Éste es el blog de una mujer, madre y maestra. Es un blog sobre el día a día de las cosas simples, y no tanto, de ser mujer, madre y maestra. Un blog en el que "cualquier parecido con la realidad, NO es pura coincidencia".
4 de marzo de 2017
MUJER CONTRA MUJER
6 de enero de 2017
Queridos Reyes Magos...
Quizás debería recuperar la tradición de cuando niña, de escribiros una carta larga, en la que pedir para mí y las personas a las que más quiero.
Quizás este año podía haber sido el primero de muchos en reiniciar esta buena costumbre, pero, como casi siempre, llego tarde y las buenas ideas me vienen luego. Aún así, he pensado que igualmente puedo haceros llegar esta carta en unos días, ya que lo que quiero pedir no necesita ni de gran espacio, ni que os desplacéis de nuevo.
Voy pues.
Queridos Reyes Magos,
Voy a evitarme la parte en la que os digo que este año he sido muy buena y bla bla bla, porque la realidad es que este año, como los anteriores, he intentado dar lo mejor de mí y he seguido cometiendo errores. Así que sólo diré que he intentado ser mejor, pero que sigo necesitando "ir a septiembre", porque soy consciente de que puedo ser mucho mejor aún. Lo que sí puedo colgarme como mérito es las ganas de intentarlo.
Este año mi deseo es para mí y para todas las mujeres del planeta, y os aseguro que no ocupa lugar aunque, si nos lo concedierais, calaría hondo en muchos hogares.
Deseo que las mujeres seamos libres de verdad, y no sólo de programa político, de puertas para afuera, de publicidad de revista o de catálogo de moda. Deseo que podamos decidir qué hacer con nuestra vida sin tener que dar tantas explicaciones ni intentar convencer a nadie de nuestras razones. Me gustaría que todas y cada una de nosotras nos sintamos con la confianza suficiente en nuestro criterio como para tomar decisiones sin la necesidad de la aprobación del resto del mundo (masculino). Me gustaría que cada una de nosotras pueda vestirse como le salga del dedo meñique del pie y porque así lo siente, sin tener la necesidad de hacerlo para alegrar la vista de nadie ni gustarse más que a ella misma. Deseo que no sintamos la imperiosa necesidad de justificar nuestra manera de actuar cuando, siendo madres, tomamos determinadas decisiones que atañen a nuestros pequeños, ya sea dar teta y enseñarla o dar biberón y hacer el pino mientras el niño bebe. Me encantaría que dejásemos de sentirnos juzgadas cuando decidimos tener tiempo para nosotras, sin hijos, sin parejas, sin amigas o amigos, sólo para nosotras y nuestra cabeza y nuestro cuerpo, entendiendo este tiempo como "tiempo para hacer aquello que me dé la real gana y me sirva para desconectar del resto y conectar conmigo misma". Me gustaría que, además, cuando escuchemos, como tantas veces, una crítica o una simple opinión (sobrante) al respecto, tengamos la suficiente fuerza como para simplemente sonreír y seguir nuestro camino, sin sentir que hemos de responder a preguntas tales como "¿Y mientras haces eso, dónde dejas a los peques?" "¿Te vas otra vez, pendón?", porque probablemente quienes las lanzan no han descubierto aún lo necesario del tiempo personal e individual para que luego el tiempo compartido valga aún más la pena. Deseo que se nos respete por lo que somos y no por cómo vestimos o el tamaño de nuestras tetas o nuestro culo. Quiero que se nos reconozca como seres pensantes y con capacidad más que suficiente para hacer girar el mundo sin la necesidad de un piropo mal dicho a pie de andamio o una frase soez de machito ibérico.
Y, llegados a este punto en el que mi carta podría hacerse eterna, y a riesgo de que me tachéis de egoísta o excesivamente "pidona"... Exijo, para que se lo hagáis llegar a quien corresponda, que se considere a la mujer como ser humano que ocupa el mismo lugar en la pirámide que el hombre, con todo lo que esto conlleva: mismos derechos. Pero de verdad, no de boquilla o de postureo mientras nos siguen matando porque somos de una categoría inferior o porque aún estamos catalogadas como juguetes de adultos (machos).
Muchísimas gracias por anticipado, Reyes Magos, porque sé que haréis todo lo posible para que estos deseos, que no son sólo míos, se cumplan y así no dejemos nunca de creer en la magia del cambio.
Atentamente,
Con M de Mujer y de Madre.
26 de junio de 2016
Micromachismos, estereotipos... La cuestión es no avanzar.
El viernes a mediodía paré en la gasolinera de mi pueblo y tuve que hacer un poco de cola para pagar. Las dos personas que iban por delante de mí eran hombres, el primero, de Europa del Este, por su marcado acento al hablar, rondaría los cuarenta y tantos; el segundo, un chico más joven que yo, tendría menos de treinta.
El dependiente, hombre también, que estaría en sus cincuenta y pocos, atendió muy amablemente a los dos anteriores, pero con una amabilidad normal, de dependiente a cliente y punto. Sin piropos, ni comentarios graciosos para provocar su interés o su risa.
Cuando me tocó turno el dependiente esbozó una enooorme sonrisa en su cara y soltó un extra alegre "¡Hola guapa!". En un nanosegundo pasó por mi cabeza la necesidad de ser borde, pero en aquel momento venía con la cabeza algo desordenada y el alma un poco tocada, así que no tuve ganas.
"¿Hola guapa?" ¿Por qué? ¿Y por qué a los dos de delante no? ¿Porque yo soy mujer? ¿Porque debo aceptar un piropo o tiene que gustarme? ¿Porque llevaba un vestido que me favorece o simplemente porque era un vestido? ¿Porque entré con gafas de sol y pelo suelto y eso me hacía parecer enigmática? Esto último es de risa, pero es que la situación en sí, si llego a soltarle la bordería correspondiente, también lo habría sido.
La verdad, me cansa el tema. Me cansa que se dé por supuesto que las mujeres nos vestimos para gustar. ERROR. Yo me visto para gustarme a mí, ¡qué narices! O para ir cómoda. Punto pelota. Y, hasta donde yo sé, las mujeres que me rodean se visten para ellas, no para el mundo.
