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10 de julio de 2016

El desorden ordenado

Cuando no era madre, mi casa, sus estancias y mis espacios vivían en orden y armonía. Siempre. Soy cuadriculada para algunas cosas (bastantes, vale), y no sé si el famoso equilibrio de los libra también tendrá algo que ver. Soy muy exigente en algunos aspectos, como la puntualidad, mientras que en otros soy más relajada. Y dentro de la maternidad, este equilibrio que compensa exigencias y tranquilidad ha ido cambiando a la fuerza, y bastante.
Siendo madre he aprendido el significado absoluto de la palabra PRIORIDAD. Para empezar, porque desde el momento en que mi primer guisante se asentó en mi tripa, mi modo de vida ya giraba por y para ella. Y así ha seguido, con el segundo de por medio, hasta el día de hoy.
Cuando todo tu tiempo es para ti, para tu profesión, para tus ratos de pareja, para tu casa y tus amigos y familia, considerando todos estos elementos como parte de tu "yo" soltero y sin compromiso, tus prioridades son muy diversas. Cuando todo tu tiempo o el 99% de él es para tu papel de madre, la cosa cambia. Y te das cuenta, un buen día, y después de varios o muchos intentos frustrados de tener la casa impoluta y perfecta, de que intentar abarcar todo a costa de los pocos ratos de descanso que te quedan, o de la pérdida constante de humor y alegría, es tan poco inteligente como la vida que hayan podido encontrar en algún remoto planeta.
Así que, de pronto, asumes de buena gana que los juguetes esparcidos por todo el salón son de lo más estético, que las camas sin hacer no te convierten en la peor persona del planeta y que la ropa que está por doblar y guardar no va a escaparse por pasar un par de días sobre la cama de sobra.
Además, aprendes que lo que está ocurriendo en tu casa es simplemente sinónimo de VIDA, así, en mayúsculas. A que mientras tus hijos estén sanos, crezcan felices y no te falte qué ofrecerles en cada comida ni un lugar para que duerman seguros, el hecho de que sólo sepan jugar sacando absolutamente tooooodo de su sitio, es ALEGRÍA y SALUD.
Que sí, que hay días en que se me cruza al cable, como a media humanidad, y me levanto torcida, o me voy torciendo, y el desorden me molesta visualmente tanto que acaba molestándome anímicamente, al fin y al cabo soy humana y algo de mi yo "premadre" me queda en el cuerpo. Pero son los menos.
A mí me gusta mi casa a colores, con vida, con juguetes en mi cajón de ropa interior (que no sabes ni cómo ni cuándo llegaron ahí), con música sonando, con niños bailando al son de la música mientras se quitan la ropa del día porque van a meterse en la bañera. Me gusta mi casa algo loca, desordenada y, a veces, sacándome de quicio.
Me gusta el DESORDEN ORDENADO que rodea a una familia con niños sanos y felices. Los míos. Me encanta haber aprendido a relativizar ciertas cosas, a dar importancia a las que realmente lo tienen, a aprender de prioridades, a disfrutar del momento. Me gusta enfadarme a veces con el desorden y el jaleo cuando estoy agotada, y a continuación, desenfadarme y aterrizar de nuevo en la suerte de vida y familia que tengo.
Todos tendríamos que aprender del DESORDEN ORDENADO EN EL QUE VIVE LA MENTE DE UN NIÑO, aprender a relativizar el día a día y sus historias con la naturalidad que ellos lo hacen, y así dar verdadera importancia a aquello que realmente la merece por vital.
¿Para qué una casa museo, ordenada y perfecta, si eso supone mal humor, cansancio innecesario, borrar sonrisas y coartar carcajadas y naturalidad inocente?

Yo me quedo con la mía.
Feliz tarde de desorden y domingo.

