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13 de junio de 2016

Quiero a mis hijos libres

Si hay algo que como madre tengo claro es que quiero que mis hijos sean felices, y que sean felices sin la necesidad de pisar a nadie en su camino a la felicidad.
Quiero que mis hijos se ganen el respeto de sus semejantes porque son buena gente y no porque atemoricen a los que tienen delante.
Quiero que mis hijos sepan que para amar a alguien sólo tienes que querer hacerlo, sin más, sin condiciones, sin titubeos, sin complicaciones, sin egoísmos. Y que esto no implica que tengan que aguantar carros y carretas en una relación, porque amar no significa soportar ni aguantar.
Quiero que mis hijos sean felices solos, o en pareja, o en comuna. A mí me va a dar igual mientras su felicidad implique sentirse plenos, sin dañar ni ser dañados. Y me dará igual el color de piel de quien escojan si es que han decidido vivir acompañados. Me dará igual que firmen un papel o ninguno. Me dará igual si quien está con ellos es de su mismo sexo o del sexo opuesto mientras lo que sienta y lo que demuestre sea recíproco a lo que sienten y demuestran ellos.
Quiero que mis hijos sean libres, se sientan libres y se crean libres siempre que su libertad no suponga acabar con la de los que los rodean. Y que esa libertad bien entendida sea sinónimo de respeto y empatía para con los demás, íntimos y no tanto. Libertad libre de prejuicios.
Quiero que a mis hijos los dejen ser libres. Y quiero que los dejen elegir y hacer con su vida lo que ellos consideren, sin tener que esconderse cuando lo que elijan no tenga nada que ver con lo que está bien visto socialmente según lo establecido por los siglos de los siglos.
Quiero que a mis hijos se les quiera y acepte por cómo son y no por lo que son. Quiero que se les quiera porque son personas con valores y no porque siguen una moda, pertenecen a determinada ideología o defienden ciertas creencias religiosas. Y quiero que ellos hagan lo propio.
Quiero que mis hijos crezcan felices y libres. Que maduren siendo felices porque son libres. Que vivan siendo libres porque son felices y respeten y elijan la libertad como modo de vida. Y que este loco mundo se lo permita.

9 de enero de 2016

Que llueva, que llueva...

