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6 de enero de 2017

Queridos Reyes Magos...

Quizás debería recuperar la tradición de cuando niña, de escribiros una carta larga, en la que pedir para mí y las personas a las que más quiero.
Quizás este año podía haber sido el primero de muchos en reiniciar esta buena costumbre, pero, como casi siempre, llego tarde y las buenas ideas me vienen luego. Aún así, he pensado que igualmente puedo haceros llegar esta carta en unos días, ya que lo que quiero pedir no necesita ni de gran espacio, ni que os desplacéis de nuevo.
Voy pues.
Queridos Reyes Magos,
Voy a evitarme la parte en la que os digo que este año he sido muy buena y bla bla bla, porque la realidad es que este año, como los anteriores, he intentado dar lo mejor de mí y he seguido cometiendo errores. Así que sólo diré que he intentado ser mejor, pero que sigo necesitando "ir a septiembre", porque soy consciente de que puedo ser mucho mejor aún. Lo que sí puedo colgarme como mérito es las ganas de intentarlo.
Este año mi deseo es para mí y para todas las mujeres del planeta, y os aseguro que no ocupa lugar aunque, si nos lo concedierais, calaría hondo en muchos hogares.
Deseo que las mujeres seamos libres de verdad, y no sólo de programa político, de puertas para afuera, de publicidad de revista o de catálogo de moda. Deseo que podamos decidir qué hacer con nuestra vida sin tener que dar tantas explicaciones ni intentar convencer a nadie de nuestras razones. Me gustaría que todas y cada una de nosotras nos sintamos con la confianza suficiente en nuestro criterio como para tomar decisiones sin la necesidad de la aprobación del resto del mundo (masculino). Me gustaría que cada una de nosotras pueda vestirse como le salga del dedo meñique del pie y porque así lo siente, sin tener la necesidad de hacerlo para alegrar la vista de nadie ni gustarse más que a ella misma. Deseo que no sintamos la imperiosa necesidad de justificar nuestra manera de actuar cuando, siendo madres, tomamos determinadas decisiones que atañen a nuestros pequeños, ya sea dar teta y enseñarla o dar biberón y hacer el pino mientras el niño bebe. Me encantaría que dejásemos de sentirnos juzgadas cuando decidimos tener tiempo para nosotras, sin hijos, sin parejas, sin amigas o amigos, sólo para nosotras y nuestra cabeza y nuestro cuerpo, entendiendo este tiempo como "tiempo para hacer aquello que me dé la real gana y me sirva para desconectar del resto y conectar conmigo misma". Me gustaría que, además, cuando escuchemos, como tantas veces, una crítica o una simple opinión (sobrante) al respecto, tengamos la suficiente fuerza como para simplemente sonreír y seguir nuestro camino, sin sentir que hemos de responder a preguntas tales como "¿Y mientras haces eso, dónde dejas a los peques?" "¿Te vas otra vez, pendón?", porque probablemente quienes las lanzan no han descubierto aún lo necesario del tiempo personal e individual para que luego el tiempo compartido valga aún más la pena. Deseo que se nos respete por lo que somos y no por cómo vestimos o el tamaño de nuestras tetas o nuestro culo. Quiero que se nos reconozca como seres pensantes y con capacidad más que suficiente para hacer girar el mundo sin la necesidad de un piropo mal dicho a pie de andamio o una frase soez de machito ibérico.
Y, llegados a este punto en el que mi carta podría hacerse eterna, y a riesgo de que me tachéis de egoísta o excesivamente "pidona"... Exijo, para que se lo hagáis llegar a quien corresponda, que se considere a la mujer como ser humano que ocupa el mismo lugar en la pirámide que el hombre, con todo lo que esto conlleva: mismos derechos. Pero de verdad, no de boquilla o de postureo mientras nos siguen matando porque somos de una categoría inferior o porque aún estamos catalogadas como juguetes de adultos (machos).
Muchísimas gracias por anticipado, Reyes Magos, porque sé que haréis todo lo posible para que estos deseos, que no son sólo míos, se cumplan y así no dejemos nunca de creer en la magia del cambio.