Sí, me gustan los vestidos cortos que enseñan mis piernas, bueno y los largos, y las faldas, y las bermudas, y los vaqueros, pintarme los morros, ponerme máscara de pestañas para destacar el verde de mis ojos, me gusta llevar el pelo suelto, y recogido, me gustan los tacones porque mi metro sesenta se me queda algo justo para mirar el mundo desde donde yo quiero, pero también me gustan las chanclas, las bailarinas e ir descalza... Me gusta verme bien, a mí, por mí. Me gusto con maquillaje y sin él, dependiendo del día y del momento, pero nunca jamás de la persona que tengo delante. Porque no me visto ni me arreglo para el mundo con el que me puedo tropezar. Me visto para mí. Valgo lo suficiente como para no depender del gusto, la mirada, la aprobación, el deseo o la opinión de ningún hombre.
El "hola guapa" amable del señor de la gasolinera junto con su par de comentarios entre graciosos y aduladores me resultaron del todo innecesarios. Patéticos. Demasiado evidentes. Cansinos. Si el hombre lo hizo por venderme la oferta de chicles, o para recordarme que si llevo la tarjeta me sale más barato, consiguió justo lo contrario. Soy mujer, no imbécil. Entiendo el mercado de la oferta y la demanda igual, o mejor, que un hombre. No me hacen falta piropos para comprar, ni para tener un buen día. A no ser que ésa sea la política de ventas con todo individuo que se precie. Porque, básicamente, en mi caso, lo que vas a conseguir con todo ese despliegue de medios es lo contrario.
En serio, es pesado que el mundo avance y sigamos quedándonos atrás en aspectos tan básicos como la consideración de la mujer como persona y punto. El mundo avanza y cada vez se hipersexualiza más la imagen de las niñas pequeñas. Se les maquilla para la publicidad, se les obliga a ensayar poses que vistas en una mujer adulta resultarían sexuales, sensuales y provocadoras. Seguimos tragándonos publicidad altamente contaminante y viendo normales determinados mensajes que dan verdadero asco.
Las mujeres también tenemos deseo sexual, y no por ello nos ponemos en evidencia a cada momento que tenemos oportunidad bramando al tío o tía (según gustos) que pasa por delante nuestro cualquier barbaridad que deja poco a la imaginación. O desnudando de manera integral al de en frente con la mirada, de pies a cabeza y parando en el culo, el pecho o el paquete. Igual es que no nos hace falta ser tan básicas. Y sí, os juro que, aunque no soltemos ciertas lindezas, de verdad que sentimos el deseo tanto o más que los hombres.
Hartazgo máximo ante tanto micromachismo, tanto comportamiento estereotipado que se normaliza y se vive como natural y tanta hipocresía moderna de "igualdad", total para seguir comportándonos como nuestros antepasados de hace siglos, seamos de izquierdas o de derechas. Este tema no va de ideologías políticas. Por suerte o por desgracia va de alguna tara del ser humano intrínseca a nuestra condición de seres racionales.
Increíble pero cierto (y triste).
13 de junio de 2016
Quiero a mis hijos libres
Si hay algo que como madre tengo claro es que quiero que mis hijos sean felices, y que sean felices sin la necesidad de pisar a nadie en su camino a la felicidad.
Quiero que mis hijos se ganen el respeto de sus semejantes porque son buena gente y no porque atemoricen a los que tienen delante.
Quiero que mis hijos sepan que para amar a alguien sólo tienes que querer hacerlo, sin más, sin condiciones, sin titubeos, sin complicaciones, sin egoísmos. Y que esto no implica que tengan que aguantar carros y carretas en una relación, porque amar no significa soportar ni aguantar.
Quiero que mis hijos sean felices solos, o en pareja, o en comuna. A mí me va a dar igual mientras su felicidad implique sentirse plenos, sin dañar ni ser dañados. Y me dará igual el color de piel de quien escojan si es que han decidido vivir acompañados. Me dará igual que firmen un papel o ninguno. Me dará igual si quien está con ellos es de su mismo sexo o del sexo opuesto mientras lo que sienta y lo que demuestre sea recíproco a lo que sienten y demuestran ellos.
Quiero que mis hijos sean libres, se sientan libres y se crean libres siempre que su libertad no suponga acabar con la de los que los rodean. Y que esa libertad bien entendida sea sinónimo de respeto y empatía para con los demás, íntimos y no tanto. Libertad libre de prejuicios.
Quiero que a mis hijos los dejen ser libres. Y quiero que los dejen elegir y hacer con su vida lo que ellos consideren, sin tener que esconderse cuando lo que elijan no tenga nada que ver con lo que está bien visto socialmente según lo establecido por los siglos de los siglos.
Quiero que a mis hijos se les quiera y acepte por cómo son y no por lo que son. Quiero que se les quiera porque son personas con valores y no porque siguen una moda, pertenecen a determinada ideología o defienden ciertas creencias religiosas. Y quiero que ellos hagan lo propio.
Quiero que mis hijos crezcan felices y libres. Que maduren siendo felices porque son libres. Que vivan siendo libres porque son felices y respeten y elijan la libertad como modo de vida. Y que este loco mundo se lo permita.
29 de abril de 2016
Nadie nace enseñado. Nadie muere sabio.
Mi profesión es la más bonita del mundo. A veces también es la más cansada, otras un poco frustrante. En ocasiones te invade la impotencia ante situaciones que no puedes controlar porque son parte de la vida de quienes tienes en tus manos. Pero sea como fuere, mi profesión es la más bonita del mundo. La más gratificante si pienso en las sonrisas de cada uno de esos pequeños, y no miro más allá.
En mi profesión nos equivocamos. Al menos yo. Cada día. Y gracias a esos errores que tal vez nadie detecta, excepto yo, aprendo a diario, crecen mis ganas de hacerlo mucho mejor a la próxima, y siempre saco una nueva motivación para seguir.
