir que te vas a comprarte cuatro trapitos porque los que llevas tienen más años que tu hija mayor, y acabar comprando trapitos a tus hijos, gastándote mucho más de lo previsto y con cero posibilidades de seguir comprando para ti.
8. Que el sábado Papi se baje a los enanos madrugadores para que tú puedas alargar en la cama... y entonces, te entre tal insomnio que acabes levantada a la media hora, y en modo "lavadoracamasaspiradorcambioderopa-mevaareventarelcabolodenodormir".
9. Elegir un buen libro, el que empezaste hace medio año (tú que devorabas en dos tardes la biblia en verso), sentarte a leerlo, darte cuenta de que necesitas refrescar ciertos detalles, empezar de cero y dejarlo por donde lo dejaste la última vez. Tu vida es un puñetero bucle.
10. Quedar con amigos con hijos para que los niños se entretengan solitos y los mayores puedan hablar sin ser interrumpidos, al menos, durante cinco minutos, justo lo que puedan tardar en pelearse por el balón o el columpio... y acabar ejerciendo de lo que mejor sabes: de madre maestra cuidadora de la gran mayoría de ellos, mientras los demás beben, hablan y comen papas. Pero, ¿cómo? ¿En qué momento ha pasado y por qué? Si hoy es domingo y yo no curraba...

A día de hoy puedo decir con orgullo y satisfacción que he realizado todos y cada uno de estos planazos para padres, e incluso repetido con asiduidad algunos de ellos.

¿Y tú? ¿Con cuál te quedas? ¿Cuál es tu favorito? ¿Cuántos te quedan para tener el TOP 10?

CON M DE MAMÁ y P de PLANAZOS