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25 de septiembre de 2016

Tus hijos SÍ son tus hijos

Supongo que conocéis el precioso poema de Khalil Gibran: “SOBRE LOS HIJOS” (lo tenéis más abajo😉).

Este poema me ha encantado siempre porque su mensaje es tan acertado, y ayuda tanto al aterrizaje en momentos de encabezonamiento nuestro cuando queremos imponer ciertas cosas... Sin embargo, hoy escribo para llevarle un poquito la contraria a este gran escritor en eso de que nuestros hijos no son nuestros.

Si nos ponemos en plan metafísico y profundo, nuestros hijos no son posesión nuestra, de acuerdo. Porque pensarlo así nos lleva a cometer errores tan grandes como el de proyectar en ellos nuestros anhelos y deseos no cumplidos. Pero en el sentido práctico y más terrenal, sí, son nuestros, y no del vecino o de esa madre del parque con buena voluntad y mucha paciencia. 

Nuestros hijos agotan, nos dan malas noches, nos regalan rabietas, nos dan sustos de ésos en los que el corazón nos sale por la boca y vuelve a su sitio en décimas de segundo... sí, pero también nos dan algo que nadie más es capaz de dar tan desinteresadamente: su amor. Da igual las veces que nos equivoquemos con ellos, y que sean muchas, nos adoran igual. 

Aquí en esta casa somos más humanos que nadie y hay días (como hoy, tras una noche en vela) en que nos supone un extra esfuerzo jugar un rato con ellos a mamás y papás, mirar el recital largo e intenso de canciones y bailes que han preparado y que parece que no acaba nunca, salir un rato al parque para que sigan practicando en bici, hacer una manualidad o leerles un cuento, cuando lo que nos está pidiendo el cuerpo es descanso y silencio. Pero no por ello se los endosamos a la primera persona que pasa por la puerta, que la pobre no tiene ninguna culpa ni de su intensidad ni de nuestro agotamiento. 

Por aquí creemos que en la crianza, como en todo, la virtud está en el término medio. Así que les dedicamos todo el tiempo que podemos y pensamos que necesitan, jugando con ellos, leyéndoles un cuento, haciendo salidas en familia o simplemente mimándolos, pero también nos cuidamos de que aprendan a entretenerse solos, de que jueguen juntos, de que se aburran (sí, aburrirse es buenísimo), o de que disfruten de los familiares que quieran llevárselos un rato o un fin de semana. 

Digo esto porque no puedo evitar sentir pena por esos niños, que los hay y bastantes, que tienen su tiempo ocupadísimo cada tarde, pero no porque ellos lo hayan elegido sino porque sus padres lo han hecho por ellos. Por los que sus padres piden que tengan un carro de deberes, no para crear un hábito sino para tenerlos entretenidos toda la tarde y ahorrarse el tiempo de asueto. O por esos otros que "se acoplan", literalmente hablando, a tu familia en cuanto oyen a tus hijos salir a la calle porque ya están cansados de su tablet, y cuyos padres no salen, no, pero sí "los sueltan", con premeditación y alevosía, y sin ningún tipo de reparo. Esta situación es bastante frecuente en nuestro día a día, y a mí cada vez se me mezcla más la pena con el enfado, porque al fin y al cabo, los niños no tienen culpa de ser así y de que su "sacarse las castañas del fuego y buscarse la vida" signifique una carga de responsabilidad extra para nosotros, pero llega un punto en que, ante padres tan despreocupados o, simplemente, pasotas o con morro, te dan ganas de soltar alguna impertinencia. 

Señores, nuestros hijos SÍ SON NUESTROS, no del vecino, ni de esos señores del parque con cara de maestros en horario laboral. Que igual va a ser eso, que lo llevamos escrito en la frente. O igual no, y es sólo cuestión de jeta y de picaresca. 