En mi profesión tratamos con unas personitas muy especiales, delicadas y diferentes cada una de ellas. Cada una de esas personas tiene una manera de ser, una manera de hacer las cosas y una manera de ver y vivir la vida según el lugar o la familia en la que se haya criado. Nadie nos enseña a cómo tratarlas según sus peculiaridades, porque no habría espacio para tantos manuales a lo largo del tiempo. El secreto de la conquista de esos pequeños te lo da la experiencia, el tiempo dedicado a ellos, y los errores que enmiendas a diario. Desde que empezaste a trabajar por primera vez hasta, casi seguro, el día en que te jubiles.
En mi profesión somos juzgados, muchas veces, con dureza. No se nos pasa ni una décima de error. Para algunos no tenemos derecho a la réplica ni a la enmienda. Gracias al cielo, para otros muchos sí.
En mi profesión hay una clave con la que, en principio y sin mayores sobresaltos, se pueden hacer grandes cosas en conjunción con las familias: se llama diálogo. Cuando se establece un diálogo fluido, natural, con espíritu de trabajo en equipo y de querer avanzar por el único bien que debería importar: los niños, entonces ocurre la magia, y todo fluye.
En mi profesión, con toda la lógica del mundo, nos exigen respeto para quienes se sientan a mirarnos y escucharnos cada día. Sin embargo, a veces hay quien olvida que nosotros también lo merecemos, y que la transmisión directa o subliminal de ese mensaje, de padres a hijos, es muy peligrosa.
En mi vida personal, como madre, a veces me equivoco. Muchas. Y las mismas que me equivoco, pido disculpas a quien corresponde (mis hijos), igual que hago con mis alumnos. Porque creo que no hay mayor aprendizaje que el que se da basado en el ejemplo. Y así, mis hijos son conscientes de que ellos también fallan, y cuando es así, piden disculpas.
Si por cada vez que nos equivocamos como madres y padres vinieran de fuera a juzgarnos, a no permitirnos pedir perdón a nuestros hijos, a no dejarnos enmendar nuestros fallos, a machacar nuestro cerebro y nuestro corazón con palabras dañinas y quisieran retirarnos el título de madres/padres... ¿Cuántos padres y madres seguiríamos ejerciendo como tales en estos momentos? Seamos sinceros.
Reflexiones de una madre y maestra que mira al mundo escéptica, triste y desesperanzada, cuando descubre que lo raro es el diálogo y lo normal el juicio rápido, el machaque, la incapacidad de entender que nadie nace enseñado ni muere sabio y que para hacerlo bien, a veces, casi siempre, hay que equivocarse.
Buenas noches de viernes y feliz fin de semana.
CON M DE MAMI
16 de abril de 2016
TE RETO
Querida hija:
Te reto a creerte capaz de comerte el mundo, de trepar al árbol más alto sin más ayuda que tu empeño y perseverancia, a desafiar a las alturas desde tu castillo en el aire, a sonreír incluso cuando duele, a enfadarte conmigo cuando no compartas mi opinión, a luchar por tus ideales aunque (y porque) no tengan nada que ver con los nuestros, a querer salirte con la tuya, a desafiar lo establecido, a saltarte las normas siempre que eso no suponga dañar al de al lado, a ser valiente porque eres mujer y las mujeres lo somos, a llorar sin miedo a parecer cobarde porque llorar no es de cobardes, a amar con locura a quien tú desees y no a quien la sociedad te diga que has de amar, a creer en tus propias causas y a crearlas también, a no seguir estereotipos ni modas más allá de los que tú te marques como tales, a vivir al límite sin que eso suponga herirte ni herir, a respetarte y amarte como jamás pensaste. A creer en ti. A saber que puedes. A sentir que llegas. A volar. A vivir. Sobre todo eso... TE RETO A VIVIR.
Querido hijo:
Te reto a creerte capaz de comerte el mundo, de trepar al árbol más alto sin más ayuda que tu empeño y perseverancia, a desafiar a las alturas desde tu castillo en el aire, a sonreír incluso cuando duele, a enfadarte conmigo cuando no compartas mi opinión, a luchar por tus ideales aunque (y porque) no tengan nada que ver con los nuestros, a querer salirte con la tuya, a desafiar lo establecido, a saltarte las normas siempre que eso no suponga dañar al de al lado, a ser valiente y reconocer y creer de corazón que las mujeres lo somos tanto como vosotros los hombres, a llorar sin miedo a parecer cobarde porque llorar no es de cobardes, a amar con locura a quien tú desees y no a quien la sociedad te diga que has de amar, a creer en tus propias causas y a crearlas también, a no seguir estereotipos ni modas más allá de los que tú te marques como tales, a vivir al límite sin que eso suponga herirte ni herir, a respetarte y amarte como jamás pensaste. A creer en ti. A saber que puedes. A sentir que llegas. A volar. A vivir. Sobre todo eso... TE RETO A VIVIR.
CON M DE MAMÁ y R de RETO
9 de enero de 2016
Que llueva, que llueva...
Que lluevan más tonterías y que hablemos mucho de ellas, sean ciertas o no, y dejemos a un lado todo lo importante, que total tampoco lo debe ser tanto. ¿No?
El ser humano cada vez me sorprende más, y no para muy bien. Me apena muchísimo comprobar gracias al fenómeno de las rrss que seguimos siendo todos bastante "maruja de pueblo", con todos mis respetos a las marujas de todos los pueblos. Seguimos haciendo la típica jugada de " leo una noticia, me la trago con patatas, no cotejo la información, la paso un pelín exagerada y metiendo algo de baza y espero a ver qué pasa". Seguimos teniendo la costumbre tan sana y española de hablar por hablar y criticar por criticar, desde luego que somos animales de costumbres y ciudadanos acomodados.
Llevo días, semanas, leyendo absurdeces que me hacen reír y llorar a partes iguales. Las Navidades han dado mucho de sí aquí en Valencia, aunque me consta que en alguna otra comunidad también. Y, perdonad mi atrevimiento si hablo de absurdeces, pero es que como no soy de las de creerme todo lo que leo así a primera vista, pues he ido investigando un poquito sobre cada una de las chorradas que nos han ocupado estos días y necesitaba expresarme sobre ello antes de reventar de risa e impotencia.
