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5 de febrero de 2017

Un monstruo de seis letras

La primera vez que la palabra CÁNCER entró en mi vida y fui consciente del peso de cada una de sus letras fue, en realidad, la segunda vez que venía a visitarnos.
La primera vez que el CÁNCER entra sin permiso en la vida de alguien a quien amas con todas tus fuerzas, o la segunda vez que lo hace pero la primera en que realmente sabes lo que eso significa... ES ATERRADOR.
Cuando esta enfermedad toca a tu compañero de viaje, con sólo 25 años, y un montón de proyectos y sueños por cumplir juntos, el miedo empieza a cavar un agujero profundo en tu corazón, y aunque aseguren que el pronóstico es bueno, nadie sabe las lágrimas de pavor que has derramado cuando te quedabas a solas, porque sabes que nada es seguro hasta que lo es de verdad. Porque tienes miedo, por él. Porque de repente la palabra VIDA cobra un sentido que antes no tenía. Porque la pregunta "¿Y si...?" resuena en tu cabeza más de lo necesario. Sin embargo, quien tienes a tu lado es la persona más valiente del mundo y te da una lección de valor que no te deja más remedio que hacerte valiente para estar a su altura. Y os reís cuando le cortas el pelo por primera vez con la máquina, para que, cuando empiece la caída, todo sea menos drástico, y le cantas "You sexy thing!" porque piensas que es el tío más atractivo del planeta con su cabeza rapada y su barba de pocos días. Os reís cuando llega el jueves, porque sabéis que el efecto de la quimio hace que le entre un hambre voraz, y que ese día toque "comida basura" y ponerse hasta las cejas (que ya le han caído); y que luego acabará vomitando todo, que su cuerpo estará como inerte un par de días, que su mente también se dará a la fuga y que tú estarás en una parte de la casa y él en otra, porque le molesta hasta la respiración de alguien que no sea él mismo. Os reís porque estáis a un par de meses de vuestra boda y sabéis que, con todo este panorama, quizás os caséis en vaqueros y que vuestras alianzas puede que sean anillos de coco. Y así, os reís y lloráis con una cosa tras otra de las que se suceden mientras duran los goteros de quimioterapia, que le destrozan las venas, pero nunca la sonrisa y la valentía.
Cuando esta enfermedad toca por segunda vez a tu padre, que es tu pilar, el espejo en el que mirarte, tu refugio cuando te aburres de ser adulta. Cuando él, por miedo a vuestro miedo, os lo ha disfrazado de "operación sin importancia" y os enteráis de la gravedad una vez está dentro de quirófano. Cuando crees que igual el beso antes de entrar pudo ser el último. Cuando el cirujano os dice que lo mejor que podéis hacer es rezar por él porque la cosa está fea. Cuando, a pesar de todo, tu padre sale de esa intervención triunfante, y se cuelga la medalla de: segundo CÁNCER, segunda victoria.
Cuando hay una tercera vez para tu progenitor. Cuando esta tercera ronda es una auténtica pesadilla y está llena de palabras feas llenas de letras que pesan demasiado: accidente, tumor, coma, derrame, carcinoma, segundos de vida, paliativos, incapacidad... Cuando, a pesar de todo, tu padre se coge a la única chispita de luz que oye, que son las voces de sus hijos que lo llaman desde la sala de UCI, y de pronto te aprieta la mano para decir: "Eh, que estoy aquí y voy a seguir luchando". Cuando, tras dos años y medio duros para él y para quienes lo adoramos, en los que la sonrisa en sus ojos y en sus labios ha hecho esfuerzos sobrehumanos por seguir, en los que ha habido de todo, arribas y abajos, pero sobre todo unión, valor, lucha y ganas de vivir... Cuando después de tanta batalla, tanta lágrima, tanta visita al oncólogo con el miedo en el cuerpo de la mano de la esperanza ciega, ves como se apaga tan a poquitos la luz de alguien a quien adoras y admiras... Y esta vez se apaga del todo... Algo se rompe dentro de ti para siempre.
Cuando un buen día recibes un wassap de una de tus grandes amigas, que está tan lejos físicamente como cerca de corazón, y te dice que le han diagnosticado CÁNCER. Cuando, una vez más, ves como alguien grande, enorme, de bondad infinita y sonrisa eterna, se apaga para siempre, después de una lucha cuerpo a cuerpo que ha durado unos meses, meses en los que no ha perdido el dibujo de media luna en su cara ni en sus ojos. Se vuelve a abrir la grieta donde se esconde la soledad que deja el monstruo de las seis letras.
Se te para el corazón. Se te congela la mente. Se escapan las lágrimas cuando alguien te da un abrazo sin avisar, en cualquier momento, cualquier día.
Y lo odias. Odias como nunca lo habías hecho. Odias a ese monstruo que llega sin avisar, que entra sin permiso, que arrasa a su paso, que a veces perdona vidas y otras se las lleva para su colección de trofeos, que mata tanto como para hacerte amar más que nunca las segundas oportunidades.
Odias al monstruo de las seis letras que más miedo dan en cualquier cartilla de caligrafía.
Odias las mentiras de las grandes farmacéuticas, los gobiernos y la falsa falta de dinero, el negocio del sistema capitalista y al monstruo de las seis letras que se alimenta de todo lo anterior y roba la vida a tanta alma bonita.

Cuando el CÁNCER viene de visita, la única defensa que funciona para que no se congele el corazón es la fuerza de la sonrisa de quien acompaña a quien lucha y quien lucha y sonríe. Porque la sonrisa es el único tesoro que el monstruo de las seis letras no puede llevarse como trofeo a su estante de victorias.
Es por eso que siempre sonrío.

FUCK YOU, CANCER!

25 de agosto de 2016

Bienvenidos a Nunca Jamás

En octubre cumplo 39 años. 

Dicho así, a bocajarro, suena grande, largo, mucho, viejo y algo difícil de digerir. Sin embargo, y si tengo suerte, mi vida no ha hecho más que empezar y tengo las mismas ganas que hace casi 39 años de comerme el mundo con un poco de helado cremoso de limón y virutas de chocolate.

Los 39 años han pasado más rápido de lo planeado, al menos de un tiempo aquí. De pronto, miro lo vivido y soy consciente de que tengo capítulos para escribir una serie de televisión de ésas que duran toda una vida, por peculiar, por intenso y porque ya son casi 39 años repletos de historia. La mía y la de los míos.

De lo hecho no me arrepiento de nada, creo. De lo no hecho, tampoco, al menos hoy por hoy. Sigo soñando como cuando era niña, despierta. Me gusta imaginarme cumpliendo mis metas, y a los míos felices, sanos y unidos. 

De lo vivido no borraría nada, por dolorosos o tristes que hayan sido muchos de los episodios, porque si soy quien soy es justo por esas batallas campales que he lidiado y por haber salido victoriosa de ellas, y más fuerte.

De quienes ya no están lo echo de menos todo, cada día y con la misma intensidad, y daría mis casi 39 por volverlos a tener y poder disfrutar con ellos otros 39 más. Como sé que su marcha es irreversible, los vivo en mi día a día y los pienso y adoro a cada ratito. No es consuelo, pero ayuda a que la tristeza sea más llevadera.

A día de hoy, con un cuerpo algo más viejo, o menos joven, sin canas, pero con arrugas grabadas a fuego de sonrisas y lágrimas, sigo inventándome juegos, cantando a grito pelado, bailando cuando nadie me ve o cuando suena una canción que me gusta y me ve todo el mundo, disfrutando de saltar en los charcos, jugando a guerras de agua, comiendo dulce a escondidas, riéndome a carcajadas por tonterías, llorando de emoción con cualquier cosa. A día de hoy, con el cuerpo menos joven, o algo más viejo, me reinvento a diario para no caer en la rutina, para no aburrir a mis sentidos, hago trastadas, me pongo nuevos retos, me entusiasmo fácilmente con cualquier nuevo proyecto, planeo cosas de chicas con mis amigas como cuando sólo era yo sin los míos, me gusta mirar la Luna llena y mojarme con la lluvia. A día de hoy, sin canas, pero con arrugas grabadas a fuego de sonrisas y lágrimas, sigo siendo pizpireta, exageradamente dramática, atrevida, cabezota, algo chula y muy llorona.

En octubre cumpliré 39 años. Y sigo siendo una niña. Una niña que ha crecido, se ha convertido en madre, y en maestra, pero que sigue viviendo en Nunca Jamás porque piensa que los adultos son muy, muy aburridos.