15 de enero de 2014

"Crianza con apego o sin él. ¿A ti qué más te da?" o "Cuando seas madre (de mis hijos) comerás huevos"

Hace ya mucho tiempo escribí sobre el vicio (cochino) que tenemos la raza humana de meter las narices donde nadie nos llama y de opinar gratuitamente, si puede ser criticando, ya que es nuestro deporte nacional por excelencia.
Si además se trata de hablar de/opinar sobre/criticar la manera de criar a nuestros bebés, entonces la carnaza es de primera calidad.
Cuando me quedé embarazada de Pichu, mi marido y yo nos compramos, el típico libro de los 50.000 nombres (total para que sólo una diezmilésima parte de ellos te parezcan más o menos normales y de ellos sólo dos sean los que os gustan a ambos) y, además, nos leímos también algún libro más relativo a crianza/desarrollo y demás, bien porque lo compramos por recomendación, bien porque nos lo regalaron. Pues ya en ese momento, en nuestro entorno más cercano hubo quien tuvo que opinar y criticar que leyéramos en vez de llamar por teléfono y preguntar. Que digo yo que no tiene nada que ver el tocino con la velocidad. Una cosa es tener una mente curiosa (y querer cumplir eso de "el saber no ocupa lugar") y leer sobre desarrollo, emociones y demás, y otra muy distinta es el aprendizaje del día a día en nuestra labor de padres, aprendizaje que, en mi siempre modesta opinión, es algo que NADIE puede vivir por ti. Está claro que cuando te llueven críticas como esa es porque, quizás, la persona que las hace necesita sentirse un poco más partícipe protagonista de lo que tú y tu pareja le dejáis.
Si algo he aprendido en mi corto viaje por la maternidad es que quien decide tener hijos y criarlos (sí, es decir, quien decide no sólo traerlos al mundo porque es lo que le toca por edad o porque no sabe hacer otra cosa, o porque intenta salvar un matrimonio condenado al fracaso) hace TODO LO QUE PUEDE POR ELLOS. Y, obviamente, lo hace desde el amor más profundo, la inexperiencia más grande y la habilidad y el instinto que le hayan tocado en el reparto de cualidades. No hay más. Y, por tanto, no es ni malo ni bueno que lea o no, que pregunte o no, que necesite a su madre/suegra un mes en su casa o no. Porque toda opción es respetable.
Yo, perdón, NOSOTROS hemos decidido criar y educar a nuestros hijos CON AMOR, y no nos hemos planteado si eso se llama CON APEGO o con desapego. Y me da igual si soy del grupo teta-colecho-apego (que va a ser que, según lo que he leído, sí, pero paso de encasillarme) o del otro grupo. Me da igual si en su momento leí a Carlos González con su Bésame mucho y me gustó, o si luego leí alguna cosa suya más y me pareció información innecesaria, o si quisimos conocer a Estivil y me di cuenta de que este señor no me duraba ni un café. Porque por mucho que hayamos leído, buscado, contrastado... lo único que realmente nos ha valido y nos vale, hoy por hoy, es nuestra experiencia, conocer a nuestros hijos (el sol y la luna ambos dos, en todo), intentar estar al 200% con ellos en cuanto a sentimientos y empatía (y no conseguirlo siempre, obviamente, con el consiguiente inevitable sentimiento de culpa, muchas veces fruto del mismo agotamiento físico y mental).
Lo que SÍ hemos aprendido es que LA CRIANZA NO ES NI FÁCIL NI CÓMODA, pero enriquece, curte, te ayuda a madurar y TE LLENA.
El otro día me encontré en una red social un artículo sobre un otro pediatra que ha escrito un otro libro sobre la crianza (lo estoy expresando en líneas muy generales) y que, según él mismo explicaba, en su libro no habla ni de métodos infalibles ni de mejores maneras para criar o hacer con nuestros hijos, y eso me gustó. No pienso leerlo. O igual, si cae en mis manos, sí decido hacerlo, quién sabe. El caso es que compartí el artículo porque me gustó que, al menos a simple vista, y por lo que relataba la entrevista, no es un pediatra más que se ha inventado o ha descubierto un método para que los niños se críen solos y no molesten o se sientan los más amados del planeta, pero lo que sí decía muy acertadamente es que las madres de hoy en día no conciliamos, sino que sacrificamos. Totalmente de acuerdo. Y seguro que habrá algún padre que también. Podéis leerlo AQUÍ. Muy a grosso modo venía a decir que no son métodos lo que hace falta, sino comprensión y respeto hacia el modus operandi de las madres, o mejor, yo diría "de cada madre".
