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3 de febrero de 2015

Pedagogía... Ni blanca, ni negra: ¡De colores!

Porque ya está bien, hombre. Que vivimos en una época en la que, si no somos capaces de ponerle nombre hasta al papel del baño, no dormimos tranquilos. Hay métodos para todo, corrientes de trescientos tipos y teorías a puñados. Y, mire usted por donde, que justo venimos a dejar de lado lo que más falta nos hace a la hora de criar: ¡EL SENTIDO COMÚN! (Que dicho sea de paso, es el menos común de los sentidos, y ¡vaya si se nota!).
Siguiendo esta moda de bautizar hasta la manera de sonar los mocos de nuestros hijos, porque aspirar no es lo mismo que usar suero a chorro, también hemos dado nombre a la ciencia que se ocupa de la educación y la enseñanza: la pedagogía. Y lo hemos hecho nada más y nada menos que asociándola a un color, el blanco. Que está muy bien, por lo de asociar el blanco a la pureza del alma, la inocencia y demás. Como nominativo el blanco hace un buen papel. Y a partir de ahí, como todo y como siempre: irse al extremo es... ¡Peligroso!
Como hay diferentes tonalidades de blanco: blanco roto, hueso, crudo, blanco sucio, blanco grisáceo, blanco azulado, blanco novia... Entiendo que dentro de esta corriente que es la Pedagogía Blanca se admitirán matices y no hará falta ser muy radical al cumplirla, ¿no? Por lo que he podido leer en redes sociales y demás, esta forma de criar evita el "trauma", así que para no ser ambiguos en el mensaje, deberían dejarnos adaptar sus enseñanzas a lo que nos convenga sin reprocharnos nada para que no suframos una decepción o nos sintamos inútiles y demás, digo yo.
Reconozco que no he ahondado (ni voy a hacerlo, por el momento) demasiado en el tema, por tanto no puedo ni voy a criticar directamente ningún enunciado que esta corriente defienda; sin embargo, sí que voy a argumentar el porqué de lo dañino de su existencia para nosotros, los padres de ahora, los padres modernos que leemos, releemos y hacemos másteres en "cómo cambiar un pañal", mientras dejamos aparcado a un lado nuestro instinto y nuestra iniciativa.
A los señores creadores de la Pedagogía Blanca les diría que resulta que los padres de ahora tenemos tanto miedo de no cumplir las expectativas, de no dar la talla y de que nos invada ese famoso sentimiento de culpa en forma de remordimiento, que en multitud de ocasiones (por no ser demasiado tajante y usar el "siempre") seguimos a rajatabla todo lo que oímos o leemos que nos suena chachipiruli, y más si se trata de tener a nuestros hijos en un constante (y absurdo) estado de felicidad. Así que si ustedes, que parece que son los que más molan últimamente, nos dicen que no hay que usar el "no", jamás lo usaremos, y si nos dicen que hay que hacer el pino puente mientras se les cuenta un cuento, así lo haremos.
Tengan en cuenta que vivimos estresados entre casa y trabajo, y que cuando llegan ciertas horas (bien de mañana, bien de noche) nos apetece poco pelear y discutir, así que somos muy partidarios de consentir muchas cosas, como por ejemplo, que se elijan la ropa hasta el punto de que vayan al colegio semidisfrazados, con capas y más capas sin sentido o con el pijama bajo de la falda de tul del disfraz de princesa o que nos toreen hasta el punto que siempre lleguemos tarde al colegio; además, como queremos criar niños que tengan total autonomía y poder de decisión, en bastantes ocasiones dejamos que hagan lo que les plazca, porque mientras sean felices, lo demás no importa (no importa que por ejemplo, indirectamente, les estemos enseñando que llegar tarde a su futuro trabajo estará bien y no tendrá consecuencias, o éstas no les afectarán, ya que papi y mami estarán para salvarlos), y mientras... Hemos olvidado que si no les enseñamos nosotros la diferencia entre libertad y libertinaje, nadie lo hará, que si no les hablamos de respeto, empezando por respeto a los que convivimos con ellos, quizás sea demasiado tarde y que para que adquieran autonomía no se trata de dejarlos hacer sin más sino de enseñarles poco a poco según su madurez y darles responsabilidades adaptadas a ellos.
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Porque no, hablarles de normas no es frustrarlos, ponerles límites no es amargarlos, decirles NO no es ni traumatizarlos ni cohibirlos... No, no lo es. Porque si los límites, las normas y el NO van acompañados de cariño, de amor del bueno, de sentido común y de querer protegerlos de verdad contra los peligros del loco mundo al que los hemos hecho venir, ni se traumatizan, ni se amargan, ni estamos criando niños infelices ni chuminadas parecidas, al contrario, así conseguimos personitas que, además de felices, están aprendiendo a vivir en sociedad, a respetar al de al lado, a que lo primero no siempre puede ser su ombligo, individuos empáticos y con valores.
A mi humilde y nada experto modo de ver, señores míos, la pedagogía da igual si es blanca o negra, lo que tiene que haber es sentido común al aplicar todos esos enunciados, no dejarnos cegar y aplicar a pies juntilla absolutamente todo lo que leemos o lo que nos dicen que ahora se lleva. Vale que seamos padres modernos, padres que no quieren repetir lo que, desde su punto de vista, fueron errores que se cometieron con ellos... yo diría que más bien parece que, por tónica general, somos padres que confundimos dejar que los niños hagan lo que les da la real gana, a todos los niveles, con "que sean felices". La verdadera felicidad no tiene nada que ver con que venga alguien y nos diga: haz lo que te rote, tenga las consecuencias sociales que tenga. Por tanto, mejor si no transmitimos a nuestros hijos ese mensaje erróneo.
Si por no soportar una rabieta porque pensamos que eso es "infelicidad", si porque estamos cansados y queremos paz todo el rato, si porque nos sentimos mal porque no les hemos dedicado tiempo o si porque al negarles algo estamos cerrándoles los chakras, vamos a dejar que nuestros hijos hagan siempre y bajo cualquier circunstancia lo que les dé la real gana, contra viento y marea y afecte a quien afecte, entonces, preparémosnos para la generación de monstruos que estamos creando.
Criar con sentido común no está reñido con criar niños felices. Porque, además, da la puñetera casualidad de que la vida no nos permite estar siempre en ese permanente estado idílico. Así que cuidadín con lo que hacemos o tendremos muchos reproches futuros, cuando cada vez que algo no les salga como querían se peguen el tortazo una y otra vez.
Los niños son felices si les dedicamos tiempo de calidad. Aunque les digamos no, aunque les limitemos su libertad para que no invadan la del otro. Los niños son felices cuando pueden disfrutarnos de manera real e intensa, y cuando nos necesitan y nos encuentran. Sencillo.
Así que dará igual que la pedagogía sea blanca o negra mientras interpretemos según nuestra conveniencia y comodidad y no pensando en las consecuencias de nuestras actuaciones.
Yo, si hay que elegir, por si acaso me quedo con la de colores.