Que lluevan más tonterías y que hablemos mucho de ellas, sean ciertas o no, y dejemos a un lado todo lo importante, que total tampoco lo debe ser tanto. ¿No?
El ser humano cada vez me sorprende más, y no para muy bien. Me apena muchísimo comprobar gracias al fenómeno de las rrss que seguimos siendo todos bastante "maruja de pueblo", con todos mis respetos a las marujas de todos los pueblos. Seguimos haciendo la típica jugada de " leo una noticia, me la trago con patatas, no cotejo la información, la paso un pelín exagerada y metiendo algo de baza y espero a ver qué pasa". Seguimos teniendo la costumbre tan sana y española de hablar por hablar y criticar por criticar, desde luego que somos animales de costumbres y ciudadanos acomodados.
Llevo días, semanas, leyendo absurdeces que me hacen reír y llorar a partes iguales. Las Navidades han dado mucho de sí aquí en Valencia, aunque me consta que en alguna otra comunidad también. Y, perdonad mi atrevimiento si hablo de absurdeces, pero es que como no soy de las de creerme todo lo que leo así a primera vista, pues he ido investigando un poquito sobre cada una de las chorradas que nos han ocupado estos días y necesitaba expresarme sobre ello antes de reventar de risa e impotencia.
¿Por qué? ¿Por qué seguimos siendo tan peleles que ante cosas que realmente importan como, por ejemplo, la cantidad de ayuda social que se nos ha quitado, nos ofuscamos por temas como que en la cabalgata de Reyes salen o no ocas, como era tradición? Vamos, no me jodas. ( Y con perdón, pero a estas alturas, sólo me salen tacos, que son muchos días).
Llevo años trabajando en la escuela pública, la escuela de todos, la única que asegura que se respeta el derecho a la educación que tienen todos los niños y que asegura que además cumplan con ello, porque también es un deber. Y a lo largo de estos años no he observado ninguna mejoría en cuestiones que tengan que ver con ella, más bien al contrario. Se ha recortado personal necesario y se ha aumentado la ratio de alumnos por aula, se ha jugado con el currículum que marca lo que los alumnos deben dominar al acabar su escolaridad, se han manipulado horarios sin tener ni idea de si eso aquí en España iba a funcionar, se ha quitado la ayuda del bono libro que tantas familias necesitaban dado el estado precario de sus cuentas bancarias, no se han dado las ayudas de comedor que tenían que haberse dado... Hemos ido pasito a pasito intentando cargarnos una institución necesaria y "tradicional" (ya que estamos tan reivindicativos con el tema tradiciones), en un intento descarado de devaluar su valía y demostrar su ineficacia. No se han construido colegios e institutos que hacen mucha falta y, por contra, se ha beneficiado a la escuela concertada y se han concertado escuelas privadísimas a las que quienes no caben en la pública no pueden acceder ni de lejos. Eso sí, hemos tenido fiesta y pijadas varias en la comunidad hasta decir bastante. ¡Si hasta tuvimos un aeropuerto sin aviones más chulo que nada! Y oye, entre nosotros, todos los protagonistas de casos de corrupción, pobres, actuaron casi sin darse cuenta, no seamos castigadores y sigamos viéndolos como un ejemplo a seguir para las nuevas generaciones, que seguro que entre robo y robo algo hacen para la gente de a pie, la de la calle, la que no tiene qué llevarse a la boca cada día y necesita acudir a comedores sociales, la que hace tiempo dejó de celebrar el día de Reyes porque no tienen ni para un regalo de segunda mano.
Y aquí viene lo gordo. Lo tremendo. ¡NOS INDIGNAMOS PORQUE EN LA CABALGATA DE MADRID LOS TRAJES DE LOS REYES PARECEN DISEÑADOS POR UN NIÑO Y EN LA DE VALENCIA NO SALEN ANIMALES! ¡Tócate los cocos, Manolito! ¿En serio? ¿Y por qué?
Pues porque Spain is different. Porque aquí alguien de la oposición del partido que sea (quienes me conocen saben que no me caso con nadie, ni soy de nadie, simplemente NO SOPORTO LA INJUSTICIA) lanza un bulo, Juanito lo lee y lo comparte en facebook, Menganita lo convierte en un tuit y, de pronto, te llega al teléfono una petición de recogida de firmas para que Valencia no pierda la Cabalgata de Reyes. Me meo. Soez de nuevo, pero no puedo expresarlo de otra manera. Nos tratan como cazurros, pero es que nos lo ganamos a pulso. Nos lo creemos todo, señores. Y así nos va.
Como lo de la Cabalgata no cuela, pues entonces nos inventamos que... A ver que piense... Ah, sí, lo tengo. Como hay una sociedad musical bien conocida en la ciudad, y de mucha "tradición", que quiere recuperar una cabalgata que tiene su origen en la república, vamos a intentar volver a colar que no hay Cabalgata de Reyes el día 5, que como está muy de moda lo del feminismo, las magas éstas que nos quieren colar son para que ya no haya reyes magos nunca jamás en nuestra vida, y así, nos cargamos la ilusión de los niños como otros políticos se cargan la posibilidad de que tengan libros y comida en la escuela. Ah, que no, que las magas no sustituyen a los magos, bueno, pues algo habrá que hacer, esto no puede quedar así. Ya está, vamos a llamarlas gordas y putas, porque es que ¡mira que son gordas y putas, tú!
Señores. Ahora lloro de pena. De rabia. De impotencia.
Mientras perdemos el tiempo haciéndonos eco de mentiras sobre ciertos temas, mientras demostramos que somos igual de irrespetuosos que quienes están por encima de nosotros y nos roban y manipulan y engañan... Nos perdemos lo importante. Aquí por lo que veo nadie tenemos ganas de que la cosa cambie. ¿De verdad son tan importantes los colores? Nos pasamos la vida hablando de respeto. Se nos llena la boca hablando de hacer el bien y mirar por el prójimo y a la hora de la verdad, cómo nos gusta meter cizaña.
Yo soy creyente. Sí, qué pasa. Pero no estoy ciega. No me caso con nada ni con nadie. Y estos días me ha invadido una mezcla de impotencia y pena tremendas cuando leía toda esta basura que nos ha tenido más que entretenidos para que, así, nadie haya difundido por las redes que el horrible señor alcalde de Valencia ha recibido en su ayuntamiento, el mismo que por fin está abierto a todos, a los cristianos que venían al encuentro de Taizé. Tampoco se ha hablado de la eliminación del copago. Tampoco nadie menciona las mejoras que va realizando poco a poco la Conselleria de educación. Nadie desmiente eso de que en los cementerios han quitado los símbolos cristianos...
¿De verdad importan tanto los colores? ¿No tenemos el criterio suficiente como para no dejarnos llevar por las masas y comprobar antes de apalear?
Repito, yo paso de colores. Pero de lo que no paso, en absoluto, es de reconocer la justicia, de intentar tener el criterio y el valor suficientes como para reconocer que algo está bien hecho porque está hecho pensando en las personas y no en el poder. Paso de saltarme el respeto a la torera, ése del que tanto hablan las mismas personas que luego insultan a quienes no les gustan con sus "puta" y "gorda" con la naturalidad más pasmosa.
Pues nada, bonicos, parece que vamos por el buen camino. Y al final, tenemos lo que nos merecemos: al pueblo, que somos todos, no nos respetará ni Dios, ya que estamos tan reivindicativos con el tema, porque ni él va a ser capaz de arreglar tanto desaguisado y tanto empastre humano. Y ojo, que ahora no hablo de la ciudad ni de la escuela, ni de los aeropuertos falsos. Lo que Dios no va a ser capaz de arreglar va a ser tanto corazón mezquino de tantas y tantas personas que olvidan que ser cristiano no es ir a misa, y que los valores, al final, son los mismos para todos, seamos del color que seamos.
Que siga lloviendo.

