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6 de enero de 2017

Queridos Reyes Magos...

Quizás debería recuperar la tradición de cuando niña, de escribiros una carta larga, en la que pedir para mí y las personas a las que más quiero.
Quizás este año podía haber sido el primero de muchos en reiniciar esta buena costumbre, pero, como casi siempre, llego tarde y las buenas ideas me vienen luego. Aún así, he pensado que igualmente puedo haceros llegar esta carta en unos días, ya que lo que quiero pedir no necesita ni de gran espacio, ni que os desplacéis de nuevo.
Voy pues.
Queridos Reyes Magos,
Voy a evitarme la parte en la que os digo que este año he sido muy buena y bla bla bla, porque la realidad es que este año, como los anteriores, he intentado dar lo mejor de mí y he seguido cometiendo errores. Así que sólo diré que he intentado ser mejor, pero que sigo necesitando "ir a septiembre", porque soy consciente de que puedo ser mucho mejor aún. Lo que sí puedo colgarme como mérito es las ganas de intentarlo.
Este año mi deseo es para mí y para todas las mujeres del planeta, y os aseguro que no ocupa lugar aunque, si nos lo concedierais, calaría hondo en muchos hogares.
Deseo que las mujeres seamos libres de verdad, y no sólo de programa político, de puertas para afuera, de publicidad de revista o de catálogo de moda. Deseo que podamos decidir qué hacer con nuestra vida sin tener que dar tantas explicaciones ni intentar convencer a nadie de nuestras razones. Me gustaría que todas y cada una de nosotras nos sintamos con la confianza suficiente en nuestro criterio como para tomar decisiones sin la necesidad de la aprobación del resto del mundo (masculino). Me gustaría que cada una de nosotras pueda vestirse como le salga del dedo meñique del pie y porque así lo siente, sin tener la necesidad de hacerlo para alegrar la vista de nadie ni gustarse más que a ella misma. Deseo que no sintamos la imperiosa necesidad de justificar nuestra manera de actuar cuando, siendo madres, tomamos determinadas decisiones que atañen a nuestros pequeños, ya sea dar teta y enseñarla o dar biberón y hacer el pino mientras el niño bebe. Me encantaría que dejásemos de sentirnos juzgadas cuando decidimos tener tiempo para nosotras, sin hijos, sin parejas, sin amigas o amigos, sólo para nosotras y nuestra cabeza y nuestro cuerpo, entendiendo este tiempo como "tiempo para hacer aquello que me dé la real gana y me sirva para desconectar del resto y conectar conmigo misma". Me gustaría que, además, cuando escuchemos, como tantas veces, una crítica o una simple opinión (sobrante) al respecto, tengamos la suficiente fuerza como para simplemente sonreír y seguir nuestro camino, sin sentir que hemos de responder a preguntas tales como "¿Y mientras haces eso, dónde dejas a los peques?" "¿Te vas otra vez, pendón?", porque probablemente quienes las lanzan no han descubierto aún lo necesario del tiempo personal e individual para que luego el tiempo compartido valga aún más la pena. Deseo que se nos respete por lo que somos y no por cómo vestimos o el tamaño de nuestras tetas o nuestro culo. Quiero que se nos reconozca como seres pensantes y con capacidad más que suficiente para hacer girar el mundo sin la necesidad de un piropo mal dicho a pie de andamio o una frase soez de machito ibérico.
Y, llegados a este punto en el que mi carta podría hacerse eterna, y a riesgo de que me tachéis de egoísta o excesivamente "pidona"... Exijo, para que se lo hagáis llegar a quien corresponda, que se considere a la mujer como ser humano que ocupa el mismo lugar en la pirámide que el hombre, con todo lo que esto conlleva: mismos derechos. Pero de verdad, no de boquilla o de postureo mientras nos siguen matando porque somos de una categoría inferior o porque aún estamos catalogadas como juguetes de adultos (machos).
Muchísimas gracias por anticipado, Reyes Magos, porque sé que haréis todo lo posible para que estos deseos, que no son sólo míos, se cumplan y así no dejemos nunca de creer en la magia del cambio.

