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29 de abril de 2016

Nadie nace enseñado. Nadie muere sabio.

Mi profesión es la más bonita del mundo. A veces también es la más cansada, otras un poco frustrante. En ocasiones te invade la impotencia ante situaciones que no puedes controlar porque son parte de la vida de quienes tienes en tus manos. Pero sea como fuere, mi profesión es la más bonita del mundo. La más gratificante si pienso en las sonrisas de cada uno de esos pequeños, y no miro más allá.
En mi profesión nos equivocamos. Al menos yo. Cada día. Y gracias a esos errores que tal vez nadie detecta, excepto yo, aprendo a diario, crecen mis ganas de hacerlo mucho mejor a la próxima, y siempre saco una nueva motivación para seguir.
En mi profesión tratamos con unas personitas muy especiales, delicadas y diferentes cada una de ellas. Cada una de esas personas tiene una manera de ser, una manera de hacer las cosas y una manera de ver y vivir la vida según el lugar o la familia en la que se haya criado. Nadie nos enseña a cómo tratarlas según sus peculiaridades, porque no habría espacio para tantos manuales a lo largo del tiempo. El secreto de la conquista de esos pequeños te lo da la experiencia, el tiempo dedicado a ellos, y los errores que enmiendas a diario. Desde que empezaste a trabajar por primera vez hasta, casi seguro, el día en que te jubiles.
En mi profesión somos juzgados, muchas veces, con dureza. No se nos pasa ni una décima de error. Para algunos no tenemos derecho a la réplica ni a la enmienda. Gracias al cielo, para otros muchos sí.
En mi profesión hay una clave con la que, en principio y sin mayores sobresaltos, se pueden hacer grandes cosas en conjunción con las familias: se llama diálogo. Cuando se establece un diálogo fluido, natural, con espíritu de trabajo en equipo y de querer avanzar por el único bien que debería importar: los niños, entonces ocurre la magia, y todo fluye.
En mi profesión, con toda la lógica del mundo, nos exigen respeto para quienes se sientan a mirarnos y escucharnos cada día. Sin embargo, a veces hay quien olvida que nosotros también lo merecemos, y que la transmisión directa o subliminal de ese mensaje, de padres a hijos, es muy peligrosa.

En mi vida personal, como madre, a veces me equivoco. Muchas. Y las mismas que me equivoco, pido disculpas a quien corresponde (mis hijos), igual que hago con mis alumnos. Porque creo que no hay mayor aprendizaje que el que se da basado en el ejemplo. Y así, mis hijos son conscientes de que ellos también fallan, y cuando es así, piden disculpas.

Si por cada vez que nos equivocamos como madres y padres vinieran de fuera a juzgarnos, a no permitirnos pedir perdón a nuestros hijos, a no dejarnos enmendar nuestros fallos, a machacar nuestro cerebro y nuestro corazón con palabras dañinas y quisieran retirarnos el título de madres/padres... ¿Cuántos padres y madres seguiríamos ejerciendo como tales en estos momentos? Seamos sinceros.

Reflexiones de una madre y maestra que mira al mundo escéptica, triste y desesperanzada, cuando descubre que lo raro es el diálogo y lo normal el juicio rápido, el machaque, la incapacidad de entender que nadie nace enseñado ni muere sabio y que para hacerlo bien, a veces, casi siempre, hay que equivocarse.

Buenas noches de viernes y feliz fin de semana.

CON M DE MAMI

6 de febrero de 2015

YO CONFIESO...

Confieso que tengo mucho genio (y figura, no va a ser todo malo).
Confieso que muero y vivo por los míos porque son la razón de mi existencia.
Confieso que mis hijos son mi más valioso tesoro porque me hacen sentir inmensamente rica.
Confieso que me dejo la piel en mi trabajo porque lo adoro.
Confieso que me he hecho mayor porque me gustan el vino, el café y la calabaza asada.
Confieso que cada vez soy más selectiva porque elijo con quién compartir mi tiempo.
Confieso que ya no muero por salir porque me bastan la quietud y la paz de mi casa.
Confieso que me parten el alma muchísimas situaciones injustas porque no soporto el sufrimiento ajeno.
Confieso que me da miedo el paso del tiempo, no por mis arrugas sino por las de los míos.
Confieso que no soy perfecta porque me equivoco constantemente, ni pretendo serlo.
Confieso que pierdo la paciencia cuando estoy agotada y que esta semana por mi boca han salido sapos, culebras y dragones.
Confieso que a continuación me he sentido tan horrible que he llorado cual magdalena.
Confieso que equivocarme con mis hijos me mata porque me hace sentir una bruja, y sin embargo me hace madurar y querer ser mejor.
Confieso que nadie me dijo que ser madre fuera fácil, pero tampoco nadie me dijo que fuera tan difícil.
Confieso que hay días en que tengo ganas de tirar la toalla y otros de comerme el mundo.
Confieso que soy 100% humana y tengo cero de divina.
Confieso que admiro a quienes parecen tener todo bajo control, incluso su genio.
Confieso que mi alegría al despertar son mis tres tesoros: mis hijos y mi marido.
Confieso que mi alegría al acostarme vuelven a ser ellos.
Confieso que no cambio por nada una tarde con amigas en cualquier café con encanto.
Confieso que me encanta que mis amigos se junten y se mezclen con mis otros amigos.
Confieso que soy un alma inquieta y necesito estar constantemente creando, inventando e imaginando.
Confieso que me canso más que antes de mi propia actividad y, aún así, sigo inventando proyectos.
Confieso que me juzgo con dureza, a diario, constantemente, pero que con la edad he aprendido a perdonarme y a consentirme un poquito más.
Confieso que no soy fácil, más bien al contrario, pero que me conformo y contento con bien poco, con las cosas más normales y con saberme amada, sana y ver el amanecer cada día con mi familia a mi lado.
Confieso que me quejo, a veces por vicio, y otras con motivo, pero porque en realidad sé que soy muy afortunada.
Confieso que he de seguir creciendo, madurando, meditando y, sobre todo, aprendiendo a quererme con mis fallos, mis tropezones y mis días gris oscuro.
Confieso que siempre sonrío porque soy muy feliz y porque mi vida y, sobre todo, la de los míos ES UN REGALO.

CON M DE MAMÁ y C de CONFESIONES