Ojalá que nunca, nunca, nunca dejemos de sentir pasión por las pequeñas tonterías que nos hacen reír, y que conservemos nuestro espíritu de niños toda la vida.

Una vez, hace no mucho, me dijeron que yo era como Peter Pan; y aunque el fin del comentario no era precisamente halagar, no saben que lo único que consiguieron diciéndomelo fue reforzar mi idea de que quiero seguir guardando esa pizquita de locura de niña que aún me queda. Hoy sé que ése fue uno de los piropos más bonitos que me han dicho en mis casi 39 años, aunque la intención fuera justo la contraria. 😉


Por muchos años más en el País de Nunca Jamás. 😝😊

13 de agosto de 2016

Mitos, leyendas y sorbitos de mala leche

No soy una gran escritora. Es más, ni siquiera soy una simple escritora como para andar publicando un recopilatorio de mitos y leyendas de lo que sea. Sin embargo, soy madre, y por partida doble. Y eso señores... eso da para muchas páginas. Muchos tomos, diría, de mitos, leyendas e historias varias.
En diciembre hará 7 años (¿¿ya??) que me convertí en madre. Y a lo largo de esos siete años he tenido que oír todo tipo de comentarios y opiniones sobre cómo debía hacer las cosas, educar a mis hijos, establecer sus rutinas, qué era mejor para ellos, qué he hecho mal, qué he hecho peor... La cuestión es que, durante estos siete años, todas esas personas de mi entorno que se han tomado la libertad de darme lecciones, jamás han sido capaces de mirarme y decir: "qué bien lo estás (estáis) haciendo". Ninguna. Es fuerte, ¿eh?
Éste es un ejemplo más de que la especie humana es mucho más dañina consigo misma que con el planeta en general, y de ahí, suma y sigue.
En estos tiempos en los que tanto se habla de empatía, asertividad y una larga lista de palabros que toda la humanidad deberíamos tener en cuenta para que nuestra vida, y la de los demás, fuera algo mejor... nos perdemos en cómo decirlas pero no ponemos nada en práctica.
En diciembre hará siete años a lo largo de los cuales he escuchado en multitud de ocasiones consejos, opiniones, frases y cantinelas tales como: no la/lo cojas tanto que se va a acostumbrar, no está tomando suficiente leche, siempre está pegada/o a tu pecho, tendrá que acostumbrarse a ir de brazo en brazo, va a ser dependiente vuestro toda la vida, ha de acostumbrarse a dormir solo/a o a los doce años seguirá reclamándoos, no va a querer estar con nadie que no seáis vosotros, ha de acostumbrarse a estar sin ti, es demasiado mayor para tomar pecho, tendrás que ir a la mili con él para que pueda dormirse en tu pecho, los niños no deberían dormir con sus padres porque la cama de la pareja es sagrada, que llore un poco es bueno para sus pulmones porque así los ensancha, la estás malcriando con tanto brazo, aún no ha llorado ni un minuto y ya la habéis cogido, si la/lo cojo y se despierta ya se volverá a dormir (no seas exagerada), se ha de inmunizar para que su aparato respiratorio madure... Y podría seguir enumerando tantas y tantas barbaridades y frases desafortunadas que acabaría el post y aún me quedarían muchas en el tintero.
Puedo rebatir todas y cada una de ellas, y podría decir quién dijo qué cada vez, porque se te clavan tanto a fuego que es inevitable no recordar esos momentos con algo de tristeza y bastante impotencia. Pero no vale la pena perder el tiempo en tantas personas que se han equivocado con tanto juicio gratuito.
A estas alturas puedo desmontar todos y cada uno de esos mitos falsos sobre la maternidad que predecían que mis hijos iban a convertirse en unos seres insoportablemente dependientes, casi tiranos, que iban a amargarnos la existencia por, simplemente, haberles dado todo nuestro amor y atención desde su primer segundo de vida. A estas alturas sigo preguntándome por qué narices somos todos tan listos, tan crueles y tan poco considerados con los padres novatos (sean o no primerizos), por qué nos dejamos la empatía en casa cuando miramos a otros padres y abrimos la bocaza para comentar, por qué a aquellos que fueron padres primerizos o novatos hace ya años se les olvida que ellos también tuvieron un comienzo y que también tuvieron que luchar contra los comentarios y las críticas nada constructivas.
A día de hoy, mis hijos siguen queriendo que los acompañemos al dormir con un cuento o mimos, si yo estoy en casa Rubiazo sigue tomando pecho antes de quedarse dormido, durante la noche siguen viniendo a nuestra cama cuando tienen miedo o simplemente necesitan sentirse reconfortados, seguimos cogiéndolos en brazos si lloran o tienen un mal día o momento, seguimos pasando gran parte de nuestro tiempo con ellos como una familia... ¿y sabéis qué? NO SE HA CUMPLIDO NI UNA SOLA DE VUESTRAS LEYENDAS Y NINGUNO DE VUESTROS MITOS SE HA HECHO REALIDAD. Nuestros hijos son niños autónomos, que entienden perfectamente que hay momentos para todo, que no patalean y berrean para conseguir las cosas porque saben que así no consiguen nada. Los dos pasaron con menos de dos años, dos días y una noche fuera de casa con su escuela infantil, han pasado un fin de semana fuera en varias ocasiones en casa de los tíos y además, Pichu lleva ya tres años yéndose unos días a dormir a casa de sus tíos en verano; en concreto, el pasado, con sus cinco añitos, una semana entera. Rubiazo se ha ido con ella este año por primera vez, tres días y medio con sus tres noches y, ¡oh cielos!, no ha pedido "lechita" en ningún momento, se ha dormido sin dramas, no ha reclamado volverse a casa con mami y papi, de hecho habrían alargado los dos la estancia si no llega a ser por el encuentro familiar que teníamos programado. Estos días, nuestros pequeños, los mismos que han sido mimados en exceso por haber sido cogidos en brazos cada vez que lo necesitaban, ésos a los que no dejábamos llorar en la cuna para que se acostumbraran (aún no sé a qué), los mismos a los que teníamos que haber dejado ir de brazo en brazo desde su primer minuto de vida para que se acostumbraran a la gente y fueran seres sociales... han disfrutado de varios días sin sus padres, han sido felicísimos con sus tíos y primos y amigos de los mismos, se han duchado, vestido y aseado solitos con sus 6 y 3 años y medio respectivamente, han ayudado en casa, se han hecho responsables de sus maletas y todo lo que llevaban (que no era poco), medicinas incluidas, no han montado dramas al irse a dormir sin papá y mamá y, en definitiva, han sido exactamente iguales que en casa, pero sin nosotros.
¿Dónde está el drama, el trauma o la terrible consecuencia de haber criado a nuestros hijos sabiéndose queridos, cuidados y mimados (que no consentidos)?
¿Qué hacemos pues con todos esos comentarios desafortunados que lanzamos de manera tan inconsciente a todos los papis y mamis que acaban de serlo, y que no son más que SORBITOS DE MALA LECHE que, en muchas ocasiones, consiguen agriar la propia leche materna, la ilusión y los miedos normales de las primeras veces como padres?
¿Por qué tenemos esa facilidad para creernos mejores que los que tenemos delante y nos atrevemos a dar esas clases magistrales de sueño, alimentación, rutinas en general y educación cuando somos los primeros que hemos necesitado equivocarnos para saber qué era mejor?
¿Por qué cada madre (primeriza o no) que tengo cerca tiene siempre la misma sensación que tenemos todas de sentirse presionada, juzgada, observada con lupa y criticada en cada cosa que hace?
Yo no puedo hablar de los demás, porque bastante tengo con ser yo misma y aguantarme, ni de sus hijos, porque bastante tengo con los míos y con hacerlo lo mejor que puedo, pero sí puedo hablar de lo que aquí hemos hecho como padres y que nos ha funcionado de maravilla: SEGUIR NUESTRO INSTINTO Y NUESTRO PROPIO CRITERIO, OBVIAR LAS CRÍTICAS Y LAS OPINIONES QUE NUNCA HEMOS PEDIDO, Y CRIAR A NUESTROS TESOROS CON AMOR, CON MUCHO AMOR, CON TODO LO QUE ELLO IMPLICA. Hemos acunado, cantado, acariciado, abrazado, besado y mimado a nuestros hijos muchísimo, y lo seguimos haciendo, y sí, TAMBIÉN LOS HEMOS EDUCADO HACIÉNDOLES SABER QUE HAY LÍMITES, que su libertad acaba cuando se convierte en libertinaje y que hay normas que son necesarias para convivir, en familia y en sociedad, porque toda relación se basa en el RESPETO.
Y haciendo balance, después de casi 7 años y casi 4, respectivamente, diría que no nos ha ido tan mal. No se ha cumplido ninguno de los trágicos finales de todos los mitos y leyendas que, con tan mala leche, vaticinaron (y siguen aún hoy) sobre la personalidad horrible y difícil y la fatal educación que tendrían nuestros hijos, a pesar de que nosotros hemos hecho todo lo posible porque así fuera, con premeditación y alevosía.