Atentamente,

Con M de Mujer y de Madre.

13 de agosto de 2016

Mitos, leyendas y sorbitos de mala leche

No soy una gran escritora. Es más, ni siquiera soy una simple escritora como para andar publicando un recopilatorio de mitos y leyendas de lo que sea. Sin embargo, soy madre, y por partida doble. Y eso señores... eso da para muchas páginas. Muchos tomos, diría, de mitos, leyendas e historias varias.
En diciembre hará 7 años (¿¿ya??) que me convertí en madre. Y a lo largo de esos siete años he tenido que oír todo tipo de comentarios y opiniones sobre cómo debía hacer las cosas, educar a mis hijos, establecer sus rutinas, qué era mejor para ellos, qué he hecho mal, qué he hecho peor... La cuestión es que, durante estos siete años, todas esas personas de mi entorno que se han tomado la libertad de darme lecciones, jamás han sido capaces de mirarme y decir: "qué bien lo estás (estáis) haciendo". Ninguna. Es fuerte, ¿eh?
Éste es un ejemplo más de que la especie humana es mucho más dañina consigo misma que con el planeta en general, y de ahí, suma y sigue.
En estos tiempos en los que tanto se habla de empatía, asertividad y una larga lista de palabros que toda la humanidad deberíamos tener en cuenta para que nuestra vida, y la de los demás, fuera algo mejor... nos perdemos en cómo decirlas pero no ponemos nada en práctica.
En diciembre hará siete años a lo largo de los cuales he escuchado en multitud de ocasiones consejos, opiniones, frases y cantinelas tales como: no la/lo cojas tanto que se va a acostumbrar, no está tomando suficiente leche, siempre está pegada/o a tu pecho, tendrá que acostumbrarse a ir de brazo en brazo, va a ser dependiente vuestro toda la vida, ha de acostumbrarse a dormir solo/a o a los doce años seguirá reclamándoos, no va a querer estar con nadie que no seáis vosotros, ha de acostumbrarse a estar sin ti, es demasiado mayor para tomar pecho, tendrás que ir a la mili con él para que pueda dormirse en tu pecho, los niños no deberían dormir con sus padres porque la cama de la pareja es sagrada, que llore un poco es bueno para sus pulmones porque así los ensancha, la estás malcriando con tanto brazo, aún no ha llorado ni un minuto y ya la habéis cogido, si la/lo cojo y se despierta ya se volverá a dormir (no seas exagerada), se ha de inmunizar para que su aparato respiratorio madure... Y podría seguir enumerando tantas y tantas barbaridades y frases desafortunadas que acabaría el post y aún me quedarían muchas en el tintero.
Puedo rebatir todas y cada una de ellas, y podría decir quién dijo qué cada vez, porque se te clavan tanto a fuego que es inevitable no recordar esos momentos con algo de tristeza y bastante impotencia. Pero no vale la pena perder el tiempo en tantas personas que se han equivocado con tanto juicio gratuito.
A estas alturas puedo desmontar todos y cada uno de esos mitos falsos sobre la maternidad que predecían que mis hijos iban a convertirse en unos seres insoportablemente dependientes, casi tiranos, que iban a amargarnos la existencia por, simplemente, haberles dado todo nuestro amor y atención desde su primer segundo de vida. A estas alturas sigo preguntándome por qué narices somos todos tan listos, tan crueles y tan poco considerados con los padres novatos (sean o no primerizos), por qué nos dejamos la empatía en casa cuando miramos a otros padres y abrimos la bocaza para comentar, por qué a aquellos que fueron padres primerizos o novatos hace ya años se les olvida que ellos también tuvieron un comienzo y que también tuvieron que luchar contra los comentarios y las críticas nada constructivas.