A mí, ante esto, que como digo está a la orden del día, me queda como consuelo la tranquilidad de estar haciendo las cosas con nuestros hijos de tal manera que quienes los conocen reconocen en ellos a dos niños felices y sanos, con la confianza suficiente como para contarnos todo lo que acontece en sus vidas, con la seguridad de que cuando nos necesitan nos tienen, con la sensación de saberse queridos y no sentir que molestan o sobran, y también, cómo no, con muchos aspectos que aprender y que mejorar, pero en nuestra compañía, siempre. Porque nuestros hijos SÍ SON NUESTROS HIJOS. Que para eso decidimos tenerlos. 

Muchas veces, incluso en un mismo día, nos damos cuenta de que criarlos no es ni fácil, ni cómodo, pero ellos no tienen la culpa, al fin y al cabo son niños. La culpa la tenemos nosotros los adultos y nuestra imperiosa necesidad de tenerlo todo controlado, incluido nuestro tiempo. Pero, ¿sabéis qué? Llegará un día en que, justo como dice Khalil Gibran, sus almas volarán de nuestro lado, a la casa del mañana, y entonces será cuando recogeremos lo que hayamos sembrado en ellas. Así que el momento del cultivo es ahora, durante su infancia, estemos cansados o no. Luego quizás sea tarde, y moriremos esperando siquiera una llamada de teléfono suya cuando más la necesitemos nosotros y que, tal vez, no llegue.

Tus hijos SÍ son tus hijos.

Con M de Mami.

(Poema de Khalil Gibran)

“Tus hijos no son tus hijos

Son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen.

Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos,

Pues ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes hospedar sus cuerpos, pero no sus almas,

Porque ellas viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti

porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas, son lanzados (…).

Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea hacia la felicidad”.

17 de febrero de 2015

3, 2, 1... BOOOOOOM!

Estoy cabreada. Mucho. Mira que llevaba unas semanas con el firme propósito de no hacerlo, de sentirme agradecida por todo, incluso por las pequeñas piedras de cada día. Pues nada, reto a la basura.
Yo elegí ser madre, y lo volvería a elegir mil veces. Pero no sabía que el paquete, además de niños, incluía un montón de cosas más, entre otras el estrés máximo y la anulación de la persona hasta el punto de no poder padecer unas anginas en condiciones, tal cual.
Lo de ser madre trabajadora fuera de casa, qué queréis que os diga, una falacia. Por separado ambas facetas, la de madre y la de profesional, son una pasada, pero juntas son mucho más que una pesadilla, en serio.
Tan es así que estoy pensando en lanzar al mercado, en colaboración con los cerebrines de la UPV, un botón implantable que se nos ponga directamente a las madres al parir (o al adoptar) a nuestros retoños, y que estando siempre en modo ON nos inhiba de tanta responsabilidad persecutoria. Porque sí, porque somos nosotras quienes no podemos evitar agobiarnos al sobrecargarnos con y por todo. Es una auténtica broma que la cabeza vaya por delante del cuerpo y entonces nos llegue tamaña frustración cuando queremos hacer mucho y nos quedamos en menos que nada.
Hoy Rubiazo está enfermo, bastante además. Tanto que cada respiración lleva ímplicita dos o tres toses. No habla, sólo tose. Y como es asmático, se ahoga. Tiene fiebre. Ayer, cuando ya estaba acostado, vomitó hasta sus apellidos. Lleva dos días sin dormir, porque... sólo tose. Su canguro tiene un esguince, así que hoy me he quedado yo con él. Y, se me han juntado el cansancio acumulado, las anginas mal curadas, la sensación de "no estoy haciendo nada con todo lo que tengo que hacer" y, sobre todo, la impotencia de verlo padecer tanto; y ha pasado lo previsible: he estallado. ¿Por qué? Porque quiero estar con él, verlo bien, saber que esto pasa en nada y no se complica, pero a la vez no puedo evitar pensar en que sólo puedo hacer eso: estar con él. El resto de cosas quedan anuladas. Y entonces me agobio, muchísimo. Y si además me paro un poquito a pensar y aterrizo en la suerte que tengo de que "sólo" sea esto lo que ha de preocuparme, encima me siento idiota, y bastante egoísta.
Total, que hoy no es mi día.
Y que sigo pensando que algo va mal cuando las madres que trabajamos fuera de casa tenemos tantos momentos "olla a presión". No sé si es la falta de conciliación o la mierda de sistema en el que andamos metidos.
Yo quiero una vida más "lenta", pero no consigo hacerla llegar. En cuanto asoma la vista por la puerta y la invito a pasar, se esfuma. ¿Alguna idea de cómo hacerla permanecer? ¿Alguien por ahí que quiera compartir la fórmula secreta?
Venga, que mañana seguro que sale el sol.