Dicen que la excepción confirma la regla. Pues da la casualidad de que me rodeo de muchos más padres desobedientes y atrevidos que han querido criar desoyendo las mismas amenazas que nosotros, por lo que deduzco que en esto de la maternidad no debe haber una regla y que la gran mayoría de nuestros hijos (por suerte) son fruto de la excepción.
Es justo por esto que todos ellos son EXCEPCIONALES. A pesar de los mitos, las leyendas y los sorbitos mala leche. (C.q.d)

30 de julio de 2016

¡SUBID, PENDONES!

El martes por la tarde fui al cine a ver la película Malas Madres, cuya protagonista es Mila Kunis, gracias a que la bonita de Laura, la creadora del Club de Las Malas Madres, quiso contar conmigo en el preestreno. 
Su invitación me hizo mucha ilusión, me apetecía mucho un rato largo de desconexión con amigas y algún motivo diferente para troncharme de risa. ¡Y vaya si me reí! Y me emocioné... (una que es llorona de manual). 
La película os la recomiendo de todas todas, ya que tiene ese punto loco de situaciones absurdas y tronchantes que te hacen llorar de risa y pensar que "no pueden superarse", y sin embargo lo hacen, y también tiene esa parcela de mensajito que toca la fibra y pone rápido en funcionamiento el lacrimal. Yo pienso volver a verla y llevarme a unas cuantas amigas madres. 
Bueno, pues yo no venía aquí a hablar de la película... No, en realidad venía a hablar del concepto actual de la palabra pendón. No, tampoco. Pero de una mezcla de ambos temas quizás sí.
Justo un rato antes de salir hacia el cine, cuando empezaba a arreglarme, me asomé a la ventana para hablar con mi amiga E (así, en plan marujas de pueblo, sí), que se iba al parque un rato con su hija, el hijo de una amiga y con mi marido y mis hijos. E no se acordaba de que yo no iba con ellos porque tenía plan, y al recordárselo me dijo entre risas: "¡Eres un pendón, siempre tienes planes!". (¿Pero "desorejado"?, que si no no quiero). Me dio risa porque pensé que del pendón que puedo haber sido a los restos que quedan, ¡hay un mundo!

Me hizo mucha gracia cuando en un momento determinado de la peli, una de las protagonistas le dice al resto: "¡Subid, pendones!" e, inevitablemente, me vino a la cabeza el hecho de que, unas horas antes, E me llamara pendón por tener planes. Como las madres protagonistas de la peli. 

La verdad, si nos paramos a pensar un poquito y queremos sacar punta al asunto... ¿no os parece triste que a las mujeres se nos considere pendones por mil razones diferentes? Cuando somos solteras y sin compromiso, somos pendones si en vez de tener novio formal tenemos historias varias y divertidas, a la vez o por separado, lo que viene siendo ir de flor en flor. Cuando estamos casadas somos pendones si salimos sin nuestros mariditos y tenemos planes más allá de nuestra vida marital. Y cuando somos madres... ¡ay cuando somos madres! Cuando tenemos retoños a los que cuidar, somos pendones, pero desorejados y de libro, como se nos ocurra tan siquiera pensar en salir de casa sin ellos, a no ser que sea para ir a comprar, que no de compras. 

Vivimos en el absurdo, real, de creer de manera generalizada que la madre que tiene vida más allá de sus hijos (y pareja) es una irresponsable, o no los quiere suficiente, o no es feliz en su maternidad, o se queja de vicio, o es una insatisfecha, o una egoísta, o una feminazi loca que reclama su parcela en el mundo. O, si no pensamos todas estas lindezas, al menos nos creemos con el derecho absoluto a juzgar lo que vemos en las otras de una manera tan natural que acaba pareciendo hasta normal. La cuestión es, válgame la redundancia, CUESTIONAR NUESTRA MANERA DE SER MADRES. La nuestra y la de todo quisqui. Nadie, antes de juzgar a esa señora que arrastra a su hijo en pleno berrinche y que lo hace con cara de pocos amigos y no con "pedagogía blanca" tatuado en la frente, se ha parado a pensar que esa mujer lleva por el mundo más de doce horas sin haber parado más que diez minutos a comer, y que quizás lo ha hecho de pie y de mala manera, y que mucho antes ha despertado a sus hijos, les ha ayudado a vestirse, ha preparado almuerzos, los ha llevado al cole y ese largo etcétera de todos y cada uno de los días de su vida como madre. Y que, en ese momento, el berrinche de su hijo porque quiere unas galletas que no le ha comprado es... la gota que colma el vaso, porque además su día aún no ha terminado.

Ser madre es súper bonito, y súper duro, y difícil, y satisfactorio, y cansado, y lo mejor de la vida, y lo peor en una tarde en la que no puedes con tu vida. Nuestros hijos son el mayor regalo que jamás hayamos deseado, pero un regalo que necesita toda la atención y todos los cuidados del mundo mundial, a toda hora, sin descanso, 365 días. Y les damos todo nuestro amor y nuestros cuidados porque los adoramos, porque son nuestra debilidad, ésa que no pidió venir a este mundo y que está aquí por capricho nuestro. Y lo hacemos felices, pero agota.

Y en ese estado de felicidad agotada, un buen día decidimos recuperar algo del tiempo que teníamos cuando ellos no estaban en nuestra vida y no ocupaban todo nuestro espacio, no porque los queramos menos, sino precisamente, porque para querer a los demás bien hemos de querernos bien a nosotras mismas, y eso pasa por dedicarnos tiempo. 

Yo he pasado casi siete años (los que va a hacer mi hija), dedicada casi en exclusiva a ellos, a mis hijos (sin contar pareja y trabajo fuera y dentro de casa), porque cuando podía dedicarme a mí o a mis aficiones estaba tan cansada que ni lo intentaba (porque las noches, cuando hay lactancia prolongada son duras, bonitas, pero muy duras, y el día siguiente más...). Pero de pronto un día me doy cuenta de que mis hijos no son tan dependientes, de que yo tengo ganas (y necesidad) de volver a reencontrarme con mi "yo mujer", y me lanzo a recuperar esa parcela (para alegría de mi amor, que siempre ha insistido para que buscara tiempo para mí sola). Y entonces pasa. Pasa que a los mismos que les extrañaba que no me fuera de cena, que quedara por la tarde y no alargara en plan improvisado y ese largo etcétera de planazos, ahora les extraña que sí lo haga. ¿Entonces en qué quedamos? ¿Salgo o me quedo? 

La cuestión es opinar. 

La cuestión es que si te conviertes en madre parece que sufres una mutación irreversible a lo "V" que te impide ser mujer más allá de tu labor de madre, pero que si así es tampoco eres del todo normal. Pues bonicos, aquí no hay quien se aclare. Si tener marcha, salir a hacer deporte (o el mono), alargar hasta empalmar con la cena y sin haberlo planeado, quedar con amigas, o con amigos, es ser un pendón... que conste en acta desde ya QUE YO SOY UN PENDÓN DESOREJADO. Y me encanta. 

Porque desde que busco mi tiempo, y lo respeto sin excusas que me hacen anular planes, me siento más activa (aún), más relajada, más completa, MÁS YO. Y eso influye, y mucho, en la manera de relacionarme con los míos, porque libero todo el estrés acumulado y gano en todo, y mis ratos (que son muchísimos) con ellos son mil veces mejores de lo que ya lo eran, porque los disfruto más y con más ganas.

En la maternidad, como en la vida, hay infinitas maneras de hacer las cosas, tantas como personas. La mía no es ni mejor ni peor, sólo es mía. Así que no puedo juzgar las del resto porque no soy el resto. 

A mí mi manera de vivir la maternidad me gusta, con mis mil errores, mis dudas, mis aciertos y mis días rosas y negros. Y si eso quiere decir que soy una madre pendón... ¡SUBID, PENDONES, QUE HOY CONDUZCO YO!