Atentamente,

Con M de Mujer y de Madre.

6 de noviembre de 2016

La huelga de deberes. O de cómo mezclar churras con merinas.

Llevo semanas, como todos los que estamos metidos en el mundo educativo por una u otra razón, oyendo y leyendo comentarios sobre la famosa huelga de deberes. Hasta ahora no me había parado a leer con detalle en qué consistía la huelga. Ayer por la noche saqué un huequito para leer uno de los tantos artículos que me habían llegado al respecto, y que os dejo aquí para que podáis leer:


Pues, ¿qué queréis que os diga? Que a mí estas cosas, como madre, me ofenden, y me ofenden un rato largo. O igual es que al no entender que con tanto por lo que manifestarnos elijamos justo eso, me afecta al humor. No, de verdad que no escribo desde mi faceta de maestra, por eso publico aquí y no en TICHININGLISH. Como maestra me queda pendiente, no creáis. Pero sigo, y me explico, como madre. 

Resulta que a mí, como madre, me parece bastante absurdo que una asociación de padres pida huelga para así poder ir al teatro en familia, hablar de cosas importantes, escribir postales a los abuelos, planear excursiones de domingo o hacer magdalenas. ¿En serio? ¿Por qué? A mí no me hace falta una huelga para hacer todas esas cosas, porque en mi familia YA LAS HACEMOS. Y cuando no las podemos hacer, pues tampoco pasa nada, que las circunstancias a veces mandan y hay que aguantarse, la vida misma. Pero vamos, que no necesitamos una excusa externa para justificar nuestros momentos familiares o no familiares. ¿De verdad hace falta que nuestros hijos no tengan deberes para poder sacar un rato de buena conversación, o de cine, o de salida en bici o de limpieza en comuna? Pues qué lástima.
Tengo ganas de ver qué pasa cuando se aniquilen los deberes para siempre y haya que buscar otro motivo de rebelión para excusar nuestra falta de tiempo con nuestros hijos, o nuestra falta de ganas. Ojo, que yo no digo que haya o no haya razón para quejarse de los deberes, no vayáis a crucificarme tan pronto, que en ese sentido ni siquiera me he pronunciado. Pero creo que esto es como mezclar churras con merinas. Si nos manifestamos en contra de los deberes, creo que en principio hacemos referencia al sistema educativo actual. Entonces, ¿por qué hay propuestas de actividades en plan familia feliz inundando las redes sociales como señal de la insumisión más absoluta y, sin embargo, no hay montones de peticiones recogiendo firmas que pidan un cambio en el sistema ya? 

(Imagen tomada de http://www.lavanguardia.com/vida/20161102/411507397402/huelga-deberes-noviembre.html)

A mí, si fuera a quien tiene que llegarle el mensaje, me daría risa, por la falta de conexión entre la A y la Z, básicamente. 

Puestos a manifestarnos, yo, como madre, me manifestaría en contra de la mierda vergüenza de sistema educativo que tenemos, de la falta de valores así generalizada en el colectivo humano, de los políticos de risa que dicen que nos gobiernan o que se rifan el gobierno mientras toman café, de esos mismos políticos que mientras rematan el café se sacan otra ley educativa de las manos en la que se contempla de todo menos al que la padece: nuestros hijos. No sé, pero yo encuentro un montón de motivos para hacerme oír, movilizarme y salir a la calle antes que hacer huelga de deberes para llevar a mi hija a dar un paseo. Pero insisto, que igual no lo entiendo porque, haya que hacer tareas o no, nosotros ya salimos a que nos dé el aire, en familia, sin la necesidad de inspirarnos en fotos de actividades programadas ni en consejos encontrados por las redes sociales, y nos preocupa mucho más que el sistema educativo vaya de moderno y esté lleno de lagunas, mientras las metodologías que se usan en las clases siguen ancladas en el siglo XIX y no se adaptan a las necesidades reales de los tiempos que corren. 

Y con todo esto, se me ocurre, ¿hacemos una huelga indefinida? 
¿De qué? 
Pues se me antojan muchos leit motiv, pero ninguno tiene que ver con deberes, así que, como madre, pensándolo bien, igual me quedo sola.



