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1 de junio de 2016

Quien tiene un hermano tiene un tesoro

Aunque haya días en que me falten las fuerzas.
Aunque las prisas mañaneras nos dejen muchas veces un sabor de boca agridulce al salir de casa.
Aunque la hora del baño algunas tardes sea una fiesta de lloros y quejas a coro.
Aunque haya días en que repetir las cosas veinte veces no sea suficiente y acabemos enfadados.

Aunque haya momentos en los que partirme en dos sería la solución perfecta y aún así no sería capaz de llegar a todo.

Aunque en ocasiones me dé por pensar en que me estoy volviendo loca de atar y que soy más orco que persona.

A pesar de las noches, las muchas noches, de sueño, de desvele, de asma, de fiebres, de vómitos y de pesadillas. A pesar de que la preocupación por vuestro bienestar a veces nos quita las pocas horas de descanso que nos quedan... Veros así, sentiros así, saberos así de cómplices, de equipo, de amigos, de compañeros, de hermanos... me hace creer firmemente en que sois nuestra mejor obra y que saber que os tenéis para toda la vida es el mejor regalo que ésta nos podía dar.
Creo que para mí, como madre, no hay mayor satisfacción que sentir que la complicidad con la que os conocisteis no se mantiene intacta, sino que va creciendo conforme vosotros lo hacéis. Y que la admiración y el amor que sentís el uno por el otro es directamente proporcional a la que sentimos nosotros por vosotros.
Quien tiene un hermano tiene un tesoro. Quien tiene unos hijos que se adoran, se respetan y se cuidan como vosotros lo hacéis: lo tiene absolutamente todo.

26 de agosto de 2015

Tú, yo y las adversidades

Lo nuestro empezó como cualquier otra historia: pura tontería. Aunque el azar me anunciaba poco antes que estábamos destinados a encontrarnos, jamás lo hubiera dicho.
Te vi por primera vez en la foto del curriculum que tenía que llevar donde trabajaba. La foto no te hacía justicia. Claro que las fotos pocas veces hablan del interior de su dueño.
Empezamos a trabajar juntos, aunque no donde tenía que entregar tu cv. Hablábamos lo normal entre compañeros, sobre el curro, sobre viajes, sobre nuestro presente, sobre música... Sobre todo de música. Y ya.
Un buen día quedamos. En realidad, una buena noche, porque sí, por curiosidad, por nada más allá que salir un rato con alguien con quien congeniábamos.
Cardenal Benlloch 82. Tú salías de una relación. Yo no quería entrar en ninguna.
Unos cuatro meses después te mudaste a mi piso independentista cuchitril. Dos años y cuatro meses más tarde nos casábamos. Justo cinco años después, mismo día, nacía nuestra Pichu. Y tres más bastaron para completar el cupo con Rubiazo.
Estábamos bien como estábamos entonces, pero sin querer empezamos a estar mucho mejor juntos. Y lo demás es nuestra historia.
No saliste huyendo ante todas mis rarezas familiares y mis sobremesas de telenovela en auge. Te quedaste como si tal cosa.
No ha habido año desde aquel 17 de diciembre en que las adversidades no hayan intentado reventarnos la moral y las fuerzas.
Lo que las adversidades no saben es que en el momento en que la vida nos cruzó se formó un equipo. No saben que entrenamos duro, a pesar del frío, la lluvia, el poniente o las pocas ganas. No saben que nos motivan los retos. No saben que basta un abrazo o una sonrisa o un intercambio de miradas para que el otro sepa que siempre seremos equipo y venceremos.
La verdad es que me considero lo suficientemente educada como para no mandar a la mierda a las adversidades, aunque no puedo evitar hacerles un corte de mangas cuando parece que no miran.

Te quiero. Con todo y con nada.
A pesar de las adversidades y gracias a ellas.

CON M DE MAMÁ y T de Tú, yo y las adversidades