(Foto de María José de La Alcoba de Blanca.
De izquierda a derecha: Lorena de Mi Chupete Favorito, María José de La Alcoba de Blanca, el pendón desorejado, o sea yo, y mi amiga Carmen. Unos pendones, vaya.)

22 de julio de 2016

Paren el mundo...

Que yo me bajo.
Estaba en mis rutinas de la tarde noche: baños, cenas, el cuento de antes dormir, la lechita de Rubiazo... Todo como siempre, sin cambios, la seguridad de la rutina con ellos.
Bajo y me conecto al mundo exterior, para leer los titulares de la noche y lo veo: ATENTADO EN MUNICH, TERRORISTAS SUELTOS POR LA CIUDAD, HELICÓPTEROS CON FRANCOTIRADORES...
Y me he puesto a llorar. No me he dado cuenta de que estaba llorando mientras leía todos los titulares hasta que una lágrima me ha tocado los labios. Pero ¿en qué mundo de locos vivimos? ¿Con qué tranquilidad podemos mirar hacia delante si cada vez son más y más frecuentes las barbaridades que cometemos?
No tenemos bastante con andar inmersos en un sistema en el que los países ricos se alimentan de los recursos de los supuestos países pobres, no, es que además, para añadir emoción a nuestras vidas, nos da por andar matando en nombre de lo que sea. 
Hace unos días escribía sobre mi necesidad de creer en un mundo mejor. Así no hay quien lo consiga. 
Tengo dos hijos preciosos, una sobrina muy bonita y tengo miedo. Miedo por ellos. Miedo de que esta corriente de deshumanización siga creciendo y no tenga fin.
Podría hacer una disertación larga, dar las mil y una razones, pero no puedo, ni quiero, ni sé si me vale la pena o me sirve de algo. 
Decepción y tremenda tristeza. Vacío.
Tengo el corazón a trocitos, por Munich y por todas las atrocidades que a diario se cometen en nombre de la humanidad.

Paren el mundo, que yo me bajo.

17 de julio de 2016

Necesito

Necesito creer que vamos a ser capaces de arreglar este mundo destartalado en el que vivimos. Necesito creer que algún día la única guerra de la que hablaremos será la que hacen los niños con sus pistolas de agua o con sus pompas de jabón, o la de esos dos que se gustan y se miran con fuego porque no tienen valor aún para decirse a la cara lo que sienten. Necesito creer que la humanidad no se ha deshumanizado tanto como para seguir matando porque sí, en nombre de cualquier excusa: política, religión, género...
Necesito saber que el día que yo deje este mundo mis hijos y aquellas personas que hayan decidido tener en sus vidas podrán vivir seguras. Necesito saber que hay esperanza de mejorar, de avanzar, pero de verdad, hacia un mundo desarrollado, si interpretamos desarrollo como algo positivo a todos los niveles, incluidos los valores y la calidad humana.
Me mata a poquitos y cada día despertarme leyendo que ha habido un atentado, que siguen muriendo personas por falta de recursos o mujeres porque a sus parejas se les ha cruzado un puto cable. Me mata la sensación de no querer saber del mundo, de ser consciente de que si leo noticias es por casualidad y no porque las busco, de tener que reconocer que aislarme de eso no es ni la solución ni una actitud valiente.
Pero es que me siento pequeña cuando pienso en el escombro de planeta en el que andamos. Me siento culpable cuando miro alrededor y descubro que cualquier queja que suelte por la tontería del día es un absurdo en comparación con la grandeza de la miseria que otros viven ahí fuera.
Estoy cansada de que los de arriba, los de la cima más alta, chupen del bote de los que están más abajo, que con sus campañas de sonrisa y postureo se ganen la esperanza de los más desesperanzados y, en cuanto recuperen su poder, les peguen la patada más fuerte que la que ya les dieron antes. Me apena que, mientras esto sucede, los de a pie nos quedemos pegados a la pantalla viendo a tanto don nadie vendiendo sus vidas al público por cuatro perras. Me indigna que, con sólo urgar un poquito en el macro sistema en el que estamos inmersos, salga tanta mierda que sea imposible ver luz al final del túnel. Me agobia la patraña en la que estamos metidos todos, de pies a cabeza, hasta el cuello y bien hundidos; ésa en la que no hay cura para tanta enfermedad de laboratorio por falta de recursos para la investigación, pero sí dinero para lujos cosmopolitas de quienes mueven los hilos. Me entristece que cada granito de arena de quienes queremos que esto valga la pena no cuente casi nada porque quienes de verdad pueden hacer que la magia ocurra los sepultan con sus montañas de trampas y engaño.
Necesito creer que las personas seguimos siendo bonitas y punto. Necesito creer en una sonrisa, en una mirada limpia, en un abrazo, en que esa persona que acabas de conocer y te inspira confianza ha llegado para quedarse.
Necesito pensar en que no nos conformamos con lo que nos viene sino que luchamos por nuestros ideales y para hacernos respetar, entendiendo esta lucha como una defensa de nuestros principios, sin armas, sin daños, sin violencia, como una salida en masa a la calle para hacer saber al mundo entero que NO COMPARTIMOS ESTO QUE ESTÁ PASANDO y que NO QUEREMOS UN HOGAR EN EL QUE LA MUERTE SE DISFRACE DE LAS MIL Y UNA RAZONES PARA SEGUIR MATANDO.
Necesito creer... pero a veces me cuesta.

(Necesito un país de Nach y Marwan)

10 de julio de 2016

El desorden ordenado

Cuando no era madre, mi casa, sus estancias y mis espacios vivían en orden y armonía. Siempre. Soy cuadriculada para algunas cosas (bastantes, vale), y no sé si el famoso equilibrio de los libra también tendrá algo que ver. Soy muy exigente en algunos aspectos, como la puntualidad, mientras que en otros soy más relajada. Y dentro de la maternidad, este equilibrio que compensa exigencias y tranquilidad ha ido cambiando a la fuerza, y bastante.
Siendo madre he aprendido el significado absoluto de la palabra PRIORIDAD. Para empezar, porque desde el momento en que mi primer guisante se asentó en mi tripa, mi modo de vida ya giraba por y para ella. Y así ha seguido, con el segundo de por medio, hasta el día de hoy.
Cuando todo tu tiempo es para ti, para tu profesión, para tus ratos de pareja, para tu casa y tus amigos y familia, considerando todos estos elementos como parte de tu "yo" soltero y sin compromiso, tus prioridades son muy diversas. Cuando todo tu tiempo o el 99% de él es para tu papel de madre, la cosa cambia. Y te das cuenta, un buen día, y después de varios o muchos intentos frustrados de tener la casa impoluta y perfecta, de que intentar abarcar todo a costa de los pocos ratos de descanso que te quedan, o de la pérdida constante de humor y alegría, es tan poco inteligente como la vida que hayan podido encontrar en algún remoto planeta.
Así que, de pronto, asumes de buena gana que los juguetes esparcidos por todo el salón son de lo más estético, que las camas sin hacer no te convierten en la peor persona del planeta y que la ropa que está por doblar y guardar no va a escaparse por pasar un par de días sobre la cama de sobra.
Además, aprendes que lo que está ocurriendo en tu casa es simplemente sinónimo de VIDA, así, en mayúsculas. A que mientras tus hijos estén sanos, crezcan felices y no te falte qué ofrecerles en cada comida ni un lugar para que duerman seguros, el hecho de que sólo sepan jugar sacando absolutamente tooooodo de su sitio, es ALEGRÍA y SALUD.
Que sí, que hay días en que se me cruza al cable, como a media humanidad, y me levanto torcida, o me voy torciendo, y el desorden me molesta visualmente tanto que acaba molestándome anímicamente, al fin y al cabo soy humana y algo de mi yo "premadre" me queda en el cuerpo. Pero son los menos.
A mí me gusta mi casa a colores, con vida, con juguetes en mi cajón de ropa interior (que no sabes ni cómo ni cuándo llegaron ahí), con música sonando, con niños bailando al son de la música mientras se quitan la ropa del día porque van a meterse en la bañera. Me gusta mi casa algo loca, desordenada y, a veces, sacándome de quicio.
Me gusta el DESORDEN ORDENADO que rodea a una familia con niños sanos y felices. Los míos. Me encanta haber aprendido a relativizar ciertas cosas, a dar importancia a las que realmente lo tienen, a aprender de prioridades, a disfrutar del momento. Me gusta enfadarme a veces con el desorden y el jaleo cuando estoy agotada, y a continuación, desenfadarme y aterrizar de nuevo en la suerte de vida y familia que tengo.
Todos tendríamos que aprender del DESORDEN ORDENADO EN EL QUE VIVE LA MENTE DE UN NIÑO, aprender a relativizar el día a día y sus historias con la naturalidad que ellos lo hacen, y así dar verdadera importancia a aquello que realmente la merece por vital.
¿Para qué una casa museo, ordenada y perfecta, si eso supone mal humor, cansancio innecesario, borrar sonrisas y coartar carcajadas y naturalidad inocente?