CON M DE MAMÁ y C de COLORES

18 de enero de 2015

Evolución natural, paciencia y respeto.

En muchas ocasiones, paciencia es a maternidad/paternidad lo que nieve es a Valencia. Vamos, una utopía, básicamente algo difícil cuando se juntan determinados factores que convierten tu semana materno-laboral en un infierno. Pero, en esos delicados momentos, una vocecita interior debería recordarnos que fue nuestra decisión, y no la de ellos, que vinieran a este mundo. No siempre es fácil ni aun con vocecita.
La crianza implica muchas etapas, y en cada una de ellas hay implícita una evolución natural de nuestros hijos. Lo ideal es justo eso: que sea natural. Sin embargo, muchas (demasiadas) veces, la sociedad, las normas que nuestra frenética rutina nos impone y el ritmo de locos, en general, nos obligan a "adelantar acontecimientos", forzar pasos y acabar saltándonos a la torera la ley natural, es decir, pasamos a no respetar en absoluto la evolución de los niños. Imponemos nuestras necesidades y las hacemos pisar las suyas. Triste, retorcido y real como la vida misma.
¿Y cuáles son estas etapas en las que nos interesa adelantar el reloj biológico del niño y hacer que su segundero corra más que el nuestro? Pues, a mi modo de ver, cuatro. Al menos si pienso en las edades actuales de mis hijos, 5 y 2, y las estapas que hemos vivido hasta ahora con ellos. Y estos saltos evolutivos o hitos importantísimos y fundamentales en su evolución han sido: alimentación, pañal, sueño y comienzo de la lectura, no importa el orden.
En cuanto a la alimentación creo que es más que obvio que a nuestra sociedad no le interesa lo más mínimo que las madres demos leche materna. Los cánones laborales (bueno, y el negocio de las empresas farmacéuticas) están establecidos, y más ahora en época de "recesión económica" para que los padres, en la medida de lo posible, se decanten por la leche de fórmula. Y, aunque cada vez más, se va normalizando esto de que dar pecho es algo natural, y que quienes lo hacemos no somos animalicos, sino madres corrientes, de las de toda la vida, aún hay gran número de pediatras, expertos y publicistas que insisten en que con seis meses es suficiente, y que la leche de bibe aporta tanto o más que la de mami. Opciones como colores, que cada cual decida, o así debería ser, sin embargo, no es así. Hay mucho mito aún, y sobre todo, bastante desinformación y demasiado interés en que los niños sean independientes de sus madres casi nada más nacer. Interesan madres despegadas por fuerza, y no por propia elección. En mi caso, he tenido dos hijos y con cada uno he hecho lo que he podido en cada momento, Pichu tomó lactancia mixta desde el segundo mes, y tomó pecho hasta el quinto. Rubiazo, con dos años y casi tres meses, sigue tomando pecho a día de hoy. Si hace cinco años hubiera sabido todo lo que sé ahora, quizás Pichu no habría tomado leche de fórmula para complementar, o quizás sí, no lo sé, porque la experiencia es un grado, y entonces éramos novatos. Lo que sé es que en ningún caso hemos forzado la máquina, ni hemos actuado por interés propio ni por necesidad de "despegue", sino siempre pensando en su bienestar.
Si hablamos del pañal, también puedo afirmar que, en ambos casos, han sido procesos naturales, pero más que distintos, y que nunca hubiera dicho que iban a salir tan bien. En el caso de Pichu, fue ella quien inició el juego de imitación de sus compis en su (primera) guarde, y cuando empezó el segundo curso de escuela infantil, con apenas 21 meses, siguió demostrando que estaba preparada. Así que, un mes antes de los dos años, se quitó el pañal y a los dos años exactos nos pidió no llevarlo ni por la noche. Con Rubiazo pensábamos que costaría más, supongo que porque inevitablemente, lo vemos más pequeño, por el hecho de ser el benjamín de la casa y porque siendo