¿Por qué? ¿Por qué seguimos siendo tan peleles que ante cosas que realmente importan como, por ejemplo, la cantidad de ayuda social que se nos ha quitado, nos ofuscamos por temas como que en la cabalgata de Reyes salen o no ocas, como era tradición? Vamos, no me jodas. ( Y con perdón, pero a estas alturas, sólo me salen tacos, que son muchos días).
Llevo años trabajando en la escuela pública, la escuela de todos, la única que asegura que se respeta el derecho a la educación que tienen todos los niños y que asegura que además cumplan con ello, porque también es un deber. Y a lo largo de estos años no he observado ninguna mejoría en cuestiones que tengan que ver con ella, más bien al contrario. Se ha recortado personal necesario y se ha aumentado la ratio de alumnos por aula, se ha jugado con el currículum que marca lo que los alumnos deben dominar al acabar su escolaridad, se han manipulado horarios sin tener ni idea de si eso aquí en España iba a funcionar, se ha quitado la ayuda del bono libro que tantas familias necesitaban dado el estado precario de sus cuentas bancarias, no se han dado las ayudas de comedor que tenían que haberse dado... Hemos ido pasito a pasito intentando cargarnos una institución necesaria y "tradicional" (ya que estamos tan reivindicativos con el tema tradiciones), en un intento descarado de devaluar su valía y demostrar su ineficacia. No se han construido colegios e institutos que hacen mucha falta y, por contra, se ha beneficiado a la escuela concertada y se han concertado escuelas privadísimas a las que quienes no caben en la pública no pueden acceder ni de lejos. Eso sí, hemos tenido fiesta y pijadas varias en la comunidad hasta decir bastante. ¡Si hasta tuvimos un aeropuerto sin aviones más chulo que nada! Y oye, entre nosotros, todos los protagonistas de casos de corrupción, pobres, actuaron casi sin darse cuenta, no seamos castigadores y sigamos viéndolos como un ejemplo a seguir para las nuevas generaciones, que seguro que entre robo y robo algo hacen para la gente de a pie, la de la calle, la que no tiene qué llevarse a la boca cada día y necesita acudir a comedores sociales, la que hace tiempo dejó de celebrar el día de Reyes porque no tienen ni para un regalo de segunda mano.
Y aquí viene lo gordo. Lo tremendo. ¡NOS INDIGNAMOS PORQUE EN LA CABALGATA DE MADRID LOS TRAJES DE LOS REYES PARECEN DISEÑADOS POR UN NIÑO Y EN LA DE VALENCIA NO SALEN ANIMALES! ¡Tócate los cocos, Manolito! ¿En serio? ¿Y por qué?
Pues porque Spain is different. Porque aquí alguien de la oposición del partido que sea (quienes me conocen saben que no me caso con nadie, ni soy de nadie, simplemente NO SOPORTO LA INJUSTICIA) lanza un bulo, Juanito lo lee y lo comparte en facebook, Menganita lo convierte en un tuit y, de pronto, te llega al teléfono una petición de recogida de firmas para que Valencia no pierda la Cabalgata de Reyes. Me meo. Soez de nuevo, pero no puedo expresarlo de otra manera. Nos tratan como cazurros, pero es que nos lo ganamos a pulso. Nos lo creemos todo, señores. Y así nos va.
Como lo de la Cabalgata no cuela, pues entonces nos inventamos que... A ver que piense... Ah, sí, lo tengo. Como hay una sociedad musical bien conocida en la ciudad, y de mucha "tradición", que quiere recuperar una cabalgata que tiene su origen en la república, vamos a intentar volver a colar que no hay Cabalgata de Reyes el día 5, que como está muy de moda lo del feminismo, las magas éstas que nos quieren colar son para que ya no haya reyes magos nunca jamás en nuestra vida, y así, nos cargamos la ilusión de los niños como otros políticos se cargan la posibilidad de que tengan libros y comida en la escuela. Ah, que no, que las magas no sustituyen a los magos, bueno, pues algo habrá que hacer, esto no puede quedar así. Ya está, vamos a llamarlas gordas y putas, porque es que ¡mira que son gordas y putas, tú!
Señores. Ahora lloro de pena. De rabia. De impotencia.
Mientras perdemos el tiempo haciéndonos eco de mentiras sobre ciertos temas, mientras demostramos que somos igual de irrespetuosos que quienes están por encima de nosotros y nos roban y manipulan y engañan... Nos perdemos lo importante. Aquí por lo que veo nadie tenemos ganas de que la cosa cambie. ¿De verdad son tan importantes los colores? Nos pasamos la vida hablando de respeto. Se nos llena la boca hablando de hacer el bien y mirar por el prójimo y a la hora de la verdad, cómo nos gusta meter cizaña.
Yo soy creyente. Sí, qué pasa. Pero no estoy ciega. No me caso con nada ni con nadie. Y estos días me ha invadido una mezcla de impotencia y pena tremendas cuando leía toda esta basura que nos ha tenido más que entretenidos para que, así, nadie haya difundido por las redes que el horrible señor alcalde de Valencia ha recibido en su ayuntamiento, el mismo que por fin está abierto a todos, a los cristianos que venían al encuentro de Taizé. Tampoco se ha hablado de la eliminación del copago. Tampoco nadie menciona las mejoras que va realizando poco a poco la Conselleria de educación. Nadie desmiente eso de que en los cementerios han quitado los símbolos cristianos...
¿De verdad importan tanto los colores? ¿No tenemos el criterio suficiente como para no dejarnos llevar por las masas y comprobar antes de apalear?
Repito, yo paso de colores. Pero de lo que no paso, en absoluto, es de reconocer la justicia, de intentar tener el criterio y el valor suficientes como para reconocer que algo está bien hecho porque está hecho pensando en las personas y no en el poder. Paso de saltarme el respeto a la torera, ése del que tanto hablan las mismas personas que luego insultan a quienes no les gustan con sus "puta" y "gorda" con la naturalidad más pasmosa.
Pues nada, bonicos, parece que vamos por el buen camino. Y al final, tenemos lo que nos merecemos: al pueblo, que somos todos, no nos respetará ni Dios, ya que estamos tan reivindicativos con el tema, porque ni él va a ser capaz de arreglar tanto desaguisado y tanto empastre humano. Y ojo, que ahora no hablo de la ciudad ni de la escuela, ni de los aeropuertos falsos. Lo que Dios no va a ser capaz de arreglar va a ser tanto corazón mezquino de tantas y tantas personas que olvidan que ser cristiano no es ir a misa, y que los valores, al final, son los mismos para todos, seamos del color que seamos.