Yo me quedo con la mía.
Feliz tarde de desorden y domingo.

5 de julio de 2016

Vivir la vida

Esta tarde hablaba con un gran amigo sobre la capacidad de emocionarnos. Ambos coincidimos en ser dos personas que vivimos intensamente todo. Lo damos todo en cualquier situación.
Yo soy de lágrima fácil, de risa fácil, de carcajada con lágrimas. Soy intensa. En todo. Con todo. Si empiezo algo, lo hago con la fuerza propia de quien empieza el proyecto de su vida, aunque sea una simpleza, aunque lo deje a mitad, aunque lo retome años después. Cuando estoy en algo estoy al 200%. Cuando estoy con alguien, ídem.
Que la vida son dos días y hay que aprovechar cada momento es algo que cansa de tanto que nos lo venden, pero es la pura realidad. Hoy estás. Mañana quién sabe. Hoy están, mañana quizás no.
A cada persona que adopto en mi corazón la quiero porque sí, por lo que me aporta y lo que me deja aportarle. Si en algún momento desaparece, me quedo con lo bonito, porque me entregué del todo, porque lo hice porque quise y porque no sé hacerlo diferente.
Soy una soñadora nata. Tengo muchos sueños que comparto con mi yo niña, con mi yo adolescente, otros que van apareciendo conforme crezco, maduro y me hago vieja. Otros que se han cumplido, otros que jamás verán la luz pero en los que me dejo el alma como si alguna vez fueran a ser realidad.
Soy madre 24 horas incluso no estando con ellos, respetando mis momentos y los suyos. Soy amiga, amante y muchas cosas más siempre al máximo de mi capacidad. Demasiado intensa para quien sea de emociones frágiles o cómodas. Puede ser. No concibo sentir de otra manera.
Empiezo mil historias, me dejo la piel mil veces. Conozco a mil personas y me dejo el corazón mil veces. No creo que esto desgaste, más bien al contrario, es cíclico, me da la vida. Es vida. La mía.
No concibo mi día a día sin emocionarme en varios momentos, por diferentes razones, con distintas circunstancias. Quizás soy excesivamente vital. Tal vez.
Vivo intensamente. Sueño intensamente. Siento intensamente. Siempre.
Estoy demasiado viva por dentro como para dejar morir lentamente mis ganas de comerme el mundo. No sería yo. Sería otra. Mucho menos intensa, sí, y mucho menos viva.
Y mucho menos yo.

4 de junio de 2016

Ni rojos ni azules

Se acercan elecciones. Miedo.
Bueno, si os soy sincera creo que hoy por hoy más que miedo siento vergüenza y bastante impotencia.
Miro a mis hijos y pienso: ¿pero en qué mierda de mundo os dejo cuando yo no esté? ¿Qué panorama os espera en unos veinte años en cuanto a política se refiere si los que están ahora enseñan a los que tengan que venir?
El ser humano es el más inhumano de todos. De eso no me cabe duda. Sólo tengo que mirar un poquito alrededor y observar el festival de muerte y destrucción que permitimos en países menos desarrollados, en países en constante guerra, en países donde hay niños que nacen y mueren y no conocen otro sonido que el de las bombas, las sirenas, los gritos y los llantos.
No suelo ver las noticias en la televisión. No me gusta. Quizás es una manera de vivir en una mini burbuja. Prefiero leerlas y pintar yo en el lienzo de mi cabeza lo que ésta imagina.
Las noticias en nuestros país, así en general, dan bastante asco. Suelen ser de suma importancia las que hablan de cosas irrelevantes, y se lleva la palma nuestro amigo el deporte rey, que sigue siendo el opio del pueblo en momentos en los que hay que desviar la atención de lo importante.
Si escuchamos con atención a nuestros políticos... da miedo. La sarta de mentiras cada vez es mayor. ¿De verdad es esto lo que queremos? Bueno, obviamente es lo más cómodo. Total, ya estamos metidos en la corriente y dejarse llevar suena bastante bien. Y ojo, que no hablo de colores, a mí casi que me da igual el rojo que el azul llegados a este punto en el que está claro que la clase política de España ha cogido el vicio de subir y chupar del bote. No importan los colores, rojo o azul. La historia es que seguimos sumidos en una extraña recesión económica de la que sólo salen los de arriba. Rectifico, de la que sólo se benefician ellos. Sigue saliendo mierda a raudales. Siguen apareciendo papeles y dinero escondido por todas partes. Y no, no aparece debajo del colchón de Ramón el del pueblo, ése que lleva toda su vida ahorrando a poquitos de lo poco que le da lo que vende de su campo. Aparece en paraísos fiscales y los dueños son aquellos que pagan sus vidas con el dinero de otros. El nuestro.
Ni rojos ni azules. Ni verdes ni amarillos. No hablo de colores. Yo quiero un grupo de personas con algo de corazón. Personas a las que les preocupen los que estamos a pie de calle. Personas que no opten a la política para enriquecerse sino para darle al pueblo lo que es del pueblo, ni más ni menos. Personas que obliguen a las empresas a regular sus políticas y que las hagan algo más humanas. Personas que consigan tumbar el poder de los bancos y no se dejen manejar a cambio de dinero, poder, privilegios y chanchullos en beneficio propio, porque sus valores sean mucho más grandes que su ambición.

Se acercan elecciones de nuevo y, la verdad, me da una pena tremenda tener que volver a explicarle a mi hija de qué va todo esto. Sobre todo porque, inevitablemente, leerá en mis palabras la decepción, el vacío, la poca fe y la enorme falta de confianza en nuestros dirigentes, sean del color que sean.
Ni rojos ni azules.

1 de junio de 2016

Quien tiene un hermano tiene un tesoro

Aunque haya días en que me falten las fuerzas.
Aunque las prisas mañaneras nos dejen muchas veces un sabor de boca agridulce al salir de casa.
Aunque la hora del baño algunas tardes sea una fiesta de lloros y quejas a coro.
Aunque haya días en que repetir las cosas veinte veces no sea suficiente y acabemos enfadados.

Aunque haya momentos en los que partirme en dos sería la solución perfecta y aún así no sería capaz de llegar a todo.

Aunque en ocasiones me dé por pensar en que me estoy volviendo loca de atar y que soy más orco que persona.

A pesar de las noches, las muchas noches, de sueño, de desvele, de asma, de fiebres, de vómitos y de pesadillas. A pesar de que la preocupación por vuestro bienestar a veces nos quita las pocas horas de descanso que nos quedan... Veros así, sentiros así, saberos así de cómplices, de equipo, de amigos, de compañeros, de hermanos... me hace creer firmemente en que sois nuestra mejor obra y que saber que os tenéis para toda la vida es el mejor regalo que ésta nos podía dar.
Creo que para mí, como madre, no hay mayor satisfacción que sentir que la complicidad con la que os conocisteis no se mantiene intacta, sino que va creciendo conforme vosotros lo hacéis. Y que la admiración y el amor que sentís el uno por el otro es directamente proporcional a la que sentimos nosotros por vosotros.
Quien tiene un hermano tiene un tesoro. Quien tiene unos hijos que se adoran, se respetan y se cuidan como vosotros lo hacéis: lo tiene absolutamente todo.