Yo, por mi parte, creo que hay una delgada línea entre aconsejar, opinar y entrometerse. Y obviamente cruzarla hacia uno u otro lado o hacia la crítica no constructiva es más que fácil.
No me canso de imaginar un mundo mejor en el que cada uno meta la napia en sus asuntos, y en el que no seamos tan fans de juzgar al prójimo y sí lo seamos de respetar (pero del respeto de verdad, no de boquilla) y de dejar hacer a cada uno lo que en su mano está cuando hablamos de criar. Lo más triste es que para que esto ocurra somos las mujeres las primeras que tenemos que concienciarnos para hacerlo posible, ya que somos las responsables directas de estas "incomodidades maternales". Pocas son las mamás actuales que no tienen queja de las féminas más mayores de su entorno familiar, ya sean madres, suegras o vecinas cotillas. Son pocas las que dicen que jamás nadie se ha entrometido, con toda la connotación negativa que ello implica, de un modo u otro en su vida familiar. Y, por si esto fuera poco, va y nos salen pediatras y supuestos "expertos" que nos hacen sentir culpables y malísimas madres porque nos aleccionan sobre cómo, dónde y cuándo y sobre lo mal que lo hacemos cuando no seguimos sus directrices.
Pues señoras y señoritas, y parejas y "parejos"... ¡ya está bien, leñe! ¿A mí qué más me da si mi amiga P ha dado biberón y no teta? ¿O si M practica o no el colecho o V hace el pino puente para conseguir que su pirata se coma un bocata de jamón? Me da igual, no las juzgo, sólo las escucho y respeto, y en todo caso, me beneficio de lo que veo porque aprendo otras maneras de hacer y ver la vida, que me enriquecen y me ayudan a salir de mi, a ratos, cuadriculada mente, y si me piden opinión, pues la doy. Pero, lo mejor de todo, es que me parece estupendo lo que hacen y cómo lo hacen, básicamente porque lo hacen con AMOR DEL BUENO, y no hay más. Y porque con entretenerme yo en aprender a ser madre ya tengo bastante faena, ya.
Creo que leer es bueno, informarse es genial, contrastar opiniones y escuchar otras experiencias también, pero si estáis leyendo esto es porque, quizás, gran parte de vosotr@s estáis inmersos en el maravilloso mundo de la crianza, lo cual quiere decir que sabéis mejor que nadie que no hay dos niños iguales, por muy hermanísimos que sean, ni dos madres o padres clavados. ¡Y menos mal! Por tanto, lo que me sirve a mí no es preciso que sirva a otra madre, aunque quizás le venga bien conocer mi experiencia para saber que NO hacer con su hijo o hija. Por otra parte, tener personas en tu entorno cercano que tengan más experiencia que tú y que estén dispuestos a compartir sus conocimientos contigo es una gran suerte (¿cómo era eso de que para criar hace falta la tribu entera?), sí, pero siempre y cuando esa "generosidad" sea desde el cariño verdadero, el respeto, las ganas de ayudar (que no de ENTROMETERSE) y con la intención de hacer llegar a la madre en concreto un mensaje tipo "no hay mejor madre para tu hijo que tú, yo sólo estoy por si me necesitas", y que sea de corazón, de verdad de la buena.
En serio, MAMIS DEL MUNDO, equivocarse es de humanos, es bueno y ayuda. Esto de la maternidad y la crianza es,  en muchos aspectos, un camino de espinos para el que NADIE nos prepara, por mucho consejo y moralina que quieran darnos. Podemos leer, podemos ser "de una corriente" o de otra, pero lo que está claro es que lo que no falla es la naturalidad y el darnos el tiempo necesario para conocer a nuestros hijos y saber, mejor que nadie, sus necesidades a todos los niveles. El sentimiento de culpa ya de por sí parece ir intrínseco a la maternidad, por lo que no nos dejemos embaucar por expertos (y no tanto), que hablan siempre "in extremis" y que nos regalan sentencias de esas que sólo hacen que aumentar nuestro tono del mea culpa. 
Ser madre es la mayor aventura que toda mujer, que decide serlo, puede vivir. Y como tal, tiene momentos de subida y momentos de bajada. Contamos además con unas grandes compañeras de viaje que, dicho sea de paso, tampoco es que ayuden mucho, y que no son otras que nuestras queridas hormonas... Así que: MAMIS DEL MUNDO MUNDIAL, ¡CRIAD COMO OS DÉ LA GANA, CON APEGO O SIN ÉL! Pero eso sí, CRIAD SIEMPRE CON AMOR, CON MUUUUCHO AMOR.