CON M DE MAMÁ y C de CHURRAS CON MERINAS

30 de julio de 2016

¡SUBID, PENDONES!

El martes por la tarde fui al cine a ver la película Malas Madres, cuya protagonista es Mila Kunis, gracias a que la bonita de Laura, la creadora del Club de Las Malas Madres, quiso contar conmigo en el preestreno. 
Su invitación me hizo mucha ilusión, me apetecía mucho un rato largo de desconexión con amigas y algún motivo diferente para troncharme de risa. ¡Y vaya si me reí! Y me emocioné... (una que es llorona de manual). 
La película os la recomiendo de todas todas, ya que tiene ese punto loco de situaciones absurdas y tronchantes que te hacen llorar de risa y pensar que "no pueden superarse", y sin embargo lo hacen, y también tiene esa parcela de mensajito que toca la fibra y pone rápido en funcionamiento el lacrimal. Yo pienso volver a verla y llevarme a unas cuantas amigas madres. 
Bueno, pues yo no venía aquí a hablar de la película... No, en realidad venía a hablar del concepto actual de la palabra pendón. No, tampoco. Pero de una mezcla de ambos temas quizás sí.
Justo un rato antes de salir hacia el cine, cuando empezaba a arreglarme, me asomé a la ventana para hablar con mi amiga E (así, en plan marujas de pueblo, sí), que se iba al parque un rato con su hija, el hijo de una amiga y con mi marido y mis hijos. E no se acordaba de que yo no iba con ellos porque tenía plan, y al recordárselo me dijo entre risas: "¡Eres un pendón, siempre tienes planes!". (¿Pero "desorejado"?, que si no no quiero). Me dio risa porque pensé que del pendón que puedo haber sido a los restos que quedan, ¡hay un mundo!

Me hizo mucha gracia cuando en un momento determinado de la peli, una de las protagonistas le dice al resto: "¡Subid, pendones!" e, inevitablemente, me vino a la cabeza el hecho de que, unas horas antes, E me llamara pendón por tener planes. Como las madres protagonistas de la peli. 

La verdad, si nos paramos a pensar un poquito y queremos sacar punta al asunto... ¿no os parece triste que a las mujeres se nos considere pendones por mil razones diferentes? Cuando somos solteras y sin compromiso, somos pendones si en vez de tener novio formal tenemos historias varias y divertidas, a la vez o por separado, lo que viene siendo ir de flor en flor. Cuando estamos casadas somos pendones si salimos sin nuestros mariditos y tenemos planes más allá de nuestra vida marital. Y cuando somos madres... ¡ay cuando somos madres! Cuando tenemos retoños a los que cuidar, somos pendones, pero desorejados y de libro, como se nos ocurra tan siquiera pensar en salir de casa sin ellos, a no ser que sea para ir a comprar, que no de compras. 

Vivimos en el absurdo, real, de creer de manera generalizada que la madre que tiene vida más allá de sus hijos (y pareja) es una irresponsable, o no los quiere suficiente, o no es feliz en su maternidad, o se queja de vicio, o es una insatisfecha, o una egoísta, o una feminazi loca que reclama su parcela en el mundo. O, si no pensamos todas estas lindezas, al menos nos creemos con el derecho absoluto a juzgar lo que vemos en las otras de una manera tan natural que acaba pareciendo hasta normal. La cuestión es, válgame la redundancia, CUESTIONAR NUESTRA MANERA DE SER MADRES. La nuestra y la de todo quisqui. Nadie, antes de juzgar a esa señora que arrastra a su hijo en pleno berrinche y que lo hace con cara de pocos amigos y no con "pedagogía blanca" tatuado en la frente, se ha parado a pensar que esa mujer lleva por el mundo más de doce horas sin haber parado más que diez minutos a comer, y que quizás lo ha hecho de pie y de mala manera, y que mucho antes ha despertado a sus hijos, les ha ayudado a vestirse, ha preparado almuerzos, los ha llevado al cole y ese largo etcétera de todos y cada uno de los días de su vida como madre. Y que, en ese momento, el berrinche de su hijo porque quiere unas galletas que no le ha comprado es... la gota que colma el vaso, porque además su día aún no ha terminado.