los dos maestros sabemos que, normalmente, a nivel evolutivo las niñas van por delante. Sea como fuere, el caso es que no dábamos un duro porque fuera fácil, y estábamos a la espera de alguna señal, pero pensando en primavera, cuando mínimo tuviera los dos años y medio, y reconozco que con el susto en el cuerpo por si no conseguíamos el control de esfínteres antes de sus tres años, para el comienzo del cole de mayores (otro de los terrores impuestos por esta sociedad de adultos, que hace que los padres vivan con pánico el comienzo de la etapa infantil en un centro escolar). Una vez más, el cuerpo humano demuestra ser una pieza perfecta, siempre y cuando se la respete. Rubiazo decidió empezar él su propia operación pañal al mes de hacer los dos años, y comenzó a pasar el día seco en el cole, pidiendo hacer pipi como sus compañeros en el wc. Pero como era algo espontáneo, seguía llevando pañal. Nosotros, con eso de que es el segundo y de que no lo esperábamos tan pronto, nos hemos relajado tanto que al pobre le ha faltado decirnos "¿me vais a quitar el pañal ya o qué?". Así que, ni hemos pautado horas de pis ni nada, y lo volvimos a llevar a la guarde, tras todas las Navidades, pensando en que quizás la relajación con el tema había hecho que él fuera para atrás. Nada más lejos: hablamos con su educadora y a los dos días de volver, Rubiazo ya no llevaba pañal. Ha demostrado ser un campeón, porque lo ha hecho él solito. Sólo nos queda el de la noche, que le quitaremos cuando, una vez más, demuestre estar preparado, sin forzar la máquina y sin presionarlo inútilmente. ¿Cuándo será? Ni idea. No vamos a angustiarnos antes de tiempo pensando en que llegue a los quince y siga durmiendo con pañal. Al menos ahora no.
Con el tema del pañal la sociedad no impone menos que con la leche de fórmula. Yo he escuchado de todo: que es cuestión de siete días siendo muy constante, que si el niño está preparado cuando consigue saltar con los dos pies juntos... Pues o mis niños son la excepción o va a ser que la excepción es precisamente todo el cómputo de las estupendas teorías que van apareciendo. A día de hoy, puedo afirmar que ni Pichu era capaz de saltar con ambos pies juntos a la vez cuando dejó el pañal, ni Rubiazo lo hace ahora. Quizás sea porque no son súper expertos en psicomotricidad gruesa, sino más bien del montón. Lo de los siete días... Por la experiencia de las personas de mi entorno, tampoco lo veo real, no a no ser que el proceso lo inicie el niño de manera espontánea porque su cuerpecito esté preparado, porque ya os digo que de manera impositiva... No ocurre. ¿Cómo va a ocurrir si el primer paso debe ser que el propio niño sea consciente de cuando está mojando el pañal? Y para eso no necesita normas o rutinas únicamente, sino madurez de su propio sistema y de su musculatura. Una vez más, la sociedad presiona, agobia, impone y nosotros nos contagiamos inevitablemente de ese estrés y caemos en la trampa. Y ahí viene entonces el "fracaso" de la operación pañal.
¿Y qué si hablamos del sueño? Dejando a un lado el tema de teorías, modas, corrientes y libros que eduquen el sueño... Os confesaré que mis ojeras me las gano a pulso, igual que lo hace mi marido, porque nuestros hijos jamás han dormido como ceporros. Pichu, empezó a tener un sueño más continuado y profundo cuando pasó la barrera de los cuatro. Ha sido muy "pesada" por las noches. Y no, señores, no ha sido fácil. Y Rubiazo lleva la misma marcha, así que entiendo que aún nos quedan dos años horribilis. Y en ambos casos hemos seguido rutinas de horarios, cuento y demás, mismas pautas que aquellos a quienes sus hijos les duermen diez horas de tirón. Lo curioso es que con Rubiazo la gente que opina me dice que es porque aún le doy pecho, a lo que yo respondo "¿y con Pichu por qué fue? ¿Porque no le daba?" Absurdo. Una vez más, se intenta generalizar y pautar. Y no, al menos en nuestro caso, hemos aprendido que cada niño es un mundo, tiene unas necesidades, un ritmo, sigue un proceso y evoluciona cuando está realmente preparado. Eso sí, hay una teoría que aquí se cumple a rajatabla y que me creo a pies juntilla: "los niños o duermen bien o comen bien". ¡Jajajaja! Nuestros hijos igual te piden un gazpacho andaluz que una ensalada con salsa de miel y mostaza que un trozo de chocolate... Pero dormir ya sabéis lo "bien" que duermen. Todo no puede ser.