CON M DE MAMÁ y B de BOOOOOM!
(Escrito desde el teléfono, mientras le sujeto la cabeza a Rubiazo, y entre jeringuillazo y jeringuillazo de agua.)

24 de octubre de 2014

Conciliación, empatía, responsabilidad y maternidad: Cóctel Molotov

El jueves, una buena amiga me preguntó cómo hacía yo cuando el año pasado, primer año de guardería de Rubiazo, éste se ponía malo. Estaba más que angustiada, no sólo por la fiebre alta de su niña sino porque estaba faltando al trabajo y veía que no era cosa de un par de días.
Qué mal lo estamos haciendo señores, que cuando nuestros hijos caen enfermos deseamos que mejoren, pero no por ellos en sí sino por el sentido de culpa que nos crea no tener "apaño" ni ayuda familiar para estas ocasiones y el sentimiento de lucha interna entre trabajo-hijos. Estamos en una sociedad inmersa en las prisas y el estrés, en la que la conciliación es una realidad inexistente, en la que la familia no es la base... Y así suma sigue.
Spain is different. Para bien y para mal.
Cuando mi hijo, que padece broncoespasmos con frecuencia, ha caído enfermo, el primer día soy yo quien se ha quedado con él, día en que los viajes a urgencias continuos son de lo más normal, día en que vives en un "¡ay!" porque lo ves realmente mal, día en que tus sentidos no están al 100% porque te agobia "el que dirán" tus compañeros cuando vean que has faltado, día en que, sin que nadie lo sepa, lo que más desearías es estar currando porque eso implicaría que tu hijo está sano y no ahogándose. Esa presión es horrible, porque considerándome una persona normal, responsable, cumplidora y trabajadora hasta decir bastante en circunstancias normales, cuando Rubiazo o Pichu han caído enfermos he llegado a sentirme irresponsable y caradura. El segundo día es cosa de su Papi si la gravedad es algo menor, aunque ha habido ocasiones en que he seguido quedándome yo con él, por eso de que el sexto sentido nos mantiene a nosotras más alerta. A partir de ahí, a remaches, hemos tirado de quienes han querido echar cable, pero en nuestro caso la ayuda viene con cuentagotas.
Como le comenté a mi amiga, este año, segundo de guardería para Rubiazo, hemos encontrado una canguro de máxima confianza que nos salva en las ocasiones en que las crisis de Rubiazo van para largo. Pero ha sido este año. El curso pasado no fue posible porque nadie del entorno estaba disponible. Y, como comprenderéis (o no), contratar a alguien a través de anuncios o papelitos callejeros no entraba dentro de nuestros planes, por razones más que obvias.
La sensación de alivio cuando aviso a P. a las 7 de la mañana y viene sin problema a quedarse con el pitufo es enorme. Y esto es lo que me hace plantearme en qué mierda de sistema andamos metidos. Obvio mi alivio es mayor si mi hijo no cae enfermo o si definitivamente mejora, pero saber que tengo apaño y que puedo ir a trabajar y que eso supone menos caras largas en el ambiente laboral es... PATÉTICO. Y eso que tengo la suerte de trabajar en un colegio donde la humanidad del equipo directivo es enorme, y donde las cuestiones importantes se tienen más en cuenta que en ningún otro que haya trabajado.
Pero, ¿qué queremos? Empezando porque la baja por maternidad aquí en España es irrisoria, porque 4 meses y la posibilidad de alargar 4 semanas más por la lactancia son supuestamente suficientes para dejar a tu bebé y que otro se encargue de él. Si no tienes un familiar disponible y en condiciones, entonces lo llevas a la escuela infantil. Y como su sistema inmunológico aún está inmaduro, de 20 días igual pisa la guardería cinco. Y empieza el ciclón enfermedad-urgencias-falta al trabajo-culpabilidad. Además, entre las razones por las que, al menos en mi profesión, se concede una comisión de servicios que te mantiene no tan lejos del hogar durante un año, no se contempla el tener hijos menores, a no ser que estos tengan alguna minusvalía o discapacidad. Con lo que, si eres madre y tienes, pongamos, un hijo de tres años y medio y uno de pocos meses, y tu plaza está a dos horas de camino, o pides una excedencia y vives del aire, o te vas sola o sola con ellos.