Ser madre es súper bonito, y súper duro, y difícil, y satisfactorio, y cansado, y lo mejor de la vida, y lo peor en una tarde en la que no puedes con tu vida. Nuestros hijos son el mayor regalo que jamás hayamos deseado, pero un regalo que necesita toda la atención y todos los cuidados del mundo mundial, a toda hora, sin descanso, 365 días. Y les damos todo nuestro amor y nuestros cuidados porque los adoramos, porque son nuestra debilidad, ésa que no pidió venir a este mundo y que está aquí por capricho nuestro. Y lo hacemos felices, pero agota.

Y en ese estado de felicidad agotada, un buen día decidimos recuperar algo del tiempo que teníamos cuando ellos no estaban en nuestra vida y no ocupaban todo nuestro espacio, no porque los queramos menos, sino precisamente, porque para querer a los demás bien hemos de querernos bien a nosotras mismas, y eso pasa por dedicarnos tiempo. 

Yo he pasado casi siete años (los que va a hacer mi hija), dedicada casi en exclusiva a ellos, a mis hijos (sin contar pareja y trabajo fuera y dentro de casa), porque cuando podía dedicarme a mí o a mis aficiones estaba tan cansada que ni lo intentaba (porque las noches, cuando hay lactancia prolongada son duras, bonitas, pero muy duras, y el día siguiente más...). Pero de pronto un día me doy cuenta de que mis hijos no son tan dependientes, de que yo tengo ganas (y necesidad) de volver a reencontrarme con mi "yo mujer", y me lanzo a recuperar esa parcela (para alegría de mi amor, que siempre ha insistido para que buscara tiempo para mí sola). Y entonces pasa. Pasa que a los mismos que les extrañaba que no me fuera de cena, que quedara por la tarde y no alargara en plan improvisado y ese largo etcétera de planazos, ahora les extraña que sí lo haga. ¿Entonces en qué quedamos? ¿Salgo o me quedo? 

La cuestión es opinar. 

La cuestión es que si te conviertes en madre parece que sufres una mutación irreversible a lo "V" que te impide ser mujer más allá de tu labor de madre, pero que si así es tampoco eres del todo normal. Pues bonicos, aquí no hay quien se aclare. Si tener marcha, salir a hacer deporte (o el mono), alargar hasta empalmar con la cena y sin haberlo planeado, quedar con amigas, o con amigos, es ser un pendón... que conste en acta desde ya QUE YO SOY UN PENDÓN DESOREJADO. Y me encanta. 

Porque desde que busco mi tiempo, y lo respeto sin excusas que me hacen anular planes, me siento más activa (aún), más relajada, más completa, MÁS YO. Y eso influye, y mucho, en la manera de relacionarme con los míos, porque libero todo el estrés acumulado y gano en todo, y mis ratos (que son muchísimos) con ellos son mil veces mejores de lo que ya lo eran, porque los disfruto más y con más ganas.

En la maternidad, como en la vida, hay infinitas maneras de hacer las cosas, tantas como personas. La mía no es ni mejor ni peor, sólo es mía. Así que no puedo juzgar las del resto porque no soy el resto. 

A mí mi manera de vivir la maternidad me gusta, con mis mil errores, mis dudas, mis aciertos y mis días rosas y negros. Y si eso quiere decir que soy una madre pendón... ¡SUBID, PENDONES, QUE HOY CONDUZCO YO!

(Foto de María José de La Alcoba de Blanca.
De izquierda a derecha: Lorena de Mi Chupete Favorito, María José de La Alcoba de Blanca, el pendón desorejado, o sea yo, y mi amiga Carmen. Unos pendones, vaya.)

