2 de junio de 2018

Ojalá todo fuera arena

Cuando crecemos perdemos la inocencia.
Y la espontaneidad.
Y la pasión por las pequeñas cosas.
Y queremos que todo en nuestra vida sea limpio, ordenado y controlado. Necesitamos que todo sea... ADULTO.

Nos olvidamos de que, una vez hace no mucho, nosotros también hacíamos café con tierra y agua, y no nos molestaba la arena en la piel, aunque la lleváramos a kilos, y no pensábamos en llegar limpios a casa, o secos, o en no llenar todo de barro al entrar por la puerta.
Éramos inocentes, espontáneos y teníamos ganas de jugar y vivir, y un montón de ilusiones sencillas que cumplir a cada rato.

Cuando crecemos somos un rollo.
Nos preocupa esa pelusa rebelde que se asoma por sorpresa por debajo del sofá. Nos matan las toneladas de arena en las zapatillas del cole, y los pegotes de pasta de dientes de colores decorando la pila del baño.
Y queremos creernos que limpiando a toda hora y ordenando a cada rato somos más felices.

Nos da miedo sentir, ser espontáneos, que se nos deshilache el perfecto encaje de bolillos en el que hemos convertido nuestra estructurada vida adulta. La excusa: la seguridad, la estabilidad, la madurez o cualquier otro concepto que suene adulto y responsable.

Cuando crecemos, nos perdemos muchos momentos espontáneos por esa costumbre tan de mayores de tenerlo todo controlado: horarios, limpieza, rutinas, alimentación... 

Nos dan pavor la arena de la playa o los juegos con barro, hojas, agua y potingues varios, o dejar que cocinen y llenen de harina hasta la colcha de su cama. Cuando lo que nos tendría que dar verdadero horror es la velocidad a la que nuestros pequeños empiezan a abandonar su edad de la inocencia y a pasar al lado oscuro: el nuestro. Porque cada vez lo hacen antes. Y una vez crucen la línea, perderán toda esa virtud de la infancia para pasar a ser rebuscados, preocupados en exceso, estresados y controladores, y en ocasiones, retorcidos y desconfiados.

Entonces será tarde para dejar que vibren.
Entonces la arena no será la única capa que querremos quitarles de encima para que sigan avanzando.

Ojalá todo lo que cubriera su piel conforme crecen fuera arena. Que sólo permanece si no la barres.
Ojalá todo lo que manchara su piel en esta vida fuera agua embarrada. Qué sólo permanece si no la lavas.

Ojalá todos los palos con los que se cruzaran en su vida fueran únicamente con los que remueven el café de mentiras o dibujan su nombre en la playa.
Ojalá llegaran a ser mayores manteniéndose ilusionados, espontáneos y vivos... Y alcanzaran la madurez sintiéndose niños.

Ojalá todo fuera arena.

Y que cuando nos hiciéramos adultos no tuviéramos ese terror a VIVIR. Con todo lo que eso implica: sentir, vibrar, caerse, tropezar y volverse a poner en pie. 

Ojalá todo fuera arena, barro y café de mentiras.

Estamos a tiempo de ayudarles a crecer sin perder todo eso.

Y estamos a tiempo de volver a sentir la vida como cuando éramos niños. 

Sólo necesitamos arena, un palo y un vaso de plástico.


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