En cuanto al sueño sólo añadiré que, efectivamente, cuando estás agotado, desespera, cabrea y cansa aún más, porque ante todo, no somos robots. Pero por experiencia sabemos que todo pasa. Ya que por mucho que nuestra hija haya pasado a nuestra cama siempre que lo ha necesitado y lo siga haciendo cuando sueña, por mucho que Rubiazo, sólo por comodidad mía, haya colechado hasta el año y pico, y no haya dormido en cuna mientras Pichu lo hizo desde los seis meses y en su propia habitación... Ambos han demostrado que respetando su proceso y sus necesidades, todo llega, y que no corremos el peligro de que quieran dormir con nosotros hasta los 30. Pichu prefiere dormir en su cama por propia comodidad, y nos busca sólo si nos necesita. Eso sí, a Rubiazo aún le quedan noches de llamarnos y necesitarnos... Noches duras como lo fueron las de la actual "Pichu independiente". Pues eso, una vez más, con naturalidad, todo ocurre como y cuando debe ocurrir.
Y para acabar, hablemos del aprender a leer. Por eso del agobio que nos entra cuando nuestros hijos pasan a primaria sin leer. Por eso de que nuestro actual sistema educativo impone unos mínimos que las editoriales plasman en forma de textos eternos a los que deben enfrentarse los pobres alumnitos que llegan a primero, y desde el primer día. Pero de esto en concreto y en profundidad, hablaré otro día. Ahora sólo quiero volver a defender el respeto a la evolución natural frente al empeño de la sociedad y de los padres en crear maquinitas perfectas. Los niños aprenden a leer (hablo de los casos en los que no haya ningún tipo de necesidad educativa) de manera natural, según sus inquietudes, su predisposición y su entorno. Se motivan la mayoría de veces sólo de observar a sus semejantes en clase, y a sus progenitores en casa. Si no muestran interés y los forzamos en la etapa infantil sólo fomentamos la fobia y la frustración. Pichu acaba de cumplir los cinco años, llevaba meses leyendo en mayúsculas porque sí, porque le apetecía, porque a los dos años empezó a preguntarnos por el sonido (nunca le dijimos el nombre, sólo el sonido) de las letras... Lo hacía a modo de juego y como un juego ha sido su comienzo a leer. Hoy por hoy lee todo tipo de grafía, mayúscula, minúscula, ligada y de imprenta. Y sucedió de repente, un buen día en el que, como otro cualquiera, cogió un cuento y en vez de inventárselo lo empezó a leer. Evidentemente, lloré de la emoción al escuchar su dulce voz leer sin parones las frases de Blancanieves. Porque ahora se le abre un fantástico mundo lleno de posibilidades, y porque ha llegado a él por sí misma, que tiene más valor, con la inevitable ayuda de todo lo que a diario trabajan en su escuela, y que va haciendo poso, pero sin presiones ni imposiciones ni empeño de los adultos de su vida.
Una vez más, queda demostrado, al menos en nuestro caso y con nuestros hijos: la naturalidad en la crianza y el respeto por las diferentes etapas evolutivas de nuestros pequeños son garantía de éxito frente a todas las teorías y procesos impuestos que quieren que hagamos grandes a los más pequeños por puro egoísmo, comodidad y necesidad propios.
Pero, y una vez más también, esto es sólo mi opinión y nuestra experiencia en este largo, nada fácil pero muy gratificante camino de la pa/maternidad.