A día de hoy, mis hijos siguen queriendo que los acompañemos al dormir con un cuento o mimos, si yo estoy en casa Rubiazo sigue tomando pecho antes de quedarse dormido, durante la noche siguen viniendo a nuestra cama cuando tienen miedo o simplemente necesitan sentirse reconfortados, seguimos cogiéndolos en brazos si lloran o tienen un mal día o momento, seguimos pasando gran parte de nuestro tiempo con ellos como una familia... ¿y sabéis qué? NO SE HA CUMPLIDO NI UNA SOLA DE VUESTRAS LEYENDAS Y NINGUNO DE VUESTROS MITOS SE HA HECHO REALIDAD. Nuestros hijos son niños autónomos, que entienden perfectamente que hay momentos para todo, que no patalean y berrean para conseguir las cosas porque saben que así no consiguen nada. Los dos pasaron con menos de dos años, dos días y una noche fuera de casa con su escuela infantil, han pasado un fin de semana fuera en varias ocasiones en casa de los tíos y además, Pichu lleva ya tres años yéndose unos días a dormir a casa de sus tíos en verano; en concreto, el pasado, con sus cinco añitos, una semana entera. Rubiazo se ha ido con ella este año por primera vez, tres días y medio con sus tres noches y, ¡oh cielos!, no ha pedido "lechita" en ningún momento, se ha dormido sin dramas, no ha reclamado volverse a casa con mami y papi, de hecho habrían alargado los dos la estancia si no llega a ser por el encuentro familiar que teníamos programado. Estos días, nuestros pequeños, los mismos que han sido mimados en exceso por haber sido cogidos en brazos cada vez que lo necesitaban, ésos a los que no dejábamos llorar en la cuna para que se acostumbraran (aún no sé a qué), los mismos a los que teníamos que haber dejado ir de brazo en brazo desde su primer minuto de vida para que se acostumbraran a la gente y fueran seres sociales... han disfrutado de varios días sin sus padres, han sido felicísimos con sus tíos y primos y amigos de los mismos, se han duchado, vestido y aseado solitos con sus 6 y 3 años y medio respectivamente, han ayudado en casa, se han hecho responsables de sus maletas y todo lo que llevaban (que no era poco), medicinas incluidas, no han montado dramas al irse a dormir sin papá y mamá y, en definitiva, han sido exactamente iguales que en casa, pero sin nosotros.
¿Dónde está el drama, el trauma o la terrible consecuencia de haber criado a nuestros hijos sabiéndose queridos, cuidados y mimados (que no consentidos)?
¿Qué hacemos pues con todos esos comentarios desafortunados que lanzamos de manera tan inconsciente a todos los papis y mamis que acaban de serlo, y que no son más que SORBITOS DE MALA LECHE que, en muchas ocasiones, consiguen agriar la propia leche materna, la ilusión y los miedos normales de las primeras veces como padres?
¿Por qué tenemos esa facilidad para creernos mejores que los que tenemos delante y nos atrevemos a dar esas clases magistrales de sueño, alimentación, rutinas en general y educación cuando somos los primeros que hemos necesitado equivocarnos para saber qué era mejor?
¿Por qué cada madre (primeriza o no) que tengo cerca tiene siempre la misma sensación que tenemos todas de sentirse presionada, juzgada, observada con lupa y criticada en cada cosa que hace?
Yo no puedo hablar de los demás, porque bastante tengo con ser yo misma y aguantarme, ni de sus hijos, porque bastante tengo con los míos y con hacerlo lo mejor que puedo, pero sí puedo hablar de lo que aquí hemos hecho como padres y que nos ha funcionado de maravilla: SEGUIR NUESTRO INSTINTO Y NUESTRO PROPIO CRITERIO, OBVIAR LAS CRÍTICAS Y LAS OPINIONES QUE NUNCA HEMOS PEDIDO, Y CRIAR A NUESTROS TESOROS CON AMOR, CON MUCHO AMOR, CON TODO LO QUE ELLO IMPLICA. Hemos acunado, cantado, acariciado, abrazado, besado y mimado a nuestros hijos muchísimo, y lo seguimos haciendo, y sí, TAMBIÉN LOS HEMOS EDUCADO HACIÉNDOLES SABER QUE HAY LÍMITES, que su libertad acaba cuando se convierte en libertinaje y que hay normas que son necesarias para convivir, en familia y en sociedad, porque toda relación se basa en el RESPETO.
Y haciendo balance, después de casi 7 años y casi 4, respectivamente, diría que no nos ha ido tan mal. No se ha cumplido ninguno de los trágicos finales de todos los mitos y leyendas que, con tan mala leche, vaticinaron (y siguen aún hoy) sobre la personalidad horrible y difícil y la fatal educación que tendrían nuestros hijos, a pesar de que nosotros hemos hecho todo lo posible porque así fuera, con premeditación y alevosía.