CON M DE MAMÁ y L de LLUVIA

10 de agosto de 2015

Pasen, no juzguen y vean

Aun sin querer juzgar, el ser humano tiene la santa costumbre de etiquetar a primera vista. Tenemos cierta tendencia a, al menos, hacernos una idea del tipo de persona que tenemos delante, bien por su mirada, por su sonrisa (si nos ha dedicado alguna), o bien por su aspecto físico en general, incluso por su voz. Considero que, hasta ahí, es algo inevitable y normal. Pero, todo lo que pase de esa primera impresión (que dicen que es la que cuenta y, la verdad, no suele fallar), pasa a ser "juicio", y muy probablemente injusto, porque no sabemos en qué circunstancias se halla quien tenemos delante, ni con cuántos males le ha hecho lidiar la vida.
Hace no mucho viví una de esas situaciones que luego miras en la distancia y te hacen debatirte entre la carcajada y la oda al surrealismo. No entraré en detalles, no es necesario, pero la cuestión es que sentí que se reían de mí, así, tal cual, a mis casi 38 añazos. Y en mi cara. Ya digo que mirado con la lupa benevolente "del día siguiente", probablemente no fue así, y si lo fue, me importa poco. No, no soy soberbia o excesivamente orgullosa o vanidosa, simplemente voy aprendiendo a que hay (muchas) cosas que jamás me quitarán el sueño ya. ¿Por qué? Pues porque no son ni importantes ni necesarias, al menos no para mí.
Importante es el bienestar de los míos (y el mío propio), ya bien sean familia o amigos del alma, sus opiniones y sus criterios y críticas. De ellos sí. Pero de quienes no comparten conmigo más que un rato al día o ni eso, voy aprendiendo a sacudirme rápido "sus" pulgas, buenas o malas. Porque considero que tan dañinos son los halagos gratuitos de quienes apenas saben de ti más lo que ven, como las lenguas viperinas que con arte y gracia consiguen que te llegue lo que de ti piensan.
En serio, me importa un comino. O dos.
Quienes de verdad me conocen saben que soy extremadamente sentida y sensible; que no creo que sea ni bueno ni malo, es sólo mi manera de ser. Pero justo por ser así me ha costado más que a otros aprender a pasar de lo que el mundo dice, e interiorizar que el mundo somos los míos y yo.
Evidentemente, hay y seguirá habiendo situaciones como la del otro día que me choquen y me dejen pensativa. Pero de pensar un rato a sufrir va un desierto entero. Así que me permitiré parar en su oasis, pero no para estancarme ni mucho menos para quedarme a llorar porque no llego al final del trayecto.
Sólo tengo 37 años. Me queda, espero, mucho por vivir, experimentar y recorrer. Pero quienes comparten mi vida saben que también con sólo 10 había vivido mucho más que otros con mi edad actual. A partir de ahí, invito a aquellos que no comparten mi vida por completo pero que de alguna manera forman parte de ella, o a quienes algún día se cruzarán conmigo, a que pasen, NO JUZGUEN, y vean. Yo, a cambio, prometo igualmente ver, oír y callar. Y sobre todo, SONREÍR.