23 de mayo de 2016

Un abrazo

Hay quien piensa que lo mejor que te puede pasar es un beso. Yo no lo creo así. Los besos apasionados te quitan el aliento durante unos segundos y frenan en seco el corazón, y esa sensación es grandiosa. Un beso de un hijo es la muestra del amor en estado más puro. Sin embargo... yo prefiero UN ABRAZO.
Un abrazo no te quita el aliento, sino que te lo devuelve cuando éste te falta, y no para tu corazón, más bien le da cuerda de manera infinita, al menos durante el rato que tarde en llegar el siguiente abrazo.
Yo echo de menos ese abrazo que me hace sentir de nuevo pequeña y que me permite equivocarme porque tengo a alguien por encima de mí, que se preocupa, me cuida y me da la lata con lo que está bien y lo que no. Echo de menos ese abrazo de paz en el que me permitía caer de vez en cuando, en el que volvía a sentir el amor inmenso de alguien inmenso. Ese abrazo en el que quedarme un rato más aun cuando en casa ya me esperaban. Ese abrazo con sabor a "vete ya que tienes obligaciones" pero que en realidad quería decir "no te vayas que tengo miedo a estar solo".
Quiero UN ABRAZO. EL TUYO. No me vale cualquiera. Y sigo sin entender por qué ya no estás para que pueda correr a buscarlo. A refugiarme en él cuando meto la pata. A refugiarme en él cuando nadie más me entiende. Necesito TU ABRAZO.
A veces me pregunto si te abracé lo suficiente mientras te tuve. Creo que sí lo hice, sobre todo en la segunda vuelta que nos regaló la vida, o que nos quitó poco a poco el cáncer. No lo sé.
Yo abrazo a mis hijos muchísimas veces al día. Incluso cuando ya están dormidos y no son conscientes de ello. Muero al pensar que, algún día, cuando yo no esté, puedan sentir esta sensación de soledad que yo siento bastante a menudo si pienso en ti, y quiero que acumulen tantos abrazos que el calor les dure cuando mi cuerpo ya esté frío y lejos.
UN ABRAZO es mucho mejor que un beso. Sin duda. El beso es efímero, volátil. El abrazo es eterno... y su huella queda grabada a fuego. Debe ser por eso que echo tanto de menos fundirme en tus brazos y volverme pequeña.
Te echo de menos. Siempre.
Y quiero TU ABRAZO.

22 de mayo de 2016

En esta casa hay normas

Y si nuestros hijos han de cumplirlas, los hijos de los demás también. Podéis pensar que soy una rancia o una seca. Lo que desde luego sí que soy es una madre preocupada porque sus hijos conozcan el verdadero significado de la palabra educación. Parto de la base de que nuestros hijos no son perfectos, ni lo queremos, ni nuestra educación es el modelo a seguir, pero hay una serie de normas básicas convivenciales que no estaría de más que todos enseñáramos a nuestros churumbeles, ya que como bien dice la canción de Elefantes: "Eh tú!! No se te ocurra dejar el suelo sin barrer, que alguien debe venir detrás cansado igual como tú, tratando de entender que sólo somos olas en el mar...".
En nuestra casa jugamos mucho, y hacemos el marrano con arena, plantitas y demás historias para hacer pociones mágicas, llenamos el suelo de purpurina de mil colores cuando estamos metidos de lleno en alguna manualidad, nos perseguimos por toda la casa para matarnos a cosquillas, ponemos la mesa de la cocina y el suelo perdidos de harina y huevo si estamos preparando un bizcocho, convertimos el salón en una juguetería sin orden ni concierto o en un mercadillo de disfraces, llenamos la bañera de espuma para que mamá y papá acaben hasta arriba de la misma, jugamos a peluquería y acabamos llenos de colonia y lo que no es colonia, bailamos hasta caer rendidos con la música más alta de lo normal (jamás a horas intempestivas)... Pero no botamos en el sofá con los zapatos de la calle, ni dejamos todo por recoger cuando hemos acabado de jugar, ni decidimos nosotros la hora en la que visitar al vecino, no. Hay cosas, que parecen tonterías pero que no lo son. Mis hijos saben que para subir al sofá aquí en casa, dado que sus piernas no son aún lo suficientemente largas como para que los pies les cuelguen, se han de quitar los zapatos de la calle, pero no para botar (y sí, claro que en la cama botan, sobre todo cuando no los vemos). Obvio, yo he visto a mi hijo sin zapatos en el sofá de otras casas y haciendo el intento de ponerse a botar, que al fin y al cabo es un niño, pero he estado ahí y lo he frenado en seco, no me he dedicado a mirar para otro lado.
Nuestros hijos conocen la normas de su casa y pueden pensar que en todas partes son iguales, a no ser que desde bien pequeños les hagamos entender que cada casa es un mundo, y que preguntar no es ofender. Igual que pueden aprovecharse del hecho de que justamente no están en su casa para hacer lo que les place, aunque mi experiencia me dice que si conocen normas, esto no es lo normal. Si a eso le sumamos el estar pendientes de su comportamiento cuando estamos en una casa ajena, estamos ayudándolos a aprender el verdadero significado del respeto. Cuando entramos en la intimidad de otro hogar porque alguien nos abre sus puertas y nos da su confianza, lo suyo es intentar no cargarnos su armonía, al margen de que ésta case o no con nuestra manera de hacer las cosas. Si a mis hijos les enseño a que el sofá no es el lugar en el que botar con los zapatos de la calle, espero que cuando vayan a otro casa sigan esa premisa, aunque vean a otros botar. Si saben que cuando acaban de jugar han de recoger, espero de ellos que lo hagan donde vayan, aunque no sepan dónde va cada cosa, y si no es así, ya estaremos nosotros para hacerles memoria. No considero que las normas que tienen sean estrictas, creo que son simplemente necesarias para saber convivir en grupo, ya que luego las costumbres y actos se trasladan a su vida fuera de casa, y en un futuro, a su vida independiente.
Lo que llevo peor, lo reconozco, y no sé si tendrá que ver con el hecho de ser maestra y pensar que en fin de semana no estoy ejerciendo como tal sino como madre, es el hecho de ver a mis hijos, en mi casa, comportándose como niños, pero con sus normas, mientras que los hijos de los demás no parecen tener respeto por ninguna y a sus padres no parece importarles demasiado. No es lo normal, obvio, al fin y al cabo uno acaba juntándose con quien está a gusto en todos los sentidos, incluído en lo que implica la crianza, pero en más de una ocasión te encuentras con situaciones en las que el pensamiento natural en tu cabeza es: "¿pero qué necesidad?".
Insisto, mis hijos se equivocan a diario, igual que nosotros sus padres, gracias al cielo. Y creo que es importante que prestemos atención tanto a lo que hacen mal como a lo que hacen fenomenal. Pero no deberíamos olvidar jamás que estamos criando unas personitas que van a formar parte, ya son parte, de una sociedad que necesita el respeto como clave para poder tirar hacia delante, y conseguir ese respeto es aprender que si actúo según me place sin mirar si mi actitud fastidia al de al lado, me cargo la armonía; y que si el de al lado no mira por mí no tiene que condicionar mi manera de ser y hacer. Al menos así lo vemos aquí.
Los niños son niños, y por eso tienen padres, para seguir siendo niños. Así que somos nosotros, sus progenitores, los que dejamos mucho que desear en muchas ocasiones, sin pensar en que educamos con nuestros actos y que nuestros hijos son nuestro reflejo, el mejor, o el peor.

20 de mayo de 2016

La vida es una puta montaña rusa

La vida es una puta montaña rusa. Así. En soez. Bien clarito. Con todos sus altos y bajos. Con sus curvas y sus rectas. Con sus momentos de "o grito o muero".
La vida es puta. Lo dije hace tiempo y lo sigo pensando. Y o te gusta mucho y te refugias en sus artes amatorias una y otra vez o estás perdido. Has de amarla. Bebértela. Besarla. Tocarla. Acariciarla. Mimarla. Aunque a veces no demuestre miramiento alguno hacia ti. Ella manda.
No hay más.
Engancha hasta dejarte sin aliento de pura felicidad para luego soltarte sin paracaídas y en picado. Te recoge cuando ya no puedes más, te cubre con sus manos y después, vuelta al ruedo del abandono.
Hoy estás arriba y mañana temiendo por tu lugar en el mundo. Ayer todo era calma y paz, hoy es un puto torbellino. A veces se trata de mera supervivencia tu paso por su línea del tiempo.
La vida es una puta montaña rusa.
Pero yo no pienso dejar de subirme en ella. Al menos no mientras me lo permita el vendedor de entradas de su taquilla.
Soy adicta a ella.

8 de mayo de 2016

Cómo transformar un día gris lluvia en gris perla. ¿O era al revés?