Dicen que la excepción confirma la regla. Pues da la casualidad de que me rodeo de muchos más padres desobedientes y atrevidos que han querido criar desoyendo las mismas amenazas que nosotros, por lo que deduzco que en esto de la maternidad no debe haber una regla y que la gran mayoría de nuestros hijos (por suerte) son fruto de la excepción.
Es justo por esto que todos ellos son EXCEPCIONALES. A pesar de los mitos, las leyendas y los sorbitos mala leche. (C.q.d)

30 de julio de 2016

¡SUBID, PENDONES!

El martes por la tarde fui al cine a ver la película Malas Madres, cuya protagonista es Mila Kunis, gracias a que la bonita de Laura, la creadora del Club de Las Malas Madres, quiso contar conmigo en el preestreno. 
Su invitación me hizo mucha ilusión, me apetecía mucho un rato largo de desconexión con amigas y algún motivo diferente para troncharme de risa. ¡Y vaya si me reí! Y me emocioné... (una que es llorona de manual). 
La película os la recomiendo de todas todas, ya que tiene ese punto loco de situaciones absurdas y tronchantes que te hacen llorar de risa y pensar que "no pueden superarse", y sin embargo lo hacen, y también tiene esa parcela de mensajito que toca la fibra y pone rápido en funcionamiento el lacrimal. Yo pienso volver a verla y llevarme a unas cuantas amigas madres. 
Bueno, pues yo no venía aquí a hablar de la película... No, en realidad venía a hablar del concepto actual de la palabra pendón. No, tampoco. Pero de una mezcla de ambos temas quizás sí.
Justo un rato antes de salir hacia el cine, cuando empezaba a arreglarme, me asomé a la ventana para hablar con mi amiga E (así, en plan marujas de pueblo, sí), que se iba al parque un rato con su hija, el hijo de una amiga y con mi marido y mis hijos. E no se acordaba de que yo no iba con ellos porque tenía plan, y al recordárselo me dijo entre risas: "¡Eres un pendón, siempre tienes planes!". (¿Pero "desorejado"?, que si no no quiero). Me dio risa porque pensé que del pendón que puedo haber sido a los restos que quedan, ¡hay un mundo!

Me hizo mucha gracia cuando en un momento determinado de la peli, una de las protagonistas le dice al resto: "¡Subid, pendones!" e, inevitablemente, me vino a la cabeza el hecho de que, unas horas antes, E me llamara pendón por tener planes. Como las madres protagonistas de la peli. 

La verdad, si nos paramos a pensar un poquito y queremos sacar punta al asunto... ¿no os parece triste que a las mujeres se nos considere pendones por mil razones diferentes? Cuando somos solteras y sin compromiso, somos pendones si en vez de tener novio formal tenemos historias varias y divertidas, a la vez o por separado, lo que viene siendo ir de flor en flor. Cuando estamos casadas somos pendones si salimos sin nuestros mariditos y tenemos planes más allá de nuestra vida marital. Y cuando somos madres... ¡ay cuando somos madres! Cuando tenemos retoños a los que cuidar, somos pendones, pero desorejados y de libro, como se nos ocurra tan siquiera pensar en salir de casa sin ellos, a no ser que sea para ir a comprar, que no de compras. 