8 de diciembre de 2015

Los platos de papá

Mi padre era aficionado a los platos de cerámica. Tenía un montón. Le gustaban tanto que incluso cuando viajé a Túnez me pidió que le trajera uno de allí, porque sabía que sus motivos nada tienen que ver con los que usan aquí en Manises.
Cuando emprendió el viaje a su estrella, para no volver, mis hermanos y yo nos repartimos sus platos. Creo que ninguno lo hicimos con idea de colgarlos en la pared, como él los tenía. Yo aquí en casa los uso de frutero, de base para bizcochos, para sacar dulces... Y de centro en la mesa de la terraza. Nunca lo hubiera dicho cuando hace años los contemplaba en la pared del pasillo de mi padre... Me chiflan los platos de cerámica. 
Hoy se ha roto uno. Uno de mis preferidos. Tenía la medida perfecta para mis bizcochos redondos. Le tenía especial cariño no sé por qué. Quizás eran sus colores vivos, tan de aquí, quizás su tamaño perfecto, o simplemente que usarlo era tener cerca a papá.

Hace un tiempo al ver el plato hacerse trozos habría llorado desconsoladamente. Hoy me ha dado mucha pena precisamente porque era tuyo, pero... es sólo un plato. Tú no te vas con él aunque lo tire porque siempre estás. Porque un plato no puede albergar todo el amor que se siente por una persona. 

Nos empeñamos, yo la primera, en guardar objetos de quienes ya no están. Nos resulta muy difícil deshacernos de ellos porque nos da la sensación de que con cada objeto que no nos quedamos perdemos un poquito (más) a quien tanto hemos querido. Sin embargo, con el tiempo, aprendemos que no es así; que lo material nos ayuda a superar la primera fase de pérdida, pero que como jamás podrá suplir el afecto que nos falta, acaba dejando paso a la no necesidad de posesión tangible.

Hoy se ha roto mi plato favorito, y por un momento me he debatido entre entristecerme y no. Me alegra no haberlo hecho. Parece que voy aprendiendo, muy poco a poco, a quererte diferente.

21 de noviembre de 2015

No soy la mejor madre del mundo

No lo soy. Me atrevería a decir que ni yo ni ninguna. Y tampoco quiero serlo. Ni aspiro a ello. Sólo soy la madre de mis hijos, y eso ya implica que intente hacerlo siempre lo mejor que sé.
Hace un tiempo que dejé de juzgarme como madre. Pero la mente humana es perversa, y se inventa las mil y una triquiñuelas para jugar al despiste e intentar que alguna vez caiga en el lamento del "soy lo peor por...". La ventaja es que también voy aprendiendo a darle con la puerta en las narices bastante rápido. Y cada vez menos sale victoriosa.
Precisamente porque no soy la mejor madre del mundo me equivoco mil veces a diario. A veces me enfado por cualquier tontería, porque he ido acumulando tanto a lo largo del día que la última gota, que justo era la más pequeña, ha hecho rebosar el vaso. Otras soy demasiado sargento. Lo que desde luego nunca me permito es no pedir disculpas a mis hijos cuando es así; cuando he metido la pata hasta el fondo, cuando no tengo razón, cuando he perdido los nervios... Siempre, siempre hay un "Lo siento, me equivoqué. ¿Me perdonas?".
Precisamente porque no soy la mejor madre del mundo, mis hijos me han visto llorar cientos de veces. Y nos han visto enfadarnos a su padre y a mí. Y me han oído soltar algún taco cuando algún descerebrado ha estado a punto de sacarnos de la carretera haciendo el bestia con su coche. Sí. Y cada una de esas veces mis hijos me han visto remontar y sentirme mejor tras el sofoco, nos han visto reconciliarnos y solucionar nuestras diferencias con el amor y el respeto que nos tenemos, y me han escuchado pedir disculpas por el palabrón mientras los tranquilizaba a ellos tras el susto inicial.
No soy perfecta. Claro que no. Ni quiero serlo.
Me gusta hacer las cosas bien, o intentarlo. Me gusta dar lo mejor de mí, dejándome la piel por quienes quiero, por lo que quiero y me motiva y por mí misma. Pero si me miras desde fuera, me verás imperfecta. Porque lo soy.
Y esta vez no se trata de cánones que marca la sociedad ni la moda. Se trata de que, muy al estilo de "la arruga es bella", la imperfección es el reflejo del intento, de estar vivo, del riesgo que corremos al vivir intensamente y de verdad, y no de escaparate.
Precisamente porque no soy la mejor madre del mundo, espero que algún día mis hijos puedan decir orgullosos: " Mi madre fue la mejor madre del mundo porque nos amó con la locura que sólo una madre de verdad ama. Y por ello se equivocó mil veces y lo reconoció. Y por ello nosotros aprendimos a caer y levantarnos con su misma fuerza. Mi madre nos dejó vivir nuestra vida y volar, respetó nuestros ideales y nuestras necesidades, se mantuvo a la sombra para no tapar nuestro brillo sin saber que si brillábamos era porque reflejábamos parte de su ternura. Mi madre no fue la mejor madre del mundo porque por suerte fue, única y exclusivamente, NUESTRA MADRE".