Un abrazo.

CON M DE MAMÁ y R de RESPETO

14 de octubre de 2014

Limitando, que es gerundio

Parece que en los tiempos que corren hablar de LÍMITES está demodé, de más, incomoda y me atrevería a decir que hasta espanta. Y no lo entiendo, la verdad. Hay una especie de moda por la que parece que debemos considerar esta palabra tabú. Pues a mí, personalmente, me parece una palabra estupenda sobre la que divagar un rato.
Hoy voy a hablaros como madre y maestra, pero sobre todo como madre, con el corazón en la mano, sin enjuiciar a nadie en particular, basándome en la experiencia y partiendo siempre de mí misma como individuo, y de "nosotros", mi marido y yo, como padres de una niña y un niño.
LOS LÍMITES SON NECESARIOS.
¿Perdona? ¿Límites dices? ¿Obligar a mis niños a hacer lo que no quieren o a no hacer lo que quieren?
No, LIMITAR NO ES SINÓNIMO DE PROHIBIR U OBLIGAR.
Entendamos LIMITAR como poner una barrera en una carretera para evitar que los coches que van en una dirección, a una velocidad bastante elevada, distingan una señal de aviso y, de paso, no se precipiten al vacío. Ya está, no hay más, es tan sencillo como gráfica es la explicación.
Pensemos en lo que tenemos en nuestras manos: personitas que absorben a la velocidad de la luz todo lo que ven, todo lo que oyen. Personitas con un cerebro que memoriza, un corazón que guarda sentimientos y los asocia a cada persona y a cada actitud. Personitas que necesitan que alguien con más experiencia en la vida les preste una mano para indicarles el camino, que no necesariamente significa obligarles a caminar por un único camino o por el mismo que nosotros escogemos, ojo.
Nuestros hijos vienen a este mundo como hojas en blanco que van siendo rellenadas según viven y experimentan. Nuestros hijos no saben la diferencia entre blanco y negro ni el significado de sí y no. Necesitan que nosotros, sus padres, estas personas adultas y maduras que en principio somos, les mostremos lo que hay, con hechos porque somos su modelo directo, que les ayudemos a forjar su personalidad, a adquirir su propio pensamiento crítico, que les mostremos los valores que hacen íntegras a las personas, para que así ellos puedan decidir qué bifurcación coger.
Si por el miedo a convertirnos en padres dictadores evitamos los límites... Estamos pasando de un extremo a otro, cosa que para nada augura éxito seguro. A lo largo de la historia queda demostrado más que de sobra que los extremos nunca fueron buenos.
Insisto en que no entiendo el miedo actual a decir NO a nuestros pequeños, ya que por cada NO que les decimos les estamos dando muchos SÍ con nuestros actos, o al menos así lo veo yo aquí. Un NO a tiempo en los inicios son muchos SÍ cuando tengan que enfrentarse solos a este mundo medio en ruinas que tenemos.
Creo, quizás me equivoque, que lo que pasa es que actualmente mezclamos peras con limones con mucha facilidad. No concebimos que no está reñido AMAR (así, con mayúsculas) a nuestros hijos con MARCAR UNOS LÍMITES (también con mayúsculas). Los límites no son negaciones simples al uso de todo aquello que quieran hacer o estén haciendo, claro que no. A los niños hay que dejarlos ser niños, dejarlos equivocarse, dejarlos caer y ayudarlos a levantarse, pero también hay que enseñarles aquello que es respetuoso y aquello que no lo es, tanto para relacionarse con nosotros como con todas las personas, animales y seres vivos de su entorno. En resumidas cuentas, y bajo mi humilde punto de vista, LOS LÍMITES LES MUESTRAN LA DIFERENCIA ENTRE LIBERTAD Y LIBERTINAJE, y los posicionan a favor o en contra del respeto y la educación. Y una vez más, insisto, inculcar a nuestros hijos respeto y educación no está reñido con la espontaneidad de la infancia. De hecho, considero que mis hijos son niños educados, respetuosos y a su vez (y cariñosamente) ¡están como un cencerro! Jamás los he visto cohibidos, al contrario, son de lo más natural. Son niños que juegan a ser niños, con los que jugamos a ser niños, a los que miramos como niños, pero a los que no consentimos actitudes que nos parecen fuera de lugar, como niños también. Si yo dejo que mis hijos hagan lo que les place a toda hora y eso implica molestias al de al lado, no estoy enseñándoles a respetar. Y así, con todo y en todos los aspectos, a todos los niveles.