Que siga lloviendo.
CON M DE MAMÁ y L de LLUVIA
11 de diciembre de 2015
CON R DE RESPETO
A los adultos se nos llena la boca cuando hablamos de ciertos temas. El respeto es uno de ellos.
Nos gusta dar lecciones a nuestros hijos llenando nuestras conversaciones unidireccionales de palabrería barata, sin caer en la cuenta de que ellos no son tanto de escuchar nuestras palabras como de observar nuestros actos.
Respetar al otro implica muchas cosas. Desde ser puntual hasta decir un simple "buenos días" cuando te cruzas con alguien en el ascensor. Lástima que cosas tan básicas están perdiéndose, o ya están perdidas hoy en día, y me atrevería a decir que somos muchos quienes nos quedamos con el "hola" en la boca o seguimos sorprendiéndonos cuando determinadas personas llegan tarde siempre a su trabajo, a dejar al niño en el colegio, cuando han quedado con otros...
En mi vida intento aplicar una regla básica que me ayuda a respetar al resto de la humanidad y sus vidas, y que es bastante sencilla: "vive y deja vivir". No hay más. Y no es tan difícil de seguir. De hecho, se vive más tranquilo no estando pendiente de la vida del otro y centrándose en hacer cada uno en la suya lo mejor que puede.
Sin embargo, sigo pendiente de dejar de preguntarme por qué hay gente que necesita estar metida en todos los fregados para ser feliz, por qué hay personas que no saben vivir su vida sin meterse en la de los demás, o juzgar, o simplemente hacer maldades (o intentarlo). Soy del pensamiento de que bastante tenemos cada uno con lo nuestro como para estar pendientes de si el de al lado dice A o Z, si es más o menos, si sube o baja...
Evidentemente, no puedo evitar pensar que quien tiene necesidad de meterse en todas partes es porque poco tiene que festejar de su propia vida. Y a mí, particularmente, me parece poco respetuoso andar metiendo las narices donde nadie me llama.
Si hablamos de respeto hablamos de dejar al otro en paz, que bastante tiene con lo suyo. Hablamos de no calumniar contra quien nos plazca y porque sí. Hablamos de no hacer lo que nos da la real gana si eso supone que estamos invadiendo la intimidad del otro, o alterando la normalidad de un grupo, o incumpliendo una norma social.
Yo sigo sin entender que haya quien tenga la necesidad de joder (perdonad el palabro) al personal para sentirse mejor. ¿Nadie le enseñó a esa persona qué es ser feliz cuando era pequeña o es que lo ha olvidado? Recibimos lo que damos. Así que muy probablemente, en un futuro, la mierda que uno lanza se vuelva en contra suyo. A veces ocurre de manera inmediata, otras tarda algo más, pero siempre pasa.
El RESPETO es básico en la convivencia. Si no somos capaces de respetar la normalidad del día a día... ¿Cómo nos sorprendemos cuando en el telediario sólo se habla de guerras, muerte, violencia y demás barbaridades del género humano?
Por eso cuando vemos acciones feas hacia nosotros o quienes queremos hechas por individuos de nuestro entorno, no creo que se trate de personas que "no dan más de sí", como diría un par de buenas amigas bien pensadas, sino de gente que necesita chafar al de al lado (o intentarlo) creyendo que así estarán por encima del bien y del mal, que pisar al otro o hacerle daño les hará sentir mejor, más grandes o más fuertes.
Pues os digo una cosa, creo firmemente que quien respeta es porque tiene plenitud en su vida. Quien respeta ha aprendido a empatizar, a apreciar las diferencias, a enriquecerse personalmente sin necesidad de empobrecer al otro. La persona que respeta demuestra ser una persona íntegra, madura, completa y, sobre todo, feliz.
En mi colegio este año tenemos por lema EL RESPETO: a los demás, al medio y a nosotros mismos. Ojalá muchos adultos empezáramos ahora la etapa escolar. A la humanidad le hace muchísima falta reaprender, interiorizar y aplicar aquello de lo que habla sin saber.
Con M de Mamá y R DE RESPETO
18 de enero de 2015
Evolución natural, paciencia y respeto.
En muchas ocasiones, paciencia es a maternidad/paternidad lo que nieve es a Valencia. Vamos, una utopía, básicamente algo difícil cuando se juntan determinados factores que convierten tu semana materno-laboral en un infierno. Pero, en esos delicados momentos, una vocecita interior debería recordarnos que fue nuestra decisión, y no la de ellos, que vinieran a este mundo. No siempre es fácil ni aun con vocecita.
La crianza implica muchas etapas, y en cada una de ellas hay implícita una evolución natural de nuestros hijos. Lo ideal es justo eso: que sea natural. Sin embargo, muchas (demasiadas) veces, la sociedad, las normas que nuestra frenética rutina nos impone y el ritmo de locos, en general, nos obligan a "adelantar acontecimientos", forzar pasos y acabar saltándonos a la torera la ley natural, es decir, pasamos a no respetar en absoluto la evolución de los niños. Imponemos nuestras necesidades y las hacemos pisar las suyas. Triste, retorcido y real como la vida misma.
¿Y cuáles son estas etapas en las que nos interesa adelantar el reloj biológico del niño y hacer que su segundero corra más que el nuestro? Pues, a mi modo de ver, cuatro. Al menos si pienso en las edades actuales de mis hijos, 5 y 2, y las estapas que hemos vivido hasta ahora con ellos. Y estos saltos evolutivos o hitos importantísimos y fundamentales en su evolución han sido: alimentación, pañal, sueño y comienzo de la lectura, no importa el orden.