CON M DE MAMÁ y C de CRIANZA CON AMOR

23 de agosto de 2013

Vísteme despacio que NO tengo prisa

O "la vida es cuestión de prioridades", que también podría haber sido un buen título para esta entrada.
Yo tengo un problema, sí, lo tengo, porque en el momento en que algo que tú haces es bueno para los demás pero no para ti... Tienes un problema. O, al menos, así lo veo yo.
No voy a describirme de nuevo porque ya lo hice, más o menos, en una entrada en la que hablaba de las consecuencias de sembrar vientos (recoger tempestades, exacto). Aunque sí diré de mí que soy una persona a la que le cuesta (horrores) decir NO. Para ser sinceros, mejor diré que no sé decir NO, excepto por equivocación u omisión.
Llevo tiempo practicando, lo juro por Mafalda (que me encanta, dicho sea de paso), pero voy a septiembre siempre, vamos, que lo llevo mal. Y encima no practico ni en verano.
Y creo que lo llevo mal porque en el momento en que digo NO y observo la reacción del de enfrente, ya sea amigo, amiguísimo, allegado o conocido: cara larga, respuesta de resignación, cero empatía... Pues me deja jodida, así sin tapujos, que el blog está siempre en horario de adulto.
Me fastidia porque soy de las que intenta que todo el mundo esté bien, contento; y no por contentar, que es diferente, no sé si me explico. A mi edad, y con bastantes carreras de obstáculos corridas y superadas, lo que puedan pensar los demás de mí, como que me va resbalando. Yo soy yo con mis circunstancias, no hay más. Peeeero, a mí me gusta "estar", ayudar, hacer por y para el resto, colaborar, hacer equipo, compartir... Y no, no es una máscara, ni voy de farol, ni estoy queriendo ponerme galones: soy así, para lo bueno, y lo no tan bueno.
Sí, lo no tan bueno también llega cuando eres así. A mí me lleva "llegando" de hace años. Por suerte, en ciertas parcelas de mi vida he tenido los ovarios de pararlo, de decir "HASTA AQUÍ, ya no te doy más de mí porque ni siquiera me reconozco", a pesar de las leches recibidas a cambio, el vacío, las malas formas, las mentiras tejidas alrededor y una serie de calamidades más que lo único que me han hecho ver es que el ser humano puede estar lleno de miseria y no ser consciente ni un milisegundo de ello. Allá cada cual.
Pero sin embargo, en otros aspectos (tal vez porque aparentemente son menos dañinos) o momentos, soy aún una conductora con una L del tamaño de un camión: no sé decir NO/STOP/HASTA AQUÍ/ME PLANTO. Y ¿eso en qué resulta? En una sensación de rotura interna, de cansancio físico y mental, de impotencia y de necesidad de gritar descomunales.
Este año me he visto así en bastantes momentos, con bastante gente; y ha sido entonces cuando, la única neurona espabilada que me queda dando vueltas por el cerebro ha dicho: "ale, bonita, yo me encargo, que pareces idiota a tus 35 añitos". Y he dicho NO/no puedo/en otra ocasión... Y no se ha entendido. Y ahí entran el resto de neuronas, que van de alternativas, en juego y me hago una paja mental (con perdón de la expresión) y la lío parda: lo intento/a ver si puedo/hago hueco/aunque sea más tarde/yo lo miro... Y me atrapo sola.