CON M DE MAMÁ y J de JUICIOS

27 de abril de 2015

Infancia y moda, sustantivos opuestos.

No comparto el hecho de que los más pequeños "ejerzan" de modelos. Ya está, ya lo he dicho.
Lo de las fotos de agencias y catálogos, pues como aquel, aunque como no entiendo (ni quiero entender) de esto del modelaje infantil puede que quizás si supiera a ciencia cierta que también pasan horas y más horas jugando a ser adultos, muy probablemente tampoco estaría de acuerdo.
Y llegados a este punto de haber soltado esto así a bocajarro... Paso a explicarme antes de que queráis lincharme, porque soy consciente de que me muevo en la división de los bichos raros.
Primero y principal, he de aclarar que me encanta la ropa, conjuntarla, vestir a juego a mis hijos e incluso combinar la nuestra, la de mi marido y mía, con la suya. Fui una shopaholic total en mis tiempos mozos, y si ahora no lo soy es porque con los años he madurado algo y también me he vuelto mucho más práctica y cauta, bueno, y porque he de gastarme el sueldo en mantener de manera responsable una familia y todo lo que ello conlleva. Pero sí, gente, me compro ropa, y estoy pendiente de la moda, sin ser en absoluto esclava de ella y vistiendo por comodidad más que por capricho. A esto debo añadir que a mi hija le gusta pintarse los labios como a mamá, y a mi hijo, también. Mi hija quiere que toda mi ropa se la deje en herencia en cuanto a mí ya no me sirva (espero que tenga en mente que esto ocurra dentro de muchos años, la verdad). Mi hijo no llega a tanto, pero se pone mis zapatos y mis botas y es feliz. Ambos disfrutan saqueándome el bolso y pegándose esponjazos en las mejillas con el polvo matificante de mi neceser (suerte no usar maquillaje a diario). ¿Y yo qué hago? Pues seguirles el juego y tratar el asunto como ellos lo ven, como un juego, es decir, no dejo que vayan al cole con los morros pintados o con la cara estampada en colorete, como no dejaría que lo hicieran con mis botas de tacón o mis bailarinas, por pura lógica vamos; sin embargo, sí que los dejo pintarrajearse cuando estamos en casa, cualquier tarde, durante el fin de semana o en vacaciones, y que usen su "look" para imitarnos a papá y mamá. ¿Que por qué? Porque creo en el juego simbólico en la infancia, en el poder de la imitación y en sus beneficios. Sin embargo, NO ENTIENDO toda la parafernalia que se crea alrededor de los desfiles infantiles, de las semanas de la moda en las que grupos de niños de muchas edades juegan a ser modelos perdiendo su marcha normal y metiéndose de lleno en el mundo adulto. Me da igual que me justifiquen que para ellos es un juego. Yo no lo veo así, porque normalmente ni siquiera los padres o madres de estos niños se lo toman como tal.
Pero bueno, entiendo que como todo... este tema es cuestión de extremos. Y a mí, lo que de verdad me preocupa, es lo que en el fondo conlleva que, sobre todo las niñas, entren en este juego de estar siempre guapas y radiantes, de posar ante la cámara con diferentes expresiones, de caminar moviendo la cadera y de escuchar halagos de lo bellísimas que están justo cuando están pintarrajeadas como adultas y vestidas en muchas ocasiones como tales. En un par de ocasiones he tenido la oportunidad de hablar con papás y mamás cuyas hijas asisten como modelos a este tipo de eventos, y aunque estuve a punto de caer en la trampa de "pues no es para tanto" cuando me explicaron que "para los niños es como una semana de campamento", aterricé rápidamente cuando a continuación escuché que "de todas formas, en estos eventos se aprovechan mucho de la ilusión de las madres". ¿Perdón? ¿Pero no habíamos quedado en que esto era por y para el disfrute de los pequeños? No, ya veo que no. Que esto, en la mayoría de casos, siempre habrá excepciones, va de que a mami le hace ilusión que su hija sea modelo, tal vez porque ella no lo fue y siempre lo añoró, tal vez porque es lo que se lleva ahora, tal vez porque es genial convertir a mi pequeña de 5 años en una preadolescente con mechas rubias, que adora el mundo del espectáculo, maquillarse y que quiere ser artista... ¿O era yo quien lo quería ser?
Yo uso productos cosméticos, sí, me pongo máscara de pestañas y barra de labios, me gusta ir a la peluquería de vez en cuando para arreglarme la fregona que llevo por cabellera y que durante unas semanas parezca de anuncio. Sí. Me gusta verme guapa. Pero también me gusta levantarme un fin de semana, lavarme la cara, ponerme crema solar (eso sí, que no estamos para sustos) y simplemente salir a la calle, sin más. Así, a pelo, con un par de ovarios. Y ¿por qué? Porque me gusta verme guapa. No, no me he equivocado en la construcción de la frase. Está bien. Sin adornos también puedo estar guapa, y ojo, que no soy (según estos cánones modernos) lo que se dice un bellezón, pero lo que sí soy es una persona que ha crecido sabiendo que lo importante no es el envoltorio.
De verdad, aterricemos... La infancia necesita ser vivida como tal. Suficiente basura tenemos ya con la que nos meten con calzador en la televisión, dibujos infantiles incluidos donde los protagonistas también tienen ansias por crecer, como para que nosotros, padres y madres, vivamos empeñados en adulterar ciertos aspectos de la infancia, olvidando además que somos el espejo en el que nuestros pequeños se miran.
 