Con M de MAMÁ y de MEJOR

1 de noviembre de 2015

¡Quita niño!

Los niños molestan.
Ellos no han pedido venir a este mundo que gobernamos los adultos con nuestras manías y nuestras prisas, y sin embargo, aquí están.
Se integran y adaptan como pueden, según les dejemos, pero nunca es suficiente. Y claro, ellos no entienden. Van perdidos como pulpos fuera del agua.
Los queremos pero no.
Los niños no saben por sí solos las normas que seguimos para relacionarnos en sociedad, por lo tanto, hay que enseñarles a vivir con ellas. Es cansado. Repetitivo. Secuencia en bucle. Ya. Lo sé. Tengo dos de esos. Pero es que... ¿Recuerdas? Ellos no pidieron venir aquí. Los trajimos nosotros por ilusión, capricho o miedo a que el arroz se nos pasara.
Los niños molestan porque estamos cansados. Tenemos taaaanto trabajo que tener que jugar con nuestros hijos nos cuesta horrores y no nos gusta ni un pelo. ¡Con lo bien que sabe ese cafetito en la terraza a solas! Mirar como bailan el baile que han ensayado durante horas, o verlos correr con la moto tampoco es cómodo. ¿Cómo miro entonces la pantalla de mi aparato? ¡Con lo que yo trabajo para que tengas de todo y tienes que elegirme a mí para jugar!
Los niños son niños. Tú lo fuiste, aunque no te acuerdes. Tú también repetías las cosas veinte veces para que te escucharan, y a ti también te las repetían otras tantas para que hicieras caso. A ti también te gustaba que tus padres te vieran bailar o correr porque eso te daba seguridad, ¿recuerdas?
No, no, si no se trata de que te conviertas en un esclavo de tus hijos. Sólo que ejerzas el papel que un día decidiste que te apetecía asumir. ¿Que nadie te dijo que era tan pesado? Bueno, quizás porque como decidiste algo tan serio pensaron que ya eras lo suficientemente maduro para asumirlo.
Tus hijos son tuyos, de nadie más. Ni de tus padres, ni de la canguro, ni de la maestra, ni del profesor, ni de los vecinos, ni de la entrenadora, ni del director de la banda. Son tuyos. Y, aunque no lo sepas, tienes una suerte tremenda de que así sea.
Te diré por qué. Pues porque a pesar del cansancio, la pesadez, los ratos para ti reducidos a una ínfima parte de lo que eran antes, la dependencia que tienen de ti, la carga moral que teóricamente deben despertarte y, sobre todo, las veces que te equivoques con ellos, que te invada la impotencia, la rabia o les pegues un grito que no se merecen... Esos pequeños seres que te miran con admiración, TE ADORAN. A pesar de todo, del cariño que no les des hoy porque tu día ha sido duro... Te adoran, te admiran y no dudarían jamás en decir que de mayores "quieren ser como tú".
Los niños nos molestan. A partir de ahí, el resto de cosas que queráis contarme del mundo de cabras en el que vivimos... casi que me da igual.
CON M DE MADRE DE DOS, que también se cansa, que necesita momentos a solas, en pareja y con amigas, que pierde la paciencia y que se equivoca mil veces cada día, pero que por encima de todas las cosas ADORA A SUS HIJOS Y NO SIENTE JAMÁS QUE SON UN ESTORBO. Porque son SU VIDA.