¡Narices! ¡Yo es que soy imbécil! No aprendo, no. Y lo dicho, no es cuestión de querer agradar, que eso a estas alturas me lo paso por las mechas californianas. Es... Que me sabe mal... ¡Y a la gente no!
Y entonces me cabreo. Y pienso. Pienso mucho (otro de mis estupendos defectos de serie). Pienso en las personas, el ser humano en sí, y la EMPATÍA. Esa gran desconocida.
Somos egoístas. Somos poco (o nada) empáticos. Somos incapaces de ponernos en la piel del prójimo e intentar sentir como él. No somos capaces de comprender que cada uno es "yo y mis circunstancias". Y ¡ojo! Que esta reflexión la hago para mí misma también.
Hablamos de tolerancia y respeto muy a la ligera porque, a la primera de cambio, hacemos un avioncito de papel con cada uno de ellos y los mandamos directos a la hoguera. Sólo miramos por nosotros: ¡por MI, por todos mis compañeros, (sí, sí, pero...) Y POR MÍ EL PRIMEROOOOOOOO!
Yo me he propuesto como reto personal APRENDER A DECIR NO cuando sienta que así debe ser, por mí, por mi salud mental y física, por mis hijos, por mi pareja y porque el mundo también necesita oírse un NO de vez en cuando.
Me he propuesto no esperar a caer extenuada, a decepcionarme al esperar que la reacción del otro sea diferente, al fin y al cabo, cada uno es libre de hacer, ser y sentir a su manera, y yo he tenido la osadía de hablar de RESPETO.
Así que, perfecto, diré NO cuando así sienta que necesito hacerlo, y tú podrás sentirte decepcionado, o tú quizás te enfades, o tú tal vez no lo entiendas, o tú pongas mala cara y me taches de tu lista de "personas que siempre están dispuestas"... Perfecto, de veras. No hay problema.
Yo por mi parte, prometo no ofuscarme cuando sienta que no me entiendes. Prometo no intentar hacerte ver mi punto de vista. Prometo no "rumiar" la situación más allá de nuestra interacción del momento. Prometo no juzgar tu reacción. Prometo no desear que algún día te veas en mi lugar y comprendas.
¿Y sabes por qué? Porque, cuando a mí me dices NO, lo acepto, sin más. No cuestiono, ni enjuicio, ni critico. Acepto y punto pelota. ¿Me parece bien la respuesta? No lo sé, no me lo planteo. Entiendo que ese NO es necesario para la otra persona. ¿Qué más se puede añadir? Sobraría.
Así que hoy es un buen día para hacer un cambio, girar las tornas y decir bien alto: AHORA NO, quizás en otro momento. Porque he decidido que quiero VIVIR SIN PRISA, sin la presión de llegar a todo y a todos, sin la imperiosa necesidad de atender a todas las llamadas a la vez.
Hoy es un buen día para dedicarme a inspirar profunda y pausadamente, para saborear los segundos que no vuelven, para no correr, para VIVIR.
Hoy es el día perfecto para entender tu necesidad pero también la mía.
Y no sé, quizás algún día, en ese puente de conexión de necesidades, la vida nos sorprenda y el mundo construya sobre la firme base de la EMPATÍA, el RESPETO y la TOLERANCIA.
Y así no diremos sí cuando queremos decir no. Y cuando digamos SÍ será un momento de conexión tal que sólo habrá hueco para la ARMONÍA, el ENTENDIMIENTO y una inmensa sensación de inevitable PAZ INTERIOR.