 
Insisto, me gusta la moda. Sí, también la moda infantil. Pero me es suficiente con verla colgada en una percha y decidir si a Pichu le favorecerá ese vestido o si a Rubiazo le irá bien ese color para su piel transparente. No me hace falta verlo en otros niños porque, entre otras cosas, no son los míos. Y menos si esos niños se pasan unas cuantas semanas al año de viaje, metidos entre bambalinas, mesas llenas de productos de maquillaje y peluquería, ensayando poses imposibles y pases y más pases. No me hace falta ver a niñas de edad muy infantil convertidas en auténticas adolescentes, con ropa, maquillaje y, mucho peor, gestos de modelos que les triplican la edad. Me hace mucha menos falta saber que estas niñas (y niños) están ahí sobre el escenario porque son sus padres quienes los han empujado a ello, porque son sus padres quienes necesitan verlos ahí arriba por la razón que sea.
Esto es como todo: si se adultera, se fastidia. Como gracia, y siempre que se haga de manera puntual y por pura diversión y demás... bueno, podría llegar a entenderlo, aunque no lo comparta, pero como afición materna o paterna, no lo comprenderé ni defenderé nunca, porque jamás abogaré por aquellas actividades o ambientes en que hay cierto factor elitista que promueve los actuales cánones impuestos de belleza, y donde los niños dejan de sentirse niños porque quieren ser o disfrutan siendo adultos, que no jugando a serlo.
Nuestra sociedad se encarga de sobra de dar, con cada paso que avanzamos, mensajes confusos y erróneos que hemos hecho tan nuestros y tan normales que ya ni nos sorprenden y que son un retroceso en lo que a humanidad se refiere. Sí, ya, comparar un desfile con la deshumanización de nuestra especie suena a mear un poco fuera de tiesto. Perfecto, es otra manera de ver las cosas. Pero estamos consintiendo con tanta modernidad y tanta tontería la hipersexualización de las niñas como algo natural, el culto al cuerpo de manera exagerada y enfermiza como algo rutinario y normal, y la desaparición disimulada de la inocencia como algo que ya forma parte de nuestra manera de educar y criar.
No sé vosotros, pero yo tengo la impresión de que corremos demasiado, de que arrastramos a nuestros hijos en esta loca carrera hacia la nada más absoluta y de que en cualquier momento nos precipitaremos al vacío de valores y sentimientos.
Infancia y moda podrían no ser opuestos, pero claramente a mi modo de entender la infancia y tal y como se vive la moda hoy en día, lo son.
 