En cuanto a la alimentación creo que es más que obvio que a nuestra sociedad no le interesa lo más mínimo que las madres demos leche materna. Los cánones laborales (bueno, y el negocio de las empresas farmacéuticas) están establecidos, y más ahora en época de "recesión económica" para que los padres, en la medida de lo posible, se decanten por la leche de fórmula. Y, aunque cada vez más, se va normalizando esto de que dar pecho es algo natural, y que quienes lo hacemos no somos animalicos, sino madres corrientes, de las de toda la vida, aún hay gran número de pediatras, expertos y publicistas que insisten en que con seis meses es suficiente, y que la leche de bibe aporta tanto o más que la de mami. Opciones como colores, que cada cual decida, o así debería ser, sin embargo, no es así. Hay mucho mito aún, y sobre todo, bastante desinformación y demasiado interés en que los niños sean independientes de sus madres casi nada más nacer. Interesan madres despegadas por fuerza, y no por propia elección. En mi caso, he tenido dos hijos y con cada uno he hecho lo que he podido en cada momento, Pichu tomó lactancia mixta desde el segundo mes, y tomó pecho hasta el quinto. Rubiazo, con dos años y casi tres meses, sigue tomando pecho a día de hoy. Si hace cinco años hubiera sabido todo lo que sé ahora, quizás Pichu no habría tomado leche de fórmula para complementar, o quizás sí, no lo sé, porque la experiencia es un grado, y entonces éramos novatos. Lo que sé es que en ningún caso hemos forzado la máquina, ni hemos actuado por interés propio ni por necesidad de "despegue", sino siempre pensando en su bienestar.
Si hablamos del pañal, también puedo afirmar que, en ambos casos, han sido procesos naturales, pero más que distintos, y que nunca hubiera dicho que iban a salir tan bien. En el caso de Pichu, fue ella quien inició el juego de imitación de sus compis en su (primera) guarde, y cuando empezó el segundo curso de escuela infantil, con apenas 21 meses, siguió demostrando que estaba preparada. Así que, un mes antes de los dos años, se quitó el pañal y a los dos años exactos nos pidió no llevarlo ni por la noche. Con Rubiazo pensábamos que costaría más, supongo que porque inevitablemente, lo vemos más pequeño, por el hecho de ser el benjamín de la casa y porque siendo los dos maestros sabemos que, normalmente, a nivel evolutivo las niñas van por delante. Sea como fuere, el caso es que no dábamos un duro porque fuera fácil, y estábamos a la espera de alguna señal, pero pensando en primavera, cuando mínimo tuviera los dos años y medio, y reconozco que con el susto en el cuerpo por si no conseguíamos el control de esfínteres antes de sus tres años, para el comienzo del cole de mayores (otro de los terrores impuestos por esta sociedad de adultos, que hace que los padres vivan con pánico el comienzo de la etapa infantil en un centro escolar). Una vez más, el cuerpo humano demuestra ser una pieza perfecta, siempre y cuando se la respete. Rubiazo decidió empezar él su propia operación pañal al mes de hacer los dos años, y comenzó a pasar el día seco en el cole, pidiendo hacer pipi como sus compañeros en el wc. Pero como era algo espontáneo, seguía llevando pañal. Nosotros, con eso de que es el segundo y de que no lo esperábamos tan pronto, nos hemos relajado tanto que al pobre le ha faltado decirnos "¿me vais a quitar el pañal ya o qué?". Así que, ni hemos pautado horas de pis ni nada, y lo volvimos a llevar a la guarde, tras todas las Navidades, pensando en que quizás la relajación con el tema había hecho que él fuera para atrás. Nada más lejos: hablamos con su educadora y a los dos días de volver, Rubiazo ya no llevaba pañal. Ha demostrado ser un campeón, porque lo ha hecho él solito. Sólo nos queda el de la noche, que le quitaremos cuando, una vez más, demuestre estar preparado, sin forzar la máquina y sin presionarlo inútilmente. ¿Cuándo será? Ni idea. No vamos a angustiarnos antes de tiempo pensando en que llegue a los quince y siga durmiendo con pañal. Al menos ahora no.
Con el tema del pañal la sociedad no impone menos que con la leche de fórmula. Yo he escuchado de todo: que es cuestión de siete días siendo muy constante, que si el niño está preparado cuando consigue saltar con los dos pies juntos... Pues o mis niños son la excepción o va a ser que la excepción es precisamente todo el cómputo de las estupendas teorías que van apareciendo. A día de hoy, puedo afirmar que ni Pichu era capaz de saltar con ambos pies juntos a la vez cuando dejó el pañal, ni Rubiazo lo hace ahora. Quizás sea porque no son súper expertos en psicomotricidad gruesa, sino más bien del montón. Lo de los siete días... Por la experiencia de las personas de mi entorno, tampoco lo veo real, no a no ser que el proceso lo inicie el niño de manera espontánea porque su cuerpecito esté preparado, porque ya os digo que de manera impositiva... No ocurre. ¿Cómo va a ocurrir si el primer paso debe ser que el propio niño sea consciente de cuando está mojando el pañal? Y para eso no necesita normas o rutinas únicamente, sino madurez de su propio sistema y de su musculatura. Una vez más, la sociedad presiona, agobia, impone y nosotros nos contagiamos inevitablemente de ese estrés y caemos en la trampa. Y ahí viene entonces el "fracaso" de la operación pañal.
¿Y qué si hablamos del sueño? Dejando a un lado el tema de teorías, modas, corrientes y libros que eduquen el sueño... Os confesaré que mis ojeras me las gano a pulso, igual que lo hace mi marido, porque nuestros hijos jamás han dormido como ceporros. Pichu, empezó a tener un sueño más continuado y profundo cuando pasó la barrera de los cuatro. Ha sido muy "pesada" por las noches. Y no, señores, no ha sido fácil. Y Rubiazo lleva la misma marcha, así que entiendo que aún nos quedan dos años horribilis. Y en ambos casos hemos seguido rutinas de horarios, cuento y demás, mismas pautas que aquellos a quienes sus hijos les duermen diez horas de tirón. Lo curioso es que con Rubiazo la gente que opina me dice que es porque aún le doy pecho, a lo que yo respondo "¿y con Pichu por qué fue? ¿Porque no le daba?" Absurdo. Una vez más, se intenta generalizar y pautar. Y no, al menos en nuestro caso, hemos aprendido que cada niño es un mundo, tiene unas necesidades, un ritmo, sigue un proceso y evoluciona cuando está realmente preparado. Eso sí, hay una teoría que aquí se cumple a rajatabla y que me creo a pies juntilla: "los niños o duermen bien o comen bien". ¡Jajajaja! Nuestros hijos igual te piden un gazpacho andaluz que una ensalada con salsa de miel y mostaza que un trozo de chocolate... Pero dormir ya sabéis lo "bien" que duermen. Todo no puede ser.
