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5 de febrero de 2017

Un monstruo de seis letras

La primera vez que la palabra CÁNCER entró en mi vida y fui consciente del peso de cada una de sus letras fue, en realidad, la segunda vez que venía a visitarnos.
La primera vez que el CÁNCER entra sin permiso en la vida de alguien a quien amas con todas tus fuerzas, o la segunda vez que lo hace pero la primera en que realmente sabes lo que eso significa... ES ATERRADOR.
Cuando esta enfermedad toca a tu compañero de viaje, con sólo 25 años, y un montón de proyectos y sueños por cumplir juntos, el miedo empieza a cavar un agujero profundo en tu corazón, y aunque aseguren que el pronóstico es bueno, nadie sabe las lágrimas de pavor que has derramado cuando te quedabas a solas, porque sabes que nada es seguro hasta que lo es de verdad. Porque tienes miedo, por él. Porque de repente la palabra VIDA cobra un sentido que antes no tenía. Porque la pregunta "¿Y si...?" resuena en tu cabeza más de lo necesario. Sin embargo, quien tienes a tu lado es la persona más valiente del mundo y te da una lección de valor que no te deja más remedio que hacerte valiente para estar a su altura. Y os reís cuando le cortas el pelo por primera vez con la máquina, para que, cuando empiece la caída, todo sea menos drástico, y le cantas "You sexy thing!" porque piensas que es el tío más atractivo del planeta con su cabeza rapada y su barba de pocos días. Os reís cuando llega el jueves, porque sabéis que el efecto de la quimio hace que le entre un hambre voraz, y que ese día toque "comida basura" y ponerse hasta las cejas (que ya le han caído); y que luego acabará vomitando todo, que su cuerpo estará como inerte un par de días, que su mente también se dará a la fuga y que tú estarás en una parte de la casa y él en otra, porque le molesta hasta la respiración de alguien que no sea él mismo. Os reís porque estáis a un par de meses de vuestra boda y sabéis que, con todo este panorama, quizás os caséis en vaqueros y que vuestras alianzas puede que sean anillos de coco. Y así, os reís y lloráis con una cosa tras otra de las que se suceden mientras duran los goteros de quimioterapia, que le destrozan las venas, pero nunca la sonrisa y la valentía.
Cuando esta enfermedad toca por segunda vez a tu padre, que es tu pilar, el espejo en el que mirarte, tu refugio cuando te aburres de ser adulta. Cuando él, por miedo a vuestro miedo, os lo ha disfrazado de "operación sin importancia" y os enteráis de la gravedad una vez está dentro de quirófano. Cuando crees que igual el beso antes de entrar pudo ser el último. Cuando el cirujano os dice que lo mejor que podéis hacer es rezar por él porque la cosa está fea. Cuando, a pesar de todo, tu padre sale de esa intervención triunfante, y se cuelga la medalla de: segundo CÁNCER, segunda victoria.
Cuando hay una tercera vez para tu progenitor. Cuando esta tercera ronda es una auténtica pesadilla y está llena de palabras feas llenas de letras que pesan demasiado: accidente, tumor, coma, derrame, carcinoma, segundos de vida, paliativos, incapacidad... Cuando, a pesar de todo, tu padre se coge a la única chispita de luz que oye, que son las voces de sus hijos que lo llaman desde la sala de UCI, y de pronto te aprieta la mano para decir: "Eh, que estoy aquí y voy a seguir luchando". Cuando, tras dos años y medio duros para él y para quienes lo adoramos, en los que la sonrisa en sus ojos y en sus labios ha hecho esfuerzos sobrehumanos por seguir, en los que ha habido de todo, arribas y abajos, pero sobre todo unión, valor, lucha y ganas de vivir... Cuando después de tanta batalla, tanta lágrima, tanta visita al oncólogo con el miedo en el cuerpo de la mano de la esperanza ciega, ves como se apaga tan a poquitos la luz de alguien a quien adoras y admiras... Y esta vez se apaga del todo... Algo se rompe dentro de ti para siempre.
Cuando un buen día recibes un wassap de una de tus grandes amigas, que está tan lejos físicamente como cerca de corazón, y te dice que le han diagnosticado CÁNCER. Cuando, una vez más, ves como alguien grande, enorme, de bondad infinita y sonrisa eterna, se apaga para siempre, después de una lucha cuerpo a cuerpo que ha durado unos meses, meses en los que no ha perdido el dibujo de media luna en su cara ni en sus ojos. Se vuelve a abrir la grieta donde se esconde la soledad que deja el monstruo de las seis letras.
Se te para el corazón. Se te congela la mente. Se escapan las lágrimas cuando alguien te da un abrazo sin avisar, en cualquier momento, cualquier día.
Y lo odias. Odias como nunca lo habías hecho. Odias a ese monstruo que llega sin avisar, que entra sin permiso, que arrasa a su paso, que a veces perdona vidas y otras se las lleva para su colección de trofeos, que mata tanto como para hacerte amar más que nunca las segundas oportunidades.
Odias al monstruo de las seis letras que más miedo dan en cualquier cartilla de caligrafía.
Odias las mentiras de las grandes farmacéuticas, los gobiernos y la falsa falta de dinero, el negocio del sistema capitalista y al monstruo de las seis letras que se alimenta de todo lo anterior y roba la vida a tanta alma bonita.