CON M DE MAMÁ y de MODA

10 de enero de 2015

LEVÁNTATE Y ANDA

Nadie nos enseña a superar batacazos. No hay clases, ni cursos, ni talleres que enseñen a, cuando de verdad caes, no sufrir y levantarte relativamente rápido. Es la vida misma quien nos empuja y quien nos ayuda a levantarnos de nuevo. Las circunstancias, la familia (y sus circunstancias), la genética, nuestro entorno... Todo influye en nuestra actitud ante el fracaso. Lo que está claro es que de nosotros depende que la recuperación sea posible.
Los cambios bruscos en nuestra rutina, que van desde la pérdida del trabajo, el cambio de nuestras condiciones laborales, la ruptura con la pareja, la pérdida de personas importantes o fundamentales, cambio de domicilio habitual por causas de fuerza mayor... Hasta enfermedades largas y complicadas, son tropezones, más bien obstáculos que vienen, en principio, para romper con nuestro orden y hacernos tambalear, son vallas kilométricas que nos separan de nuestra seguridad y que podrán ser insalvables a no ser por nuestra actitud.
Evidentemente, lo que "se mama" en casa influye en nuestra manera de afrontar las dificultades y la fuerza con que nos enfrentamos a los problemas. O bien porque hemos tenido grandes maestros, o bien porque ya desde bien pequeños hemos tenido que sacarnos las castañas del fuego ante situaciones nada normales o complicadas, o bien por la combinación de ambos factores.
Sin embargo, que nuestras ganas de comernos el mundo sean nuestra seña de identidad no quita para que no podamos, y debamos, permitirnos nuestros momentos de bajón, nuestros días grises y nuestras jornadas de "luto por todo", que las hay y son bien necesarias.
A parte del trabajo personal que supone asumir las circunstancias que nos vienen, a parte de la madurez con la que cada uno es capaz de solventarse la papeleta, ayuda mucho saberse rodeado de buena gente, pero de buena gente de verdad. Gente que te da un abrazo cuando lo necesitas, que te da la mano para que te levantes, que pone su hombro para que llores, que te hacen sonreír sin motivo, que se entregan sin más y sin esperar nada a cambio, que te quieren porque sí y porque eres tú y así, que no te piden que cambies por y para ellos, que no exigen que te comportes de una u otra manera, que no condicionan tu vida y tu manera de vivirla... y que también te dan la colleja a tiempo para que abras los ojos y vuelvas a ser tú, cuando, por una de ésas, te ha dado por volverte un pelín "gili".
Yo tengo la suerte de contar con gente maravillosa en mi vida, personas que valen millones. Tengo la fortuna de haber vivido circunstancias que han forjado mi carácter, a veces difícil, a veces llevadero, pero carácter al fin y al cabo. Así que sólo depende de mí y de saber usar con arte estos dos ingredientes mágicos el que cada dificultad suponga un nuevo triunfo.
Y tú, ¿cómo vives los batacazos y cómo te levantas tras ellos?

CON M DE MAMÁ

14 de noviembre de 2014

Me alegro por ti. Pero de verdad

Vivimos en una sociedad algo caótica en cuanto a valores se refiere. Parece que el progreso nos hace avanzar en tecnología y retroceder en relaciones. La empatía, la solidaridad, la sinceridad, la amabilidad, la bondad... Hace tiempo que se cogieron de la mano y decidieron irse lejos de los humanos. Se dice que viajan sin rumbo fijo por selvas amazónicas y desiertos donde los avances no se han cargado aún nuestro lado humano, y donde la esencia de las personas no se ha dejado corromper por el futuro ya presente y continúa intacta.
Me alegro por ti. Pero de verdad.
Las circunstancias de mi vida, difíciles tal vez o curiosas cuanto menos, aunque probablemente no más que las de otros, me han enseñado a que una sonrisa lo puede todo, a que lamentarme eternamente por algo no lleva a nada, a que a pesar de todo y de mí, al día siguiente siempre sale el sol, a que ser sincero contigo mismo es una suerte y un acierto, a que luchar por tus sueños es realizarlos, a que se vive mejor sin criticar porque eso al final vicia y corrompe, a que la suerte hay que salir a buscarla y que cuando así lo haces la encuentras, a que las circunstancias adversas curten, a que ser bueno no es malo y ser malo no es bueno, a que dejar de mirar nuestro ombligo y levantar la vista es saludable, mucho, siempre y cuando no pasemos a ocuparnos de los demás exclusivamente y nos olvidemos de nosotros, a que echar un cable llena más que cuando tú necesitas que te lo echen...
Por todo esto... Me alegro por ti. Pero de verdad.
Porque igual que los amigos los cuentas con los dedos de una mano, las personas que tienen la capacidad, real, no fingida, de alegrarse por los demás... También.
Pues, ¿os cuento un secreto? No sabéis la satisfacción tan gooooorda que supone decirle a alguien "me alegro por ti, de verdad" con una sonrisa en la cara. Porque esa sonrisa y ese mensaje ensanchan el alma y la llenan de calorcito rico.
Así que, a todos y todas los que estéis viviendo algo que celebrar, algo por lo que sonreír, cumpliendo sueños y proyectos, o simplemente viéndolos nacer en vuestra cabeza, a los y las que estéis luchando con esperanzas por seguir sanos, a los y las que tenéis la capacidad de creceros ante las adversidades y ver el vaso casi lleno... Os digo: ME ALEGRO POR TI, DE CORAZÓN.
Mil besos y feliz jueves.