En cuanto al sueño sólo añadiré que, efectivamente, cuando estás agotado, desespera, cabrea y cansa aún más, porque ante todo, no somos robots. Pero por experiencia sabemos que todo pasa. Ya que por mucho que nuestra hija haya pasado a nuestra cama siempre que lo ha necesitado y lo siga haciendo cuando sueña, por mucho que Rubiazo, sólo por comodidad mía, haya colechado hasta el año y pico, y no haya dormido en cuna mientras Pichu lo hizo desde los seis meses y en su propia habitación... Ambos han demostrado que respetando su proceso y sus necesidades, todo llega, y que no corremos el peligro de que quieran dormir con nosotros hasta los 30. Pichu prefiere dormir en su cama por propia comodidad, y nos busca sólo si nos necesita. Eso sí, a Rubiazo aún le quedan noches de llamarnos y necesitarnos... Noches duras como lo fueron las de la actual "Pichu independiente". Pues eso, una vez más, con naturalidad, todo ocurre como y cuando debe ocurrir.
Y para acabar, hablemos del aprender a leer. Por eso del agobio que nos entra cuando nuestros hijos pasan a primaria sin leer. Por eso de que nuestro actual sistema educativo impone unos mínimos que las editoriales plasman en forma de textos eternos a los que deben enfrentarse los pobres alumnitos que llegan a primero, y desde el primer día. Pero de esto en concreto y en profundidad, hablaré otro día. Ahora sólo quiero volver a defender el respeto a la evolución natural frente al empeño de la sociedad y de los padres en crear maquinitas perfectas. Los niños aprenden a leer (hablo de los casos en los que no haya ningún tipo de necesidad educativa) de manera natural, según sus inquietudes, su predisposición y su entorno. Se motivan la mayoría de veces sólo de observar a sus semejantes en clase, y a sus progenitores en casa. Si no muestran interés y los forzamos en la etapa infantil sólo fomentamos la fobia y la frustración. Pichu acaba de cumplir los cinco años, llevaba meses leyendo en mayúsculas porque sí, porque le apetecía, porque a los dos años empezó a preguntarnos por el sonido (nunca le dijimos el nombre, sólo el sonido) de las letras... Lo hacía a modo de juego y como un juego ha sido su comienzo a leer. Hoy por hoy lee todo tipo de grafía, mayúscula, minúscula, ligada y de imprenta. Y sucedió de repente, un buen día en el que, como otro cualquiera, cogió un cuento y en vez de inventárselo lo empezó a leer. Evidentemente, lloré de la emoción al escuchar su dulce voz leer sin parones las frases de Blancanieves. Porque ahora se le abre un fantástico mundo lleno de posibilidades, y porque ha llegado a él por sí misma, que tiene más valor, con la inevitable ayuda de todo lo que a diario trabajan en su escuela, y que va haciendo poso, pero sin presiones ni imposiciones ni empeño de los adultos de su vida.
Una vez más, queda demostrado, al menos en nuestro caso y con nuestros hijos: la naturalidad en la crianza y el respeto por las diferentes etapas evolutivas de nuestros pequeños son garantía de éxito frente a todas las teorías y procesos impuestos que quieren que hagamos grandes a los más pequeños por puro egoísmo, comodidad y necesidad propios.
Pero, y una vez más también, esto es sólo mi opinión y nuestra experiencia en este largo, nada fácil pero muy gratificante camino de la pa/maternidad.
Un abrazo.
CON M DE MAMÁ y R de RESPETO
24 de octubre de 2014
Conciliación, empatía, responsabilidad y maternidad: Cóctel Molotov
El jueves, una buena amiga me preguntó cómo hacía yo cuando el año pasado, primer año de guardería de Rubiazo, éste se ponía malo. Estaba más que angustiada, no sólo por la fiebre alta de su niña sino porque estaba faltando al trabajo y veía que no era cosa de un par de días.
Qué mal lo estamos haciendo señores, que cuando nuestros hijos caen enfermos deseamos que mejoren, pero no por ellos en sí sino por el sentido de culpa que nos crea no tener "apaño" ni ayuda familiar para estas ocasiones y el sentimiento de lucha interna entre trabajo-hijos. Estamos en una sociedad inmersa en las prisas y el estrés, en la que la conciliación es una realidad inexistente, en la que la familia no es la base... Y así suma sigue.
Spain is different. Para bien y para mal.
Cuando mi hijo, que padece broncoespasmos con frecuencia, ha caído enfermo, el primer día soy yo quien se ha quedado con él, día en que los viajes a urgencias continuos son de lo más normal, día en que vives en un "¡ay!" porque lo ves realmente mal, día en que tus sentidos no están al 100% porque te agobia "el que dirán" tus compañeros cuando vean que has faltado, día en que, sin que nadie lo sepa, lo que más desearías es estar currando porque eso implicaría que tu hijo está sano y no ahogándose. Esa presión es horrible, porque considerándome una persona normal, responsable, cumplidora y trabajadora hasta decir bastante en circunstancias normales, cuando Rubiazo o Pichu han caído enfermos he llegado a sentirme irresponsable y caradura. El segundo día es cosa de su Papi si la gravedad es algo menor, aunque ha habido ocasiones en que he seguido quedándome yo con él, por eso de que el sexto sentido nos mantiene a nosotras más alerta. A partir de ahí, a remaches, hemos tirado de quienes han querido echar cable, pero en nuestro caso la ayuda viene con cuentagotas.
Como le comenté a mi amiga, este año, segundo de guardería para Rubiazo, hemos encontrado una canguro de máxima confianza que nos salva en las ocasiones en que las crisis de Rubiazo van para largo. Pero ha sido este año. El curso pasado no fue posible porque nadie del entorno estaba disponible. Y, como comprenderéis (o no), contratar a alguien a través de anuncios o papelitos callejeros no entraba dentro de nuestros planes, por razones más que obvias.