Vivimos en el absurdo, real, de creer de manera generalizada que la madre que tiene vida más allá de sus hijos (y pareja) es una irresponsable, o no los quiere suficiente, o no es feliz en su maternidad, o se queja de vicio, o es una insatisfecha, o una egoísta, o una feminazi loca que reclama su parcela en el mundo. O, si no pensamos todas estas lindezas, al menos nos creemos con el derecho absoluto a juzgar lo que vemos en las otras de una manera tan natural que acaba pareciendo hasta normal. La cuestión es, válgame la redundancia, CUESTIONAR NUESTRA MANERA DE SER MADRES. La nuestra y la de todo quisqui. Nadie, antes de juzgar a esa señora que arrastra a su hijo en pleno berrinche y que lo hace con cara de pocos amigos y no con "pedagogía blanca" tatuado en la frente, se ha parado a pensar que esa mujer lleva por el mundo más de doce horas sin haber parado más que diez minutos a comer, y que quizás lo ha hecho de pie y de mala manera, y que mucho antes ha despertado a sus hijos, les ha ayudado a vestirse, ha preparado almuerzos, los ha llevado al cole y ese largo etcétera de todos y cada uno de los días de su vida como madre. Y que, en ese momento, el berrinche de su hijo porque quiere unas galletas que no le ha comprado es... la gota que colma el vaso, porque además su día aún no ha terminado.

Ser madre es súper bonito, y súper duro, y difícil, y satisfactorio, y cansado, y lo mejor de la vida, y lo peor en una tarde en la que no puedes con tu vida. Nuestros hijos son el mayor regalo que jamás hayamos deseado, pero un regalo que necesita toda la atención y todos los cuidados del mundo mundial, a toda hora, sin descanso, 365 días. Y les damos todo nuestro amor y nuestros cuidados porque los adoramos, porque son nuestra debilidad, ésa que no pidió venir a este mundo y que está aquí por capricho nuestro. Y lo hacemos felices, pero agota.

Y en ese estado de felicidad agotada, un buen día decidimos recuperar algo del tiempo que teníamos cuando ellos no estaban en nuestra vida y no ocupaban todo nuestro espacio, no porque los queramos menos, sino precisamente, porque para querer a los demás bien hemos de querernos bien a nosotras mismas, y eso pasa por dedicarnos tiempo. 

Yo he pasado casi siete años (los que va a hacer mi hija), dedicada casi en exclusiva a ellos, a mis hijos (sin contar pareja y trabajo fuera y dentro de casa), porque cuando podía dedicarme a mí o a mis aficiones estaba tan cansada que ni lo intentaba (porque las noches, cuando hay lactancia prolongada son duras, bonitas, pero muy duras, y el día siguiente más...). Pero de pronto un día me doy cuenta de que mis hijos no son tan dependientes, de que yo tengo ganas (y necesidad) de volver a reencontrarme con mi "yo mujer", y me lanzo a recuperar esa parcela (para alegría de mi amor, que siempre ha insistido para que buscara tiempo para mí sola). Y entonces pasa. Pasa que a los mismos que les extrañaba que no me fuera de cena, que quedara por la tarde y no alargara en plan improvisado y ese largo etcétera de planazos, ahora les extraña que sí lo haga. ¿Entonces en qué quedamos? ¿Salgo o me quedo? 

La cuestión es opinar. 

La cuestión es que si te conviertes en madre parece que sufres una mutación irreversible a lo "V" que te impide ser mujer más allá de tu labor de madre, pero que si así es tampoco eres del todo normal. Pues bonicos, aquí no hay quien se aclare. Si tener marcha, salir a hacer deporte (o el mono), alargar hasta empalmar con la cena y sin haberlo planeado, quedar con amigas, o con amigos, es ser un pendón... que conste en acta desde ya QUE YO SOY UN PENDÓN DESOREJADO. Y me encanta. 

Porque desde que busco mi tiempo, y lo respeto sin excusas que me hacen anular planes, me siento más activa (aún), más relajada, más completa, MÁS YO. Y eso influye, y mucho, en la manera de relacionarme con los míos, porque libero todo el estrés acumulado y gano en todo, y mis ratos (que son muchísimos) con ellos son mil veces mejores de lo que ya lo eran, porque los disfruto más y con más ganas.