A Pichu le dijimos su primer NO con meses (y a Rubiazo, ídem de lo anterior). Tal cual. Ante no pocos reproches de familiares que opinaban que era muy pequeña para oírlo, que "pobrecita, si no se entera de lo que hace"... No, claro, evidentemente, jamás hemos pensado ni de ella ni de su hermano que sus actos hayan sido con premeditación y alevosía mientras han sido bebés, incluso cuando han dejado la etapa de bebé para ir convirtiéndose en niña y niño respectivamente. Está claro que sus actuaciones son una parte muy necesaria de su desarrollo, que con final feliz o no, tienen que probar cuál es resultado de un comportamiento, tienen que saber qué pasa si tiran comida al suelo, si muerden, si pegan, si pintan las paredes, al igual que esperan reacciones cuando besan, abrazan, acarician, sonríen, comparte, ofrecen... Nuestros niños actúan por imitación. Ése es su primer juego: copiar, repetir. Nuestros hijos descubren el mundo a través de nuestros ojos, de los de sus maestr@s, de los de las personas más cercanas a la familia... Es por eso que no debemos crearles unas expectativas de mundo que no son reales: HIJO MÍO, PUEDES HACER LO QUE TE ROTE DÉ LA GANA, porque esto no los va a convertir en adultos felices, al contrario. La vida que nos toca vivir es una suerte, pero también una batalla diaria, un cúmulo de cosas contra las que lidiar y, a la vez, de las que disfrutar. Si nuestros hijos crecen pensando que todo está permitido, que todo lo que se les antoje es posible (y ojo, no hablo de sueños sino de comportamientos individualistas rozando el egoísmo), que ellos están por delante de todo y de todos (son lo que más queremos, nuestra máxima prioridad, no la del resto del universo)... Quizás pensemos que estamos criando niños felices y sin embargo estaremos criando futuros adultos insatisfechos, consigo mismos y con su alrededor.
Nadie dijo que criar y educar era fácil. Poner LÍMITES cuando uno está hasta el pirri del trabajo, del seguro de la casa que le ha dejado la cuenta en números fluorescentes, de la lluvia que ha calado hasta su carnet de identidad y el de sus niños y de un largo etcétera de cualquier día gris... NO ES FÁCIL. Porque cuando estamos así, al límite (curiosa coincidencia) sólo querríamos tirarnos en el sofá y dejarlos campar a sus anchas, cenar lo que les diera la gana, que cayeran rendidos por sí mismos en cualquier parte del salón, y verlo todo como a cámara lenta mientras dejamos que se cierren nuestros ojos. ¿No? ¿Nunca habéis tenido ese pensamiento? Pues pasadme ahora mismo "eso" que tomáis y que os da súper poderes, porque yo sí tengo días así. Obviamente, todo queda en un sueño, y si su tarde va tan torcida como la nuestra, pues nada, nos miramos, resoplamos, a veces sonreímos y otras veces casi que contenemos la lagrimilla, y ¡al tajo! No, no es fácil. Pero es necesario, y es bueno... y lo mejor de todo: FRUCTÍFERO.
Un NO a tiempo son muchos SÍ en un futuro, porque estaremos abriéndoles las puertas a un mundo en el que la integridad, por desgracia, se está evaporando a marchas forzadas, y donde, a pesar de todo, aún queda mucha gente con ganas de hacerlo bien. Si hoy somos capaces de decirles "no, no puedo comprarte esto porque es un capricho" o "no está bien que contestes así" o "espera un momento que acabe de hablar con papá y te escucho", estaremos criando personas que serán capaces de valorar tanto lo material como lo humano, y que no sentirán la imperiosa necesidad de arrasar por donde pasen para triunfar en sus vidas.
Eso sí, IMPORTANTE RECORDAR QUE CADA NIÑO, como cada persona, ES UN MUNDO, por tanto el establecer normas no debe estar en discordia con dar todo el amor que cada uno necesite; igual que tampoco podremos usar la misma vara de medir para todos en cuanto a que cada hijo necesitará un tiempo de acople a ese nuevo límite que ha aparecido en sus vidas.
Imagen tomada de: http://sanacolitaderana.com.mx/blog/wp-content/uploads/2012/09/imagen-post-limites1.jpg