Hoy ha amanecido gris.
Pero ha sido un gris perla, de los glamurosos para ir de boda. De ése que combina tan bien con colores vivos y primaverales que disimulan el gris. Ha amanecido de un gris "fácilmente disimulable".
Los niños han hecho su aparición, de manera definitiva después de algunos preavisos, sobre las 7:45 pero se han vuelto a su habitación y han caído redondos hasta las 11:00.
Mi marido y yo hemos aprovechado para remolonear largo y tendido. Nos hemos dado una ducha de ésas de hotel, con crema corporal después y todo, y ataviados con nuestros albornoces a juego hemos bajado a desayunar. Sólo se escuchaba el "gris" de la lluvia caer. Nos hemos pegado un desayuno histórico, con fruta cortadita, yogur griego en bol con kilos de azúcar, fiambre de todo tipo, bollería francesa a tope de mantequilla, café y zumo recién hechos... Después hemos llamado a "tele-diarios", que es un nuevo servicio a domicilio de prensa y revistas que funciona mejor que la clase preferente de cualquier transporte. Hemos salido a la terraza a escuchar la lluvia caer y a leer la prensa EN SILENCIO.
A las 10:45 estábamos tan cansados de esta vida placentera y sin sobresaltos que... Me he tirado de la cama adrede para despertarme y dejar de soñar. FIN.

¿Decidme que no os habéis teletransportado por un ratito a vuestra vida prehijos, en algún hotel perdido durante algún viaje de novietes? ¡Pues yo sí!

Ahora os cuento mi (real) domingo gris lluvia sin colores que le combinen porque pasa de combinarse con nadie: hijo en modo hiperactivo que se ha levantado a lo Taz de Tazmania arrasando con todo (TODO) a su paso + hija en modo "me creo Jorge Blass, mira (cada dos segundos) cómo hago magia" + dos padres derringlados y con más falta de sueño que Santa Claus la noche de Navidad.
Peeeeero... A grandes problemas, enormes soluciones. No hay nada que dos pares de botas de agua y dos chubasqueros no puedan solucionar. Si tenéis hijos en modo domingo gris lluvia, invitadles a saltar en los charcos sin parar, hasta que acaben caladitos (y agotaditos) de pies a cabeza. Veréis como el gris cambia de tonalidad y adivináis la luz al final del túnel, y de pronto, vuestros hijos se sientan en el sofá sin más pretensión que la de descansar.

Método científicamente probado y demostrado. No se han usado animales en el experimento. Bueno, siempre y cuando no consideremos animales a mis dos tranquilas preciosuras. Que derecho a días grises tenemos todos. 😋

6 de mayo de 2016

Me gustan las personas bonitas

Me gustan las personas que sonríen con la mirada. Las que tienen la capacidad de sacarme una sonrisa aún cuando todas mis ganas de sonreír se han ido de viaje.
Me gustan las personas que hablan con la sonrisa. Ésas que, sin necesidad de mediar palabra, te dicen mucho más que otras que llevan toda una vida hablándote.
Me gustan las personas que piensan bonito. Las que no buscan dobleces y tampoco las provocan.
Me gustan las personas de expresión transparente. Aquellas a través de las que ves el mundo de manera sencilla y natural porque no dejan pasar la oscuridad a su corazón ni aun en los peores días.
Me gustan las personas que transmiten intensidad, pero de la sana, de la que carga las pilas, de la que se contagia, de la que te atrae irremediablemente y te hace querer volver.

Me gustan las miradas que hablan, las sonrisas que no callan lo que sienten, los gestos que dicen.

Me gustas. Siempre que tu mirada, tu sonrisa y tu expresión sean ciertas, sinceras, transparentes, intensas, buenas... Y sobre todo: VIVAS.

Me gustan las personas bonitas.

24 de abril de 2016

A ti, que acabas de ser madre

A ti, que hace apenas unos días eras sólo tú y ahora andas dividida entre tu yo y el suyo.
A ti, que acabas de entrar de lleno en la maravillosa vorágine que supone la maternidad por primera vez.
A ti, que titubeas aún cuando pronuncias su nombre porque aún no te crees que esa cosa bonita te llene tanto cada segundo de tu vida.
A ti, a la que el mundo le ha dado un giro de 180° de repente, porque sí y para siempre.
A ti, la que ya nunca más pensará en singular, ni siquiera para idear sus planes en solitario.
A ti...
Déjame que te pida que creas en ti. En tu capacidad de ser madre. En tu amor infinito que lo hará todo más fácil aun cuando ya no se pueda más.
Deja que te recuerde que nadie lo hará mejor que tú con esa criatura que tanto tiempo ha estado en ti, porque nadie mejor que tú la ha vivido y la conoce de esa manera tan privada.
Deja que te diga que, aun incluso cuando pidas mi opinión, debes guiarte por tu instinto, por lo que te pide el cuerpo, por tu saber hacer.
No permitas que nadie jamás te haga sentir incapaz. No permitas que nadie nunca te haga creer que no sabes o puedes.
Olvida las opiniones, los consejos y las sugerencias, incluso las mías, sobre todo las mías.
Y dedícate a hacer lo que mejor sabes: AMAR. Ésa es la única clave: el amor incondicional y desinteresado. El de verdad.

Con M de Madre

23 de abril de 2016

Mi vida no es Pinterest

A veces nos vienen pensamientos que no sabemos bien a qué se deben, pero que nos hacen entretenernos mentalmente un rato.
Yendo en el coche esta mañana me ha dado por pensar en las bodas. En la estética de las bodas, más concretamente. Todo ha sido a raíz de nombrar un lugar de celebraciones que está cerca de casa; eso me ha llevado al sitio en el que celebramos nuestra boda y voilà, ya tenía el debate en mi cabeza montado.
He pensado el montaje tan intenso que suele suponerle a la gente una boda: vestido y zapatos, flores en la iglesia o el local, el banquete y su menú, y ese largo etcétera. Normalmente si hablas con alguien inmerso en el proceso "organizando boda" tarda cero coma en decirte que menudo lío y cuánto estrés. Yo no recuerdo ni estrés ni lío en la preparación de la mía, supongo que por eso digo que volvería a casarme mil veces más. Aunque, también sé que lo haría con mucha menos gente. Quizás fueron las circunstancias previas al acontecimiento, quizás se juntó también nuestra manera de ser. No lo sé, pero el caso es que llegó un momento en que dije, de corazón, que si no podíamos ir a buscar alianzas, nos casaríamos con anillos de coco, ¡y con vaqueros! En ese momento me daba todo bastante igual, lo realmente importante era ver a mi futuro marido sano, después de su quimioterapia. Quizás por eso, muy probablemente, nos daba un poco igual el "atrezzo", nos quedábamos con el acto en sí. Elegimos el primer lugar al que fuimos, recomendados, porque nos gustó. No hubo más búsqueda, ¿para qué? Quizás no era ni el más "cool", ni el que más salía en las revistas, ni el que más recomendaban las wedding planners, o quizás sí ¿Y? Nos daba igual. Era bonito, la cocina nos gustaba y tenían libre nuestro día. No nos hacía falta nada más. Sólo queríamos celebrar tranquilos ese día, sin pensar en nada más.
Pues no creáis que el postureo es nuevo, hace 9 años ya existía. Sólo que hace 9 años a mí ya me daba igual. Y desde esos 9 años hasta aquí he ido a muchas bodas, he vivido el proceso de algunas de ellas, y sigo pensando que nosotros fuimos los raros. No me ocupé de detalles extremos como que la flor del centro de mesa fuera igual a la quinta que estaba al entrar al jardín y a la decimoquinta de la terraza. Me ocupé de vivir la vida, y de querer celebrarla, que bastante golpe nos había dado ya.
Si miro a mi alrededor más privado, aquí en mi casa, a los míos, veo que sigo sin ser "chica de catálogo". No me preocupan las apariencias más allá de pintarme los morros de rojo porque me encanta, y punto, y de llevar el pelo a mi gusto porque en eso siempre he sido una manías. No tengo cada rincón decorado según las últimas tendencias, ni las sábanas de mis hijos son delicadas y a juego con su armario y el cesto de mimbre de última generación. No. Las habitaciones de mis hijos son su vivo reflejo, porque son ellos quienes eligen los colores que les gustan, que para eso son suyas, aunque a mí ver a Spiderman taitantas veces en la superficie de una cama de 90 me pegue una patada en cada ojo, y más si va de la mano de Elsa y Ana y su " Let it go!". Y para más delito, bajo esas sábanas chillonas asoman pijamas que otras calificarían de "garrulos" porque no son colores pastel y algodón recién cogido, sino más bien la continuación ochentera de las sábanas indiscretas. Pero, oye, es su espacio, su ilusión, su ambiente. Son mis hijos los que colocan sus cosas a su manera, por mal que me empeñe yo en hacerles otra composición. No, desde luego que sus habitaciones no son de revista. Son...personales, que para eso son suyas, y vivas, mucho.
Y si hablo de mis fotos... Mis fotos son reflejo de mi yo, mis momentos tontos, mis momentos inspirados, mis momentos locos, mis momentos reivindicativos, mis momentos auténticos y sin artificios. No pongo el mantel bonito para hacer la foto del desayuno porque mi mantel de diario no es el bonito, es el que limpio fácil, no hay más. Sin embargo, me encanta ver fotos de estética cuidada, en las que nunca faltan flores y donde siempre hay luz.
Mi vida no es pinterest. No lo ha sido nunca, ni quiero que lo sea. En mi vida ha habido una infancia de circunstancias jodidas, una adolescencia con circunstancias digamos entretenidas y un comienzo de madurez con circunstancias duras... Ninguna de estas etapas ha sido pinterest. Han sido todas reales, sin estética cuidada, sin ángulos perfectos, sin magdalenas de colores para endulzar los golpes. Ha habido cosas buenas y cosas para olvidar. Todas genuinas.
Mis circunstancias y yo no hemos elegido el camino de la perfección porque era el más aburrido. Hemos aceptado el desastre cuando venía pero sin renunciar a luchar por hacerlo marchar. Hemos salido al paso de la suerte y la hemos encontrado. Y es por eso que queremos vivir intensamente la realidad. Desde la sinceridad, la autenticidad de cada segundo y huyendo de disfraces de perfección absurda.