En la maternidad, como en la vida, hay infinitas maneras de hacer las cosas, tantas como personas. La mía no es ni mejor ni peor, sólo es mía. Así que no puedo juzgar las del resto porque no soy el resto. 

A mí mi manera de vivir la maternidad me gusta, con mis mil errores, mis dudas, mis aciertos y mis días rosas y negros. Y si eso quiere decir que soy una madre pendón... ¡SUBID, PENDONES, QUE HOY CONDUZCO YO!

(Foto de María José de La Alcoba de Blanca.
De izquierda a derecha: Lorena de Mi Chupete Favorito, María José de La Alcoba de Blanca, el pendón desorejado, o sea yo, y mi amiga Carmen. Unos pendones, vaya.)

24 de abril de 2016

A ti, que acabas de ser madre

A ti, que hace apenas unos días eras sólo tú y ahora andas dividida entre tu yo y el suyo.
A ti, que acabas de entrar de lleno en la maravillosa vorágine que supone la maternidad por primera vez.
A ti, que titubeas aún cuando pronuncias su nombre porque aún no te crees que esa cosa bonita te llene tanto cada segundo de tu vida.
A ti, a la que el mundo le ha dado un giro de 180° de repente, porque sí y para siempre.
A ti, la que ya nunca más pensará en singular, ni siquiera para idear sus planes en solitario.
A ti...
Déjame que te pida que creas en ti. En tu capacidad de ser madre. En tu amor infinito que lo hará todo más fácil aun cuando ya no se pueda más.
Deja que te recuerde que nadie lo hará mejor que tú con esa criatura que tanto tiempo ha estado en ti, porque nadie mejor que tú la ha vivido y la conoce de esa manera tan privada.
Deja que te diga que, aun incluso cuando pidas mi opinión, debes guiarte por tu instinto, por lo que te pide el cuerpo, por tu saber hacer.
No permitas que nadie jamás te haga sentir incapaz. No permitas que nadie nunca te haga creer que no sabes o puedes.
Olvida las opiniones, los consejos y las sugerencias, incluso las mías, sobre todo las mías.
Y dedícate a hacer lo que mejor sabes: AMAR. Ésa es la única clave: el amor incondicional y desinteresado. El de verdad.