CON M DE MAMÁ

15 de enero de 2014

"Crianza con apego o sin él. ¿A ti qué más te da?" o "Cuando seas madre (de mis hijos) comerás huevos"

Hace ya mucho tiempo escribí sobre el vicio (cochino) que tenemos la raza humana de meter las narices donde nadie nos llama y de opinar gratuitamente, si puede ser criticando, ya que es nuestro deporte nacional por excelencia.
Si además se trata de hablar de/opinar sobre/criticar la manera de criar a nuestros bebés, entonces la carnaza es de primera calidad.
Cuando me quedé embarazada de Pichu, mi marido y yo nos compramos, el típico libro de los 50.000 nombres (total para que sólo una diezmilésima parte de ellos te parezcan más o menos normales y de ellos sólo dos sean los que os gustan a ambos) y, además, nos leímos también algún libro más relativo a crianza/desarrollo y demás, bien porque lo compramos por recomendación, bien porque nos lo regalaron. Pues ya en ese momento, en nuestro entorno más cercano hubo quien tuvo que opinar y criticar que leyéramos en vez de llamar por teléfono y preguntar. Que digo yo que no tiene nada que ver el tocino con la velocidad. Una cosa es tener una mente curiosa (y querer cumplir eso de "el saber no ocupa lugar") y leer sobre desarrollo, emociones y demás, y otra muy distinta es el aprendizaje del día a día en nuestra labor de padres, aprendizaje que, en mi siempre modesta opinión, es algo que NADIE puede vivir por ti. Está claro que cuando te llueven críticas como esa es porque, quizás, la persona que las hace necesita sentirse un poco más partícipe protagonista de lo que tú y tu pareja le dejáis.
Si algo he aprendido en mi corto viaje por la maternidad es que quien decide tener hijos y criarlos (sí, es decir, quien decide no sólo traerlos al mundo porque es lo que le toca por edad o porque no sabe hacer otra cosa, o porque intenta salvar un matrimonio condenado al fracaso) hace TODO LO QUE PUEDE POR ELLOS. Y, obviamente, lo hace desde el amor más profundo, la inexperiencia más grande y la habilidad y el instinto que le hayan tocado en el reparto de cualidades. No hay más. Y, por tanto, no es ni malo ni bueno que lea o no, que pregunte o no, que necesite a su madre/suegra un mes en su casa o no. Porque toda opción es respetable.
Yo, perdón, NOSOTROS hemos decidido criar y educar a nuestros hijos CON AMOR, y no nos hemos planteado si eso se llama CON APEGO o con desapego. Y me da igual si soy del grupo teta-colecho-apego (que va a ser que, según lo que he leído, sí, pero paso de encasillarme) o del otro grupo. Me da igual si en su momento leí a Carlos González con su Bésame mucho y me gustó, o si luego leí alguna cosa suya más y me pareció información innecesaria, o si quisimos conocer a Estivil y me di cuenta de que este señor no me duraba ni un café. Porque por mucho que hayamos leído, buscado, contrastado... lo único que realmente nos ha valido y nos vale, hoy por hoy, es nuestra experiencia, conocer a nuestros hijos (el sol y la luna ambos dos, en todo), intentar estar al 200% con ellos en cuanto a sentimientos y empatía (y no conseguirlo siempre, obviamente, con el consiguiente inevitable sentimiento de culpa, muchas veces fruto del mismo agotamiento físico y mental).
Lo que SÍ hemos aprendido es que LA CRIANZA NO ES NI FÁCIL NI CÓMODA, pero enriquece, curte, te ayuda a madurar y TE LLENA.
El otro día me encontré en una red social un artículo sobre un otro pediatra que ha escrito un otro libro sobre la crianza (lo estoy expresando en líneas muy generales) y que, según él mismo explicaba, en su libro no habla ni de métodos infalibles ni de mejores maneras para criar o hacer con nuestros hijos, y eso me gustó. No pienso leerlo. O igual, si cae en mis manos, sí decido hacerlo, quién sabe. El caso es que compartí el artículo porque me gustó que, al menos a simple vista, y por lo que relataba la entrevista, no es un pediatra más que se ha inventado o ha descubierto un método para que los niños se críen solos y no molesten o se sientan los más amados del planeta, pero lo que sí decía muy acertadamente es que las madres de hoy en día no conciliamos, sino que sacrificamos. Totalmente de acuerdo. Y seguro que habrá algún padre que también. Podéis leerlo AQUÍ. Muy a grosso modo venía a decir que no son métodos lo que hace falta, sino comprensión y respeto hacia el modus operandi de las madres, o mejor, yo diría "de cada madre".