Cuando el CÁNCER viene de visita, la única defensa que funciona para que no se congele el corazón es la fuerza de la sonrisa de quien acompaña a quien lucha y quien lucha y sonríe. Porque la sonrisa es el único tesoro que el monstruo de las seis letras no puede llevarse como trofeo a su estante de victorias.
Es por eso que siempre sonrío.

FUCK YOU, CANCER!

22 de julio de 2016

Paren el mundo...

Que yo me bajo.
Estaba en mis rutinas de la tarde noche: baños, cenas, el cuento de antes dormir, la lechita de Rubiazo... Todo como siempre, sin cambios, la seguridad de la rutina con ellos.
Bajo y me conecto al mundo exterior, para leer los titulares de la noche y lo veo: ATENTADO EN MUNICH, TERRORISTAS SUELTOS POR LA CIUDAD, HELICÓPTEROS CON FRANCOTIRADORES...
Y me he puesto a llorar. No me he dado cuenta de que estaba llorando mientras leía todos los titulares hasta que una lágrima me ha tocado los labios. Pero ¿en qué mundo de locos vivimos? ¿Con qué tranquilidad podemos mirar hacia delante si cada vez son más y más frecuentes las barbaridades que cometemos?
No tenemos bastante con andar inmersos en un sistema en el que los países ricos se alimentan de los recursos de los supuestos países pobres, no, es que además, para añadir emoción a nuestras vidas, nos da por andar matando en nombre de lo que sea. 
Hace unos días escribía sobre mi necesidad de creer en un mundo mejor. Así no hay quien lo consiga. 
Tengo dos hijos preciosos, una sobrina muy bonita y tengo miedo. Miedo por ellos. Miedo de que esta corriente de deshumanización siga creciendo y no tenga fin.
Podría hacer una disertación larga, dar las mil y una razones, pero no puedo, ni quiero, ni sé si me vale la pena o me sirve de algo. 
Decepción y tremenda tristeza. Vacío.
Tengo el corazón a trocitos, por Munich y por todas las atrocidades que a diario se cometen en nombre de la humanidad.

Paren el mundo, que yo me bajo.