CON M DE MAMÁ y de nada más.

26 de junio de 2013

La Maternidad de la A a la Z: P de Prioridad



Vero... me he perdido ya con el número de ediciones. ¡Si ni tan siquiera soy capaz de recordar qué día (en número) es hoy! Pero supongo que eso es buena señal, ¿no? Es señal de que ya llevamos unos cuantos carnavales juntas y de que este carnaval es sinónimo de calidad y no de cantidad. 

Para esta edición he de reconocer que he ido un poco perdida, pero no por no saber de qué escribir sino ¡porque se me acumulan las letras y las palabras! Lo que sí tenía claro era que repetía letra, la P, y no para repetir de palabra, que conste, que con una tanda de Piojos ya voy lista.

Bueno, es que la P da para mucho, y de todas las palabras que me venían a la cabeza al final, haciendo una dura criba, me quedaba con dos: Prioridad y Pelandusca (ésta me la guardo para otra edición, ¿vale Vero?).
Bueno, el caso es que como esta edición me ha pillado sensible y con "hijitis", que diría la Reina Madre del carnaval, pues me he decantado por PRIORIDAD, que me sonaba como más seria.

¡Vaaaaaaaaamos allá!

Según mis admirados miembros de la RAE:


prioridad. (Del lat. prior, -ōris, anterior).

1. f. Anterioridad de algo respecto de otra cosa, en tiempo o en orden.

2. f. Anterioridad o precedencia de algo respecto de otra cosa que depende o procede de ello.

~ de naturaleza.

1. f. Fil. Anterioridad o preferencia de algo respecto de otra cosa precisamente en cuanto es causa suya, aunque existan en un mismo instante de tiempo.

~ de origen.

1. f. Rel. prioridad de aquellas personas de la Trinidad que son principio de otra u otras que de ellas proceden; como el Padre, que es principio del Verbo, y ambos principio del Espíritu Santo.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

(¡Cágate hazte caca, lorito con la última acepción según contexto!)

Bueno, de todas todas, cuando he pensado en PRIORIDAD como mi palabra para el diccionario de la Maternidad ha sido en el sentido de "Anterioridad o preferencia de algo respecto de otra cosa precisamente en cuanto es causa suya, aunque existan en un mismo instante de tiempo". Así que es en esta acepción en la que voy a centrarme.
Porque, cuando la maternidad llegó a mi vida cambió el orden de las cosas desde el minuto cero de concepción. De pronto, todas aquellas pequeñas o grandes cosas que eran de orden prioritario, dejaron de serlo, o al menos, no lo eran con la misma premura y urgencia que antes. Así vino y así lo acepté, sin cuestionarme el sentido de ese giro inevitable. Fluyó natural, y lo dejé seguir. 
Y como una cosa lleva a la otra, de empezar con tonterías como dejar de mirar ropa para ti y pasar a tener los ojos programados sólo para ver cosas, productos y demás para tu querubín, llegas directamente a olvidarte de ti para sólo vivir tu vida con y para ellos.

La PRIORIDAD por tanto, y no me malentendáis, es más bien traicionera. Mucho. Yo llevo un tiempo asumiendo que algo he de cambiar si quiero vivir mi maternidad plenamente. Llevo un tiempo analizándome, observando y llegando a conclusiones tales como que, aunque mi máxima en la vida vaya marcada por atender las necesidades de mis hijos y amarlos intensamente y con locura como PRIORIDAD... jamás debo olvidarme de mí. Porque si ese olvido cae en abandono, inevitablemente, el pez se muerde la cola y acaba ahogándose con ella. O lo que es lo mismo: si no nos cuidamos nosotras, ¿quién nos va a cuidar? Si no estamos bien nosotras, ¿cómo vamos a conseguir que nuestros pequeños lo estén?