Con M de Madre

10 de agosto de 2015

Pasen, no juzguen y vean

Aun sin querer juzgar, el ser humano tiene la santa costumbre de etiquetar a primera vista. Tenemos cierta tendencia a, al menos, hacernos una idea del tipo de persona que tenemos delante, bien por su mirada, por su sonrisa (si nos ha dedicado alguna), o bien por su aspecto físico en general, incluso por su voz. Considero que, hasta ahí, es algo inevitable y normal. Pero, todo lo que pase de esa primera impresión (que dicen que es la que cuenta y, la verdad, no suele fallar), pasa a ser "juicio", y muy probablemente injusto, porque no sabemos en qué circunstancias se halla quien tenemos delante, ni con cuántos males le ha hecho lidiar la vida.
Hace no mucho viví una de esas situaciones que luego miras en la distancia y te hacen debatirte entre la carcajada y la oda al surrealismo. No entraré en detalles, no es necesario, pero la cuestión es que sentí que se reían de mí, así, tal cual, a mis casi 38 añazos. Y en mi cara. Ya digo que mirado con la lupa benevolente "del día siguiente", probablemente no fue así, y si lo fue, me importa poco. No, no soy soberbia o excesivamente orgullosa o vanidosa, simplemente voy aprendiendo a que hay (muchas) cosas que jamás me quitarán el sueño ya. ¿Por qué? Pues porque no son ni importantes ni necesarias, al menos no para mí.
Importante es el bienestar de los míos (y el mío propio), ya bien sean familia o amigos del alma, sus opiniones y sus criterios y críticas. De ellos sí. Pero de quienes no comparten conmigo más que un rato al día o ni eso, voy aprendiendo a sacudirme rápido "sus" pulgas, buenas o malas. Porque considero que tan dañinos son los halagos gratuitos de quienes apenas saben de ti más lo que ven, como las lenguas viperinas que con arte y gracia consiguen que te llegue lo que de ti piensan.
En serio, me importa un comino. O dos.
Quienes de verdad me conocen saben que soy extremadamente sentida y sensible; que no creo que sea ni bueno ni malo, es sólo mi manera de ser. Pero justo por ser así me ha costado más que a otros aprender a pasar de lo que el mundo dice, e interiorizar que el mundo somos los míos y yo.
Evidentemente, hay y seguirá habiendo situaciones como la del otro día que me choquen y me dejen pensativa. Pero de pensar un rato a sufrir va un desierto entero. Así que me permitiré parar en su oasis, pero no para estancarme ni mucho menos para quedarme a llorar porque no llego al final del trayecto.
Sólo tengo 37 años. Me queda, espero, mucho por vivir, experimentar y recorrer. Pero quienes comparten mi vida saben que también con sólo 10 había vivido mucho más que otros con mi edad actual. A partir de ahí, invito a aquellos que no comparten mi vida por completo pero que de alguna manera forman parte de ella, o a quienes algún día se cruzarán conmigo, a que pasen, NO JUZGUEN, y vean. Yo, a cambio, prometo igualmente ver, oír y callar. Y sobre todo, SONREÍR.

CON M DE MAMÁ y J de JUICIOS

6 de mayo de 2015

Los niños son inmunes... A las teorías, los manuales y las leyendas urbanas.