Cuando hablé con M el jueves por la noche, al rato de haber llegado del cole, me sentí súper identificada con ella. Entendí su angustia, mezcla de preocupación por su hija y de "no sé qué hacer porque no quiero faltar otro día", mientras intentaba mantener su instinto guardado, ése que nos dice "que lo primero es lo primero", y lo primero son nuestros hijos. Caprichos del destino, al rato de hablar con ella estaba con Rubiazo en brazos, ventolín en mano y lista para una de las peores noches que recuerdo con él por culpa de sus crisis respiratorias.
Creo que a una persona medianamente normal, enamorada de su trabajo y responsable, no le gusta faltar a su puesto por ningún motivo, porque pensándolo bien, dicha falta sólo supone un retraso en sus objetivos. Es por eso que todos deberíamos ser algo más empáticos con esas personas que llevan tiempo dejándose la piel en su trabajo, pero que, cuando se convierten en madres, han de mantenerse alerta en dos frentes: el maternal y el laboral, y no siempre es fácil. Además, solemos olvidar con facilidad por lo que nosotros hemos pasado, bien porque nuestros hijos ya son mayores y nos queda lejos, bien porque la empatía es una gran desconocida para el resto de nuestras virtudes, y entonces aplicamos una vara de medir no demasiado justa. Y quienes no han pasado por ello, pues evidentemente no pueden ponerse en el lugar de la madre o el padre agobiados porque no lo han vivido; y mientras, los implicados, en nuestro fuero interno deseamos que no les toque pero que lo vivan, porque es la única manera que tenemos de que se nos entienda, ya que la empatía sigue brillando por su ausencia en esta sociedad en la que juzgar al de al lado te da puntos extra.
Así pues, te entiendo M. Y me encantaría poder decirte que pasa rápido, pero la verdad es que mientras se viven estas situaciones, el tiempo pasa leeeento y no es ni fácil ni agradable. Es penoso no sólo no sentirte apoyado por el sistema para el que trabajas, sino además aguantar la presión de los juicios, opiniones y malas caras de tus iguales, esos que también han vivido o vivirán lo que tú, pero que no son tú.
Lo único que nos queda es seguir presionando en positivo y gritando a los cuatro vientos que QUEREMOS UNA CONCILIACIÓN REAL, que LA MATERNIDAD ES BASE DE LA SOCIEDAD en cuanto a que supone la crianza y el desarrollo del futuro de cualquier grupo humano, que estamos equivocados en el planteamiento de base en este país, que nos estamos dejando llevar por lo material y no por lo humano, que estamos dejando de lado lo realmente importante, que vivimos inmersos en un ciclón en el que la ausencia de valores se mezcla con estereotipos de pena y con la búsqueda de la felicidad a través de miradas críticas a los demás, y donde la comparación está a la orden del día y el egoísmo es líder.
Sí, M, como ves, hablar de maternidad, conciliación, responsabilidad, empatía y culpabilidad en este país es como preparar un cóctel Molotov de primera y lanzártelo a ti mismo. Tal cual. Triste, patético y nada esperanzador.
Sigamos buscando el cambio y, sobre todo, velando por los nuestros. A pesar de todo y todos.

CON M DE MAMÁ y de MOLOTOV