Es por eso que me salto a la torera la RAE (con todos mis respetos, eso siempre) y me invento que PRIORIDAD es sinónimo de equilibrio y responsabilidad. Si quiero ser la madre que mis hijos se merecen, mi prioridad es cuidar de mi vida y salud tanto como de la de ellos. Nunca se ha dicho que los extremos sean buenos, y a veces, en nuestro afán por llegar a todo y todos, dejamos de lado nuestro lado (valga la redundancia) más humano, más terrenal (que lo tenemos chicas, sí, lo tenemos). Dejamos a parte a esa mujer que necesita pasar de hacer la cena un día, tirarse (literalmente) en el sofá y no mover un dedo, pintarse con tranquilidad uñas de manos y pies a juego con la falda que lleva en ese momento, tumbarse a leer un libro, beberse un martini con olivas antes de la cena o a mitad mañana (porque queda muy chic), quedar con las amigas a marujear y poner a parir a cualquier "individua" poco amigable que se cruce por nuestro pensamiento, quedar con las amigas a marujear y ver el lado bueno de todo el mundo (hasta el de las "individuas"), maquillarse divina de la muerte para ir a comprar lentejas al supermercado, vestirse guerrera con taconazo y minifalda para ir a trabajar, pasarse tooooda la tarde en la pelu leyendo revistas e impregnándose de amoniaco y sabiduría popular, salir a comprarse trapitos nuevos y probarse un almacén entero para luego sólo comprar un vestido básico, cenar con su mejor amiga y recordar los viejos tiempos (que no tuvieron que ser precisamente mejores, simplemente diferentes), pasarse una hora entera de cháchara con una amiga, conducir con la música a tope y cantando a grito pelado, bailar como si no hubiera mañana, hacer un picnic playero con guitarra incluída, patinar durante gran parte de la tarde hasta perder la noción del tiempo y que se haga de noche, escribir algún texto emotivo dejando escapar las lágrimas, ver una peli ñoña y llorar como si no hubiera mañana, darse un masaje desde la uña del dedo meñique del pie hasta el último pelo de la cabeza (sí, el que ya está verde de las trastadas de los retoños), comerse una bolsa entera de caracolas de chocolate y no sufrir por ello... En definitiva, dejamos de lado a esa mujer que ya ni se acuerda de qué es lo que hacía antes de ser madre porque, desde que lo es, su única PRIORIDAD es cumplir con ese cometido sin fallos posibles, dejarse la piel, el alma y la vida en que sus hijos vivan la suya intensamente y sin mayor preocupación que la de vivir y disfrutar.

PRIORIDAD es, pues, lo que hace que tu vida gire alrededor de la suya, y no al revés, porque es lo natural, porque al fin y al cabo ellos no pidieron venir a este mundo ni eligieron la familia en la que cayeron.

PRIORIDAD es eso que estoy intentando gestionar mejor y que sigue haciéndome anteponerlos a ellos y sus necesidades ante cualquier cosa, sólo que de manera diferente, ya que voy aprendiendo a que PRIORIDAD no es ni sufrimiento ni olvido, es simplemente cuestión de organización, de confianza en "que todo irá bien" y de asumir con naturalidad y sin agobios que, efectivamente, LA VIDA ES CUESTIÓN DE PRIORIDADES.

Maternidad es PRIORIDAD, que no abandono de una misma ni dejadez. Y PRIORIDAD no es antónimo de "quererse un poquito", pero sí de "no quererse nada".

CON M DE MAMÁ y P de PRIORIDAD 
... y de Peluquería, lugar en el que, después de casi cinco meses, pienso pasarme la tarde de mañana leyendo revistas e impregnándome de amoniaco y sabiduría popular.