Mi vida no será Pinterest jamás. Eso sí, la habré exprimido hasta no poder más. Sin miramientos, sin tanto estudio y sin poses ensayadas. No porque todo eso me parezca horrible, qué va, ya que creo que cada cual decide cómo vivir, simplemente porque yo así no sé y tampoco quiero aprender.

16 de abril de 2016

TE RETO

Querida hija:
Te reto a creerte capaz de comerte el mundo, de trepar al árbol más alto sin más ayuda que tu empeño y perseverancia, a desafiar a las alturas desde tu castillo en el aire, a sonreír incluso cuando duele, a enfadarte conmigo cuando no compartas mi opinión, a luchar por tus ideales aunque (y porque) no tengan nada que ver con los nuestros, a querer salirte con la tuya, a desafiar lo establecido, a saltarte las normas siempre que eso no suponga dañar al de al lado, a ser valiente porque eres mujer y las mujeres lo somos, a llorar sin miedo a parecer cobarde porque llorar no es de cobardes, a amar con locura a quien tú desees y no a quien la sociedad te diga que has de amar, a creer en tus propias causas y a crearlas también, a no seguir estereotipos ni modas más allá de los que tú te marques como tales, a vivir al límite sin que eso suponga herirte ni herir, a respetarte y amarte como jamás pensaste. A creer en ti. A saber que puedes. A sentir que llegas. A volar. A vivir. Sobre todo eso... TE RETO A VIVIR.

Querido hijo:
Te reto a creerte capaz de comerte el mundo, de trepar al árbol más alto sin más ayuda que tu empeño y perseverancia, a desafiar a las alturas desde tu castillo en el aire, a sonreír incluso cuando duele, a enfadarte conmigo cuando no compartas mi opinión, a luchar por tus ideales aunque (y porque) no tengan nada que ver con los nuestros, a querer salirte con la tuya, a desafiar lo establecido, a saltarte las normas siempre que eso no suponga dañar al de al lado, a ser valiente y reconocer y creer de corazón que las mujeres lo somos tanto como vosotros los hombres, a llorar sin miedo a parecer cobarde porque llorar no es de cobardes, a amar con locura a quien tú desees y no a quien la sociedad te diga que has de amar, a creer en tus propias causas y a crearlas también, a no seguir estereotipos ni modas más allá de los que tú te marques como tales, a vivir al límite sin que eso suponga herirte ni herir, a respetarte y amarte como jamás pensaste. A creer en ti. A saber que puedes. A sentir que llegas. A volar. A vivir. Sobre todo eso... TE RETO A VIVIR.

CON M DE MAMÁ y R de RETO

14 de abril de 2016

Y mientras tanto... El tiempo.

Y mientras tanto el tiempo.
El tiempo... ha volado.
No sé en qué momento he dejado de tener veinte años y he pasado a ser "mujer" en vez de niña.
Hace no mucho, unos cuantísimos años, pensaba que algún día podría cambiar el mundo y hacerlo un poquito mejor porque sí, porque me creía preparada para todo. Muchos años después aquí sigo, queriendo cambiarlo, porque tengo dos hijos que viven en él y que no merecen el lío que hay montado, sabiendo poco más de lo que sabía entonces y con muchas más preguntas que hacer a quien quiera contestarlas.
Entre aquella niña mayor y la mujer en que me he convertido hay una diferencia de muchas circunstancias de por medio. Circunstancias que han curtido todos y cada uno de los poros de mi piel. Debe ser eso que llaman madurez. Desde entonces me he vuelto más reflexiva (aún), más decidida, y más segura, a pesar de que soy consciente de que me queda mucho por saber, por vivir y por experimentar, y que temo equivocarme en mis pasos si eso supone que perjudico a los míos, los que dependen de mí.
El tiempo ha volado y me ha dejado la cabeza llena de recuerdos, al estilo olla a presión. Yo me veo tan cerca de ese ayer que no me creo que el hoy sea tan real. Y en ese ayer estás tú, lleno de vida. Creo que parte importante de mi caída libre hasta mi "ahora" ha sido tu pérdida. No tenerte nunca más se unió a todas las circunstancias que han ido pasando, y que han ido puliendo mi yo de antaño y convirtiéndome en quien soy ahora.
Los golpes, levantarse cada vez y tener motivos bonitos por los que sonreír a diario son razones más que suficientes para que el paso del tiempo me otorgue el título "madurez en proceso".
Por el camino a mi vida adulta, he trabajado en mil historias por el simple orgullo de no depender de nadie, acabé mi carrera después de dejar lo primero que empecé, me independicé, lloré con la primera factura de luz por no saber cómo podría pagarla, he trabajado en unas cuantas escuelas, me he casado, me he convertido en madre y he aprendido (sigo haciéndolo) a darle importancia a quienes realmente valen la pena a mi lado, y a las cosas que merecen ser valoradas como tesoros. Y es por eso que atesoro momentos, personas, sonrisas, miradas, gestos, abrazos... Los guardo en mi archivo del tiempo. Ése que cada vez anda más lleno y que, aunque yo me vea como cuando tenía veinte años... me recuerda que el tiempo pasa para todos. Para mí también. Y que aunque tengo alma de niña, mi mirada ya es la de una mujer.

CON M DE MAMÁ y T de TIEMPO

2 de abril de 2016

Llamadme rara

Llamadme rara, que no digo que no lo sea. Llamadme rara si os confieso que no entiendo la esencia de la gente que es incapaz de mirar más allá de su ombligo o su nariz. Tampoco entiendo la de quien no se alegra por los logros ajenos, con agravante si, además, "ajenos" adjetiva a alguien realmente cercano.
Llamadme rara si os digo que no entiendo a quien necesita apagar al de al lado para brillar, cuando en realidad su brillo no es más que el retrato de su pobreza interior. Tampoco entiendo a aquellos que se empeñan en decir que brillan a quien quiera escucharlos, y a quien no también. Que digo yo que si algo resplandece realmente tanto, el resto del mundo seríamos capaces de verlo por nosotros mismos, ¿o no?
Llamadme rara si os confieso que me cansa el postureo, la imagen perfecta, el ensayo de todo antes de salir ante el público. Me agota.
Llamadme rara si admito que con la edad aguanto menos tonterías pero, por contra, sonrío más mientras observo a quienes las hacen. Total, si son felices así y no dañan a nadie, que hagan lo que les plazca.
Llamadme rara por no comprender que puedan más las apariencias que la naturalidad, la sinceridad y la normalidad. Como digo, la edad está haciendo polvo mi cerebro y me estoy volviendo algo asocial, más normal de lo que ahora los cánones piden y muy terrenal, pasando de divinidades y demás misticismos.
Llamadme rara si decido que la vida, a pesar de sus putadas, es un regalo, que paso de complicármela con lo que no vale la pena y prefiero llenarla con quienes de verdad me gusta compartirla.

Llamadme rara. Lo asumo. Me gusta.

CON M DE MAMÁ y R de Rara.