9 de septiembre de 2013

HABLANDO EN PLATA


Hablar de MUERTE no es fácil. 
Hablar de MUERTE cuando parte de esa posible y cercana marcha te afecta a ti en primera línea, no es nada fácil de hecho. 
Hablar conmigo misma de MUERTE, DESPEDIDA y SEPARACIÓN, hacer resonar esas palabras alto y claro en mi cabeza, en mi alma, en mi ser y reflexionar sobre ellas... es duro, difícil y sobrecogedor, pero a la vez, me está enseñando a apaciguar mis miedos. 
Hablar de MUERTE con una hija que aún no ha cumplido los cuatro años (Autopista hacia el cielo) puede ser, de primeras, impactante, y sin embargo, a mí me resultó mucho más fácil de lo que me resulta hablarlo conmigo misma. ¡Cuantísimo hemos de aprender de nuestros hijos!
Hablar de MUERTE cuando aún hay vida que quemar por delante duele, paraliza, bloquea, vacía, asfixia, agota y frustra. Sin embargo, y por mucho que cueste, hay ocasiones que necesitan que así sea. Y cuando esto llega, lo mejor es ponerse el traje de luces y salir a torear al bravo de la manada, con el ALMA AL AIRE, cuerpo a cuerpo y sin barreras. 
Hablar de MUERTE te golpea en lo más hondo, pero te ayuda a superar fobias, a crecer en practicidad, a creer en el AMOR PURO E INCONDICIONAL, a madurar tus historias, tus lazos y tus convicciones, a pensar en el "SIEMPRE" como un "AQUÍ Y AHORA", a confiar en el "YO POR TI", a sonreír a pesar de todo, a caminar con paso firme, a mirar al frente con respeto, a sentir MIEDO y a superarlo poco a poco, MUY POCO A POCO.

HABLAR DE MUERTE hoy no era lo que se dice un plan de primera. Y, sin embargo, pedía a gritos "atención" y urgía invitarlo a comer y merendar.

HABLAR DE MUERTE hoy me ha recordado que VIVIR PUEDE SER UNA GRAN AVENTURA. 



CON M DE MAMÁ y S de SIEMPRE JUNTOS, AQUÍ Y AHORA.