La sensación de alivio cuando aviso a P. a las 7 de la mañana y viene sin problema a quedarse con el pitufo es enorme. Y esto es lo que me hace plantearme en qué mierda de sistema andamos metidos. Obvio mi alivio es mayor si mi hijo no cae enfermo o si definitivamente mejora, pero saber que tengo apaño y que puedo ir a trabajar y que eso supone menos caras largas en el ambiente laboral es... PATÉTICO. Y eso que tengo la suerte de trabajar en un colegio donde la humanidad del equipo directivo es enorme, y donde las cuestiones importantes se tienen más en cuenta que en ningún otro que haya trabajado.
Pero, ¿qué queremos? Empezando porque la baja por maternidad aquí en España es irrisoria, porque 4 meses y la posibilidad de alargar 4 semanas más por la lactancia son supuestamente suficientes para dejar a tu bebé y que otro se encargue de él. Si no tienes un familiar disponible y en condiciones, entonces lo llevas a la escuela infantil. Y como su sistema inmunológico aún está inmaduro, de 20 días igual pisa la guardería cinco. Y empieza el ciclón enfermedad-urgencias-falta al trabajo-culpabilidad. Además, entre las razones por las que, al menos en mi profesión, se concede una comisión de servicios que te mantiene no tan lejos del hogar durante un año, no se contempla el tener hijos menores, a no ser que estos tengan alguna minusvalía o discapacidad. Con lo que, si eres madre y tienes, pongamos, un hijo de tres años y medio y uno de pocos meses, y tu plaza está a dos horas de camino, o pides una excedencia y vives del aire, o te vas sola o sola con ellos.
Cuando hablé con M el jueves por la noche, al rato de haber llegado del cole, me sentí súper identificada con ella. Entendí su angustia, mezcla de preocupación por su hija y de "no sé qué hacer porque no quiero faltar otro día", mientras intentaba mantener su instinto guardado, ése que nos dice "que lo primero es lo primero", y lo primero son nuestros hijos. Caprichos del destino, al rato de hablar con ella estaba con Rubiazo en brazos, ventolín en mano y lista para una de las peores noches que recuerdo con él por culpa de sus crisis respiratorias.
Creo que a una persona medianamente normal, enamorada de su trabajo y responsable, no le gusta faltar a su puesto por ningún motivo, porque pensándolo bien, dicha falta sólo supone un retraso en sus objetivos. Es por eso que todos deberíamos ser algo más empáticos con esas personas que llevan tiempo dejándose la piel en su trabajo, pero que, cuando se convierten en madres, han de mantenerse alerta en dos frentes: el maternal y el laboral, y no siempre es fácil. Además, solemos olvidar con facilidad por lo que nosotros hemos pasado, bien porque nuestros hijos ya son mayores y nos queda lejos, bien porque la empatía es una gran desconocida para el resto de nuestras virtudes, y entonces aplicamos una vara de medir no demasiado justa. Y quienes no han pasado por ello, pues evidentemente no pueden ponerse en el lugar de la madre o el padre agobiados porque no lo han vivido; y mientras, los implicados, en nuestro fuero interno deseamos que no les toque pero que lo vivan, porque es la única manera que tenemos de que se nos entienda, ya que la empatía sigue brillando por su ausencia en esta sociedad en la que juzgar al de al lado te da puntos extra.
Así pues, te entiendo M. Y me encantaría poder decirte que pasa rápido, pero la verdad es que mientras se viven estas situaciones, el tiempo pasa leeeento y no es ni fácil ni agradable. Es penoso no sólo no sentirte apoyado por el sistema para el que trabajas, sino además aguantar la presión de los juicios, opiniones y malas caras de tus iguales, esos que también han vivido o vivirán lo que tú, pero que no son tú.
Lo único que nos queda es seguir presionando en positivo y gritando a los cuatro vientos que QUEREMOS UNA CONCILIACIÓN REAL, que LA MATERNIDAD ES BASE DE LA SOCIEDAD en cuanto a que supone la crianza y el desarrollo del futuro de cualquier grupo humano, que estamos equivocados en el planteamiento de base en este país, que nos estamos dejando llevar por lo material y no por lo humano, que estamos dejando de lado lo realmente importante, que vivimos inmersos en un ciclón en el que la ausencia de valores se mezcla con estereotipos de pena y con la búsqueda de la felicidad a través de miradas críticas a los demás, y donde la comparación está a la orden del día y el egoísmo es líder.
Sí, M, como ves, hablar de maternidad, conciliación, responsabilidad, empatía y culpabilidad en este país es como preparar un cóctel Molotov de primera y lanzártelo a ti mismo. Tal cual. Triste, patético y nada esperanzador.
Sigamos buscando el cambio y, sobre todo, velando por los nuestros. A pesar de todo y todos.
CON M DE MAMÁ y de MOLOTOV
14 de octubre de 2014
Limitando, que es gerundio
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| Imagen tomada de: http://sanacolitaderana.com.mx/blog/wp-content/uploads/2012/09/imagen-post-limites1.jpg |
2 de agosto de 2014
¡¡Oh, Dios mío, UNA TETA!!
Ayer fue el DÍA MUNDIAL DE LA LACTANCIA y, además, estos días estamos de lleno en la SEMANA DE LA LACTANCIA. Pues fue ayer justamente, acabando de comer en una terraza en el paseo de la playa, cuando una señora decidió que mi teta no era compatible con el paisaje, y así se lo hizo saber a sus contertulios, con la típica táctica de "¡no miréis pero... bla, bla, bla, TETA, bla, bla, bla!". Cosa de la que servidora se dio cuenta por dos razones, una porque de repente, y en riguroso orden de turnos, toda la mesa fue girándose a mirarme, y dos porque la mesa era la de al lado, y aunque uno no quisiera, se enteraba de lo que estaba pasando. Además, la buena señora, no contenta con comentar y soltar una larga opinión negativa sobre la lactancia en sus conocidos, puso al día a una de sus contertulias, que había estado ausente un rato antes mientras ella repartía palomitas y todos me observaban dando el pecho a Rubiazo.