CON M DE MAMÁ

14 de julio de 2014

Quedémonos con lo importante.

Hace mucho, mucho tiempo (venga, quizás no tanto) yo era una chica como otra cualquiera: vivía preocupada por sacarme las castañas del fuego (esto no ha cambiado), que no era poco, indignada con el mundo loco en el que estamos (esto tampoco ha variado, es más, va en aumento) y también por "verme bien" siempre que fuera posible. Sí, así es, vivimos en una sociedad en la que el mensaje erróneo está anunciado con luces de neón por todas partes: para sentirte bien, has de verte bien. Nooooo, es que no es así. Es justo al revés, nos lo enseñan mal. Pero bueno, antes o después, la vida, la madurez y, en mi caso, la maternidad, te muestran que quien hizo el cartel del lema se equivocó en el orden, y entonces, vives más feliz, sin más. 
Me considero algo coqueta, aunque no lo fui durante un tiempo y no viví una edad del pavo excesivamente pronunciada (gracias al cielo); supongo que la edad te enseña a sacarte partido, físicamente (y mentalmente) hablando, y descubrir con que te ves bien. Pienso que esto es parte de un proceso que todos, en mayor o menor medida, pasamos, y que ayuda al afianzamiento de nuestra personalidad, de nuestra confianza y, en parte, de nuestra autoestima. Pero, por otra parte y por desgracia, la sociedad en la que vivimos, es muy caprichosa con el tema del aspecto físico, y nos enseña desde pequeños que hay unos cánones a seguir que, curiosamente, en nuestro fuero interno, jamás coinciden con como nos vemos nosotros. Si se llevan las curvas, nos vemos excesivamente flacos, y si se lleva la delgadez, nos vemos enormes. La cuestión es que, tristemente, estamos predestinados a no gustarnos y a nadar en un mar de complejos durante muchos, muchos años.
Yo, personalmente, he pasado por varias etapas en cuanto a complejos, a lo largo de las (válgame la redundancia) distintas etapas de mi vida, hasta llegar a la madurez: nariz larga, poca altura, piernas de futbolista, pies grandes, culo respingón, labio superior más fino, pelo de color neutro... ¡Auténticas gilipolleces tonterías! Pero díganselo ustedes a la adolescencia, esa eterna enemiga de la seguridad y el equilibrio. Y, obviamente, da igual que tus más allegados te digan lo fabulosa que te ven entonces, porque para algo tienes tú ojos y orejas y te "pispas" de lo que se lleva en el mundo "real", que es justo lo que tú no eres (o eso crees).
Gracias al cielo, un buen día me di cuenta de que me gusto tal cual. No hay más. Y no, no se trata de que haya hecho lecturas sin fin de libros de autoayuda ni búsqueda y repetición de frases motivadoras, ha sido cuestión de madurar y apreciar lo que de verdad vale la pena y lo que no. Parir para mí fue un regalo en este sentido. Es más, si quiero ser exacta, fue quedarme embarazada lo que me "enamoró" de mi yo físico e interno, y ojo, no hablo desde el narcisismo, sino desde la consciencia del conocer mi cuerpo, y mi ser, y apreciarlos tal cual son, sin desear cambios. Sí, claro, hay días en los que mirarme al espejo es romperlo, porque las ojeras negruzcas y la cara excesivamente larga de no haber dormido en siglos no son de gran belleza a simple vista. Hace unos años me habría horrorizado, ahora no. Ahora normalmente me río y pienso "ale, otro día más en el que sacar a relucir tu belleza interior, majeta, porque esto no lo arreglas ni con aquaplast". Pero sigo saliendo a la calle igualmente segura de mí misma, y no pensando que quien me mira lo hace porque le recuerdo al espantapájaros del Mago de Oz; que probablemente así sea, pero es que ME DA IGUAL.