9 de agosto de 2013

Mamá, me asusta la oscuridad

Tengo claro que cada niño es un mundo y que aunque a veces, inevitablemente, tendamos a generalizar o incluso a comparar... No hay manuales universales ni libros de instrucciones. Cada niño funciona de una forma, ¡gracias al cielo!
Pichu es de una manera, con cosas comunes y no a los niños de su edad, y Rubiazo es diferente a su hermana.
Pichu es muy de hablar las cosas, de exteriorizar bastante bien lo que le inquieta o preocupa (es mujer, vaya. ¡Ups! Que generalizar no está bien).
Y precisamente ayer por la mañana, mientras hablábamos sobre la noche, sobre cómo había dormido y cuánto, me preguntó si la medallita de papel que había visto ayer en el salón podía ser ya suya porque había dormido de tirón. Al decirle que esa medalla era para cuando, al acabar el cuento, se quisiera quedar ya sola y relajada en su habitación, lista para dormirse... me confesó, muy angustiada y llorando: "Pero es que dormirme sola me asusta", en un claro grito de auxilio y de frustración como si quisiera decir "nunca conseguiré la medallita de papel".
Y a mí se me partió el alma. Se me partió el alma porque yo mejor que nadie sé qué es tener miedo a la oscuridad, no querer cerrar los ojos por la noche por si... O taparte hasta la cabeza con la sábana aunque te estés asfixiando viva.
Así que la abracé lo más fuerte que pude y me propuse calmarla y tranquilizarla a base de muchísimo cariño y empatía, con el deseo de averiguar qué podía asustarla tanto.
- Mi vida, tú sabes que aquí en casa estás segura, ¿verdad? Aquí estás protegida porque tanto papá como yo somos los guardianes de este castillo, y somos fuertes (bueno, yo soy una canija, pero si me pongo...) y valientes (vale, sólo soy valiente con ellos, sola sigo siendo a veces una cagarruta, es lo que hay), y también tenemos al Rubiazo, que sabes que aunque es bebé nunca dejaría que te pasara nada, porque él también te adora.
- Sí... (aún con restos de soponcio momumental).
- Entonces, cielo, ¿qué es lo que te asusta? ¿A qué le tienes miedo?
- No lo sé... (y vuelta a empezar con los lloros totalmente desconsolados).
Con su última respuesta me vi a mí misma muchos años atrás. Yo también tenía miedo a la oscuridad, o a la noche, o a la soledad tal vez... Pero a nada en particular.
Así que yo más que nadie he de brindarle toda la comprensión del mundo a mi pequeña, y saber que, aunque de normal se gestiona ella solita sus idas y venidas por casa, cuando dice "¿me acompañas?" lo hace porque siente que hay algo que no le deja ir sola, y no hay más, no pasa nada. Es muy madura en muchos aspectos para su corta edad, responsable en exceso a veces, cosa que nos mal acostumbra, y sin embargo ¡aún es una pitufa!
Los padres actualmente tenemos tanta información y, sobre todo, tanta opinión y tanta gente con necesidad de aconsejar, que en determinados momentos normales de agobio o simplemente de duda, caemos en la trampa de abrir las orejas demasiado y cerrar el paso a nuestro instinto. Y entonces pasa lo que pasa, que llega la contradicción a tu vida y acabas sintiéndote peor que al principio de empezar la historia.
Cada niño es un mundo, y Pichu, dentro del suyo particular, aún necesita que, si al acabar de contarle sus dos cuentos no se ha quedado "frita", nos quedemos con ella un rato PORQUE TIENE MIEDO. Ha habido épocas en las que no lo ha necesitado, sin embargo, ahora que parece tan mayor en muchas cosas... ¡Nos necesita de nuevo!
¡Anda, y tanto! Está en la edad del despertar de los miedos a lo desconocido, a los seres que no existen y a la incertidumbre en sí. Pues tranquila, hija, que nosotros no vamos a dejarte llorando en tu camita. Porque, aunque como todo padre, tenemos momentos de duda razonable, también tenemos claro que a nosotros lo que siempre nos ha funcionado es LA NATURALIDAD, EL INSTINTO, tratar las cosas con toda LA NORMALIDAD del mundo, y ya pasará...
Ha habido momentos de agobio, de escuchar voces que te dicen "pues el método Estivill...". Pues no. Cada uno somos de un planeta, y yo respeto a todo alienígena que no venga del mío propio, pero de ahí a compartir ciertas maneras de hacer las cosas, va un mundo. Y ya os digo, en un momento de debilidad y cansancio extremos, Estivill vino a visitarnos. Lo tiré al minuto de estar aquí, justo lo que dura la primera tortura, justo lo que fue el minuto más largo de nuestra vida como papis: oír llorar a Pichu desconsoladamente mientras pensaba "¿pero qué coj... narices estamos haciendo?". JAMÁS volveré a dudar de mi instinto. Y si lo hago, por favor, que alguien me pegué una colleja de las que pican.
El señor Estivill lo dejo para aquellos papis que piensen que necesitan crear un patrón de sueño más allá de la rutina del cuento y de repasar juntos el día. Personalmente pienso que el método busca más la comodidad de los progenitores que la de los niños, ya que para nada se basa en las necesidades y particularidades de cada hijo, y generaliza, vamos, los "aborrega", siguiendo la actual corriente mundial de globalizarlo todo, hasta el sueño. Nadie dijo que la ma/paternidad era un camino de rosas ni un vuelo directo a la comodidad, así que no nos engañemos: NUESTROS HIJOS NOS NECESITAN. Y como precisamente la comprensión, el amor y la empatía no están reñidas con el cansancio y más ahora que Rubiazo está en nuestras vidas, es por eso que hay momentos duros, desesperantes y de locura paterno-filial. Pero oigan, nadie dijo que esto era fácil. Se supone que la ma/paternidad es un camino conjunto hacia la madurez, el aprendizaje y la plenitud.
Mientras todo eso llega, si es que tiene que llegar, nosotros te contaremos cuentos para dormir que te ayuden a vencer tus miedos, o al menos a suavizarlos, y te daremos la mano fuerte, o te abrazaremos, te acariciaremos el pelo y te veremos cerrar tus lindos ojos azules, que se apagarán tranquilos para prepararse a vivir las aventuras de un nuevo día. Además, cuando Rubiazo duerma contigo seguro que seréis vosotros los que nos echaréis de vuestra habitación para, nada más salgamos, encender las linternas y jugar a hacer sombras, contaros historias o haceros rabiar... Y de pronto un día sabrás que los miedos se han ido para no volver y que la oscuridad puede ser divertida.
Pero mientras eso llegue, PUEDES CONTAR CON NOSOTROS. Has de pasar tus miedos y no vas a hacerlo sola, pequeña. Y por supuesto, TENDRÁS TU MEDALLA DE PAPEL, porque para ti ya es todo un logro dormir de tirón. Y nosotros estamos orgullosos de cada pequeño avance que haces, pequeña VALIENTE.

CON M DE MAMÁ y de Miedo a la Oscuridad