27 de octubre de 2015

LA ESCUELA ESTÁ EN CRISIS

La escuela está en crisis. No hablo de una crisis cualquiera, sino de una gran crisis. Y no, esto no viene de nuevo. Lleva un tiempo. Unos cuantos años. Bastantes diría yo. Pero cada vez va a más y peor. Y, o le ponemos remedio, o esto se va a pique, señores.
La escuela está en crisis y os diré por qué. La escuela está en crisis porque pocos la toman en serio. Si yo fuera ella cogía y hacía maletas y me convertía en un parque de bomberos mismo; o mejor aún, en circo, porque, cada vez más, es a lo que realmente se asemeja, a un circo en el que los maestros ejercen de payasos.
La escuela está en crisis porque hace un tiempo los de arriba decidieron que era una buena carta con la que jugar, y así lo hicieron y siguen haciendo. Porque como se desprestigia desde las altas esferas desde el momento en que importa un pimiento la realidad escolar, y prima más el programa político y las sandeces utópicas que venden, pues se acaba contagiando al populacho y se va perdiendo el respeto por esos señores y señoras (y como seamos funcionarios, ya apaga y vámonos) que vivimos permanentemente de vacaciones y tenemos el mejor horario del mundo: los maestros.
La escuela está en crisis porque las nuevas generaciones de padres no confiamos en las nuevas generaciones de maestros. Porque quizás tenemos tanto sentimiento de culpa encima, por no llegar al nivel de "padres del año" al que alguien ha dicho que tenemos que llegar, que la vida escolar de nuestros hijos la pasamos buscando culpables a los que hacer responsables de nuestras propias carencias en educación, en enseñanza de valores y en definitiva, en nuestra labor de padres; padres que un día decidieron serlo voluntariamente con ilusión, aunque a veces parezca que fue con una pistola en la cabeza y con lágrimas en los ojos.
La escuela está en crisis y no es porque los maestros no tengamos ni idea, o porque sólo sepamos mandar deberes a casa porque somos incapaces de acabar el temario en clase, o porque seamos excesivamente autoritarios o excesivamente blandos, o poco imaginativos y demasiado teóricos, o tomemos decisiones sobre nuestros alumnos no pensando en su bien sino en el nuestro. No. LA ESCUELA ESTÁ EN CRISIS PORQUE NO CREEMOS EN ELLA. No, nos liemos; los maestros sí creemos, y a ciegas diría yo. Quienes no creéis sois quienes nos miráis desde fuera recelosos, pensando de corazón que nuestra faena es jorobar a quienes pisan nuestro suelo, porque ni somos lo suficientemente buenos para vuestros hijos e hijas, ni hacemos las cosas lo suficientemente bien para que sean felices, no tengan traumas, desarrollen todas sus habilidades creativas y megachupisuperhiper emocionales y demás pedagogías blancas y de arcoriris. BASTA. No es cierto. Nuestra profesión es vocacional, es una profesión que sale del alma, que te hace soñar con un mundo mejor, que te hace olvidar el café del almuerzo muchos días por cuidar de ese peque que está malito y ha ido al cole con fiebre porque no podían cuidarlo en casa; una profesión que te atrapa a mediodía corrigiendo, preparando materiales divertidos y juegos que los motiven a aprender lo menos divertido del tema nuevo... La profesión de maestro va más allá de las 17 de la tarde, y más allá de las 23 de la noche muchos días y tampoco entiende de fines de semana o festivos cuando tienes algo entre manos que quieres planificar o hacer. No es más pesada que otras, pero tampoco menos importante ni menos costosa. Es una profesión más, y a la vez, una profesión fundamental desde mi punto de vista de maestra que antes fue alumna, y que considera que si ha llegado hasta aquí es, muy en parte, gracias a todos los profesionales que participaron en mi educación escolar.