Yo, por mi parte, creo que hay una delgada línea entre aconsejar, opinar y entrometerse. Y obviamente cruzarla hacia uno u otro lado o hacia la crítica no constructiva es más que fácil.
No me canso de imaginar un mundo mejor en el que cada uno meta la napia en sus asuntos, y en el que no seamos tan fans de juzgar al prójimo y sí lo seamos de respetar (pero del respeto de verdad, no de boquilla) y de dejar hacer a cada uno lo que en su mano está cuando hablamos de criar. Lo más triste es que para que esto ocurra somos las mujeres las primeras que tenemos que concienciarnos para hacerlo posible, ya que somos las responsables directas de estas "incomodidades maternales". Pocas son las mamás actuales que no tienen queja de las féminas más mayores de su entorno familiar, ya sean madres, suegras o vecinas cotillas. Son pocas las que dicen que jamás nadie se ha entrometido, con toda la connotación negativa que ello implica, de un modo u otro en su vida familiar. Y, por si esto fuera poco, va y nos salen pediatras y supuestos "expertos" que nos hacen sentir culpables y malísimas madres porque nos aleccionan sobre cómo, dónde y cuándo y sobre lo mal que lo hacemos cuando no seguimos sus directrices.
Pues señoras y señoritas, y parejas y "parejos"... ¡ya está bien, leñe! ¿A mí qué más me da si mi amiga P ha dado biberón y no teta? ¿O si M practica o no el colecho o V hace el pino puente para conseguir que su pirata se coma un bocata de jamón? Me da igual, no las juzgo, sólo las escucho y respeto, y en todo caso, me beneficio de lo que veo porque aprendo otras maneras de hacer y ver la vida, que me enriquecen y me ayudan a salir de mi, a ratos, cuadriculada mente, y si me piden opinión, pues la doy. Pero, lo mejor de todo, es que me parece estupendo lo que hacen y cómo lo hacen, básicamente porque lo hacen con AMOR DEL BUENO, y no hay más. Y porque con entretenerme yo en aprender a ser madre ya tengo bastante faena, ya.
Creo que leer es bueno, informarse es genial, contrastar opiniones y escuchar otras experiencias también, pero si estáis leyendo esto es porque, quizás, gran parte de vosotr@s estáis inmersos en el maravilloso mundo de la crianza, lo cual quiere decir que sabéis mejor que nadie que no hay dos niños iguales, por muy hermanísimos que sean, ni dos madres o padres clavados. ¡Y menos mal! Por tanto, lo que me sirve a mí no es preciso que sirva a otra madre, aunque quizás le venga bien conocer mi experiencia para saber que NO hacer con su hijo o hija. Por otra parte, tener personas en tu entorno cercano que tengan más experiencia que tú y que estén dispuestos a compartir sus conocimientos contigo es una gran suerte (¿cómo era eso de que para criar hace falta la tribu entera?), sí, pero siempre y cuando esa "generosidad" sea desde el cariño verdadero, el respeto, las ganas de ayudar (que no de ENTROMETERSE) y con la intención de hacer llegar a la madre en concreto un mensaje tipo "no hay mejor madre para tu hijo que tú, yo sólo estoy por si me necesitas", y que sea de corazón, de verdad de la buena.
En serio, MAMIS DEL MUNDO, equivocarse es de humanos, es bueno y ayuda. Esto de la maternidad y la crianza es,  en muchos aspectos, un camino de espinos para el que NADIE nos prepara, por mucho consejo y moralina que quieran darnos. Podemos leer, podemos ser "de una corriente" o de otra, pero lo que está claro es que lo que no falla es la naturalidad y el darnos el tiempo necesario para conocer a nuestros hijos y saber, mejor que nadie, sus necesidades a todos los niveles. El sentimiento de culpa ya de por sí parece ir intrínseco a la maternidad, por lo que no nos dejemos embaucar por expertos (y no tanto), que hablan siempre "in extremis" y que nos regalan sentencias de esas que sólo hacen que aumentar nuestro tono del mea culpa. 
Ser madre es la mayor aventura que toda mujer, que decide serlo, puede vivir. Y como tal, tiene momentos de subida y momentos de bajada. Contamos además con unas grandes compañeras de viaje que, dicho sea de paso, tampoco es que ayuden mucho, y que no son otras que nuestras queridas hormonas... Así que: MAMIS DEL MUNDO MUNDIAL, ¡CRIAD COMO OS DÉ LA GANA, CON APEGO O SIN ÉL! Pero eso sí, CRIAD SIEMPRE CON AMOR, CON MUUUUCHO AMOR.




CON M DE MAMÁ y C de CRIANZA CON AMOR