Ajá. Así es, al menos en el caso de los míos; y como no creo que sean excesivamente raritos ni originales, pues cometo la osadía de atreverme a generalizar. Y eso que este post va justamente de todo lo contrario. Ironías de la vida, mi razón de ser.
Había una vez un millón de personas (bueno, quizás no tantas, pero la exageración siempre crea más expectación) que aseguraban que los niños que necesitaban compañía para conciliar (hermosa y desconcertante palabra) el sueño serían por siempre jamás niños dependientes, y hasta bien entrada su adolescencia necesitarían la mano de mamá o papá para dormirse; máxime si estos mismos niños además cometían la osadía de pasar a la cama de sus padres cuando tenían miedo, estaban malos o simplemente los necesitaban. Y como castigo máximo serían tan dependientes que jamás saldrían del nido para irse a dormir a casa de otras personas (animales o cosas) porque, por si fuera poco tampoco tendrían patrones de sueño adquiridos (ahí es na). ¡ERROR! Pichu, además de tener la "extraña" manía/obsesión/(dejémoslo en)ilusión de querer irse a dormir a casa de cualquier familiar y/o buen amigo de la familia, duerme en su cama sin ningún problema y con sus cinco añitos, y salvando excepciones, le gusta leerse un cuento ella solita y quedarse tranquila luego en su cama hasta que coge el sueño, con sus luces de hada, eso sí. Y claro, hay días en los que pide que vayamos a estar un rato con ella, raro sería lo contrario; pero ha pasado de un día para otro de dormir con su hermano a querer estar completamente sola en su habitación.
Había una vez otro millón de personas (si no más) que afirmaban que aquellos niños a los que se cogía y calmaba cuando lloraban, en vez de dejarlos desgallitarse, o aquellos a los que se les achuchaba, abrazaba y cogía en brazos constantemente, serían futuros chantajeadores, niños consentidos y mal criados que querrían todo "ahora y ya". ¡ERROR! Primero porque lo de querer todo "ahora y ya" está en la naturaleza de cualquier niño (y de muchos adultos también) y en nuestras manos está enseñarles la paciencia y la espera, y segundo porque nosotros hemos hecho (y hacemos) todo eso y no vivimos con la sensación constante de que nuestros hijos nos chantajean, ni son niños que sólo piden porque sí; es más, os juro que entienden perfectamente un "no", un "ahora no, luego" o un "eso no se hace".
Había una vez otro millón de personas, amigas de las anteriores y de las de más arriba, que aseguraban que aquellos niños que seguían lactando indefinidamente después del año de vida, además de ser esperpénticos, ellos y sus madres, vivirían así, dependientes y enganchados a ellas (y a sus ubres) de por vida, con todo lo malo que ello implica psicológicamente hablando. ¡ERROR! Yo no puedo hablar por mí misma porque Rubiazo con dos años y medio sigue pidiendo leche por la noche al dormir y cuando está malito (lo que le ha salvado de deshidratarse cuando, por sus fuertes crisis de asma, apenas sí quería beber agua de lo mal que se encontraba), pero os aseguro que la noche que yo no estoy, aunque hace las mil y una por aguantar despierto hasta que yo llego, desde cantar hasta reírse solo, acaba por dormirse y no se levanta más loco al día siguiente de lo que ya está; pero no conozco ningún caso real de niños convertidos en adultos que sigan enganchados al tetamen de su madre y no al de su novia, así hablando en plata. Tampoco noto diferencia alguna entre la mamitis de Pichu y la de Rubiazo, y eso que la primera sólo tomo leche materna de manera exclusiva hasta los dos meses y dejó de tomarla del todo a los cinco.
Había una vez otro grupo millonario de gentes varias que se espantaban cada vez que un niño o niña corrían a la pierna de su madre ante un tumulto de gente, o lloraban cuando los arrancaban del regazo de mamá para pasárselos de brazo en brazo como si de un peluche se tratara, y que juraban y perjuraban que ese enmadramiento y/o mamitis aguda no era ni normal ni sano, y que acabaría produciendo hijos dependientes, inseguros, cero autónomos y un sinfín de adjetivos bonitos que ninguna madre querría recordar (ni creer). ¡ERROR! (una vez más). Pichu y Rubiazo han sido, y son, niños enmadrados, y empadrados ojo, cuyo mayor placer es estar en casa "todos juntos", que adoran desayunar, comer y cenar los cuatro a la vez, que mueren de ganas de que llegue el fin de semana para venir volando a nuestra cama a ver un rato de dibus, leer cuentos o hacer el bestia; y... ¡Sorpresa! Son niños que también saben jugar solos, y disfrutan con ello, que van felices al cole y no entran llorando, que salen felices del cole, que tienen la autonomía suficiente como para ir avanzando a pasos agigantados en las habilidades propias a su edad, como vestirse, ayudar en casa con algunas tareas, asearse y demás menesteres normales. ¡Ah! Y son más que felices cuando van a pasar el día con sus tíos y/o amigos. Vamos, que el enmadramiento les viene de serie y sería más que preocupante que no existiera, pero adorar a sus padres no los inhabilita ni socialmente ni como personitas. Demostrado queda.
Así que, millones de señores y señoras del mundo, cada vez que quieran destrozar la sonrisa (y la paciencia) de una madre y/o padre, primerizo o experimentado, recuerden esto: LOS NIÑOS NO SON INMUNES A LOS VIRUS (¡Ya quisiéramos! ¿Eh?), PERO Sí LO SON A LAS TEORÍAS, LOS MANUALES Y LAS LEYENDAS URBANAS.
Es por eso que no hay ni ciencia ni título universitario que lleve por nombre "Niñología: teorías, fundamentos y reglas de oro para la crianza de robots clonados"; porque como habrán podido comprobar, NO HAY DOS NIÑOS IGUALES, ni siquiera los que son gemelos. Es por esto que agradecemos de corazón sus palabras y/o barbaridades, pero no las tomamos en serio, porque después de tanta teoría absurda NOS HEMOS HECHO INMUNES.
(Recordadme que lea este post cuando se me pase la edad de criar y pase a formar parte de ese "millón de personas" creadoras de leyendas urbanas sin sentido. Os lo agradeceré eternamente.)
 
CON M DE MAMÁ e I de INMUNIDAD