Pues, la verdad, me parece triste tener que haber madurado como mujer, haber disfrutado de una maternidad para llegar a este punto. Lo digo como autocrítica y como llamada de urgencia a esta locura de valores inversos en la que vivimos. Cuando me quedé embarazada de Pichu usaba la 34, y me veía tan estupenda. Durante el embarazo AMÉ MI CUERPO, me enamoré de mi enorme pancha y disfruté de este nuevo estado corporal. Cuando a los casi dos años aterricé y me reconocí "casi la misma" que antes del embarazo, me gustó, no puedo negarlo, pero me gustó en gran parte porque no volví a la 34 jamás, porque MI CUERPO HABÍA CAMBIADO, porque de repente tenía cuerpo de madre y de mujer. Y sí, ese sentimiento se ha mantenido y reafirmado con el embarazo y nacimiento de Rubiazo. Obviamente, hay muchos días en los que miro mi barriga "pellejera" y pienso "algún día me pongo a hacer abdominales", pero no porque quiera lucir estupenda cara al mundo, sino porque creo que debemos cuidarnos, por dentro y por fuera. Y, a pesar de eso, me planto el bikini y soy la más feliz, porque me da exactamente igual LO QUE PIENSE EL MUNDO de mi barriga, mis piernas, mis tetas más descolgadas y desiguales por la lactancia y la edad, o de toda yo. La maternidad (en mi caso, siempre en mi caso) ha dado paso a unas prioridades en mi lista que anulan lo insustancial e innecesario. El bienestar y la felicidad de los míos priman por encima de cualquier otro aspecto de mi vida. Soy feliz porque los tengo a ellos, porque los QUIERO A MORIR, porque los veo crecer sanos, felices y unidos, porque TENGO UNA FAMILIA PRECIOSA. Y, la verdad, mirarme cada día al espejo y poder sonreír por ello, a pesar del sueño, las malas noches, los días turbios en el trabajo y la gente mala que a veces cruza tu camino, ES UNA SUERTE QUE ESTOY DISPUESTA A APRECIAR TOOODA LA VIDA.
Ahora, eso sí, viene la segunda parte: CONSEGUIR QUE MIS HIJOS SE QUIERAN TAL CUAL SON. Con sus particularidades físicas, sus gafas, sus pies planos, su torpe psicomotricidad gruesa, sus orejillas de duende... PORQUE SON PRECIOSOS. Así los vemos su padre y yo y así deberían verse ellos siempre, dejando al lado cánones inventados por las grandes marcas, estilos que igual están de moda para pasar al olvido en meses... Por desgracia, insisto, la sociedad en la que vivimos no entiende de COSAS IMPORTANTES, y vamos a tener que luchar contra el poder de los grandes gigantes sociales: el materialismo y la superficialidad; vamos a tener que luchar desde nuestro hogar para que nuestros pequeños APRENDAN LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE, la esencia en sí de la vida, y dejen a un lado detalles que crecen rápido sólo para hacer daño. No olvido que pasarán pasaremos por la traicionera adolescencia, que no entiende más que de inseguridad y rebeldía mal llevadas, y que con cánones o sin ellos, serán susceptibles de mirarse y no encontrarse, pero espero que para entonces hayamos sabido ayudarles a tejer una red lo suficientemente fuerte como para que puedan caer sin hacerse añicos, y poder levantarse de nuevo. Porque tal como van las cosas, vaticino poco cambio a mejor en cuanto a valores en la ciudadanía, así que en nuestra mano está el enseñarles a QUEDARSE CON LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE, a apreciar su salud y la de sus seres queridos, a que lo que de verdad les apene y entristezca no sea su físico, que gracias al cielo está sano a rabiar, sino las barbaridades que este mundo tan actual y moderno permite, y que por ello crezcan y maduren como personitas de pensamiento crítico, con ganas de moverse, luchar por lo que vale la pena y dejarse de tanto asunto insustancial y tanta tontería.

QUEDÉMONOS CON LO IMPORTANTE. La belleza está por todas partes, empezando por nosotros mismos. No la destruyamos con tanto conflicto de intereses y tanta codicia. No nos afeemos por capricho.


CON M DE MAMÁ