Y, como en todas partes, está claro que habrá de todo. Maestros más vocacionales y maestros con menos ganas, con poco tacto o con poca empatía, con metodologías más anticuadas o menos lúdicas y tecnológicas... Pero igual que podemos encontrar todo tipo de padres y madres, y como consecuencia, todo tipo de alumnos y alumnas. Pero, sea como fuere, la tendencia general hoy en día pasa por juzgar y prejuzgar lo que hace o dice el maestro, por opinar y castigar su manera de actuar y por darle cero votos de confianza o el simple beneficio de la duda. No pensamos jamás en que, si nos hace llegar información de nuestros hijos que no nos gusta o quizás no nos esperamos, no lo hace por arruinarnos el día sino por mantenernos informados, y porque, al final, esa persona que nos escribe una nota pasa quizás más horas con nuestros hijos que nosotros mismos.
LA ESCUELA ESTÁ EN CRISIS PORQUE NOS HEMOS CREÍDO EL DESPRESTIGIO QUE HAN FOMENTADO SOBRE QUIENES SE DEJAN LA PIEL EN ELLA, Y LO HEMOS HECHO MÁS GRANDE. Porque primero desconfiamos y nos cerramos en banda a escuchar o atender aquello que no suene como queremos que suene, y después, a lo mejor, quizás, pero muchas veces después de haber juzgado, entonces abrimos un poco los ojos y oídos, pero el mal ya está hecho. Y porque además, la gran mayoría de veces que criticamos la labor de quienes están con nuestros hijos en el aula lo hacemos delante de ellos, consiguiendo así una desautorización inmediata que sólo provoca actitudes de falta de respeto y de "esto es casa Pepe".
Los maestros y maestras somos felices enseñando, dedicando nuestro día a día a vuestros niños y niñas, que son lo mejor de este trabajo. Pero tenemos un corazoncito, como todos los demás profesionales del mundo mundial, y saber que somos criticados sin motivo y tomados a la torera en muchas ocasiones, porque total: " ¡aleeee, otra vez de vacaciones! ¿Eh?", pues duele un poquito.
La escuela está en crisis y los únicos a los que no se nos pregunta qué podemos hacer para salvarla es a quienes estamos dentro de ella. Los de arriba se inventan leyes, las cambian a cada mandato, a golpe de "porque sí, porque yo soy mejor que el anterior y el que venga después", pero nadie baja un escalón (o unos cuantos), se mete en un aula y vive la realidad. El sistema educativo se hace desde la distancia y a nosotros se nos exige que hagamos mil papelorios sin mucho sentido, que programemos y reprogramemos, se nos hace revisión de programación a puerta cerrada y como si de una nueva oposición se tratara con todo tipo de preguntas poco relacionadas con el alumnado, sus necesidades y la realidad de cada uno de ellos, y ¡ojo como no estés haciendo lo que programaste en julio!, cuando ni siquiera sabías cómo serían tus niños. Os prometemos que si por muchos de nosotros fuera, no habría tanto libro en las clases, ni tanto examen, ni tanta enseñanza de cosas absurdas que poco sirven para la vida real. Pero, ¡ay señores! Tenemos un currículo que cumplir, y os prometo que se vigila que así sea. Por contra, nadie entra en las clases a ver si todos estamos capacitados para tratar con niños y para ver exactamente qué recursos personales (número de maestros) necesita cada escuela dependiendo de las características del alumnado. No, eso no, que en educación sí hay que ahorrar.
La escuela está en crisis pero cuando los maestros (de la pública) hemos salido a manifestarnos, se nos ha tachado de peseteros y de interesados. Pocos han querido escuchar que por lo que nos manifestamos es por vuestros hijos, porque haya recursos personales y materiales suficientes, porque la ley sea real y no una absurda copia de algún trozo de los sistemas educativos extranjeros.
La escuela está en crisis... Y lo seguirá estando mientras madres, padres, maestras y maestros no queramos trabajar juntos, en una misma dirección, con diversidad de opiniones pero capacidad para llegar a un acuerdo, y siempre y únicamente, POR EL VERDADERO MOTOR DE LA ESCUELA Y EL MUNDO: NUESTROS NIÑOS.
Sabemos que la sociedad ha cambiado y las necesidades de nuestros alumnos también. Pero hay algo que es fundamental para que la escuela y el mundo giren sin accidentes: EL RESPETO. Y si la escuela está en crisis... Del respeto mejor ni hablamos.
CON M DE MAMÁ y C de CRISIS.